Jaime Urrutia: “Patente de Corso”


Por: Javier González.
 

La reedición en formato vinilo de “Patente de Corso” (Warner), el primer disco en solitario de Jaime Urrutia, es una excelente oportunidad para mirar atrás y recuperar las bondades del debut de quien probablemente sea el mejor escritor de canciones rockeras en castellano de toda su generación, una afirmación subjetiva sin duda, pero que se sustenta por sí sola a poco que uno repase la grandeza de la discografía de Gabinete Caligari

La historia que precede a este álbum es de sobra conocida, Gabinete se dijeron adiós para siempre tras la publicación del más que digno “Subid la Música”, una colección de canciones donde mostraban que todavía les quedaban cosas que contar pese a estar viviendo una época complicada, extensible a otras grandes figuras de nuestro rock en aquel momento; los motivos fueron los habituales en estos casos, los noventa irrumpieron con fuerza, el público había cambiado y el fenómeno indie andaba pisando fuerte, sepultando de los principales focos mediáticos a los grandes nombres de la década anterior, en una historia casi tan vieja como la de la propia música en la que las nuevas generaciones empiezan por matar al padre antes de reivindicarle pasado un tiempo, son los pecados propios de la juventud. 

Ante tal panorama, Jaime Urrutia reunió a Ferni Presas y Edi Clavo en su casa para comentarles que ya no se sentía cómodo defendiendo el nombre de Gabinete Caligari, dando portazo definitivo a casi dos décadas de andadura musical conjunta y finiquitando de paso la amistad que les unía; desde entonces solamente una vez más volvieron a reunirse en público fue con motivo de la presentación del libro firmado por Jesús Rodríguez Lenin, “Gabinete Caligari, el lado más chulo de la movida”, evidenciando un doloroso divorcio, no solo para los seguidores del trio, los cuales hubieran disfrutado de una gloriosa vuelta a los escenarios de la banda al estilo de la que más tarde han protagonizado algunos contemporáneos con menos éxito comercial que ellos, sino también para los propios implicados, pues en las distancias cortas siempre han dado la sensación que a pesar de las asperezas surgidas en la ruptura, los mensajes con pullas y la actual indiferencia, entre ellos sigue existiendo un profundo cariño forjado en más de dos décadas de vivencias, amistad y camaradería, algo que convendría no olvidar, puesto que si la historia de la música nos ha mostrado algo es que odios más grandes se han tornado de nuevo en colaboraciones muy rentables económicamente hablando, y, yendo más allá, en estos casos  estaría bien mirarse en el espejo de lo que fueron los últimos meses con vida de Boni, guitarra de Barricada, quien tras el sonado fin de la colaboración musical en la mítica banda de Pamplona con El Drogas, volvió a retomar el contacto con su viejo amigo, regalándonos una bonita estampa en la que la fraternidad venció al rencor.

Finiquitada la aventura de Gabinete Caligari, Jaime Urrutia se tomó su tiempo hasta tener bien hilvanadas las canciones que dieron vida a “Patente de Corso”, rescató ideas desechadas por su-excompañeros de banda, mimó y desarrolló nuevas progresiones de acordes hasta dar con el grueso de un disco donde el autor muestra cada una de las versátiles facetas que nos hicieron enamorarnos de su música, perfectamente secundado en el estudio de grabación por una banda de altura conformada por Candy Caramelo y José “Niño” Bruno, en la base rítmica, bajo y batería respectivamente, Guillermo Martín y Julián Kanevski, encargados de las guitarras, todos ellos en su día siendo la alineación titular en directo de Andrés Calamaro, a los que se sumaron habituales como Esteban Hirschfeld a los teclados y colaboraciones esporádicas como las de Jesús N. Gómez, Julio Delgado y Juan Cerro

Abre fuego con ¡Qué Barbaridad!, un fenomenal rock and roll “old school” donde nos retrotrae a los pioneros del género, abrazado con cariño por parte de las nuevas generaciones de oyentes, pues fue radiado hasta la saciedad en su momento, con una letra perfectamente engarzada, marca de la casa, donde observamos al Urrutia más costumbrista y socarrón, mostrando su mejor forma en un tema que como curiosidad cuenta con la participación de su hija Layla; continúa con la sensualidad que derrocha “Vestida para Mí”, con una cadencia capaz de crecer hasta el cielo, un teclado que juega sinuosamente con acercarse por igual a The Doors y al erotismo naif de la canción francesa, mientras el maestro canta como nunca no sin orgullo aquello de “Pues cada prenda que ella exhibe encima de su piel/ es un símbolo de amor/ cuando se mira en el espejo de su habitación/ vestida para mí/ suele sonreír/ suele sonreír”, simplemente espectacular. 

El siguiente corte es “Mentiras”, la única composición ajena de toda la colección, ya se sabe que Jaime no es un autor especialmente prolífico, sobre todo en lo que concierne a su etapa en solitario, por lo que tuvo que recurrir a la ayuda de Juan Carlos Sotos, quien durante tantos años fuese su guitarrista en directo, para grabar un tema notable en el que es innegable el influjo del rock argentino y de bandas como Los Rodríguez; a la que sigue “Castillos en el Aire”, una canción más cercana al espíritu verbenero y popular, con aromas a bossa nova, una faceta que Urrutia ha ido cultivando bajo su propio nombre, con referencias optimistas que invitan a soñar sin miedo y en la que es innegable la sombra de Esteban Hirschfeld, un tema del que se grabó un llamativo vídeo que hoy miramos con añoranza al observar a Pepe “El Hortelano” pintando uno de sus siempre personales cuadros.

Nunca fue un secreto la adoración que Jaime Urrutia siente por la voz de Roy Orbison, creo recordar haberle leído decir algo tan textual como: “Qué forma de afinar tenía el cabrón”, pues bien, si en algún momento el artista madrileño se ha podido sentir muy cercano al texano es sin duda alguna en “¿Dónde Estás?”, un rotundo medio tiempo de base imponente, letra urbana, repleta de descorazonadora melancolía a la que apuesto que el creador de “Only the Lonely” hubiera mirado con sana envidia de haberla podido escuchar. 

Una composición mayúscula que tuvo más de una vida, fue regrabada en la versión que aparece en este vinilo, junto a Loquillo, Andrés Calamaro y Enrique Bunbury, los cuales se unieron a Urrutia en una suerte de Traveling Wilburys hispanos, para ser editada en formato single, legando para la posteridad un vídeo mítico donde aparecía la banda del músico madrileño en directo, compuesta en aquel entonces por el guitarrista Guillermo Martín, ex-bajista en directo de Los Rodríguez, miembro de Desperados y futuro Troglodita, el bajista Juan Luis Ambite, original de Los Pistones, el batería Germán Vilella, uno de los cuatro Los Rodríguez, y el ya mencionado Esteban Hirschfield, ex-colaborador en las grabaciones y directos de Nacha Pop, Gabinete Caligari y quien llegó a probar suerte en una proto formación de Kraftwerk, sin duda alguna demasiada historia de la música hispana acumulada en tan poco metraje. 

La segunda parte de “Patente de Corso” arranca con la querencia bluesera y los aires acústicos arrastrados de la fenomenal “Completamente Feliz”, beoda reflexión sobre uno de esos kafkianos perdedores a los que tan bien refleja Urrutia, quien parece regalarse a sí mismo la alegre y festiva “Toda mi Vida”, antes que los aires sureños y casi fronterizos de “¿Qué hay de Comer?” se abran paso en una de las mejores canciones de todo el minutaje, último ramalazo rockero previo a la despedida que suponen la confesional “Cántame” y “Escándalo de Amores”, una samba original compuesta por Caco Senante

Para rematar el análisis de este notable trabajo, no podemos dejar pasar la acertada fotografía que acompañó la edición del álbum, con un Jaime Urrutia posando en actitud chulesca el interior de la plaza de toros de Las Ventas, vestido de negro con una camisa semiabierta, bordada con flores en el pecho, sujetando una lata de cerveza, escondiendo la mirada bajo unas gafas de rock oscuras y rematando el cuadro con unos chulísimos botines blancos, quién sabe si sacándose la espina por no haber posado nunca para un disco en el madrileño coso taurino hasta entonces, o quizás templando los nervios con un lingotazo de Mahou, semanas antes de debutar en solitario como si de Juan Belmonte o Joselito “El Gallo” en capilla se tratara. 

“Patente de Corso” supuso la reaparición en escena de Jaime Urrutia, las nuevas generaciones pudieron contemplar su grandeza en primera persona y los fans de toda la vida tuvieron la excusa perfecta para volver a salir de casa. Seguirle en aquella gira que tuvo noches míticas fue todo un placer, ya fuera disfrutándole cuando ejerció de cabeza de cartel como en los espectáculos que le unieron a su amigo Bunbury, quien por aquellas fechas andaba presentando el exitoso “Flamingos”, en una serie de veladas que vistas con perspectiva solo pueden ser recordadas como míticas. 

Jaime Urrutia volvió por sus fueros con “Patente de Corso”, vistiendo casi todas las pieles que le hicieron un grande de nuestro rock; regresó haciendo bueno el refrán que dice aquello de “los viejos rockeros nunca mueren”, una verdad como un templo, demostrando que le quedaban un buen puñado de canciones escondidas, como el as bajo la manga, y que cuando él anda fino, el resto de sus colegas y compañeros de profesión solamente pueden escuchar pasmados y quedarse boquiabiertos ante semejante despliegue de carisma. Su talento para tratar el idioma castellano con música de fondo y la chulería innata que se gasta es imposible de impostar. Se tiene o no se tiene. Y en el reparto Urrutia se quedó toda o casi toda. Que a nadie se le olvide.