David Gray: "Nightjar"


Por: Javier Capapé. 

Hace veinticinco años el, a menudo, traicionero éxito (propiciado por el reconocimiento ante su enorme trabajo "White Ladder"), junto a la muerte de su padre, sumieron a uno de los artistas jóvenes más prometedores del momento en el Reino Unido en la introspección y el recogimiento, dando como resultado el alumbramiento de un disco absolutamente imprescindible y desgarrador. Me estoy refiriendo a "Life in Slow Motion" de David Gray, que acaba de cumplir veinte años. Aquel disco pudo ser el de su madurez, pero definido así o no, fue un gran hito en su carrera, plagado de canciones atemporales e intensas, aunque pudieran ser demasiado profundas para llegar a trascender como singles de éxito (salvo "Hospital Food" y "The One I Love"). Cuando hoy echamos la vista atrás "Life in Slow Motion" sigue siendo de lo más granado en la carrera del británico. Un disco que liga todas sus canciones con un cariz sobrecogedor y que mide su pulso de forma pausada y grave. Esencial y lleno de bella pureza que desborda pasión en cada surco. No sé si su cota más alta, pero sí una de ellas. 

Lo que no sabíamos entonces es que ese disco había dejado tras de sí muchos descartes que bien podrían haber formado otro con entidad propia o quizá un álbum doble. Cierto es que con diez canciones "Life in Slow Motion" quedó redondo, sin fisuras, pero David Gray grabó muchas otras en ese periodo comprendido entre 2002 y 2005 que ahora han visto la luz en este "Nightjar". Podría ser un disco de descartes, y por momentos flota en él ese aroma a demos menos trabajadas, pero en sí mismo también es un álbum con suficiente entidad. Con el mismo aroma o atmósfera del disco que dio origen a estas composiciones, pero con pequeñas derivaciones. Si despojamos a "Nightjar" de su condición de compilación de "caras B" tenemos ante nosotros un disco por momentos atrevido y valiente, pero, por encima de todo, repleto de grandes ideas e intenciones.

La nocturnidad y el cabaret están presentes en el tema inicial "When I fall in love". Un single de libro, por lo que ya para empezar se nos hace raro pensar que esto sea un disco con temas que Gray desechó en los albores de los años 2000. De hecho, ya había publicado "Lost Songs" tras el éxito de "White Ladder". Ese era claramente un disco que recopilaba canciones menores, pero en "Nightjar" es más difícil tener esa sensación al escuchar sus temas, sobre todo si lo hacemos por separado, porque encajan muchos de ellos como eficaces cartas de presentación de cualquier álbum que hubiera publicado el británico. "Money" es intrigante, principalmente por el uso de ese contrabajo que lo domina todo, siguiendo una línea sonora continuista con la anterior, aunque con algo más de oscuridad. "The easy way out" es otro medio tiempo, y es que en casi todas estas canciones nos movemos en estas coordenadas, es cierto. Quizá eso sea lo único que puede pesar en su contra, pero "The easy way out" es mágica principalmente por los aportes del pedal steel y esa batería sedosa que se amolda perfectamente con sus escobillas al pulso del piano. 

La producción de estas canciones lleva muchos nombres asociados, tantos como aquellos con los que David Gray se rodeó en estos años previos a lanzar "Life in Slow Motion". Por delante de todos está Marius de Vries, que fue el principal artífice de aquel disco y se encarga de muchos de los cacharritos que se dejan oír, pero también su inseparable Craig McClune (que se hace cargo como siempre de la percusión) y el programador Iestyn Polson. También acredita en la producción a Rob Malone, aunque con lo que más nos cautiva este músico es con los bajos y contrabajos que suenan en la mayoría de los temas. En las diferentes miradas de estos productores y colaboradores están algunos de los matices que hacen especiales a estas canciones, como ese perfil enigmático que recorre el tema titular o la querencia indie-rock que puede llevarnos a mover de más los pies en "Green Light", aunque apreciando en ella un toque menos pulido, más parecido a una demo que faltase por desarrollar, algo que también le ocurre a "Mr. Bennett" (lo mejor son sus guitarras jazzys que van de la mano del elegante contrabajo) y "Long Gone Now", una de esas canciones que tan bien domina su autor que nos mecen mientras van creciendo despacio con la base muy marcada, pero que se queda a medias (podemos escuchar su versión definitiva en la edición deluxe del disco original de 2005).

Antes de que empecemos a pensar que el disco está mostrando peores costuras, nos reconduce a su mejor parte, ya que las canciones más acertadas del lote se encuentran en el corazón del mismo, en su parte central, consiguiendo emocionarnos casi tanto como en su día hicieran "Ain't no Love" o "Disappearing World". Porque empezamos con "Everybody's leaving town", como a mitad del disco, y ya no dejamos de subir. Una canción que nos sumerge en un ambiente como de cajita de música industrial, al estilo de Sigur Ros, que se desliza con una delicada preciosidad y melancolía. 

"Alive" es otra joya, con una de esas entregas vocales tan características de David y ese ambiente de piano-bar que le sienta tan bien. De nuevo un contrabajo arropa al piano de forma muy elegante hasta que las escobillas de la batería dan el ritmo que necesita el estribillo. "Poor John" parece sacada de los R.E.M. iniciales, con es "Fire" entonado en el estribillo que recuerda al "The One I Love" de los de Athens. Una canción como asentada en los setenta, con las acústicas y el apoyo del acordeón dándole el aire campestre que necesita. Aunque justo a continuación es cuando tocamos verdaderamente el cielo con la soledad del piano y la entrega de David en "Wave". No se necesita nada más para ponernos los pelos de punta. Este bloque central tan inspirado lo cierra "Sacred ground", también en una línea acústica con guitarras y sutiles percusiones. Si digo que algo cambia después es porque la que sigue, "The golden Ray", es más bien un interludio, con David cantando desde la lejanía entre la acústica y el harmonium.

No es que el final sea malo. Para nada. Pero es que el nivel de estas últimas era muy alto. Merecedoras de un disco en su día. Quizá por eso mismo su autor no haya querido incluir en este "Nightjar" ningún subtitulo haciendo referencia a los orígenes de las canciones (tan solo puede encontrarse esa conexión en las portadas que comparten paisajes glaciares), porque precisamente éste es su disco. Aunque tarde, era momento de darles su merecido espacio como obras mayores. También hay que decir que si hemos llegado hasta este punto en estos tiempos de canciones concisas y consumo rápido es porque nos gusta lo suficiente David Gray, porque un disco de más de setenta minutos es una auténtica rareza hoy en día, así que dejemos que sigan tomando su espacio las canciones, que son las que nos han traído hasta aquí, y continuemos con "Far from here", otro cuarteto de piano-bar magistral con cadencia lenta y ese fraseo de guitarra sutil para empezar y conducir las estrofas que te atrapa con facilidad. "A model life / My Angel now" es en realidad una canción doble unida (de ahí sus más de siete minutos) a guitarra y voz, mostrando al trovador que siempre ha sido Gray, ese que nos engatusó como nadie con su iniciática y soberbia "Shine".

"Madder rain" cautiva por su intro. ¡Qué maravilla! Es casi un experimento con un intermedio ruidoso y esa armónica tan bien utilizada. Difícil de describir, pero fantástica, en definitiva. La primitiva versión de "Laughing gas" (aparecida más tarde en "Skellig") está reducida casi a la mínima expresión del piano y la guitarra, contrastando con la más rítmica (palmas incluidas) "Side effects (May also include)", aunque su larga intro instrumental en cada estrofa nos permite ver por qué se quedó fuera de las seleccionadas como más convencionales. No es una canción fácil, pero aún así merece su sitio. Finalmente, todo se cierra con "The final order", en la que se imponen los vientos, que sostienen toda la canción en exclusiva, lo que la convierte en destacada desde la diferencia. Sigue la línea introspectiva de todo el conjunto, pero sin buscar experimentar más allá de apostar por la instrumentación comentada. Muy interesante y con una sensación muy placentera, ideal para cerrar un disco definitivamente diferente, pero igualmente magistral.

"Nightjar" no es un álbum menor aunque sepamos el germen de sus canciones. Puede formar parte de algunos de nuestros discos de cabecera, esos especialmente seleccionados, pues méritos y emoción a flor de piel no le faltan. Pero es cierto que aquellos que conocemos bien a David Gray encontraremos en estas canciones referencias estilísticas, y ante todo emocionales, con aquel fantástico disco que se movía a cámara lenta con el que está irremediablemente unido, como sentimientos congelados mientras contemplamos el retroceso de los imponentes glaciares.