091, forajidos eléctricos en el baile de la desesperación


La Riviera, Madrid. Sábado 14 de febrero de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotografías: David Barranco. 

Todo comenzó como si de un western de la factoría Sergio Leone-Ennio Morricone se tratase, como no podía ser de otro modo. Introducción instrumental y luces que se desvanecían, mientras de fondo iban apareciendo cinco siluetas curtidas, embutidas con ropajes en los que predominaban las tonalidades negras, colocándose y buscando dominar sus instrumentos, mientras abajo, a pocos metros del escenario, una Riviera a reventar esperaba a que diera inicio un show de lo más esperado por un público venido desde distintos puntos de nuestra geografía, reunidos en la madrileña sala con el único objetivo de disfrutar en directo del arranque de gira del mejor grupo granadino de la historia: 091

Los cero demostraron desde el inicio que juegan en otra liga en lo que a simbolismo y letras se refieren, arrancaron con “2000 locos”, quién sabe si haciendo un guiño y jugando con el aforo que roza el recinto capitalino, enardeciendo a su público, a aquellos que mantuvieron el fuego sagrado de la banda vivo en su ausencia y que ahora, maniobra de resurrección mediante, siguen ahí, tras las huellas de los nazarís, predicando la palabra y balanceándose en el alambre al ritmo de sus gloriosas tonadas. Continuaron como una apisonadora, tónica que mostraron durante toda la noche, cantando a los reyes que no reinarán en “Zapatos de piel de Caimán”, con versos tan ejemplificantes como aquellos que dicen “lo tendréis, sí, todo a vuestro alcance, pero nada os pertenecerá”, algo que anticiparon hace demasiados años, antes de que el capitalismo salvaje destrozara todo a su paso, dejando clara su faceta más visionaria. 

Nos trajeron a su glorioso presente de la mano de la bella y crepuscular “No tiene sentido escapar”, el arrebato punk de la malencarada “Nadie quiere oír tu llanto” y el peligroso blues pantanoso “Dormir con un ojo abierto”, extraídas todas ellas del actual “Espejismo Nº9”, que con tanto acierto como parabienes reseñó en estas páginas días atrás nuestro compañero Kepa Arbizu, para cerrar la tanda con una muy celebrada “El baile de la desesperación”, donde la potente base rítmica de Jacinto Ríos al bajo y Tacho González en la batería daban sustento a unas guitarras furiosas y vibrantes, capitaneadas por el maestro Lapido y el nuevo fichaje, Víctor Sánchez, quien se estrenaba en directo con la banda, cumpliendo el sueño adolescente de tocar con la mejor formación de su provincia por fin, su cara durante toda la velada lo delataba. 

El intercambio de clásicos por novedades continuó funcionando con equilibrio gracias a “Ven vestida de nube”, una delicada tonada con la que demostraron que si en la rotundidad pocos les igualan también saber moverse y bailar con tino entre pequeños matices, y “Algo parecido a un sueño”, apelando a lo onírico tan presente en la prosa “lapidaria”, defendida con prestancia vocal y toda la chulería del mundo por José Antonio García, cuyo magnetismo y carisma permanece intacto, sin necesidad de alardes ni rastro de histrionismo, puesto que solo su presencia, estética y forma de moverse dan para convalidar un máster en “rock and roll actitud”. 

Perteneciente a “La otra vida”, rescataron la muy buena “Leerme el pensamiento”, a la que siguieron “Un hombre con suerte”, brutal cómo sonaba ese wah-wah, y la cañera “Sigue estando de nuestro lado” que celebramos con alegría, mientras repetíamos su letra a voz en grito. 

Nos pusieron el nudo en la garganta desde los primeros acordes de “Cómo acaban los sueños”, una de las mejores letras de la factoría de los cero, aderezada por una melodía frágil que se deja guiar entre la soledad, el simbolismo y la más pura crudeza, a punto estuvimos de estallar cuando llegó su punto culminante, solo recordar el fraseo de José Antonio eriza el vello; a continuación sonó la revolucionaria “Antes de que salga el sol”, demostrando que las novedades de éste último trabajo son tan buenas que no desentonan entre sus imperecederos clásicos, porque tras ella lo que vino fue una incesante lluvia de temas míticos que dieron paso a un estallido que arrancó con “La noche que la luna salió tarde” y “Otros como yo”, poco que añadir al respecto de las mismas que no hayamos dicho ya. 

Fue entonces cuando Lapido nos regaló su ya mítica entradilla en falso, señal inequívoca de que una vez íbamos a subir a lo más alto de “La torre de la vela”, convirtiendo el recinto madrileño en una pista de baile repleta de actitud y corazones destrozados, antes de que las guitarras rugieran feroces con “La calle del viento”, con la que dieron por finalizada la primera tanda de la actuación. 

Pasados apenas unos míticos José Antonio y José Ignacio volvieron a aparecer sobre las tablas, parapetados tan sólo por armónica y guitarra acústica respectivamente para atacar una desnuda y emocionante adaptación de “La canción del espantapájaros”; ya con todo el grupo sobre el escenario sonó una imperial “Este es nuestro tiempo” y una fulgurante “Huellas”. 

Nos dejaron una semillas de esperanza con la genial “Esta noche”, antes de vestirse de nuevo con sus galas más punk y echar un vistazo atrás para preguntarnos “Qué fue del siglo XX”, regalándonos no solo una colección de imágenes de lo más imponente, sino también una interpretación llena de alma y virtuosismo, fue la penúltima canción en sonar antes de que Lapido buscara con la mirada a Tacho, señal inequívoca de que cerrarían con “La vida que mala es”, con la banda disfrutando a tope y cantando a pleno pulmón aquello de “eeeeeee La vida… eeeee que mala es” a coro con el respetable, mientras el Pitos se contoneaba de un lado a otro del escenario antes de dictar sentencia: “Dios aprieta, pero no ahoga/sé que esa es la verdad/ nos ponen suave el nudo en la soga/ nos dejan abierta la puerta de atrás/ me lo digo la mujer del dueño donde iba a trabajar/ tú, como tu padre, nunca fuiste bueno/mal trigo, mala harina, mala harina, mal pan”, segundos antes de dejar el micro abierto para que “2000 locos” dieran su réplica en una sola voz “Que mala es, que mala es, que mala es….ueeeeeeeeee”. 

La ovación para la banda fue cerrada, rotunda y totalmente merecida; los cero, tan parcos en palabras como es habitual, lo decían todo con sus caras de satisfacción, agradeciendo la fraternidad, vehemencia y militancia de un público que siempre ha tenido a los granadinos como una de sus bandas de cabecera, sabedores de la calidad existencial que encierran sus textos, la sinceridad de una propuesta sin fisuras en lo musical y la autenticidad y actitud a prueba de bombas, modas y otras trampas dentro de la industria con que siempre se han guiado estos forajidos eléctricos durante décadas. 091 llevan cuarenta años poniendo música al baile de la desesperación, tomándose su labor con la misma ilusión, seriedad y calidad con la que un día nos enamoraron para siempre, algo que nunca podremos agradecer como merecen. Su música, imperecedera y mayúscula, es parte de nuestra banda sonora vital, ligada a momentos únicos y a personas que llevamos en el corazón, algo que solo consiguen hacer los más grandes, categoría que, por supuesto, los cero ocupan con absoluto mérito.