Caballos Yonquis: "Sobredosis"


Por: Javier Capapé. 

Su nombre no es una provocación. El título de su debut tampoco. Aunque pueda parecer inapropiado, un grupo no se define por su nombre sino por sus canciones. Caballos Yonkis es el nuevo proyecto de Pedro Gracia Pérez de Viñaspre, un grupo que lanzó su debut discográfico el pasado mes de septiembre. Su inquieto líder, anteriormente en su proyecto Havoc, se reunió con el productor Iñaki de Lucas (también músico en La Buena Vida o UHF) para dar forma a unas canciones al margen de su anterior grupo, pero manteniendo la independencia creativa que le ha prestado hasta ahora Subterfuge. En el estudio de Iñaki comenzaron a dar forma a estas composiciones que se convirtieron en el germen de Caballos Yonkis, al que se unieron Ander Vildósola encargándose de la batería y Jaime Nieto con el bajo. Entre las once canciones de este debut hay muchas referencias que rastrear, aunque no sea una preferencia buscar todas ellas. Lo importante es dejarse llevar por estos temas densos que beben del pop, la electrónica o el post punk. Pedro afirma que ha intentado huir de las referencias, aunque inevitablemente están ahí y bebe de ellas, de esa memoria musical, como a él le gusta decir, que ha rastreado junto a su mano derecha en este momento, Iñaki de Lucas.

A pesar de lo que podamos pensar, las canciones que aquí se nos presentan partían todas de la sencillez de una guitarra y una voz, pero con la exigente producción con la que se visten han ido añadiendo capas intentando no ir a lo más obvio, para retarnos y exigirnos. Puede parecer difícil entrar en ellas, pero lo cierto es que si conseguimos conectar su magnetismo es intachable. Por encima de todo destacaría el tratamiento que le han dado a los sintes, que nos llevan desde los Depeche Mode de los ochenta en “Perfecto” a la electrónica actualizada de M83 que se deja ver en “Viuda”, ambas canciones además con sendas colaboraciones de Albaro y Raúl Arizaleta Urra de El Columpio Asesino, respectivamente. Se cuelan destellos de los Cure más hipnóticos (como puede verse en “El ciclo”) con las formas de León Benavente o la singularidad de Niños del Brasil. Basten “Mortal” o “Nubes” para visualizar estos ejemplos, la primera con un bajo más marcado y la segunda desde su riff electrónico que marca el inicio al que se va añadiendo una progresión instrumental de órdago, donde las guitarras van entrando poco a poco mientras la voz se hunde en esa oscuridad que nos arrastra.

Pero tampoco pensemos que solo se mueven como pez en el agua con los sonidos electrónicos, pues los más acústicos que nos pueden llevar hasta el fantástico “Automatic for the People” de R.E.M. se vislumbran en “Antro”, el rock más cristalino de los primeros Héroes del Silencio o incluso del inquieto Alis aparece en “El Deshielo”, y el pop más limpio se acaricia en “Acapulco”, aunque sin ceder a ningún convencionalismo lírico.

No quería ir por estos derroteros de la comparación al hablar de Caballos Yonkis porque el grupo en sí mismo podría ser un ente lo suficientemente original para sonar únicamente a ellos mismos, pero no puedo evitarlo, no tanto como ejercicio para hacer más liviana esta empresa, sino como reivindicación de unos sonidos cuya mística y reverencia han hecho que la emoción vuelva a brotar por remover unos sentimientos que solo la música puede despertarme. Estas referencias son más bien el punto fuerte en el discurso de Caballos Yonkis que su debilidad, convirtiendo estas composiciones de lo más adictivas en un regalo para el oído de cualquier melómano de pro. No, no serán fáciles de entrada para el oyente medio, pero con tiempo para una escucha activa puedo estar seguro de que se van a incrustar en nuestro particular imaginario. La densidad hipnótica, la lírica que cuestiona y el mimo por una producción que resalta lo que verdaderamente importa es lo que nos hace encumbrar este atípico debut. 

Entre todas estas canciones que forman parte de “Sobredosis” y que han ido saliendo a colación en las líneas previas hay dos que pueden servir de referencia para poner de manifiesto el verdadero sentido de esta banda. Estoy hablando de la apertura y el cierre del disco. Dos auténticas joyas. “No hay zarza que no arda”, el verso que conduce “Arde” y nos arrastra. El que fuera segundo adelanto del largo cuenta con Cristina Martínez en las voces consiguiendo complementar a la perfección la voz de Pedro en un estribillo muy melódico. Los sintetizadores son los que marcan la base, pero poco a poco las seis cuerdas van dándole cuerpo hasta que un potente solo de guitarra contrasta con la suavidad vocal que caracteriza al tema. En el extremo opuesto “Villanía”, una canción que lo tiene todo: guitarras distorsionadas, pulso electrónico, progresión adictiva, incluso guitarras rítmicas de fondo que nos llevan a la new wave. Van entrando todos los elementos tomándose su tiempo, casi como las estructuras de las intros de The Cure hasta que entra la estrofa. El crudo riff de factura americana que monta las estrofas complementa a su estribillo más luminoso de pop ochentero. Una canción que funciona como compendio de lo que significa el proyecto. Mezcla de estilos, hondura y garantía de buena ejecución y solvencia. Un proyecto atípico, pero adictivo, como las dos canciones recién descritas.

Y en el centro de todo, como articulando el disco, esta particular “Sobredosis” sonora, encontramos la “Salvación”. Fue el primer single lanzado el pasado junio y gira alrededor del concepto del eterno retorno, aquel que nos dice que todo lo que sucede una vez volverá a hacerlo. Es una de las más emocionales del lote debido principalmente al tratamiento de su voz, arropada por ese colchón de sintes casi orquestal, y presenta una cuidada forma de single, en la que tan solo el final se sale de la estructura levemente funcionando como si se tratase un puente quebrado. “Tú me salvarás de mi extinción total”. Con frases como ésta caemos en sus redes y nos identificamos con esa forma tan personal de hacer de los sentimientos arte, porque precisamente lo que no puede cuestionarse entre estas canciones es justamente su valor artístico. Pequeños pasajes de arquitectura sonora. Si estos caballos están enganchados a algo es, sin duda, al valor de la palabra y la expresión emocional convertida en canción, que deja atrás la estructura más esperada, que se sumerge en episodios más densos lejos de los tres minutos que marcan el rigor pop, y que, ante todo, exige pero entrega con creces una sobredosis de música celestial hecha desde el terruño y el fango, desde la experiencia vital diaria, la base desde la que solo podemos ascender.