Por: Kepa Arbizu.
La cultura popular, a su manera, funciona bajo una dialéctica parasitaria, alimentándose y procreándose gracias a un proceso de absorción dirigido a todo aquello que le rodea y le puede servir para su abastecimiento. Consecuencia de esa condición, su morfología se presenta en una continua transformación y supervivencia, tomando prestado, y casi siempre logrando monetizar, por igual los relatos más ilustres como tortuosas historias amasadas por la tradición oral. Vasos comunicantes que ahora han convertido a la figura de Frozen Charlotte, leyenda contenida en el poema "A Corpse Going to a Ball", de Elizabeth Oakes Smith, en título y leitmotiv conceptual del nuevo álbum firmado por Jack White. Mientras que el músico estadounidense ha trasladado los riffs de su icónico tema “Seven Nation Army” al imaginario colectivo, en ocasiones por medio de una correa de transmisión consistente en un inane y beodo grito de masas, la parábola sobre una joven capaz de morir helada por negarse a cubrir y ocultar en pleno invierno su bello traje nuevo, fue la inspiración para la realización de una muñeca especialmente popular durante la época victoriana. Un vínculo que ahora, astutamente dilatado y abierto a muchas connotaciones por el otrora parte del dúo The White Stripes, transforma a ese inofensivo juguete, tras custumizarlo con una calavera azul, una creación perteneciente a su exposición “These Thoughts May Disappear", en heredera de ese color que identifica, en oposición al rojiblanco asumido por su iniciático proyecto grupal, su carrera en solitario y que por si fuera poco es también el indicado para retratar el frío. Demasiadas casualidades para no ser pergeñadas por este genio que con este álbum escribe una propia y desclasada parábola al ritmo de furiosos riffs de guitarra.
Acostumbrados como estamos a la renuncia de cualquier masaje promocional previo a sus lanzamientos, primero porque no lo necesita pero también como un encomiable ejercicio de, quien pudiendo servirse de ella, priorizar su entrega creativa a los innumerables tentáculos con que se expresa el marketing, tampoco su séptimo paso por los estudios de grabación ha inundado meses antes las múltiples herramientas de difusión. Al contrario que el personaje -una clara metáfora sobre la vanidad- que parece haber alentado la imaginación de este actual episodio compositivo, Jack White no necesita ser invadido por el frío artístico en busca de lucir alhajas, más todavía cuando su más reciente repertorio asume la continuidad, en cuanto a esencia rítmica, del orgánico y virulento trabajo predecesor, “No Name”, interrumpiendo una discografía individual previa rastreadora de innovaciones y experimentaciones. Asentado por lo tanto en ese regreso al lugar primigenio donde el envite directo, y certero, obra como ley básica, sin embargo no se pueden obviar algunos matices diferenciadores -que no esenciales- en un disco especialmente diestro en exhibir músculo por encima de rapidez (aunque la haya, y mucha), generando un episodio más de aplastamiento que de embestida.
La furibunda naturaleza sonora del disco, diseñada en compañía de la banda actual que custodia sus visitas a los escenarios, significa el vestido escogido para ensalzar el talle de un concepto retorcido y casi existencialista sobre el que se sostiene el álbum. Sus textos, al igual que su manifestación rítmica, se revuelven airados pero sobre todo incómodos con el contexto temporal que les ha tocado en suerte habitar, no siendo pocos los esfuerzos desplegados para desalojar dicha esclavitud cronológica, un proceso asumido igualmente por la propia naturaleza musical del disco, empeñada en retornar, bajo aprendizajes contemporáneos, en busca del fuego primigenio. Una suerte de desubicación -artística y existencial- trasladada a una muy particular y desconsolada fábula que ejerce como libre adaptación de esa aspiración anárquica, o por lo menos de algunas pequeñas pero lacerantes partículas de ella, esgrimida por Henry David Thoreau o Walt Whitman. Una utopía que, aunque desprendida de su bonhomía original con el fin de adoptar un ánimo más irascible y cínico, en su esencia late la común urgencia por reconfigurar unas rutas y destinos dictados por trazo ajeno.
Si como asegura la Biblia, el inicio era el verbo, en el decálogo de este apóstol eléctrico, el principio siempre nos dirige hacia unos hercúleos riffs que en el tema "G.O.D. And The Broken Ribs" flirtean con una sonoridad casi industrial para edificar otro comienzo, en este caso el que situó a Adán y Eva entre llamadas al pecado y renuncias a la inmortalidad. Un Jardín del Edén cubierto de escarcha y reinterpretado como un nuevo punto de arranque salvaje, sin ataduras morales y con un ajuar musical listo para sonar a gran volumen y que incluye desde los Stones hasta Urban Dance Squad. Dos referencias de recorrido tan dispar que verlos reunidos en un mismo enunciado solo es posible cuando hace hablar a sus seis cuerdas Jack White, emitiendo un armazón por el que resbalar locuciones casi rapeadas en "Neighbors Blues" o recitar, previa conferencia con los más actuales proyectos de Jon Spencer, una petición de insolencia versiculada por esa identificativa y anacrónica narrativa “bluesera” en “Derecho Demonico”. Un regreso a los orígenes emprendido a través de un volcán de lava que emana de la apocalíptica "Raising The Grain", una búsqueda -a la que somos invitados a través de sus gritos inaugurales y cogidos de la mano por Gun Club- del paraje donde a más grados pueda hervir la sangre. Sinfonías de controlada estridencia que le permiten, gracias a "Making Contact", erigirse como rey de Escandinavia, o al menos de sus salvajes vástagos roqueros, un cetro que sin embargo no le impide ser víctima de la ácida metáfora recogida en dicha canción, un desaire a quienes hablan de sanar los pecados ajenos pero que en realidad solo pretenden expandir su única verdad.
En el cauce arrebatado y tumultuoso por el que se mueve el disco, las continuas marejadas en dirección hacia décadas pretéritas se conjugan con el oleaje característico del músico estadounidense, malabarista capaz de hacer que sus ritmos abstractos asuman una presencia especialmente pegadiza, milagro obrado por ejemplo en "Thick As Thieves". El diálogo con los riffs “hendrixianos” de "There’s Nobody There", o la elaboración onomatopéyica asignada a los disfuncionales Bonnie and Clyde que protagonizan "I Can’t Believe What I’m Hearing", son inquietantes expresiones rítmicas que se condensan literariamente en "Nobody Knows", santificación de la incertidumbre como piedra filosofal. Vacilaciones reflexivas que conducen a un destino estilístico hecho de costuras múltiples y variadas conjugadas para engendrar sus propias entidades en forma de piezas de mestiza ascendencia. La ruta hacia el ancestral Mississippi con que se anuncia "Dollar Bill", acaba reconducido hacia una localización cercana al radio de acción de la psicodelia setentera, mientras que el funk sureño de "All Alone Again" transporta el bochorno climático a una ígnea moraleja que nos aconseja quemar el pajar entero como forma resolutiva de hallar la codiciada aguja. Catastrofismo epicúreo, donde el siempre sobrevenible fallo no puede eximirnos del denodado intento, alentado en "You’ll Never Fix Me" por ese hard rock impetuoso y melódico de -unos especialmente asilvestrados- Cheap Trick que también visita "She’s In A Frenzy", radiografía social de un tiempo donde la mentira deja de serlo cuando es respaldada por una propaganda lo suficientemente bien vendida. Embustes, apariencias y falsas verdades alejadas de un disco, y un autor, que conoce de cerca lo que significa el éxito desmedido y sus monstruos, terroríficas figuras que combate con un imponente repertorio decidido a desvelar esa verdad que no siempre queremos conocer.
Muy probablemente, "Frozen Charlotte” no habría podido surgir sin la existencia de "No Name", y no solo como lógico antecesor temporal, sino principalmente por lo que significó en cuanto a reverdecer ese instinto más primitivo y desgarrado que, hasta ese momento sustituido por el no menos encomiable coraje para ensanchar sus vías expresivas, parecía en hibernación. En consonancia con ese registro más áspero, su actual disco construye en paralelo una fábula apócrifa sobre esa truculenta historia decimonónica atraída hasta el presente, un traslado al que también acompaña una propia interpretación de lo que significan esos vetustos sonidos. Quizás este repertorio no se presente tanto como un ejercicio de golpeo directo, pero sus afilados y nada homogéneos vértices se perciben como un fascinante y demoledor cubo de Rubik que resulta imposible de resolver; y ese es su principal y gran talento. Jack White ha entonado, encomendándose a su visceral azul eléctrico, una propia asimilación de aquella lejana balada lúgubre, señalando la puerta de entrada a esa realidad donde pretenden hacer pasar por un vestido de gala lo que no es sino una indumentaria hecha jirones.



