Los Deltonos: “El futuro”


Por: Kepa Arbizu. 

Existe en el ser humano una querencia casi antropológica por descuidar afectivamente aquello que consideramos prácticamente innato a nuestra historia personal. Dicho de otra manera, desatendemos todo lo que percibimos -erróneamente- como imposible de desvanecerse en un momento dado. Trasladado al ámbito musical, resulta una nada recomendable costumbre no valorar como se merecen en el presente propuestas que han formado parte desde nuestra inaugural irrupción en este hábitat ruidoso. Una indolencia respecto a lo que entendemos como perenne juzgada en la mayoría de las ocasiones a través de la forma más trágica posible, cuando las necrológicas, creativa o existencialmente hablando, ya no dejan espacio para subsanar dicho desinterés. Por eso, conviene ponderar en su justa medida cada nuevo paso dado por una formación como Los Deltonos, y por extensión la de su principal y ubicuo cerebro, Hendrik Röver, que lleva cuatro décadas agitando con talento el no siempre fértil suelo del rock and roll. Su más reciente, y sobresaliente, episodio, “El futuro”, es una furiosa y vital llamada de atención para, probablemente de manera indirecta, recordarnos que no solo siguen aquí, sino que son capaces de atronar en su manifestación.

Una presencia, la de la banda cántabra, que no se ha limitado simplemente a resistir estática gracias al privilegio que le otorga su abolengo; su camino a lo largo del tiempo se identifica con el desempeño, precisamente, de no ser un mero nombre sostenido por la veteranía, sino un contenido en constante mutación, como lo puede atestiguar una discografía que se ha movido entre diversas formulaciones. Una trayectoria que, no menos meritorio en ese oficio de renunciar a la complacencia, nunca ha recurrido a regodearse en viejos éxitos ni ha sucumbido a enmascararse con el rostro recomendado por los mercaderes de la llamada actualidad. Su identidad, por suerte, se ha erguido como una propiedad innegociable que podrá ser orientada según las propias pasiones dicten en cada momento, pero el suelo sobre el que se posa firme, sigue repleto de grasa y octanaje eléctrico.

Reconvertidos en trío en sus últimos trabajos, alianza que reúne a Hendrik Röver, junto a Javi Arias (batería) y Sergio "Tutu" Rodríguez (batería), el resurgimiento de dicho formato responde y alienta una apuesta por afilar y aportar más músculo a su expresividad instrumental, la que parece estar siempre presta a acumular ferocidad y volumen. Pero al margen de esa envalentonada puesta en escena, “El futuro” contiene un muy identificativo rango melódico que en absoluto interrumpe, sino que espolea, dicha representativa demostración vigorosa. Una mezcla de cualidades, a la que hay que añadir una vía de escape en sus textos más trascendente, sin invisibilizar el ácido sarcasmo del verbo de su compositor, expuesta desde el inaugural y titular tema, introducido por esos virulentos fraseos eléctricos que ya cuentan con la denominación de origen cántabra. Acumulando en sus riffs el docto crepitar del blues, el boogie, el hard rock y hasta el funk, o lo que es lo mismo, una tradición que va de Magic Slim a The Muggs pasando por George Thorogood o ZZ Top, sin embargo dicha talentosa estridencia funciona como aposento para un pegadizo dibujo vocal, palabras que deletrean al mañana como el resultado de lo que nuestro lapicero esté dispuesto a escribir.

Pero el nombre escogido por el álbum no es una referencia metafísica que pretenda interpelar al ser humano exclusivamente en su manifestación individual y particular, se trata de algo mucho más complejo y sobre todo extensivo. Un retrato en el que tampoco escasean las paradas en el conflicto singular, ya sea el celebrado en nuestro cerebro a través de lo que llamamos conciencia y con clara propensión al insomnio, escenificado en “Indecisión” bajo un introductorio paso de blues casi con aroma a pesquisa detectivesca que deviene en en un descomunal ejercicio de contundencia, como representado en el resurgimiento del personaje “Andrés Muñiz”, “actor” incluido de nuevo en el plantel tras su pasada presentación en “Repartiendo”. Una figura que, escoltado de unas trepidantes bases rítmicas, encarna esa sombra -de puños siempre prestos para adornar el baile- que se niega a ser engullida por una historia, en mayúsculas, que pretende ser escrita incluso tapiando nuestras firmes certezas, las que piden paso a través del vigoroso rock and roll de “El día aquel”, furiosa vindicación de la infalibilidad de lo que ven nuestros ojos.

Cada paso adelante que acometemos desentrañando este disco es en paralelo la aleación de piezas que conducen a la configuración de una fotografía social que utiliza el “deltoniano”, o “roveriano” si se prefiere, costumbrismo como herramienta para cincelar episodios de afilada ironía. Acidez que se propaga con elegante consistencia hacia ese gran bazar, también virtual, que habitamos invocado en “El mal menor” o que se enfrenta, guiada por una slide que traslada el legado de Muddy Waters, a esa insolente pubertad que, parafraseando a Rosendo, pierde mucha fuerza en la saliva. Con el disfraz de fábula “orwelliana”, “Había una vez”, repunta el carácter explosivo del hard rock para señalar la hoja de ruta construida para que el rebaño circule con orden, un itinerario que incluye la asunción de ser carne de cañón para más gloria de banderas e intereses estratégicos, objetivo embestido por el punzante y dinámico rock americano en la apátrida tonada de “La campana”, en la que seguro no les importaría ser citados, por ejemplo, a Bottle Rockets. Una maleable elaboración del acervo clásico que también tiene la puerta abierta en “La fuerza” para una esporádica resucitación de Hank, aquel proyecto powerpopero que ya tuvo más espacio en el anterior álbum, “Evolución”, y que sorprende todavía más en el lisérgico ambiente de “El color de los tiempos”, tan cerca de Doors como de Al Kooper, donde aflora la incertidumbre que identifica a esta parada en el calendario. 

A la alegría que supone encontrar nuevos motivos para seguir vertiendo alabanzas sobre Los Deltonos, se suma lo más importante, y es que esas palabras de agradecimiento respecto a su música no pueden sonar repetitivas, como tampoco lo hace su música; este disco consigue, tras superar la veintena de trabajos bajo el auspicio cántabro, lograr un rasgo identificativo y distintivo, ya sea en su aportación musical como lírica. Su persistencia como formación merece un elogio cronológico pero sobre todo creativo, ofreciéndonos inéditas razones para brindar en presente por su existencia. Ni el apocalíptico “Meteorito”, que irónicamente planea extremadamente melódico para rugir en su explosión, ni la arquetípica composición de la banda, “Naufragio”, y su Leviatán, sea en forma de monstruo marino o de encadenamiento normativo, serán capaces de robarnos la idea de que tras la niebla de ese horizonte que se se atisba en la portada de “El futuro” no exista al menos alguna pasibilidad de que asomen rayos de sol. Quizás no sean muy cálidos, tampoco probablemente prolongados en el tiempo, pero su sola existencia debe de ser acicate más que suficiente para no dejar el mañana en manos del destino o permitir que nuestro futuro sea escrito por otros, porque nunca nadie ha conseguido conjugar la libertad en cabeza ajena.