The Waterboys: “Good Luck, Seeker”


Por: Oky Aguirre

Querido Mike: Tras una larga y profunda escucha a tu último disco, “Good Luck, Seeker”, he decidido dar por finiquitada nuestra relación. Quiero el divorcio. Tuviste tu oportunidad, después de haberte dado alguna posibilidad en tus dos últimas apariciones, “Out Of All This Blue” en 2017 y “Where The Action Is” el pasado año, que me dejaron con cierta amargura, vislumbrando tu querencia hacia sonidos enlatados y digitales, aún con resquicios de tu pasado folk. Me alegra haber sido testigo de vuestro concierto, hace tres años, en el Teatro Alcalá de Madrid, en el que ya percibí momentos para lo que realmente te quiero decir hoy. Créeme si te digo que me duele mucho más a mí que a ti, ya que te he dado demasiadas oportunidades después de 14 discos, en los que a veces me he vuelto a sentir como un “chico del agua”, envuelto y reconocido en ese sonido íntimo y grandioso, bien dosificado para tenernos contentos, pero definitivamente olvidado con esta tú última propuesta. ¿Qué te ha pasado, Mike? 

Ojalá esté equivocado y sea yo el culpable. Me gustaría que tan solo fuera un ataque más de nostalgia, achacado a la proximidad de los 50, deseando rememorar épocas que sabemos nunca volverán. Es más, me sentiría aliviado si tan solo fuera un juego casero, engendrado en etapas de confinamiento, para satisfacer tus ansias creativas. Pero por más que he rebuscado en tus 14 canciones, solo he visto alejamiento. Como esa pareja, tan radiante en su principio, pero rota a lo largo de los años, cuando la falta de pasión da lugar a la rutina. 

De nada sirve que empieces con un tema que sabes me va a arrebatar, remontándote a nuestros añorados noventa, abusando maliciosamente de lo que todos hemos echado de menos en los siguientes cortes. Comienzas con “The Soul Singer” para hacernos pensar que todo sigue igual entre nosotros; pero no es más que una prolongación de cualquier tema glorioso de los Dexis Midnight Runners de tu adelantado Kevin Rowland, pero con un cincuenta por ciento de alma. Y eso no me vale, viniendo de ti, mi amor. 

¿De verdad te sientes satisfecho con “(You´ve Got To) Kiss a Frog or Two”?, donde intentas parecerte, sin el mismo acierto, a la Sharleen Spiteri que resurgió gloriosamente con su sensual R&B sin sus Texas

Pareces querer remediarlo con “Low Down in the Broom”, donde se atisban colores folkies en ese violín de Steve Wickham al que es evidente te empeñas en darle cada vez menos predominancia, y que queda ninguneado en este spoken word sin sustancia. 

Te aseguro que hacen falta más que un par de sonidos de motocicleta para hacernos creer que eres un indomable por llamar a una canción “Dennis Hopper”, donde te conviertes en rapero y donde parece que todo vale con tal de que termine en "er". Lamento comprobar que a mitad del disco has querido captar nuestra atención rockera, con tus 50 segundos de “Sticky Fingers”, que a los más puretas nos recuerda más a la sintonía de los “Hombres de Harrelson” que a los Stones

Y es que por momentos me he sentido arropado por aquellas frases tuyas en tu tema más reconocible, con esas preguntas tan trascendentes bajo preciosas melodías, lo que creo has conseguido en “Why Should I Love You?, sentimiento que enseguida se desvanece en un “Freak Street”, impresentable en tu discografía, por no decir lo que nos espera durante los siguientes temas: un despropósito del que pareces no haberte dado cuenta y que seguro llegará a oídos de nuestra familia; la que formamos todas y todos tus incondicionales, muchos de los cuales he consultado para sentirme arropado para tomar esta dramática situación en que me encuentro, en la que, por mi parte, he decidido sacarte de mi vida. Por supuesto que no te exigimos un “Whole of the Moon”, pero tu aparente afán por avanzar en sonidos modernos, realmente mal seleccionados, no hace más que retroceder en una relación que solo tú te has empeñado en que vaya en declive. 

¿En qué estabas pensando al cantar con voces robotizadas en “The Golden Work”? Una cosa es querer adaptarse a los tiempos y otra intertar meterse en terrenos que no dominas, como ese funky en el que te empeñas inmiscuirte una y otra vez sin éxito. “My Wanderings in the Weary Land” suena a lo mismo que vienes queriendo atesorar, pero sin tesoro, con frases ya oídas y asimiladas por nosotros, tus queridos, donde ya no nos valen unos simples "uhh" y "ahhh", por más que pretendas colarnos la apoteosis que antes significaba un violín bien situado entre canciones, aquí sobrepasado por una machacona base rítmica, sacado de cualquier programa de edición juvenil de sonido. Algo que pareces reivindicar en “Postcard from the Celtic Dreamtime”, donde loops de batería se pelean con tus palabras, haciéndose reiterativo en “Beauty in Repetition” y “Everchanging”, para acabar con lo que se supone que es tu gran apuesta, con la canción que da título al disco, “Good Luck, Seeker”, un auténtico disparate para nuestros oídos y sensaciones, con el cierre que le das con “The Land of Sunset”, que bien podría haber servido para seguir añorándote, pero las circunstancias me obligan a decirte todo lo contrario. 

Espero que reflexiones y vuelvas a mostrar tu lado más reconocible, pues el disgusto que tengo al hacer esta reseña es igual de grande al amor que siento hacia tus pretéritas canciones. Acudiré a ellas para mantener nuestro enamoramiento vivo. Pero mientras, vete preparando los papeles. Quiero el divorcio. Siempre tuyo. Un Waterboy cualquiera.