The Last Dinner Party: El preludio del éxtasis o Dios salve al último “hype”


Por: Skar P.D.

En una época en la que la música se resuelve con los plug-ins adecuados, manejados por alguien con capacidad para memorizar los patrones más usuales de escalas y armonías y saber qué botón los dispara, en la que, por consiguiente, los artistas son solistas, con cierta disposición a que la tecnología enmascare ciertas deficiencias, y se promocionan en Tik Tok, resulta sorprendente que se sigan diseñando estrategias que recuerdan más al "modus operandi" habitual de cuando la música era analógica. ¿Y a qué viene esto?  

The Last Dinner Party es una banda compuesta por cinco mujeres que se han convertido de la noche a la mañana en el "hype" más notorio que la habilidosa industria musical británica ha sido capaz de fabricar en los últimos años, y del que por supuesto  los medios escritos y visuales afines a dicha industria se han convertido en perfectos colaboradores. Y como otra cosa no, pero los británicos son expertos en manejar este tipo de "acontecimientos", lo llevan haciendo desde tiempos inmemoriales con mayor o menor fortuna, han detectado que existía un hueco dentro de los esquemas que la generación Z maneja en sus fobias y sus filias y sobre todo en aquellos componentes que habían crecido escuchando el indie de sus hermanos mayores. Demasiado sensibles para los desgarros del post punk, demasiado modernos para las canciones de tres acordes y estribillos alcohólicos y demasiado cultivados para el perreo del autotune. Las cinco componentes de la banda se han educado en el King's College y en la prestigiosa academia Guildhall School of Music and Drama. Lo de drama no es una cuestión baladí.

La banda compuesta por Abigail Morris (voz), Lizzie Mayland (guitarra y voz), Georgia Davies (bajo), las del Kings College, y Emily Roberts (guitarra) y Aurora Nishevci (teclados), se formó allá por el 2020, empezando a tener notoriedad con la publicación en Youtube (The Last Dinner Party Live at Venue MOT por si alguien tiene curiosidad) -por uno de estos tipos "influencers" especializado en la denominada escena underground del sur de Londres- de su tercera o cuarta aparición en directo, lo que provocó el revuelo suficiente, vía miles de reproducciones, como para que una de las discográficas más poderosas se interesara. Firmar por Island Records, y más contando con el interés de la compañía, es una de esas cosas que están en el imaginario de la cultura músico-industrial más atemporal, aunque en los últimos tiempos pudiera parecer que no es así en cuanto a bandas de guitarras y baterías se refiere.

A partir de la firma las expectativas se disparan hasta extremos difícilmente comprensibles desde un punto de vista ortodoxo, pero que siguen paso a paso lo que parece una estrategia perfectamente diseñada porque, por mucho que se invoque el "boca a boca", que no tiene por qué ser incierto, hay aspectos que llaman poderosamente la atención. ¿Alguien recuerda alguna banda que sin tener nada grabado actúe de telonera, de muy telonera, sí, pero en definitiva formando parte de un cartel escueto de 4 artistas y en el que el principal reclamo sean The Rolling Stones?. Pues The Last Dinner Party, por entonces solo The Dinner Party, lo hicieron, y estamos solo en julio del 2022, apenas unos meses después de la publicación del video de Youtube que supuso el inicio de su despegue. Dicen las crónicas, algunas tan prestigiosas como la de la web Louder Than World, que lo hicieron muy dignamente. Apenas dos años después de su formación con el hándicap del confinamiento Covid por en medio.

Y luego está la parte visual, que obviamente tiene su importancia, y que si en un principio era algo mucho más naif, con delantales y vestidos propios de una era más romántica pero más parecidos a las cocinas de un palacio que del palacio en sí. Eso también ha cambiado, o evolucionado si se quiere, a una estética que fluctúa entre la era victoriana ("Cumbres Borrascosas"), el glam más sofisticado y el vestuario de Crepúsculo, con ciertos matices de lo que allá por los ochenta, mucho antes de que ellas nacieran, se denominó nuevos románticos. Y no parece que comercios como Primark o H&M sean sus proveedores. En cualquier caso, The Last Dinner Party, o sea las chicas, ofrecen un aspecto de absoluta sofisticación que parece pensado o diseñado por auténticos profesionales del ramo. De esos que una compañía poderosa como Island Records es capaz de contratar para proporcionar un envoltorio elegante al producto que trata de vender. Una elegancia que por otra parte no desentona con el aspecto pulcro e intelectual de la música que trata de ofrecer, la música que cinco chicas cultas y estudiosas hacen y que le ha hecho apostar por ellas. Al fin y al cabo la música es el epicentro de todo esto... ¿O no?

La elegancia parece ser un hilo conductor en la trayectoria de The Last Dinner Party: el diseño de su carrera, sea de quién sea, su apariencia y por supuesto su música. Así que, siguiendo esta tónica, resulta casi evidente que en el apartado de producción, parte muy importante a la hora de tomar ciertas decisiones, un tipo como James Ford, o similar, podía ser el agraciado; y para qué alguien parecido, si podemos tener al original. Si se busca un hilo conductor en el trabajo de James Ford es su capacidad para entender a las bandas que hacen de esta cualidad un signo de distinción. ¿Acaso no son elegantes Artick Monkeys, The Last Shadow Puppets, Depeche Mode, Blur o los mismísimos Pet Shop Boys? El señor James Ford ha producido a todos y cada uno de ellos, entre otros que también tendrían cabida en el concepto, Klaxons, Haims...etc. y ahora también a estas londinenses al parecer, y dicho por ellas, devotas de David Bowie

La primera colaboración con el afamado productor se plasmó en Abril del 2023 por medio de la publicación de su primer sencillo, "Nothing Matters", una más que excelente canción de amor dotada de una sensual y emocionante intro vocal y apoyada de inmediato por unos coros que suenan actuales y reivindicativos: "Y puedes abrazarme como él la abrazó, y te follaré como si nada importara", hasta desembocar en uno de esos cantos corales de los que tanto disfrutan las generaciones post grunge y que se siguen cantando incluso cuando la canción acaba. Si las expectativas ya alcanzaban un nivel considerable, apoyadas hasta ese momento en sus numerosos shows en vivo, aquí se plasmaban físicamente en un formato radiable por primera vez y encontraba su acomodo en la lista Adult Alternative Airplay de la afamada revista Billboard. Música para adultos independientemente de la edad que se tenga. Esto en principio no concuerda mucho con la idea que se tiene de una hipérbole artificialmente generada. Por lo de adultos, claro, pero vete tú a saber si la infantilización inherente a las redes sociales ha causado los suficientes estragos. Que todo puede ser. 

A ese primer sencillo siguieron en intervalos, de una exactitud casi milimétrica de dos o tres meses, "Sinner", con esa impoluta guitarra fluctuando detrás de la melodía; la teatral “My Lady of Mercy” y su innegable referencia a la forma de implementar las canciones de Sparks; “On Your Side” en la que parece materializarse el espíritu de Kate Bush y “Caesar on a TV Screen” (originalmente llamada Leningrad en sus primeras actuaciones en vivo) que parece una mini ópera bien resuelta en los ritmos sincopadas que sirven de salida a las partes de más intensidad. Todos y cada uno de ellos siguiendo una estrategia de repetición por acumulación y al mismo tiempo en el que las presentaciones en vivo se sucedían ocupando plaza en el "line up" de festivales tan importantes como Glastonbury, Latitude, Montreux y hasta en el más cercano BBK Live, en la que hasta ahora es su primera visita a España y por supuesto su primera aparición en "Later... with Jools Holland", que es indicador absoluto del estado de underground al mainstream en las islas británicas. Si los "hypes" se desmontan en los directos, la capacidad con que resuelven los mismos hace que no parezca ser el caso de estas chicas. La constatación de la veracidad o no del fenómeno en esos momentos ya era algo más que esperado, porque ya se habían convertido a esas alturas en "la última esperanza blanca" destinada a salvar el pop inglés. Incluso ya habían actuado abriendo para Florence & The Machine, un referente claro tanto estético como musical. 

En otra vuelta de tuerca más, y antes de publicar su, a estas alturas, más que esperado larga duración "The Last Dinner Party", resultaron ganadoras del The Rising Star Award, un "prestigioso" premio que otorga la industria fonográfica británica, o sea las compañías y editores, gerentes..., y por si hiciera falta algo más, también ganaron la encuesta de la BBC Sound de 2024, una encuesta en la que los críticos, con más o menos pedigrí, y diversas figuras de la música designan al talento más prometedor. La propia Florence Welch (sin su machine) fue la encargada de darles el premio. La auténtica cuadratura del círculo de hecho se produce cuando The Last Dinner Party versionan en directo "Dog Days Are Over", incluida en el álbum de debut de Florence. 

Finalmente casi un año después de aquella inicial canción que las catapultó, se ha publicado "Prelude To Ecstasy", un título que refuerza aún más, si cabe, el calificativo de petulante utilizado por sus detractores y que, como era de esperar, fue directamente al número uno. ¿Objetivo cumplido? Para ahondar más en la sensaciones contrapuestas que las acompañan desde el principio, el disco lo abren con un instrumental adornado de arreglos clásicos y cinematográficos, que muy bien pudiera ser usado para abrir sus conciertos, y ratifica la sensación de dramático romanticismo que envuelve su música y que lo clarifican en el siguiente tema, "Burn Alive", cuando cantan: "No soy la chica que me propuse ser, déjame hacer de mi dolor una mercancía". Para colmo, y para dar más alas a los odiadores profesionales que se ocultan tras un teclado, se permiten el lujo de intercalar una pequeña oración, desarrollada con unos coro finales casi sacramentales,  cantada por la teclista Aurora Nishevci en...albanés, su lengua materna por otra parte, añadiendo una dosis adicional de romanticismo victoriano incluso en el título de canciones como "Portrait Of A Dead Girl" y sus reivindicaciones más femeninas que feministas como cuando cantan "Deja que mis últimas palabras sean nuestro último baile", focalizando su reivindicación en una supuesta brecha de actitudes entre hombres y mujeres, o como cuando cantan “todo el veneno lo convierto en amor” en la más explícita  "The Feminine Urge". Por supuesto que el larga duración, además, incluye todos y cada uno de los adelantos previamente publicados y está dotado de unos arreglos un tanto grandilocuentes "made in" James Ford pero contenidos y equilibrados a la vez, para rebajar el posible tono de pretenciosidad en el que en otras manos, más inexpertas, hubiera sido muy fácil caer.

Las reseñas del disco han sido, como era fácil de prever, abundantes y abarcan un amplio espectro de publicaciones, desde las generalistas y sorpresivas como el Financial Times, el dominical del The Times o The Guardian, las imprescindibles y colaboracionistas del New Musical Express o la Rolling Stone, hasta las más firmes defensoras del status quo moderno más recalcitrante como Pitchfork y sus sucedáneos nacionales como la española Rock de Lux. Y por supuesto son más abundantes las que no dudan en calificar el disco como uno de los más importantes publicados en los últimos años a pesar de las controversias desatadas, y por otra parte las más firmes defensoras del purismo indie que aunque reconocen que es un disco muy bien manufacturado, han sido incapaces, quizás con buen criterio, de eliminar los "si, pero" habituales ante un producto que puede que, por lo agotador de lo excesivo, parezca  lo que no es, pero que por otra parte tiene el suficiente empaque como para que se asomen al vértigo de una equivocación histórica. Entiéndase que cuando se habla del producto se engloba al disco y a la banda. Seguramente, a estas últimas, las alabanzas que tipos como Garth Crooks, experto en futbol de la BBC, han vertido sobre ellas  refuerzan su posición crítica.

Sea como sea, The Last Dinner Party, su estética visual, su lírica emocional (¿alguien se acuerda de Enya?), su forma de acomodar canciones que parecen la suma de más de una idea, su estilo un tanto ambicioso, y su más que aparente fiabilidad instrumental son, sin duda, controversias incluidas, la revelación del año. No es fácil aguantar la presión añadida a las acusaciones de producto prefabricado facturadas por puristas y odiadores profesionales, que desde luego pueden argumentarlas, y ese será su reto para los próximos tiempos. ¿Mucho ruido y pocas nueces? Bueno, aquí entraríamos a discutir cuántas se consideran pocas. No parece faltarles la convicción necesaria para afrontar ese reto y para asumir, con decoro y actitud, la pesada carga de la revitalización de un género, el indie, que parecía estar ahogándose en las olas producidas por las mareas de sus tiempos de esplendor.

“Creo que hay algo real en la autenticidad: hay que tener una historia ideal. Tiene que ser completamente independiente. La gente se confunde acerca de lo que implican los contratos discográficos y cómo funciona la industria musical” (Georgia Davies)