Por: Javier González.
Ante el vacío existencial y la ruina actual de un mundo a la deriva, conviene más que nunca volver la mirada al octavo disco de Interpol, “This Mirror Weight a Ton”, donde la banda capitaneada por Paul Banks sube el nivel mostrado en sus últimos trabajos de forma exponencial, regalando una colección de canciones que sabe recordar a los mejores álbumes de su carrera, pero que tampoco vuelve la cara a una cierta expansión en sus postulados, dando como resultado una referencia más que notable capaz de acercase mucho a los momentos más brillantes de su ya dilatada existencia, algo que debemos celebrar encarecidamente.
Doce canciones que funden elegante decadencia, oscuridad y sentimiento atormentado, revestidas de intensidad, cuidados arreglos y ramalazos guitarreros sustentadas en unas letras que reflexionan sobre un mundo en ruinas donde el hombre camina en soledad, retrotrayendo con semejante acertada mezcla aquellos inicios de siglo donde muchos veíamos que su propuesta tenía muchas más enjundia que la de otros compañeros de generación que gozaron de un mayor favor y pleitesías por parte de prensa y público.
Abren con la titular “This Mirror Weighs a Ton”, cadenciosa y casi confesional, tratada con una habilidosa ambientación entre la que la melodía y voz parece simplemente flotar, recuperan el pulso familiar con “See Out Loud”, mostrando su eterna pegada, acercándose a discos como “Antics”, especialmente reseñable en la base rítmica con unas palmas que resuenan de fondo a las mil maravillas, antes de reflejar la soledad neoyorkina en “Iron City”, perfectamente cerrada con ese teclado absolutamente evocador.
Sorprendente suena “Wounded Soldier”, capaz de incitar al baile de no ser por su aire sosegada y contenido, elementos que no restan un ápice de belleza a este salmo donde Paul Banks parece interpretar con una carga de emotividad que se traspasa al oyente, contrapuesta con “Wings of Fire”, donde firman otra tonada notable, algo que también ocurre con “Ever the Actor”, ideal para escucharse a toda tralla por los cascos mientras nos dejamos seducir por las pequeñas trampas que esconde.
Encontramos una buena muestra de que han decidido jugar sin red de seguridad en “So Rides the Reindeer”, de apertura con bases, sostenida en primer lugar por lo que parecería ser una acústica y en otra soberbia interpretación vocal que consigue emocionar; tampoco se queda atrás “Darling Thoughts” con esa guitarra serpenteante, capaz de aparecer y desaparecer en función del peso de los sintetizadores, ni mucho menos lo hace “Wake Up”, donde se dejan abrazar por un ritmos absolutamente bailables más cercanos a otras latitudes pop que a lo se presupone para los norteamericanos.
El final del álbum viene marcado por una relativa vuelta a la oscuridad y ciertos acercamientos innegables a referentes mayúsculos, quizás el más evidente pueda ser “Enemy”, donde la apertura de piano y los coros podrían hacernos pensar en los trabajos entregados más recientemente por Nick Cave & the Bad Seeds, la acertada “Bird and the Serpent”, otra muestra de la que fábrica de temazos de Interpol sigue a pleno rendimiento, en cuyos postreros segundos asoma la patita la herencia de las bandas sonoras originales de las películas de John Carpenter, y el bello epílogo que representa “Sudden”.
Escuchar “This Mirror Weighs a Ton” supone una inmensa alegría para todos aquellos que nos confesamos seguidores de Interpol, puesto que nos han entregado un trabajo que encierra una belleza crepuscular, capaz de arroparnos y darnos cobijo, demostrando que la banda ha sido capaz de nadar y guardar la ropa con sumo acierto, ya que sin renunciar a sus postulados no han titubeado a la hora de perderse por nuevas sendas sonoras, facturando un álbum capaz de mirar de tú a tú a sus más grandes obras, saliendo victoriosos del envite y recordándonos que son una de las grandes bandas reales que nos regaló este desolador siglo XXI.



