Por: Javier Capapé.
No hay nada como detener el ruido y parar. Es más que necesario en este tiempo dominado por la inmediatez y la sobreexposición. Así, como si nos trasladásemos a un paisaje bucólico en medio del campo, resuena esta pequeña joya acústica de nombre “Celestun”. Un disco fruto de la amistad entre Tyler Ramsey (hace bastante tiempo fuera de Band of Horses y de sobra conocido por su más que reivindicable carrera solista) y Carl Broemel, guitarrista de My Morning Jacket. Ambos han tratado de huir de lugares comunes y enfrentarse a un disco dominado por la instrumentación austera (casi en su totalidad dominado por las guitarras acústicas). Su primera idea fue parir un álbum enteramente instrumental, pero finalmente se han lanzado a cantar tres de los nueve temas que lo componen, lo que le aporta gran parte de su atractivo, ya que si no este “Celestun” seguramente hubiese pasado más desapercibido.
Desde la excelente portada del álbum, el dúo de compositores y guitarristas nos ofrecen un perfil bucólico y artesanal. Dos tipos con sus guitarras como aliadas interpretando bajo la sombra de la gran copa de un enorme roble. Una escena campestre que destila pureza y una belleza que se detiene en lo natural. Aunque, indudablemente, lo que importa es su interior, y en él nos ofrecen nueve exquisitas composiciones en las que se respira una gran camaradería por encima de todo. Las guitarras de Broemel y Ramsey suenan ligeras y cómodas, como si sus canciones brotaran al calor del fuego o a la sombra de un árbol en la ribera de un río. Son canciones que forman paisajes, que se sienten viajeras y que conforman no sólo un estado de ánimo en el que se impone la calma, sino también un lugar al que volver para buscar la paz, invitándonos en todo momento a la contemplación. La atmósfera del álbum, que es lo que más llama la atención, es cálida y sencilla. No necesita artificios ni arreglos enrevesados. Se apoya en un preciso fingerpicking para disfrutar sin prisa del paisaje sugerido, de la carretera infinita desde la que observar el mundo.
Junto con las guitarras acústicas, que nos conmueven desde el pastoral y bucólico tema titular, destaca el pedal steel en la evocadora “Last Tarot” o en “Sylvie’s Guitar”, en un claro juego que bebe de Nashville y de la tradición del llamado estilo “americana”, tan bien manejado por ambos. La búsqueda de la intimidad y la delicada melancolía se sienten igualmente en “In the Willows”, que perfectamente podría formar parte de la banda sonora de una película ambientada en el medio oeste americano, o “Garvanza”, tonada para interpretar con calma y detenimiento junto al arroyo que escuchamos de fondo. Cabría destacar “Elizabeth Brown” por ser el instrumental del lote menos contemplativo, mucho más juguetón y con un pulso más álgido. En él Carl y Tyler se reparten asombrosas subidas y bajadas por sus mástiles como en una sana competición, pero evidentemente lo que se impone en estos fantásticos treinta y dos minutos atemporales es la nostalgia y la ya mencionada calma.
Definitivamente, las tres canciones con arreglos vocales son las que más llaman nuestra atención entre tanto espacio para el detenimiento. Carl Broemel interpreta con serenidad y aplomo “Nevermind” en una suerte de George Harrison comedido. Una canción en la que son nuevamente las cuerdas de naylon las que la conducen y donde poco más que los coros en su estribillo y un solo campestre la adornan. Tyler Ramsey se rodea de las armonías de Secret Sisters para encarar “Flying Things”. Delicada y magnética por la sedosa voz de Ramsey, que nos toca el alma y aprieta, junto a esas armonías mencionadas casi celestiales. Solo por esta joya merece la pena concederle unas escuchas a este disco, en el que además todo se termina de redondear con la magnífica versión desnuda de “Sail Away” de Neil Young por parte de Ramsey. Una canción rescatada del ya lejano “Rust Never Sleeps” que necesita muy poco para conmovernos. Sin duda, otro hito para engrandecer la leyenda que se va forjando el músico de Carolina del Norte, que por su aportación vocal en estos dos temas comentados tal vez queda como el artífice más beneficiado de este álbum conjunto. Una auténtica maravilla atemporal para unos pocos privilegiados que se acercarán a él, pero que no se arrepentirán, pues su magnetismo y armonía quedarán reposando en su fuero más interno para transformar lentamente su perspectiva del folk de raíz.



