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Los Galgos debutan con un primer y homónimo LP enérgico y atrevido. La banda madrileña sorprende con un álbum que refleja una sociedad esperpéntica tintada de humor. Grabado con Iñigo Bregel de Los Estanques, el largo fue terminado en tan solo 5 días de duro trabajo. “Está lleno de primeras tomas, no hay golpes movidos ni edición”, una propuesta cruda y honesta. El track “Consumir o Consumar” es una única toma en directo de bajo y batería: “Notamos una conexión increíble en esta primera toma, los bombos y el bajo casaban mágicamente a pesar de los desplazamientos”. En el último track del disco, “Chico Florero”, se puede escuchar a Samuel Terroso hablar antes de hacer la primera y única toma a guitarra y voz.
Y es que sus componentes no son sino todo lo contrario a novatos en la escena. Samuel Terroso (batería en estudio, guitarra y voz), Carlos Alfaya (guitarra) y Víctor Torrecilla (bajo) componen una superbanda tras años de gira como músicos de otros artistas coomo Miguel Ríos, Carlangas, Nat Simons, Gara Durán, Hey Kid, Barry B, Hipergéminis, Pol314, Grex, Alejo Stivel, Juan Azul, Maximiliano Calvo, Naked Family, Lucas Curotto, Fontán, Drugos, Lucas Colman… y un largo etcétera.. A este hermanado trío se añade Carlos Calatayud como gran descubrimiento baterístico en la escena madrileña.
Se trata de una propuesta rompedora de letras ingeniosas y melodías pegadizas arropadas por una instrumentalidad y directo arrolladores. Un álbum bebe de bandas como Nirvana, Pixies, QOTSA, Viejas Locas, Hendrix, Santana… y acerca estas influencias de forma inteligente y cuidada al castellano.
Algo que demuestra ya “Pelis de Amor, Pelis de Hostias”, la canción que da inicio al primer LP de Los Galgos. Una canción que te adentra en el álbum jugando con diferentes atmósferas, desde lo íntimo a lo épico, desvelando cuidadosamente el sonido de este largo. Curiosamente, este track inicial resulta ser, paradójicamente, la última composición de la banda contenida en el mismo. Por ello podemos apreciar en él una mayor riqueza y madurez tanto instrumental como emocional. Una canción que habla de amor, pero no desde la habitual idea de que todo es perfecto, ya que nada lo es en la vida real.
Un inicio íntimo al que poco a poco se van sumando y presentando de manera cuidadosa los diferentes instrumentos, superponiendo melodías y alcanzando un clímax final. Una forma de crear una expectativa continua que en tan solo unos minutos te sumerge de lleno en un álbum ameno y sustancial.
Llevo días dando vueltas a las sensaciones que me provocó el biopic de Michael Jackson. Impactante en lo visual, pero vacío en lo argumental. No nos descubre nada que no supiéramos ni se enreda en elucubraciones que destapen los capítulos más controvertidos de su vida. Es una película correcta, de factura nada reprochable (aunque pierde el espíritu que su director impuso en obras más directas como “Training Day”), pero la sensación final es que nos falta algo. Cierto es que una película de duración convencional que condense la vida del Rey del Pop es casi imposible de imaginar, pero esperaba algo más de “Michael”.
En lo estrictamente musical se convierte en una precisa recreación de algunos de sus hitos más celebrados: la presentación en televisión de “Billie Jean” y el estreno de su eterno "Moonwalk", la grabación junto a John Landis de su videoclip más famoso, el cierre de su última gira con los Jacksons 5 o su triunfal primer tour en solitario con “Bad”, concretamente en sus celebrados conciertos en el estadio de Wembley en Londres. Pero a pesar de que la recreación de estos momentos sea fantástica, es mucho más recomendable verlos en sus versiones originales, que para eso contamos con registros de todos ellos que ya de por sí son sublimes, con su verdadero protagonista y sin necesidad de contar con planos más estudiados o la presencia de un actor de gran credibilidad para llamar nuestra atención. A pesar de esto, no hay nada que reprochar a Jaafar Jackson, que está tremendo en cada plano (también habría que destacar a Juliano Krue Valdi dando vida al pequeño Jackson y representando de una forma muy creíble el miedo y dolor que le provocaba la presión de su padre). La forma de adoptar la entrega de su tío y hacerla suya es tan creíble que, por momentos, parece que estemos viendo al mismísimo Michael, como si estuviéramos más bien delante de un videoclip que de una película. Imita cada gesto y reproduce cada uno de sus tics a la perfección. Sin embargo, en la parte más dramática, “Michael” chirría. Todos sabemos que la tremenda exigencia y control de su padre Joseph (un abrumador Colman Domingo) le condujeron a esa personalidad atormentada que le hizo buscar la infancia fuera de su momento, en una especie de identificación paralela entre su figura y la de Peter Pan, muy bien plasmada en momentos clave de la cinta. También somos conscientes de todo lo que el patriarca de los Jacksons contribuyó para que Michael no se sintiera realmente libre para llevar las riendas de su carrera (es paradójico que al lanzar el disco más importante de la historia como fue “Thriller” no pudiera hacer una gira solista para presentarlo). Pero aquí no nos destapa nada nuevo, nos sentimos casi como si presenciáramos un documental edulcorado de su pasado, pero sin llegar a mojarse más allá de algún plano de gran tensión contenida.
En cuanto a las secuencias donde se tratan sus labores de composición o trabajo en estudio, sobre todo desde la llegada de ese hito que fue “Don't stop ‘til you get enough”, son más interesantes los documentales que en su día firmase Spike Lee, principalmente aquel que se detiene en el viaje del joven Michael desde sus años en la Motown hasta la grabación de “Off the Wall”. Pero claro, no podemos pretender que la película tenga un carácter documental, porque esto es un biopic (o la primera parte del mismo) y por eso utiliza todos los trucos propios de este tipo de films: saltos temporales, forzados videoclips, negociaciones en los despachos de las discográficas (a destacar su lucha por copar la MTV)... pero por encima de todo, uno de los momentos que más se eleva por encima del resto es cuando Michael se encierra en su estudio para dar vida, con poco más que su voz y sus notas colgadas por todo el estudio, a las canciones que formarían su obra maestra, ese “Thriller” que le hizo ocupar el trono del Pop para siempre. Esas escenas son mágicas, lo mejor de la película. Vemos como tararea futuras melodías, busca arreglos rítmicos e incluso lucha por ordenar esas canciones o darles sus definitivos títulos. Junto a esto, las escenas con Berry Gordy en los estudios de la Motown o con Quincy Jones definiendo su personal estilo también se quedan grabadas en nuestra mente (así como su apoyo íntimo en su asistente personal o en su mánager John Branca), más incluso que los apoteósicos números en directo que deslumbrarán al iniciado, pero no le dejarán boquiabierto si han podido ver alguna de las presentaciones en vivo que se conservan del astro pop, o si, como el que esto firma, tuvieron la suerte de verle en directo en alguna de sus irrepetibles giras. En este sentido la película reproduce el éxito que cosechó “Bohemian Rhapsody” al recrear el concierto de Queen en el Live Aid en su metraje. Plano a plano, como también se replica aquí la interpretación de “Bad” en Wembley durante el verano de 1988, punto que además sirve de colofón de la cinta, como queriendo dejar claro que con ella lo que desean mostrar sus productores (y por ende la propia familia del artista) no es otra cosa que el ascenso de este ídolo de masas, pero para nada su caída. Cabría preguntarnos ahora si para eso se reservan la anunciada segunda parte.
Hay momentos que rozan lo esperpéntico (tal y como era el propio Michael), como cuando comienza a llenar su mansión de animales exóticos o su habitación de cientos de peluches. También aparecen sus compras compulsivas de juguetes, aunque tratadas con cierta distancia e imprimiéndoles un tono suavizado que resalta únicamente lo mejor de ellas, como el momento en el que en lugar de esconderse en una de sus jugueterías habituales comienza a firmar autógrafos a los niños. Se tratan de refilón sus problemas de vitíligo o sus primeros retoques en el quirófano, pero por encima de estos temas más controvertidos destaca ese momento por todos conocido tratado con gran virtud. Ese accidente rodando el anuncio de Pepsi que le llevó a tener fuertes quemaduras en su cabeza que pudieron ser el punto de partida a su adicción a los calmantes (de hecho se nombra el demerol y a todos nos viene a la cabeza el día de su fallecimiento). Pero lo que más debería importarnos no son estos detalles, sino la música que revolucionó el Pop y que llegó a todos los rincones del planeta. Michael Jackson no sólo como icono sino como un talentoso músico e intérprete sin parangón. Un animal de escenario que, como muestra la película, sólo fue realmente feliz encima de las tablas (y quizá también compartiendo películas de Charles Chaplin junto a su madre), donde era simplemente un músico inigualable y pasional enamorado de su trabajo.
Asistimos a un periodo de biopics musicales en alza. En los últimos años hemos podido sumergirnos en parte de las historias de Freddie Mercury, Elton John, Elvis Presley, Bob Dylan o Bruce Springsteen a través de películas que muestran el interés por este género. La familia Jackson ha querido aprovecharlo y limpiar así parte de esa imagen con más sombras que luces del mito de Indiana, pero a pesar de mostrar momentos brillantes, la película de Fuqua no llega a convertirse en icónica. Disfrutaremos de su apuesta escénica y sonora (e incluso bailaremos hasta en la sala de cine si nos lo permiten), pero nos dejará un regusto agridulce como de obra incompleta que merece algo más. Puede que en su continuación encontremos las respuestas, pero mientras tanto suban el volumen de su equipo de música y háganse el favor de darle al play al mítico concierto en Wembley que ya hemos comentado o, si lo prefieren, al grabado en Bucarest durante su “Dangerous Tour”. También pueden elegir cualquiera de sus famosos videoclips (ni que decir tiene que muchos de ellos son auténticas obras de arte). Estoy seguro que de eso no se arrepentirán nunca.
Granada vuelve a ser el punto de partida de un recomendable proyecto musical. Aunque debutante, Paul Rodie, el alter ego del compositor, cantante y guitarrista Pablo Rodríguez (The Miskins Ronson, Los Chill) se confabula con Irene (Blanca Adelfa) al bajo y Ángel (Mea Culpa) a la batería para dar vida a una formación que inaugura su recorrido grupal con su primer álbum, "Algo súper especial", publicado por Discos de Menta/DAD Digital.
Una andadura iniciada en el 2023 con el single homónimo, al que dieron continuidad otros adelantos como "Perro fiel", "Está bien, "Popkemón" o "1991", canciones todas ellas integradas en un trabajo que demuestra un sonido caracterizado por melodías pop y estribillos altamente pegadizos que se entrelazan en perfecta armonía con guitarras cargadas de Fuzz. Un estilo ecléctico que bebe principalmente del glam y el power pop (Bowie, Teenage Fanclub, The Lemon Twigs, Big Star,..) pero que ostentan un acento propio con destino a no caducar.
Ritmos, que en la mejor herencia del power-pop, que se llenan de unas letras que transmiten con honestidad y valentía emociones intensas, como la melancolía y esa rabia adolescente tan genuina. Ingredientes que han quedado plasmado en un álbum vitalista y sincero grabado en Granada, en los estudios de Carlos Díaz y Deshollinador Hot Studio, con mezclas y masterización a cargo de Jaime Beltrán.
Mayo de 2026 no es un mes cualquiera para València. Hace exactamente diez años, más concretamente el 6 de mayo de 2016, abría sus puertas un pequeño bar que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes refugios del rock en la ciudad: el George Best Rock Club. O simplemente “el George”, para quienes lo sienten ya como su segunda casa.
Con los ecos todavía recientes de aquel concierto de Luis Brea, arrancaba la aventura de un local que nació con una idea muy clara: recuperar el espíritu de aquellos bares de los años 90 donde uno podía entrar solo y acabar la noche rodeado de gente. Un lugar donde la música era importante, sí, pero donde lo verdaderamente esencial era encontrarse.
Diez años después, el George Best sigue siendo exactamente eso: un punto de encuentro entre generaciones distintas unidas por la misma necesidad de compartir canciones, conversaciones y noches memorables. Un espacio donde han convivido el punk y el power pop, el brit pop y el glam, el post punk, la electrónica o el indie rock; donde se han celebrado conciertos, fiestas, aniversarios, actividades culturales y algunas de las mejores post-parties que ha vivido la ciudad.
Pero llegar hasta aquí no ha sido sencillo. Estos diez años también han sido años de resistencia. El George ha sobrevivido a una de las épocas más duras que ha atravesado el sector de la hostelería y la música en directo: la pandemia del Covid. Cuando muchos locales históricos bajaron la persiana, el George resistió gracias a una comunidad fiel que entendió siempre que este bar era mucho más que un sitio donde tomar algo. Era —y sigue siendo— un refugio para quienes todavía creen en la cultura de bar, en la conversación cara a cara y en la música sonando fuerte hasta altas horas de la noche.
Por ahora llevan casi 1.700 noches con las puertas abiertas y el rock and roll como bandera. 1.700 oportunidades para descubrir grupos, reencontrarse con amigos o conocer a alguien nuevo en la barra. Porque si algo define al George Best es precisamente eso: la sensación de pertenecer a un lugar que siempre te recibe como si ya formaras parte de él.
Y si hay una imagen que resume perfectamente el espíritu del George Best, es la de su cierre cada madrugada. Desde hace años, el bar despide a su clientela disparando burbujas mientras suena la última canción de la noche. Un pequeño ritual convertido ya en seña de identidad y en uno de esos momentos mágicos que solo ocurren cuando un local tiene alma propia. Una despedida poética, festiva y emocionante que resume muy bien la manera de entender las noches en el George: celebrar hasta el último minuto.
Y un aniversario así merecía celebrarse a lo grande
Durante todo el mes de mayo, el George Best Rock Club ha estado organizando distintas post-parties y eventos especiales vinculados a conciertos de artistas como Victorias, Shego o Viva Belgrado, además de las actuaciones de Luis Brea, Gilbertástico plays Franco Battiato y Whitestone Connection, además del plato fuerte con Fernando Alfaro, que será la culminación de los fastos de aniversario el próximo 29 de mayo. No podemos olvidarnos de todos los amigos y colaboradores que han hecho del local el emblema del ambiente alternativo en pleno centro de Valencia.
La gran fiesta de aniversario, celebrada hace unas semanas, tuvo continuidad en la sala 16 Toneladas, desde las 03:00 hasta las 06:30 de la mañana. Por una noche, la Nave Roja aterrizó en el escenario del 16 Toneladas para emprender un viaje hacia el fin de la noche. Un trayecto colectivo hacia esos mundos paralelos que el George Best lleva diez años construyendo madrugada tras madrugada; un lugar donde todavía existe el planeta Resistencia, donde la música suena más fuerte que el ruido de fuera y donde el amor por las canciones, la amistad y la noche sigue siendo la verdadera bandera.
Hoy, cada noche, siguen sonando los himnos que han acompañado durante una década las madrugadas del George: Canciones de esas que unen generaciones, que se bailan abrazados y que convierten cualquier pista en una celebración compartida. Y al mando de la expedición estuvieron muchos de los DJs de la casa –incluidos los amigos y casi hermanos del Tridente Sonoro, la conexión cordobesa de la que hablaremos más abajo-, auténticos pilotos habituales de la Nave Roja y responsables de poner banda sonora a tantas noches inolvidables. Fueron los encargados de hacer bailar hasta el amanecer en una fiesta que reunió a habituales, amigos procedentes de casi todos los puntos geográficos nacionales, y supervivientes de la noche para celebrar que el George Best sigue más vivo que nunca. Y gran culpa de ello la tiene Alfonso Cantador, el hombre al frente de la nave, el piloto que mueve los hilos para que cada semana, entre el jueves y el sábado, en su nave roja, que es la nuestra y la de todos, se viva un ambiente de pura hermandad mientras se escuchan las canciones que una vez nos hicieron soñar, inmersos en una burbuja espacio-temporal de la que, cuando flotan en el aire las esperadas burbujas, se hace difícil escapar. No en vano el currículo del jefazo se fraguó en las noches eternas de la movida cordobesa de los noventa, entre las paredes de algunos templos de recuerdo inmarchitable como La Comuna (aún en activo, aunque ya lejos del esplendor de aquella época) o el mítico Surfer Rosa. Alguien que no olvida sus raíces, con las que mantiene una continua comunicación familiar y a las que no renuncia volver.
Diez años después, el George Best Rock Club continúa encendiendo sus luces rojas cada noche. Y eso, en los tiempos que corren, ya es algo digno de celebrar.
Tras cuatro adelantos, Claudia Zuazo se desmarca de sus proyectos grupales y profundiza en un sonido más melódico y reposado con “De Mí”, su primer LP. Con delicadeza e inspirada por el muro de sonido, la alicantina se nutre de una década pasada en la que Carole King, James Taylor y otros de su generación formaban escena, sin caer en la nostalgia o el tributo.
Claudia lleva 5 años trabajándolo lentamente en paralelo a Niña Polaca, Vez Era y Muro María y es ahora cuando, tras haberla podido madurar lo suficiente, presenta esta historia de amor y desamor narrada en 7 canciones e inspirada, además, por Neil Young, Mac Demarco y con guiños a Christina Rosenvinge.
“De Mí” es la forma más pura de la expresión musical de Claudia, con una fuerte carga instrumental sobre la que abundan cambios armónicos y donde la voz es el elemento vertebral. En ella busca hacer música lo más atemporal posible, con ese espíritu emocional de las canciones estadounidenses de los sesenta y setenta, pero con carácter actual.
Rescata el sonido de banda con tintes pop y folk con garra; primando las canciones con un desarrollo más largo y un ritmo más pausado frente a la inmediatez. Claudia lleva años trabajándolo lentamente en paralelo y es ahora cuando, tras haberla podido madurar lo suficiente, se embarca en su carrera en solitario.
“De Mí” es álbum autoproducido, grabado entre Madrid (Invernaderos con RUVENRUVEN) y Valencia (Millenia Estudios con Erick Marin del grupo Defensa Eslava) y mezclado y masterizado enteramente en los estudios de Álamo Shock (Guiem Rigo y Guillermo Mostaza). Un trabajo centrado en el relato cotidiano de las emociones de la artista en el contexto de una relación sentimental.
Inspirada en un ritmo pausado y detalles que podrían recordar a Mac Demarco, "Casiopea" es la canción que abre el LP y fue la última en componerse dentro del conjunto. Abre paso al resto a modo de portal, introduciendo un concepto presente en el resto del LP: “podré mover toda la oscuridad y hacerle un hueco a lo bueno que viene detrás”.
Le sigue “De Mí” junto a Anouck The Band, que parte de esa autoterapia post ruptura y diálogo interno que recoge el resto del trabajo y refleja contradicciones que se plantea Claudia durante el proceso. “La Línea” es el tercer corte, y fue el primer adelanto del disco. Cuenta la historia en primera persona de un desamor y la frustración ante sentimientos encontrados hacia esa persona que ya no está. Tras ella, “Mejor” continúa la narrativa, siendo la canción con más cambios o más “compleja” de las que forman “De Mí” y abanderando el claro hilo conductor de todo el disco: el duelo y la aceptación.
Con tono optimista, pero manteniendo las dudas con las que comenzó el viaje, “Christina” presenta la segunda mitad del álbum. Una canción que parte de un punto diferente en la relación de los protagonistas pues se compuso un momento dulce y siempre sorprendente de la relación que conecta el LP. En su letra hace referencia a los cinco años de relación que se han recorrido con la persona a la que Claudia le canta durante todo el álbum y representa muy bien el proceso mental que le representa a la alicantina: la duda, el querer respuestas pero no estar segura, a su vez, de quererlas… El lanzarse a la piscina una vez más, no queriendo ponerle nombre o etiqueta a esa relación por la que estoy siempre dispuesta a luchar. Musicalmente, bebe directamente del disco “La Joven Dolores” de Christina Rosenvinge, gran inspiración para Claudia, y del universo sonoro de bandas como Big Thief.
Ya en la recta final, “Ahora que estás” da un giro de 180 grados, la perspectiva cambia y es su pareja quien le dedica la canción y le hace mirar hacia el futuro tras haber superado los obstáculos conocidos en las canciones previas. Por primera vez, el autor de la letra es Carlos M. Negrete, guitarra solista de su banda en directo y pareja de Claudia, que recita sus palabras. La canción rompe con el folk pop conocido desde sus sintetizadores del minuto uno y apuesta por una estética algo más futurista y misteriosa. Y cierra el álbum “Yo solo miento”, la menos vestida del conjunto. Una canción que toma inspiración del “Harvest Moon”, de Neil Young. Sigue la narrativa de todo el disco, esta vez desde la derrota y la incapacidad de no saber qué hacer. También es algo sarcástica y paradójicamente fue la primera compuesta, allá por 2021, más de un año antes que las demás.
En un hogar situado en Chicago, en plena década de los 50, un inmigrante ucraniano, de nombre original William Zivotovsky, regala el día de Navidad a su hijo de nueve años, Warren Zevon, un piano que ha comprado gracias a la buena suerte cosechada en una de las múltiples timbas entre las que pernocta, solo uno de los muchos oscuros destinos que habitaba como consecuencia de su trabajo para la mafia local. El poco recomendable origen de tal obsequio enfada a su madre, una recriminación que le costaría el lanzamiento de un cuchillo de grandes dimensiones por parte de su todavía marido, separándole solo unos escasos centímetros de un desenlace letal. Una escena, seguida por la mirada de su pequeño vástago, que nada tenía de anecdótica y sí mucho de un trágico costumbrismo que derivaría en un divorcio cuando aquel púber espectador cumplía los 16 años, siendo escasas fechas después cuando abandonaría sus estudios para lanzarse a la carretera en busca de un desenfreno existencial salpicado con canciones folk. Sin embargo, ese joven cargaba, por suerte y por desgracia, con el imborrable recuerdo de aquel juvenil teclado y con todo un relato biográfico narrado con extrema violencia.
No iban a ser aquellos recuerdos meros espejismos anclados en su cerebro, al contrario los iba a rememorar nombrándose a sí mismo protagonista activo de los mismos, ejercitando la funesta herencia legada por su progenitor y haciendo rimar sus actuaciones con aquellas a las que había asistido como espectador en su domicilio familiar. Inmerso en una vorágine de drogas, alcohol y comportamientos escasamente edificantes, su peregrinación entre hoteles y apartamentos californianos dejaba un rastro desalentador. Una insaciable voracidad por encontrar el camino más salvaje que artísticamente le había llevado a coquetear con el éxito gracias al tema "Follow Me", firmado como el dúo Lyme & Cybelle, pero que sobre todo le situaba como músico de sesión, compositor, responsable de algunas piezas interpretadas por The Turtles, o alojando uno de sus temas propios, "She Quit Me", en la banda sonora de la película “Cowboy de medianoche”, e instrumentista en las giras de unos ya crepusculares y decadentes Everly Brothers. La carrera de Warren Zevon era insolentemente bisoña todavía pero paradójicamente transmitía trazas de una roma y decrépita veteranía.
Situado en los años setenta en la costa catalana, concretamente en Sitges, a modo de refugio y de nuevo horizonte en el que dotar de una más saludable rutina a sus días, tras un mal recibido debut en solitario, “Wanted Dead or Alive”, la llamada de su amigo Jackson Browne, instándole a grabar un disco bajo su amparo, significó al mismo tiempo volver a asomarse al abismo emocional pero también incrustar, un 18 de mayo de 1976, su ácida y doliente rúbrica en la historia del rock. Porque pese a su todavía escaso currículum propio, la cohorte de admiradores que acumulaba entre sus colegas quedó reflejada en los rutilantes créditos impresos en dicho homónimo trabajo, un álbum que desempolvaba esas composiciones que nunca había dejado de escribir y que ahora, bajo el auspicio del potente sello Asylum Records. iban a tomar forma a través de una silueta que hacía de su vitriólica sonrisa una careta con vistas al precipicio.
Si el almanaque de colaboradores que tomaron parte en la grabación de dichas canciones era una cartografía del soft-rock más canónico, abasteciéndose de formaciones como Fleetwood Mac, los Eagles oBonnie Raitt, el estilo adoptado por el todavía veinteañero era todo lo contrario a un acomodaticio responso en dicha escena. Sus composiciones partían del acervo tradicional pero se desplegaban sabedoras de que el rock podía ser un paisaje con las suficientes ramificaciones como para no apostarse en una esquina fija, una flexibilidad sonora que además era la natural demanda requerida por unos sublimes textos que adoptaban la forma de pequeñas perlas narrativas donde convivían el costumbrismo, la sátira de escozor sentimental y por supuesto una túnica existencialista. Al igual que todo un continuo de escritores como Tennessee Williams, F. Scott Fitzgerald, Sam Shepard o Raymond Carver, Warren Zevon recogía esa herencia consistente en participar activamente de ese tumultuoso circo social y en paralelo oficiar de taquígrafo ágilmente inmisericorde.
Como cualquier gran autor que se precie, la mente creativa de Zevon era un domicilio capaz de albergar estancias para episodios autobiográficos, ejercicios de observación y radiografías trascendentes, ingredientes que lejos de distribuirse de manera independiente a lo largo del repertorio se funden con esbelta naturalidad para procrear su propio e identificativo espacio artístico. Una convergencia perfectamente enhebrada en temas como "Frank and Jesse James", donde la nada ilustre trayectoria final de los Everly Brothers se encarna a través de un espacio mítico como el del country western, otorgándoles una vida metafórica en el cuerpo de dos de sus más icónicos cuatreros que cabalgan con ese particular, e inimitable desde entonces, cruce de caminos entre los Eagles, Kris Kristofferson o Randy Newman. Personajes en conflicto con su entorno que será uno de los pilares conceptuales que acompañe a todo el repertorio, papel por supuesto también asignado a sí mismo en la ingeniosa "Desperados Under the Eaves", donde la anécdota respecto a una verídica estancia en el Hollywood Hawaiian Hotel que no siempre significaba el abono de sus facturas, se traduce en una épica epopeya entorno al fracaso, una reflexión sostenida por imágenes tan elocuentes y estremecedores como la agazapada tras la incógnita “¿No parecen los árboles ladrones crucificados?”. Tampoco se verá exenta de habitar sus temas la madre de uno de sus hijos, camuflada en la identidad de una mujer que en "The French Inhaler", escoltada por un tono más solemne, el que caracteriza por ejemplo a alguien como Harry Nilsson, encuentra en el sexo esporádico el único medio de aceptación. Escenas de planes nunca consumados con éxito que se acomodan en dos preciosas y especialmente logradas baladas, porque si
"Hasten Down the Wind", versionada más adelante por Linda Ronstadt, resulta una instantánea en ruinas, uno de sus estandartes compositivos, "Carmelita", significa una historia de amor escrita con una aguja inyectada de heroína. Erráticas andanzas que mientras en "Mohammed's Radio" hacen de la música, aquí entonada tierna y profunda a la manera Gram Parsons o Townes Van Zandt, única vía de escape para la precariedad laboral, "Backs Turned Looking Down the Path" es una luz de fuga mucho más consistente, el íntimo deseo de habitar otra realidad no subyugada ante el idioma del caos.
Si ya en los tiempos rítmicos más relejados es perceptible esa inercia por no sucumbir musicalmente a la decadente sustancia anímica, vistiéndoles de una casi amabilidad sonora, ese aspecto se materializa con mayor expresividad, resaltando todavía más esa dicotomía aparentemente opuesta, cuando es el acento rock quien asume la tutela de las canciones. Las elegantes trazas de "Mama Couldn't Be Persuaded", asignadas por ejemplo a la escenificación de Elton John, delinean el dramático pasado familiar propio, mientras que el desenfreno en forma de rock and roll clásico de
"Poor Poor Pitiful Me"
esconde entre sus pasos de baile el llamado trágico del suicidio. Un escenario, absorbiendo primero las raíces del blues bullicioso en "I'll Sleep When I'm Dead" y recogiendo el contorsionismo del funk para configurar "Join Me in L.A.", presentado en su carcasa como una celebración ininterrumpida pero que sin embargo late al son marcado por una peregrinación de cadáveres y fantasmas.
Warren Zevon no solo aceptó la ruta que el oscuro destino había trazado para él, sino que convirtió ese itinerario asignado en una desaforada carrera para atravesarlo a la mayor velocidad posible. Alcohol, drogas, armas de fuego y violencia no fueron un ajuar exhibido como parte del espectáculo, era la más cruel realidad de su paso por el mundo, finiquitado un 7 de septiembre del 2003. Como en una suerte de resignación divina, asumió dicha naturaleza e hizo de ella un incendio en combustión continua, sabedor de que esa calcinada existencia era el mejor sustento para su inspiración artística. Decidió de esta manera dar sepultura a la persona para alentar un imaginario creativo que concibió un tesoro de particular naturaleza, magistral en su materialización bajo un gesto irónico por el que asomaba el desgarro más absoluto. Las canciones de este disco son un extraordinario reflejo de esa condición, pero igualmente representan el grito de auxilio de quien maldecía una condena a la que solo pudo enfrentarse, paradójicamente, alimentando ese carácter autodestructivo hasta extraer de él un bello fruto. El único camino en busca de la salvación consistía en inmolar su presente para conquistar la inmortalidad como músico.
Desde sus primeros pasos, Desarte ha funcionado como un organismo vivo, en transformación constante. La diversidad de influencias y trayectorias de sus integrantes ha sido clave para moldear un proyecto que no deja de evolucionar sin perder el foco: honestidad, riesgo y compromiso con su propio discurso. Ese recorrido, marcado por el directo y la experimentación, desemboca ahora en “Menos Café”, su primer EP.
Grabado en Moba Studios (Madrid) y producido por Nico Álvarez, guitarrista de Burning, “Menos Café” se presenta como una declaración de intenciones clara y sin rodeos. El trabajo captura la esencia más cruda de Desarte, trasladando al estudio la intensidad de su directo sin renunciar a una producción cuidada. Aquí no hay artificios innecesarios: hay nervio, hay pulso y hay una banda que suena a lo que es.
Concebido como carta de presentación tanto artística como profesional, el EP condensa la identidad del grupo en un conjunto de canciones que funcionan como punto de partida y, al mismo tiempo, como promesa. “Menos Café” no solo muestra quiénes son Desarte hoy, sino que deja entrever todo lo que está por venir. Porque si algo queda claro tras este lanzamiento es que la banda no ha venido a ocupar espacio, sino a agitarlo.
Desarte irrumpe en la escena madrileña con la urgencia de quien tiene algo que decir y ninguna intención de suavizarlo. Nacida en 2022 en la Comunidad de Madrid, la banda se mueve con naturalidad dentro del amplio territorio del rock and roll, sin ataduras estilísticas ni necesidad de etiquetas cerradas. Su propuesta bebe del hard rock, el pop y el rock más directo, pero lo hace desde una identidad propia que se construye a base de intuición, energía y una clara vocación de autenticidad.
En su sonido conviven guitarras afiladas y bajos en constante tensión, pianos con un pulso blusero que aportan matices inesperados y una base rítmica sólida que sostiene cada tema con contundencia. Todo ello al servicio de unas canciones que no se conforman con sonar bien: buscan provocar, remover y dejar huella. Las letras de Desarte se mueven entre la reivindicación de la locura como forma de resistencia, la exploración de la rebeldía sexual y una mirada crítica al contexto actual. Hay actitud, pero también hay intención.
Allí estaba yo hace treinta años, detrás de la barra del Candela, con la misma edad que ahora tiene mi hijo. Yo ponía la música, por suerte o casualidad. Todas las noches había un momento Camarón de la Isla, cuando todos los gitanos, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, se arrebataban no ya a cantar, sino a tocar unas palmas que siempre fueron el primer motivo y queja de nuestros sufridos vecinos a la hora de su habitual llamada a la policía.
"Omega" fue mi plan. El Maestro Enrique me lo traía en cajas y yo lo vendía. El disco que Su Majestad Enrique Morente regaló al mundo para dignificar el flamenco hacia galaxias que explotan ahora en "LUX". En pleno apogeo y con el máximo ánimo de romper esas palmas sin duende, le daba al stop -analógico todo- y se hacía una pausa silenciosa, manteniendo ese suspense que solo Hitchcock puede lograr. Es entonces cuando comenzaba a sonar esa guitarra eléctrica de los Lagartija Nick, que se juntaba con la voz de Enrique, y es cuando todos los gitanos y gitanas me querían asesinar. Hoy estoy vivo, aquí, sentado junto a mi hermano en el gallinero del Palacio de Deportes, para recibir esa luz histórica que define a los artistas de verdad. Rosalía es a "OMEGA" lo que Morente es a "LUX". El riesgo. El mismo que sentí yo detrás de la barra bajo el poder de la música, sintiéndome Picasso en su estudio bajo una perspectiva cubista que sólo el malagueño pudo ver en su solitario estudio creando a las “Señoritas de Aviñón”.
El pasado 1 de Abril en procesión de Semana Santa nos dirigíamos de camino hacia el cielo el mismo día que el hombre volvía a la Luna. Su cara oculta es en lo que se convirtió el Movistar Arena durante las dos horas en las que fuimos astronautas. El litúrgico silencio de una misa y la oscuridad que experimentaron en la Artemis lo sentimos las 17.000 personas que observamos ese escenario tapado por el armazón trasero de un gigantesco lienzo tímidamente iluminado. Igual que los 23 asientos bien dispuestos en una pista en cruz formada por los espectadores, privilegio que desde arriba, en el gallinero, es donde mi hermano y yo captamos enseguida el punto de fuga que siempre nos inculcó nuestro padre pintor.
“Hermano, he estado en este lugar desde que no tenía pelos en los huevos. Aquí perdí mi virginidad musical, en vivo con Kool & The Gang, con 15 años falsificando mi carnet de identidad”. Minucias comparadas con la única vez que asistí a este mítico recinto a la excelsa y exclusiva presencia de una orquesta sinfónica en recintos mal avenidos. Fue la Orquesta Egipsea, compuesta por músicos de El Cairo en 1995, quizá el mismo asiento que hoy ocupo bastante más arriba junto a mi hermano hoy, cuando las redes sociales no designaban tu butaca, sino tú mismo y tus circunstancias a la hora de adquirir tu entrada analógicamente. O sea, el ir y comprar. Décadas después es lo que hizo mi hermana a las 7 de la mañana para adquirir esa valiosa entrada con su número 5.548 en listas de esperas de redes sociales babilónicas. Led Zeppelin vi yo; Robert Plant y Jimmy Page por última vez juntos. 666 mi número de entrada. Violines con guitarras; voces con percusiones, ombligos al aire mientras suenan canciones propias, creadas desde el cero de su cabeza hasta llegar al cielo de la nuestra. Imperecederas.
Harto uno ya de defender causas perdidas en textos que tan solo a algunas personas llegarán, me abstendré de regirme por la típica y clásica reseña de un concierto que casi nadie leerá, ahondando en el momento vivido como si hubiera visto a Platón en su época o sido Sancho en la andanzas de Don Quijote, fuera de formalismos de la canción por canción que hoy en día te hace la IA. De nada sirve hoy que un analógico como yo, fuera de lugar en estos tiempos que mandan gentes de caras naranjas, te haga una reseña de un concierto que ya te ha escrito un advenedizo cualquiera con nombre ficticio que jamás se llamará como yo. El que estuvo ahí arriba con sus prismáticos delatores de pureta, atónito escuchando “Angel” de Jimi Hendrix y su guitarra al lado de una multitud de mujeres de todas las edades ataviadas con tocados de monja. Ahora allí, como yo hace 30 años haciendo mi sueño realidad con Led Zeppelin, mientras la orquesta se situaba en su posición histórico privilegiada, afinando sus cuerdas en presencia de una caja que contenía dentro a Rosalía.
Ese regalo perfectamente envuelto que una vez recibiste de El Corte Inglés, al que nuestra mundial Flamenca se pasó por el forro de su vagina cuando decidió que ella no iba a colgar su imagen al lado del anuncio de Tío Pepe en la Puerta del Sol, dándole la vuelta al marketing que ahora depende de ella y no de Babilonia. La que en “Motomami” se hizo la Reina del autotune y en "Lux" le ha dado la vuelta a su registro junto a Vivaldi o Bach. La que nadie entiende cuando canta, como lo que Bob Dylan nos quería decir en sus extensas charlas Nobel-musicales que nunca pudimos traducir, pero sí entender cuando la canción la hacíamos nuestra gracias al alma y corazón en estado de plenitud juvenil. Rosalía ha puesto subtítulos en sus conciertos en pantallas bien definidas, como lo ha hecho en sus discos, haciendo que un americano de Wisconsin o una africana de Mali griten al unísono: “Saoko papi, Saoko, Chica que dices!!!”. Extranjeros que tocan esas palmas desacompasadas, fuera de ritmo y de lugar, a destiempo y alejadas del duende flamencólico que tanto daño hicieron a los verdaderos creadores de antaño. Como Camarón y su “Leyenda del Tiempo” y Morente con su “OMEGA”, aquellos que detrás de una barra me hicieron defender lo que hoy, después de tres décadas, me hacen escribir esta diatriba para mi auténtica satisfacción. Estar vivo y sentir el arte. El arte de seguir vivo. Aunque no entienda lo que me dicen.
Este inicio del mes de mayo tenemos visita a nuestras tierras de "Manolenta", en concreto el próximo día 7 actuará en el Movistar Arena de Madrid y el 10 en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Unas actuaciones que muy probablemente serán su despedida por los escenarios españoles, debido a su edad y a su estado físico. Lejos queda su primer concierto que tuvo lugar en la Plaza de Toros de Ibiza el 5 de agosto de 1977, pero también su última visita del 24 de marzo de 2004 en Barcelona. Hasta 13 conciertos ha dado por nuestras ciudades, en los que ha desplegado todo su arsenal bluesero y su inigualable carisma al mando de sus guitarras.
Por ello, y para abrir boca antes de gozar de su directo, queremos hacer un pequeño repaso a su larga y fructífera carrera a través de los que consideramos sus diez mejores discos. Grandes proyectos y enormes canciones para una carrera inigualable.
1.THE YARDBIRDS: "FIVE LIVE YARDBIRDS" (1964)
El primer álbum de los Yardbirds contaba con un joven Clapton de apenas 19 años fanático del blues, quien ya se había hecho famoso entre el circuito de música en vivo londinense, apareciendo en un muro la célebre pintada que rezaba "Clapton Is God". Junto a sus amigos Keith Relf, Chris Dreja, Paul Sanmuel-Smith y Jim McCarthy grabaron este álbum con canciones de Chuck Berry, Bo Didley, Howlin Wolf y John Lee Hooker, dejando fuera hits como "You Can't Judge a Book by Looking at the Cover" o "Boom Boom". Un disco que mezclaba el rock con el blues y que catapultó a una banda que tras la marcha de Clapton tuvo a otros dos monstruos de la guitarra en sus filas como Jeff Beck y Jimmy Page
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2."BLUESBRAKERS WITH ERIC CLAPTON" (1966)
El segundo álbum del bluesman John Mayall y primero de los Bluesbrakers contaba con un Eric Clapton que ya era famoso tras su paso en los Yardbirds a los que había abandonado por alejarse del Blues. Ahora los dedos de Clapton estaban al servicio de la banda de Mayall para crear una obra maestra del blues-rock en el que aparte de los temas propios se interpretaron grandes versiones de Ray Charles, Willie Dixon, Freddie King, y cómo no, del pionero Robert Johnson. Los Bluesbrakers que aparecen en la portada los completaban John McVie (futuro Fleetwood Mac) al bajo y Hughie Flint a la batería.
3.CREAM: "DISRAELI GEARS" (1967)
El segundo trabajo de la superbanda que el guitarrista montó junto al batería Ginger Baker y al bajista Jack Bruce, es uno de los grandes hitos del rock de los sesenta y un precursor de la experimentación psicodélica. Si bien su debut, "Fresh Cream" (1966), mostró su virtuosismo y base blues, con "Disraeli Gears" (1967) el trío se consolidó con un sonido más elaborado y canciones emblemáticas como "Sunshine of Your Love", "Strange Brew" o " Tales Of Brave Ulises". La banda conectó con la juventud hippie y llevó el blues a nuevas audiencias en EE. UU., actuando en festivales clave como Monterrey y Fillmore. Sin embargo, las tensiones internas, el agotamiento de las giras y problemas de gestión llevaron a su disolución en 1968.
4.BLIND FAITH: "BLIND FAITH" (1969)
Tras cerrar la etapa Cream, Eric y Ginger Baker formaron otra superbanda junto a Steve Winwood (ex Spencer Davis Group y Traffic) y Ric Grech (Family). El único y homónimo álbum de controvertida portada ofrece seis extensos temas - el que cierra el disco sobrepasa los 15 minutos - surgidos de unas fructíferas Jam Sessions y en donde los desarrollos instrumentales fueron el eje central. Como curiosidad, la banda únicamente ofreció su primer concierto y único en el Reino Unido que tuvo lugar el 7 de junio de 1969 en Hyde Park, un mes antes de que los Rolling Stones dieran su legendario concierto tras la muerte de Brian Jones.
5.DEREK AND THE DOMINOS: "LAYLA AND OTHER ASSORTED LOVE SONGS" (1970)
Derek and the Dominos es el primer proyecto en que Clapton se erige como cantante principal. En los grupos en los que había estado antes era reconocido como guitarrista principal, cantando ocasionalmente. Para ello se juntó con Bobby Whitlock, Carl Radle y Jim Gordon, dando una única producción discográfica, este legendario "Layla and Other Assorted Love Songs" en la que destaca la emblemática canción "Layla", inspirada en el amor (por entonces) no correspondido del propio Clapton por Pattie Boyd, esposa de su íntimo amigo George Harrisson. El disco combinaba potentes guitarras, melodías emotivas y letras llenas de pasión. A pesar del talento y la conexión artística entre los músicos, la banda duró poco debido a las tensiones entre sus miembros y a las fatídicas adicciones.
6.ERIC CLAPTON: "461 OCEAN BOULEVARD" (1974)
Este disco marca el regreso de Clapton tras superar su adicción a la heroína, consolidándose como uno de sus discos más destacados de su discografía y siendo su primer número 1 en solitario. A diferencia de la intensidad de "Layla and Other Assorted Love Songs", este álbum refleja un Clapton más relajado y juguetón. Incluye temas propios junto a versiones memorables como "Willie and the Hand Jive" de Johnny Otis y "I Shot the Sheriff" de Bob Marley, esta última su único sencillo que alcanzó el número 1. El disco combina virtuosismo con un aire desenfadado, mostrando al de Surrey cómodo en su nuevo rumbo musical, en un sonido accesible y elegante que convirtió el disco en un clásico del rock de los setenta.
7. ERIC CLAPTON: "SLOWHAND" (1977)
El quinto trabajo en solitario de Clapton lleva su sobrenombre de título y esconde grandes temas como la country "Lay Down Sally" y la bonita balada "Wonderful Tonight" que compuso inspirada por su ya esposa Pattie Boyd, mientras aquella se estaba arreglando para ir a una cena. Pero el disco es sobre todo recordado por la versión que hizo de "Cocaine" del gran JJ Cale, una canción que tuvo problemas con la censura. A pesar de todo, el disco tuvo un gran éxito entre público y crítica gracias a ese equilibrio entre virtuosismo guitarrístico y sensibilidad melódica que junto a la pulida producción erigieron a un maduro y versátil Clapton como músico de referencia.
8. ERIC CLAPTON: "JOURNEYMAN" (1989)
Tras una década de los ochenta irregulares a nivel artístico y en los que tuvo que superar sus adicciones a la heroína y al alcohol, con éste álbum volvía un músico rehabilitado para recordarnos su maestría en el blues y rock contemporáneo. El disco combinaba canciones propias con versiones, destacando "Pretending", "Bad Love", "Anything for Your Love" y sobre todo esa final "Before You Acuse Me (Take A Look Yourself)" de Bo Diddley con el que demostraba sus dotes innatas para seguir con el legado del Blues. "Journeyman" es un disco de rehabilitación en el que aunaba virtuosismo técnico con melodías accesibles y letras reflexivas y emocionales, fusionando blues tradicional con elementos del rock moderno de la época.
9. ERIC CLAPTON: "UNPLUGGED" (1992)
Grabado en Windsor (Inglaterra) el 16 de enero de 1992 y publicado escasos meses después, el Unplugged de Eric Clapton es uno de sus discos que primero nos vienen a la cabeza con el momento lacrimoso de "Tears In Heaven", single recién estrenado y que dedicaba a su hijo Conor fallecido tras caer de un rascacielos un año antes. La belleza de la composición junto con el sentimiento de la interpretación de "Mano Lenta" es uno de los hitos musicales jamás habidos en directo y que aparece muy bien rodeado con sensacionales blues clásicos como "Before You Accuse Me" de Bo Didley o "Walkin' Blues" de Robert Johnson, a los que se suma una formidable "Leyla" perfectamente alejada de los cables y efectos. No cabe decir que el álbum batió récords de venta y propulsó al estrellato por enésima vez a este genio de la guitarra.
10. ERIC CLAPTON: "CLAPTON" (2010)
Para elegir un disco reciente, ponemos este Clapton de 2010, aunque habríamos podido incluir "Me And Mr. Johnson" (2004) dedicado a Robert Johnson o sus notables colaboraciones con el gran maestro del Blues, BB King, ("Riding With The King" de 2000) o JJ Cale ("The Road To Escondido" de 2006). Sin embargo este disco de 2010 resulta mas personal aunque en él aparezcan composiciones originales en unas versiones mayoritariamente blues pero también Jazz y Folk. Un disco de madurez muy interesante.
Hace un par de meses nuestra revista entrevistó a Chencho Fernández, el magistral músico sevillano, quien, no sin cierto enojo, defendió que el punk no nació en la Inglaterra del descontento, sino en Nueva York (que como todo el mundo sabe no está en EE.UU.) Incluso se podría concretar aún más, y situar el epicentro del terremoto punk en el barrio de Queens, de donde eran este grupo de chavales inadaptados que se hicieron llamar los Ramones, haciendo un guiño más o menos manifiesto a los Beatles. No obstante, habría que evitar subestimar el papel que desempeñaron otros grupos norteamericanos a la hora de generar la situación propicia para la aparición disruptiva del punk, en su doble expresión, como actitud existencial y como movimiento musical.
Para aquilatar su firme punto de vista, Chencho recurrió, naturalmente, al mejor oráculo (blasfemo) que existe, la biblia de “Por favor, mátame”, la historia oral del punk reunida por McNeil & McCain. Además de este libro, he consultado el cómic francés “One Two Three Four Ramones” de Cadène/Bétancourt y Cartier (dibujante).
La decepción social de los jóvenes con la generación de la posguerra que les precedió, y sus valores cada vez más mercantilistas y conservadores, no era un fenómeno exclusivamente británico o europeo, en Norteamérica también existía, y fue uno de los elementos desencadenantes de la contracultura. De la que los Ramones fueron una expresión salvaje y directa. Un “ataque relámpago” como el de la sempiterna canción inicial del álbum (“Blitzkrieg Bop”). Dee Dee, Joey, Tommy y Johnny, especialmente el primero y el último, provenían de la marginalidad. Cada uno de ellos gozaba de una personalidad carismática, muy diferente a la de los restantes miembros, lo que conduce a pensar que fue algo milagroso el hecho de que convergieran con el fin de realizar este disco y que siguieran tocando más adelante, pese a las disensiones que siempre caracterizaron la convivencia dentro de la banda. Su álbum de debut contiene temas dedicados al malvivir de yonquis, así como alusiones a la prostitución masculina y a la violencia callejera. Debido a esta “honestidad brutal”, los Ramones representan, sin duda alguna, la iconoclastia juvenil más descarnada y auténtica. Resulta tan desconcertante como hermoso que esta panda de jóvenes inadaptados disfrutara de tanto éxito.
Y para conseguirlo les bastó media hora. El resultado de apenas dos días de grabación. Ninguno de los catorce temas se extendía más de dos minutos y medio. Se trataba de “salir y tocar”, según Danny Fields. Ese fue el consejo que les ofrecieron a los miembros de The Clash, antes de que los británicos se constituyeran como banda, durante su gira británica, unos meses después de la publicación en abril de este disco homónimo. Aunque la música de los Ramones ha nacido para ser interpretada y experimentada en vivo, esta grabación es intachable, y transmite esa naturalidad y esa ausencia de sofisticación impostada que los Ramones hicieron suyas.
Perdura demasiado la engañosa impresión de que los Ramones eran unos músicos aficionados, pero, con el paso de los años resulta incuestionable que tomaron decisiones acertadísimas: que Tommy se pusiera a la batería, aunque después fue el primer Ramone en largarse, el logotipo inolvidable que diseñó Arturo Vega, un tipo fascinante, sin el cual no se puede entender a los Ramones, su vestimenta que quedó para siempre retratada en la fotografía de la portada, realizada para la revista Punk por Roberta Bayley, y por encima de todo ese rasgueo continuo, a una velocidad vertiginosa, de las cuerdas de la guitarra, como si la mano fuera la dinamo que sostenía el funcionamiento de aquella, y no la electricidad a la estaban enchufados los instrumentos. También es verdad que cuesta creer que, en esa “cueva infame”, alguien describió así este local del Bowery, pagaran religiosamente la factura de la luz. Ellos patentaron para siempre esta forma de tocar. Conviene decir que los Ramones renovaron el legado de los Beatles, de los Eagles y sus armonías vocales, ¡y la pasión por el surf!, y también está en deuda con otros grupos y artistas precursores del rock de principios de los sesenta. Sabían lo que hacían más de lo que piensan algunos resabiados.
Hay que agradecerles a Los Ramones que no se lo pensaran dos veces, que salieran y tocaran. Desde el momento en que lo hicieron se quedaron en nuestras vidas. Han transcurrido 50 años, y todavía siguen ahí, sobre el escenario, eternamente jóvenes, dispuestos a no hacer caso a nadie.
Portosanto presentan "Ten que haber un sitio para nós", su primer LP bajo este nombre. Editado por Ernie Records, el disco -formado por diez canciones- supone el punto de partida de una nueva etapa para una banda integrada por Anaís, Andrés, Nuno, Simón y Xoel, los mismos miembros que años atrás dieron vida a Oh! Ayatollah. Lejos de funcionar como una continuidad, el álbum plantea un comienzo consciente: una forma de recoger lo vivido y transformarlo en una propuesta más directa, emocional y afinada.
Los adelantos, el tema homónimo "Ten que haber un sitio para nós" y "Vinte de agosto", ya dejaban entrever las coordenadas del disco: por un lado, la necesidad de encontrar un lugar propio; por otro, el peso de la memoria y de las escenas que, sin saberlo, acaban definiendo quiénes somos. Dos líneas que atraviesan el álbum de principio a fin y que se desarrollan a lo largo de sus diez canciones desde distintas perspectivas, siempre con una mirada honesta y sin artificios.
Musicalmente, "Ten que haber un sitio para nós" se mueve en un pop rock de guitarras luminosas y afiladas, con nervio melódico y una intensidad que crece desde la contención. Las canciones se construyen sobre riffs reconocibles, bases rítmicas firmes y una clara vocación de banda, donde cada elemento ocupa su espacio sin perder el conjunto. Hay ecos evidentes -The Homens o Blur-, pero el disco no busca la referencia, sino la identidad: una forma propia de entender el formato canción desde la cercanía y la emoción.
Grabado en Casa Talisio bajo la producción de Jacobo Naya, el álbum apuesta por una sonoridad clara y directa, en la que las guitarras ocupan el primer plano y la voz se mueve entre la vulnerabilidad y la determinación. No hay exceso ni ornamento innecesario: el trabajo se centra en dejar que las canciones respiren y avancen, construyendo una tensión que se resuelve más por la insistencia que por el estallido.
En el plano lírico, el disco profundiza en una idea recurrente: la de crecer y asumir que las certezas prometidas no llegan. Frente a ello, Portosanto no proponen respuestas, sino preguntas compartidas. Sus canciones hablan de recuerdos que regresan, de momentos aparentemente menores que adquieren un nuevo significado con el paso del tiempo, y de esa necesidad persistente de encontrar un lugar -físico o simbólico- al que pertenecer.
Portosanto tienen ya confirmadas varias fechas en directo, con conciertos en Pontevedra, Ourense, Vigo y A Coruña, y las entradas ya están disponibles. Algunas de ellas de hecho, como las de Ourense, están ya agotadas. La banda anunciará próximamente nuevas fechas.
"Ten que haber un sitio para nós" no ofrece soluciones cerradas ni respuestas definitivas. Lo que propone es un espacio común: un lugar donde la duda, la memoria y el deseo de avanzar conviven sin contradicción. Diez canciones que, más que explicar, acompañan.
Porque, a veces, la única certeza posible es esa: seguir buscando.
El reconocimiento que en la última edición de los premios Goya recibió la hermosa canción original que hicieron Silvia Pérez Cruz y Alba Flores para este documental (aparece en los créditos) es uno de tantos argumentos a favor del interés musical de este destacado retrato de Antonio Flores, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta. Este último vuelve a dedicar su atención a la vida y la obra de un músico, como ya hiciera en la también premiada, “Segundo premio” (sobre la trayectoria inicial de Los Planetas).
La familia Flores es una de las sagas musicales y artísticas (la faceta de la interpretación no debería subestimarse) más importantes de nuestro país, no solamente por culpa de la influyente matriarca, Lola Flores, sino debido a Antonio González, el Pescaílla, quien también fue un personaje decisivo en los derroteros de la rumba catalana.
No hay nada más legítimo que el derecho de una hija a conocer de veras a su progenitor fallecido de forma prematura cuando Alba solamente tenía 8 años y su padre 33. Esa búsqueda es el propósito principal del documental. Alba busca a un padre extremadamente sensible e inquieto y descubre a un músico visceral. El acento musical de la película, se puede ver en la plataforma de Movistar +, es congruente con la principal vocación del hijo pequeño de la familia Flores, aun cuando su existencia fuera errática en ocasiones debido a las adicciones y recaídas que sufrió a lo largo de su trayectoria. Antonio estaba dotado especialmente para el rock y el blues, el documental lo demuestra indiscutiblemente. Y lo acreditan Sabina y Ariel Rot, cuyas intervenciones, como las de los músicos y productores, resultan reveladoras en el documental. El vídeo casero en el que la pequeña Alba y él balbucean un blues otorga a este documento audiovisual un valor excepcional, no solamente para la propia actriz y cantante, quién sabe, sino para el público en general.
Participó al igual que sus padres y hermanas en varias películas. En una de tantas, dirigida por el imprescindible Eloy de la Iglesia, titulada “Colegas”, el cantante interpreta un blues de forma excelsa: “Lejos de aquí”, y en su primer disco, “Antonio”, incluyó otro blues, “El fantasma de Canterville”, compuesto por los argentinos Sui Generis y Charly García. Este blues de los setenta afirma en primera persona: “He muerto muchas veces acribillado en la ciudad, mejor ser un muerto que un número que viene y va”. Es un estremecedor y preclaro epitafio enunciado varios años antes de su fallecimiento.
Y es que las circunstancias de este desgraciado hecho fatal se afrontan con notable honestidad y sin falso pudor, tal y como aconseja el filósofo Montaigne a la hora de tratar estos asuntos de la postrimerías de la vida. La familiaridad con la muerte atenúa el miedo y desactiva la morbosidad que suele acompañar a la muerte de personajes populares. Un año antes, el 24 de mayo de 1994, de su desaparición, Antonio había publicado un disco extraordinario, “Cosas mías”. Lo grabó animado por el éxito comercial y el reconocimiento musical de “De ley” de su hermana Rosario. La mayoría de las canciones las compuso el propio Antonio.
Seguramente no soy el único que encuentra muchas similitudes, fisionómicas, musicales y existenciales entre Antonio Flores y Ray Heredia. A ambos genios les echamos de menos por igual.