Por: Kepa Arbizu.
Conviene no confundir lo que significa abastecerse de elementos del pasado con una entrega devota al poco noble ejercicio de la nostalgia; una “afección”, de la que se sienten especialmente aquejados músicos de cierta veteranía, que obstaculiza sustancialmente cualquier intento de conjugar satisfactoriamente el presente, y mucho más todavía el futuro. Por eso es necesario aclarar que el cuarto de siglo que separa a la actual publicación del primer disco en solitario de Juanma del Olmo, nombre ligado sobre todo a la leyenda silenciosa dictada por Los elegantes pero también a formaciones posteriores como Desperados, con el momento de gestación de varias de sus canciones no representa una vía de escape a la infertilidad creativa de su autor, sino una forma de revertir una caprichosa y desafortunada pirueta del destino. Porque fue a inicios de siglo, cuando en los estudios BOX, junto al menos ilustre productor Eugenio Muñoz, el compositor madrileño grababa cuatro temas que, avatares de la vida en forma de viento inesperado que abordó su viaje en moto hurtándole la cinta donde se alojaban, desaparecían dejando un único rastro posterior tan poco profesional como ilusionante de cara a convertirse en el germen de lo que ha acabado siendo este álbum primerizo, término que suena casi irónico en una carrera de tal extensión. Como espeleólogos dispuestos a descubrir y regenerar aquella casi inaudible huella, el resultado toma forma de una imponente civilización surgida alrededor de unos bosquejos en los que reposaba la mejor tradición del rock americano.
Bajo estas circunstancias, el actual capítulo de homónimo título, “Juanma Elegante”, de alguna manera supone una continuación -o extensión- de aquel episodio, siendo la formación base de este proyecto la misma que ha acompañado en sucesivas empresas a su compositor principal, lo que se traduce en que Carlos Hens, Emilio Galiacho y Amando Cifuentes vuelven a ser la retaguardia con que tantos caminos, y calles del ritmo, ha atravesado. Un recorrido en el que no faltan colaboradores, algunos esporádicos y otros casi estructurales, como Rafa J. Vegas eterno bajista de Rosendo, que también tienen su cuota de responsabilidad en este lanzamiento. Integrantes, y responsables en la medida de su aportación, que han vestido a lo largo de estas últimas décadas discos referenciales para diversas generaciones, y que no contentos con alimentarse exclusivamente de ese dorado recuerdo, han decidido confabularse una vez más para estampar su firma en un cancionero fechado en el presente pero con una configuración de tintes clásicos.
Teniendo en cuenta los antecedentes de este álbum, y una elocuente portada donde sitúa al escritor de las canciones en pose solitaria al otro lado de la puerta en la que espera el público, que se inicie bajo el bautizo de “La carretera” responde a la más pura lógica, por todo lo que tiene ese espacio de icónico en la mitología del rock pero también por ser el hospedaje para almas nómadas y el aciago destino en el que se quedaron perdidas aquellas primeras canciones que han insuflado vida a este proyecto. Un trayecto que se inaugura con el peso pantanoso de unos riffs dotados igualmente de una perseverancia melódica y un minucioso manejo de la instrumentación, comunes denominadores a lo largo de todo el repertorio. Asiduidad compartida por figuras como la de Tom Petty, influencia de esta obertura y versionado posteriormente para transformar su "Anything That's Rock 'n' Roll " en un “El R’N’R es tu nuevo hogar” que, en parte gracias a las guitarras de Rafa Hernández y J. Teixidor, toma cuerpo a través de un legado "stoniano", con la intercesión de Tequila, que, si por un lado extiende su alcance a la más delicada “Todos quieren a Daisy”, recoge también la exacerbación del sentimiento de libertad individual para alimentar “Revolución”, un medio tiempo de épica power-pop, tan característico en las manos de La Granja, que hace protagonista a ese instinto por caminar lejos de la multitud en constante refriega vitalista.
En este viaje sin retorno ni destino más allá de exorcizar penas y culpas, lo que no deja de ser un atributo consustancial al ser humano, sin embargo asomarse por la ventanilla nos ofrece un paisaje altamente reconocible pero también mutable, porque la brisa sureña, con esos puntiagudos y saltarines riffs a lo Doobie Brothers, con que se introduce “Prisionero” puede rimar con la festividad celebrada en pleno Mardi Gras, con la J. Teixi Band ahora como invitados inspiracionales, de la mano de “Desde que no nos vemos”, autoría de Enrique Urquijo, o los arpegios luminosos que decoran la participación del otro hermano "secreto", Álvaro, que imprime su sello a una “Algo me acerca a ti” que tiene su desembocadura en una fuente melódica que brota caudaloso bajo la mirada de 091. Imágenes escoltadas por resplandecientes ritmos que sin embargo serán despedidos en la reinterpretación, mucho mas ralentizada y con mayor calado emocional, del tema de Los Elegantes, “Adiós al verano”, por donde asoma la estirpe melancólica de unos Burning que se colarán hasta la primera fila para tutelar la fornida electricidad de “Camino del sur”. Intensidad relevada por una guitarra acústica arrebatadora que guioniza una de las canciones más perfectas y rotundas del álbum, una “Fiebre” que muestra majestuosa los nocivos síntomas procedentes de corazones rotos y del estridente sonido recreado por unos pasos que se alejan para siempre.
Podría ser un error considerar que esa carretera que marcó el inicio de esta travesía, tras alojar en su vehículo a demasiados dolores, toma destino definitivo a “El desierto”, porque quizás ambos paisajes han convivido desde el principio, y ese sofocante y arenosos suelo, retratado en el cierre del álbum por un mortuorio y pesaroso ritmo que más que sonar despliega una imagen perfecta de ese vacío camino sojuzgado por las altas temperaturas, sea la fotografía común en su esencia que acompaña a este repertorio. Una instantánea que, a su vez, es resumen de un trabajo al que la talentosa veteranía acreditada por sus realizadores, en concreto su principal valedor, Juanma del Olmo, no debería minusvalorar un resultado sobresaliente, un camino lleno de peajes por lugares ampliamente transitados por el rock americano pero que en este disco nos llegan bajo un sello distintivo. Una vez más el rock se sirve como celebración colectiva pero se escribe y se siente en soledad, un recuerdo constante de esas carreteras en las que hemos dejado olvidadas, voluntariamente o no, unas cuantas canciones que hablaban de nosotros mismos.



