Phoebe Bridgers: “Lost Weekend”


Por: Juanjo Frontera. 

A veces utilizamos demasiado a la ligera la palabra “silencio” al referirnos a períodos largos de tiempo transcurridos entre un disco y otro de un determinado artista. En el caso de Phoebe Bridgers, una de las más importantes figuras surgidas en entre el nuevo folk, esa palabra es a todas luces inservible, puesto que los seis años transcurridos entre su anterior -y enormemente celebrado- trabajo, "Punisher" (2020), y este "Lost Weekend" que nos ocupa, han sido de lo más ruidosos. 

Durante ese tiempo la californiana ha participado en una celebérrima súper banda -boygenius, juntoa a Lucy Dacus y Julien Baker-, girado incansablemente a lo largo y ancho del mundo, recibido cuatro Grammys (tres junto a boygenius y otro por su colaboración con SZA en “Ghost in the machine”), colaborando con Taylor Swift, a la cual también teloneó durante su The Eras Tour, iniciando su carrera como actriz en la película "Primetime" (Lance Oppenheim, 2026) y, ya en lo personal, ha tenido que lamentar el fallecimiento de su padre y una ruptura sentimental con el actor Paul Mescal de la que ha sobrevivido a través de un sonado noviazgo con el cómico Bo Burnham

Como verán, el título de "Lost Weekend" (fin de semana perdido) suena poco menos que irónico ante tan frenética actividad, pero lo cierto es que Bridgers también encontró espacio durante todo ese tiempo para la introspección, para buscar dentro de sí la sanación de todo el follón que había entorno a ella. De hecho, “The outside”, el tema inicial -en el que aprovecha para distanciarse notablemente de su sonido anterior, empleando vocoder- habla de cómo sintió que su mente dejaba su cuerpo y contemplaba “desde fuera” a su yo corpóreo haciendo crowd-surfing en un concierto en Ohio

Toda esa fama y reconocimiento de la noche a la mañana, la pérdida de su padre y el duro final de su relación con su anterior pareja, parecen ser los ejes sobre los que pivota este nuevo repertorio de canciones de una autora que parece tocada con la varita del éxito. El disco debuta en el número 1 en UK y en el 2 en EEUU, con unas críticas que lo sitúan ya entre los discos del año. Ya sabemos que todo esto se sobredimensiona mucho, pero si convence tanto y de forma tan inmediata, algo tendrá que estar haciendo bien esta mujer que con tan sólo 31 años ya ha visto la cima del mundo. De hecho, podría decirse que este es el disco que ha hecho para que la acompañe al descenso a tierra firme. Como decíamos, un ejercicio de catarsis personal, de introspección, que pivota en torno a los tres ejes vitales que antes hemos mencionado: la pérdida de su padre, a quien está dedicado este disco y canciones como las brumosas y desarmantes “Still standing” o “Lost weekend”; por otro lado, su separación de Paul Mescal, al que dedica “The governor’s waltz”; y, por último, el esperanzador inicio de su relación con Bo Burnham, al que menciona específicamente en el tema “Kill me”.

Pero sobre todo eso pivota, inevitablemente, todo ese proceso de asimilación de la fama, del inevitable ruido ensordecedor que provoca todo lo que conlleva y de la necesidad de abrazar el silencio para encontrar equilibrio en el caos. Por eso este es un trabajo tan bien calibrado y cuidado al máximo. En su creación ha contado tanto con colaboradores habituales, como Tony Berg, Ethan Gruska, Christian Lee Hutson y Marshall Vore, como con sus compañeras de banda Lucy Dacus y Julien Baker, así como otros amigos músicos como Connor Oberst y Blake Mills, pero también con nuevos nombres de mucha relevancia: los últimamente omnipresentes Alex G y Jack Antonoff, el primero co-produciendo varias pistas y el segundo haciendo las veces de ingeniero y programador. 

El sonido resultante es muy tendente a la atmósfera intimista y misteriosa, en una clara invitación a la intimidad, pero aún así Bridgers es lo suficientemente inteligente como para no dejar de lado opciones de gancho comercial como la estupenda “Lost boys”, colocada sabiamente como segunda canción. La misma función cumplen “Bobby”, “I can’t wait” o “Never going back!” que disipan algo la bruma que impera en un conjunto que de esta forma resulta mucho más cohesionado y digerible. 

Los inicios en el folk de Bridgers han dado, a lo largo de este “fin de semana perdido”, un claro giro hacia la experimentación. Las guitarras acústicas, dobros y banjos cohabitan de esta forma con programaciones electrónicas, vocoder, samples y unos arreglos imaginativos y sutiles, pero muy bien desplegados que hacen de este un disco especialmente cohesionado y, digámoslo ya, brillante. Un regreso por todo lo alto y uno de los álbumes, de paso, más estremecedoramente sinceros de lo que va de año, que se dice pronto.