Pablo Und Destruktion, canciones para hermanos, camaradas y herejes


Por: Javier González. 
Fotografías: Estefanía Romero Quiñones. 

Sala Villanos, Madrid. Viernes 6 de febrero de 2026. 

A estas alturas de la película, a riesgo de caer en el reduccionismo más radical, podríamos calificar al bueno de Pablo Und Destruktion con tan solo tres adjetivos: uno, grande y libertario. Tres sencillas palabras que sin embargo ejemplifican a la perfección las sensaciones que te recorren al escuchar sus composiciones y letras, condiciones amplificadas en noches como las del pasado viernes, donde, sobre las tablas de la sala Villanos y en el marco del ciclo de conciertos organizado Mazo, su ya de por sí gran figura cobró una nueva dimensión capaz de transportar al más pintado a otros polos de existencia que por momentos resuenan tan combativos y críticos como idílicos y nostálgicos. 

No engañaremos a nadie si decimos que las expectativas sobre lo que podíamos ver eran altas. Conocemos su cancionero y ya hemos disfrutado en alguna ocasión de las bondades de un directo que no necesita de grandes escenarios ni de pirotecnias para clavarse en el corazón, tanto por la cercanía de su trato, amistoso y coloquial al dirigirse al respetable, como por los mensajes que destila, siempre a contracorriente del público sumiso, aquel capaz de repetir eslóganes buenistas a modo de mantras y de comprar packs de pensamientos únicos “no recomendados” para disidentes y librepensadores, categorías ambas en las que el asturiano ejerce un claro proselitismo. 

La divina providencia nos dejó a los pies del escenario con el tiempo justo de ver los últimos compases de un jovencísimo telonero llamado Pelayo, quien parapetado tras su guitarra acústica agradecía a modo de despedida la atención a los primeros valientes que dieron color al madrileño recinto; una audiencia que a medida que se acercaba la hora de arranque del artista principal completó hasta abarrotar el aforo de la antigua Caracol

Sin mayor dilación fueron apareciendo sobre las tablas Gala Pérez Iñesta, Álvaro Lacalle, Pablo Álvarez y Pablo González “Pìbli”, banda de acompañamiento de Pablo quien, mientras ajustaba los últimos detalles de su guitarra, buscaba con la mirada a Gala para arrancar la apertura de violín que dio paso a “Una proposición decente”, preciosa declaración de amor en un mundo que convive con guerras y ruina, acometiendo a continuación las crudas “Mis animales” y “Problemas”, recibidas ambas con entusiasmo por los acólitos del asturiano ante la sensación de que en solamente un par de temas había conseguido caldear un ambiente abrasivo que contrastaba con el frío de la noche madrileña. 

El balanceo en las primeras filas comenzó cuando sonaron los primeros acordes de “Soy una persona tóxica”, mientras Pablo fantaseaba con la guerra y la total destrucción del planeta y nos amenazaba burlonamente con apuntarse a “la Cruz Roja, al PSOE o a una logia”, por suerte somos sabedores de sus veleidades anarquistas, algo que no le permitiría tales desmanes, para seguir haciendo amigos dentro del gremio con “Artistas contra la cultura”, dedicada a todos aquellos creadores que enseñan el culo de forma remunerada para dejar de lado la revolución, cerrando la trilogía tomándonos de la mano para llevarnos a pasear por el viejo barrio de Cimadevilla con la fenomenal “Gijón” con las que la emoción se desbordó por completo mientras asesinábamos al progreso.

La atmósfera se tornó más brumosa en “Violácea” llevándonos a los alrededores del muro de Berlín, sonando a mitad de camino entre Bowie y Nick Cave and the Bad Seeds, rescatando a continuación “Powder” de su recomendable “Sangrín” y una violenta revisión de “Puro y ligero” que dio paso a los aires swing oscuros de la genial “El Presente”, donde Pablo, liberado de su guitarra gracias a la aparición sobre las tablas de su paisano Ángel Kaplan, pudo moverse por el escenario para regalarnos esta tonada que le emparentó directamente con los mejores Gabinete Caligari, a la que siguió una catártica “Busero español”, donde comenzó a caminar por mitad de la sala como poseído por la figura de un telepredicador dejando boquiabierto a más de uno, enlazada a posteriori con el subidón que nos regaló “Dementocracia”, evidentemente el momento cumbre llegó con aquella parte que dice: “muera el pueblo y vivan los apedreados”. 

Casi sin respiro nos invitó a volver a los ideales de la revolución, visitando la momia de Lenin, con “Limonov, desde Asturias” y nos robó el corazón arropado por Andrea Buenavista con “Sé lo que eres, camarada”, fiel reflejo del carácter del pueblo español y del barullo en que vivimos por culpa de intereses partidistas, ruido de fondo que es capaz de hacernos olvidar que es más lo que nos une de lo que nos separa. 

Enfilamos el final del set list con “La higuera”, donde Pablo, como si de una reunión de amigos se tratase, contó la curiosa historia de la que parte esta canción, segundos antes de combatir unidos el “Kaliyuga”, rebajando el pistón y tocándonos bien dentro con su reivindicación de un amor puro capaz de superar los rigores de la carne y el piloto automático del aburguesamiento en “La reacción sexual”, perfectamente acompañada de “La tormenta”, minúscula y delicada, arropadas en última instancia, aparentemente al menos, por “Gracias”, tras la cual en un amago de cierre toda la banda se acercó al borde del escenario mientras se abrazaban con sincera satisfacción unos a otros para recibir una cerrada ovación.

Si embargo, no sería el cierre pues Pablo les invitó a abandonar el escenario, momento que aprovechó para cantarse una “tonada” típica del folclore asturiano a capela, demostrando potencia vocal pese al gran esfuerzo que realizó durante toda la velada, atacando en última instancia arropado otra vez por los cuatro miembros de su grupo el cierre real que tuvo como protagonista a esa vacilada llamada “Mujer”, con la que, ahora sí, se daba colofón a una bonita noche de concierto. 

A la salida ni el intenso frío con sabor a sierra era capaz de borrarnos la sonrisa del rostro, básicamente porque el calor de la palabra de Pablo Und Destruktion es tan poderosa que a casi todo lo puede. Aunque tal vez, solo tal vez, dicha sensación tenga que ver con el discreto encanto de sentirse hermanos y camaradas de este asturiano que marca su propio camino desde la autogestión con la bondad de aquel que tiene como única certeza ser un paisano, enarbolando con orgullo la bandera roja y negra hecha con gotas de sangre y carbón. Ya nos lo avisaba hace años en su disco “Predación”: “vamos, seamos hermanos y herejes, tú y yo”. Y en esas seguimos, querido Pablo.