Vive Latino‘26: Caluroso contraste sonoro


Recinto Expo, Zaragoza. 4 y 5 de septiembre de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé.  

En uno de los fines de semana más calurosos que se recuerdan en un mes de septiembre por estos lares, Zaragoza se dispuso a acoger la quinta edición del festival Vive Latino. Una edición variopinta por su oferta dispar, pero una vez más exitosa y cargada de momentos para guardar por mucho tiempo en nuestras retinas. Hay que advertir de que esta quinta edición, que consolida con firmeza el Vive Latino en la capital aragonesa, ha sido la menos latina, todo sea dicho. Las formaciones del otro lado del Atlántico no han tenido apenas cabida en los escenarios principales, echando de menos grupos de aquella escena difíciles de ver por nuestra tierra y que este festival nos ofrecía la oportunidad de tenerlos cerca. No ha sido esa la prioridad y se han impuesto los artistas nacionales de gran recorrido, de Loquillo a La M.O.D.A. Lo más inesperado podía ser el tontipop de Ojete Calor o la veteranía de Buena Vista All Stars desde Cuba.

Esta vez no pudimos disfrutar de la oferta del viernes, donde destacaba el clasicismo de Loquillo y M Clan como abanderados del rock sin fronteras, así como el pop más edulcorado de Amaia o el emblema generacional en el que se está convirtiendo Rigoberta Bandini. Lo que no fue normal es que una artista de la talla de Julieta Venegas fuese programada para las seis de la tarde, con el inmenso calor cayendo sin medida sobre la explanada del escenario Ambar, el más grande del recinto, pero como decía antes, mandaba lo patrio olvidándonos en cierta medida de la relevancia internacional de carreras como la de la mexicana.

El calor no perdonó tampoco durante la jornada del sábado, pero aquí el Giradiscos sí que pudo ser testigo de casi todo lo que se coció en el recinto Expo. 45.000 personas según la organización. Sin lugar a dudas, un éxito. A decir verdad, se notó mucho más lleno que en anteriores ediciones, ya que el escenario del anfiteatro Expo, de nombre Caja Rural de Aragón, tuvo que cerrar sus accesos en varios conciertos.

Algo que se percibió desde el primer momento fue el gran contraste entre oferta sonora y público al que iba dirigida. B.V. All Stars alentaron a mover las caderas mientras iba llegando el público al recinto al son de ritmos cubanos, habiéndose detenido previamente los más madrugadores en el punk melódico de los zaragozanos Multipla, que seguro darán que hablar con la inminente publicación de su primer LP. La cosa se puso seria rápidamente con el acertado verbo combativo de Biznaga. Su explosividad llamando conciencias dejó la nota más visceral y antifascista del día, reivindicando la vigencia de los temas tratados en su más reciente disco, “Ahora!”, con unas canciones que les mantienen en el debate de lo que verdaderamente importa en nuestra cuestionable sociedad. Nos pusieron los pelos de punta con “Una historia de fantasmas” o la más melódica “Espejos de caos”, y con su grito que increpa para que no perdamos nunca el entusiasmo, que es en sí mismo la resistencia, pusieron fin a un concierto compacto pero renovador, directo y arrebatador, con una actitud que recoge el testigo de los Ilegales junto a las acertadas trazas de los Clash.

Todavía con un sol intenso cayendo sobre el anfiteatro Expo, Veintiuno congregó a una enorme cantidad de público que supo entender su propuesta pop cargada de teatralidad, pero por encima de todo de grandes canciones. En una versión reducida (por aquello de la escasa duración de algunos conciertos en estos festivales) nos llevaron de la mano de “Delirio y Equilibrio”, que nos invitaron a su último baile. Diego provocó al público con carreras entre las primeras filas y se metió a todos en el bolsillo al afirmar que este anfiteatro era uno de los escenarios más bonitos donde habían tocado este año. A decir verdad, este recinto, que acogió los numerosos conciertos de la Expo del agua zaragozana del año 2008, sigue luciendo espectacular, y más si lo encontramos lleno hasta la bandera, como sucedió para presenciar la actuación de la banda toledana. “Perder los modales”, “Troya” o “Pide un deseo por mí” se mostraron ya como auténticos himnos a pesar de su juventud, pero no se olvidaron de sus clásicos como “Cabezabajo” o la más funky “Dopamina”, que nos hicieron recordar de dónde viene el mérito de este grupo que es cada vez más grande.

El atardecer reinaba entre las nubes y en ese preciso momento Álvaro de la Fuente, más conocido como Guitarricadelafuente, se apoderó del escenario principal como si hubiera nacido para habitarlo. ¡Qué dominio de la escena y qué manejo del público! Lo suyo es la provocación cubierta de pose pero sin perder un ápice de autenticidad. Controla y dirige todo lo que está en su mano, desde el poder escenográfico de un pie de micro hasta la sensibilidad arrojada desde su silla retorcida mientras rasga la guitarra. Acaparó toda la atención de ese escenario dividido entre un telón metálico y una gran pantalla y nos hizo partícipes de su particular “rodeo” en un show que no deja indiferente. 

“Spanish Leather” fue el protagonista absoluto, desde el arranque con “Full time Papi” hasta la elegancia de “Tramuntana” y la sensacional “Babieca!”, pero no se olvidó de dónde viene, atacando con alguna interesante variación “El conticinio” o “Agua y mezcal”, donde aprovechó todo el potencial de su joven banda, al igual que supo despojarse de todo lo accesorio y afrontar “Abc” o “Guantanamera”, que nos puso a todos los pelos de punta. En algún momento agradecimos el detalle de mostrarnos la letra impresa en pantalla, como ocurrió con “Mataleón”, ya que su dicción a veces nos complica poder apreciar todo el significado de sus canciones sin apoyo. Y a pesar de que patinase en la afinación en la primera parte de “Tramuntana” (algún fallo en los in-ears que todo el público supo entender al cantar la estrofa completa hasta que Álvaro volvió a tomar las riendas) nos conmovió con esa mezcla tan acertada y única de contemporaneidad y emoción que destila “Babieca!”, una de sus composiciones más interesantes con el permiso de “Guantanamera”, que sirvió para cerrar un concierto inmenso y una etapa que le ha llevado a lo más alto. El lugar dónde debe estar. Bien merecido, por otra parte. Y es que, como señaló Álvaro, a la gira de “Spanish Leather” (o la gira del potro, como muchos la recordarán) le quedan muy pocas fechas y junto a esto, la noche en el Vive Latino se hacía más especial por encontrarse rodeado de familia, que para eso Álvaro tiene sangre aragonesa. Proclamó su amor por esta ciudad (donde se encontraba la discoteca de nombre Babieca en la que se conocieron sus padres) y por Aragón como tierra, que es también su casa, lo que invitó a que se despidiera cubierto por la bandera cuatribarrada aragonesa. Un detalle más para hacer inolvidables esos setenta minutos con los que llegó la noche.

En un giro de 180 grados, Ojete Calor convirtió el Vive Latino en una terapia para viejóvenes donde se dieron cabida desde el revival cañí de las clásicas de nuestro folclore al oportunismo de “Mocatriz”, “Opino de que” o “Qué bien tan mal”. Este dúo que trasciende lo musical no da puntada sin hilo y nos sedujeron desde sus estrafalarios outfits hasta su incitación desmedida, tan necesaria en estos tiempos donde parecemos querer tomarnos siempre demasiado en serio. En realidad, necesitamos gritar mucho más “Tonta Gilipó” que manidas proclamas demagógicas. Solo por eso son tan necesarios los conciertos de Aníbal Gómez y Carlos Areces.

A continuación, el escenario principal del festival se llenó de simbología católica y redencionismo extremo para invitar a Siloé, el trío pucelano que contrastó de forma radical con todo lo vivido hasta ese momento en el recinto Expo. Su espectáculo, dividido en partes presididas por citas bíblicas, comenzó con la del evangelio de San Juan “Al principio del todo era la palabra” junto a varios crucifijos en forma de led (incluido el pie de micro de metacrilato también en cruz que emplea Fito Robles). Su perspectiva judeocristiana chirriaba en muchos porque, aunque nos manden a todos “a tomar por culo” en uno de sus temas más celebrados (“Si me necesitas, llámame”), se impone cierto postureo forzado entre el mesianismo de los U2 de los ochenta y la potencia de unos Supersubmarina que intentan imitar a toda costa, pero de los que se quedan muy lejos. La electrónica es su punto fuerte, aunque pare ello tengan que abusar de unos recordings que parecen no importar a sus fieles devotos (se veían multitud de camisetas de la banda en el recinto), pero que les hacen perder empaque. En ocasiones pecan de un exceso de sofisticación, como cuando Xavi usa el arco de violín para frotar las cuerdas de la eléctrica como si emulara a Sigur Rós (aunque ni una cuarta parte de sus seguidores sepan quiénes son los islandeses) o cuando utilizan la pantalla tripartita en blanco y negro como recordando el “Elevation Tour” de U2. Pero no les importa, se deben a su público, que se desgañita mientras corea ese “Saca plaza fija en el salón de mi casa”, una imagen que me parece de lo más desafortunada por sonar casi segregadora, o “Las cosas que no hacemos bien son las que nos definen”, en la que se deja bien claro ese pesar por arrastrar la culpa, tan propio de la moral cristiana. No, no consiguieron seducirme a pesar de los coros de estadio o de su particular versión del “Personal Jesus” de los Depeche Mode. Se los dejo a los limpios de corazón mientras me quedo persiguiendo los besos que ellos predican en otros lares, como los que sí encontré con Ultraligera, quizá el grupo que más ha crecido en el último año en nuestro país.

El grupo madrileño es un auténtico torbellino. Después de verles algo pasados de vueltas hace apenas un año, esta vez habían ganado credibilidad en su actitud desmedida y un mayor control de la escena y las emociones. Gisme se entregó como siempre, dándose un baño de masas y arrojándose desde el escenario al público con toda su chulería en “Pelo de Foca”. Una actitud arrogante que cada vez nos gusta más (hasta le dan un punto macarra esas trenzas que lucía), aunque también supo tocar la tecla emocional en una de sus composiciones más sensibles y acertadas, “Cuando todo vaya mal”. Desplegaron toda su artillería en canciones como “Me miras mal” o “Recuerdos del Baile” y dedicaron todo el tiempo que requería (a pesar de tener un timing reducido por tratarse del set de un festi) para reconocer la labor de cada uno de los músicos que forman la banda, del personal que les acompaña y del público, cada vez más numeroso, que les arropa. No hay parangón, son la banda de rock del momento y el público del Vive Latino supo reconocerlo al desplegar banderas con los logos del grupo mientras pedían a gritos el escenario principal para ellos. Anunciaron que ahora se van a México, pero a la vuelta seguirán haciendo rodar este “Lapsus” y aireando “La Basura”, que son ya patrimonio del rock en castellano.

Una jornada de Vive Latino es una carrera de fondo, un puerto de primera, una escalada sin descanso. Por eso, a pesar de solo asistir a los conciertos del sábado quedé plenamente satisfecho, a la par que exhausto, cuando tras pasar siete horas seguidas fui consciente de que no había tomado aire ni un segundo, pero éste no era el momento de parar. Quedaba La M.O.D.A., que sin ofrecer nada que no se intuyera, no iban a defraudar. Y así fue. Su energía supuso el estímulo necesario para aguantar en lo más alto al compás de su ritmo constante y desenfadado y su estimulante folk, que si bien concedió espacio a sus más recientes composiciones, como la enérgica “No te necesito para ser feliz” o la costumbrista “Alsa pa Madrid”, hizo las delicias de todos los presentes con sus clásicos incontestables, desde “Catedrales” a “Himno Nacional” o “1932”. No faltaron los rótulos en las pantallas con sus letras impresas para invitar a corearlas hasta al más despistado. Continuaron con su particular reivindicación de las raíces en su revisión de la tradición con “Miraflores” o “Mañana voy a Burgos”, pero cuando más subió esa olla a presión en la que se convierte el combo castellano fue con “PRMVR”, “Nómadas” o su himno generacional “Héroes del sábado”, canciones que son ya rocas firmes a las que agarrarse contra viento y marea.

Lo dicho, ¿hubiera sido más coherente apostar por un cartel más equilibrado entre artistas de un lado y otro del Atlántico? Probablemente. Sin embargo, y a tenor del éxito inesperado de esta edición, está claro que el público quiere una apuesta segura. Más tirón donde entren todos los públicos junto a alguna apuesta puntual por el riesgo, la reivindicación o la transgresión estilística. Eso o que definitivamente los festivales de nuestro entorno son ya patrimonio del pueblo, un lugar donde celebrar y reunirse con un cartel de artistas que no incomoden de fondo y a los que poder acercarse mientras no nos priven de la conversación o la gastronomía para instagramear que ofrecen las ya manidas foodtrucks. Pese a esta actitud a desterrar, para mí, sin duda alguna, los festivales siguen siendo grandes oportunidades para reunir a artistas con los que poder sorprenderte en un corto periodo de tiempo, y ¡¡que se quiten de enmedio photocalls y comidas del mundo!! Por eso y por encima de todo, lo que no se me olvidará de esta edición seguirá siendo la punzada en el pecho que me provocaron Biznaga, la teatralidad pop de Veintiuno, la renovación transgresora de la tradición que tan bien domina el joven proyecto de Guitarricadelafuente, la garra y el punch de Ultraligera o la magia del folk que es sinónimo de cultura popular defendida por La M.O.D.A. Eso es: Música. Nada más y nada menos.