Quique González reabre viejas y nuevas heridas en el Teatro Circo Price


Teatro Circo Price; Madrid. Sábado, 7 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Guillermo García Domingo. 

Dedicado a Sandra y a Ángel; y a Elvis, fiel compañero. 

En Madrid, y en el resto de España, hace días que llueve sobre mojado. Quique González, sin embargo, nunca llueve sobre mojado, aunque actúe dos noches consecutivas en este teatro tan propicio a la música. Muy al contrario, sus conciertos han supuesto una de las citas álgidas del Inverfest, que todavía no ha concluido. El repertorio fue alterado por el cantante madrileño respecto al primer concierto. Lo que denota que, uno, tiene canciones de sobra entre las que elegir, dos, que estas canciones no caducan por mucho tiempo que haya transcurrido desde su composición; tres, que tiene una fe ciega en los músicos de los que se ha rodeado desde hace unos años, y que le acompañan en esta gira intensa y ambiciosa, casi dos fechas por semana, que va a ser decisiva en la carrera de este músico irrepetible.

Para averiguar la importancia de un concierto es necesario fijarse en lo que reflejan los ojos de los asistentes. A mi lado, a lo largo de toda la velada, permaneció conteniendo la respiración una pareja de personas, entradas en años. Parecíamos, yo también, feligreses que estábamos presenciando una ceremonia en una iglesia, en lugar de estar en un concierto de rock. En algunas canciones su mirada brilló especialmente. Quique ha sacralizado el oficio de hacer música de tal forma que despierta este sentimiento reverencial en los aficionados. No solamente se trata de la soberbia actitud de demuestra, es el resultado del empeño por ofrecer un sonido excelso a través de la relación de amor y admiración que ha establecido con sus músicos y estos, a su vez, con sus respectivos instrumentos. La convulsa grabación de “1973” así lo pone de manifiesto: Quique tuvo que elegir entre uno de los productores más reputados de Norteamérica y sus músicos, y eligió, sin dudarlo, a estos últimos.

La actitud de mis compañeros de asiento fue la tónica general que mantuvo el respetable en el concierto, salvo la desinhibida reacción que provocaron los últimos temas, me refiero a “Vidas cruzadas”, “Kamikazes enamorados” y “Pequeño Rock and Roll” y “Charo” (acompañado de María Ovelar, la madre de Nina de Juan, el cantante grabó la canción original). La propia María Ovelar, Araceli Lavado y Maisa Hens enaltecieron “Preguntas sencillas”, en la que Jacob Reguilón, cambió el bajo por el contrabajo y Quique se atrevió con la armónica. El mismo coro en versión gospel se adueñó de “Pequeño rock and roll”, con el permiso de Quique, que, sin la guitarra, se agarró al micrófono con una autenticidad inconmensurable, mientras los dedos de Bernal no daban abasto, y Toni Brunet sacaba partido al pedal wah-wah de su guitarra. Y para que no falte ninguno es de recibo reconocer el sempiterno buen hacer de Karlos Arancegui a la batería.

Quique González recibe este tipo de respuesta de parte de los aficionados porque es un músico verdadero, que es tomado muy en serio, habida cuenta del respeto que él mismo manifiesta por la música y los que la protagonizan, los músicos, por los que siente veneración, empezando por su veterana banda. En este concierto en particular dedicó “Santos” de “1973”, a otros santos de su devoción, Robe y Jorge Ilegal, por motivos que nadie ignora. Es imposible llevar la cuenta de las veces que Quique agradeció a su equipo lo que hacen, incluidos los técnicos y todas las personas que hacen posible que suceda un milagro cada noche sobre el escenario.

Justo antes de uno de los momentos más gloriosos del concierto, tal vez el mejor, la interpretación de “Oro líquido”, Quique nos aconsejó que tuviéramos cuidado con la cantante que tenía a bien presentarnos, Guada (de Buenos Aires) podía hacernos daño. No estábamos preparados para esa voz y “la luz impresionante” con la que Quique y Guada nos abrazaron a cada uno de los asistentes, “pura compasión en el aire” que atesoraremos como un tesoro “líquido” en nuestra memoria. Este concierto nos hizo aún más daño que otros, abrió las heridas con las que cada uno acudía a esta cita anual con el cantante. Quique, en realidad, ha sido peligroso desde la primera canción que compuso; canciones de hace dos décadas siguen siendo definitivas si te cogen con la guardia baja. “Salitre”, junto al cantautor jerezano Alberto Alcalá, “Miss camiseta mojada”, “Avería y redención” del álbum homónimo, o “Se estrechan en el corazón” (“Me matas si me necesitas”) son inagotables, el tiempo no las erosiona en absoluto. 

Con el paso de los años y las experiencias acumuladas, Quique ha llegado a ser un consumado maestro a la hora de detener el tiempo en sus canciones, de ahí que el público contuviera la respiración. El silencio entre las notas es decisivo, ocurren sucesos importantes entre las notas, controla a su antojo la “manivela” que hace que las canciones se demoren, si la canción lo necesita. Por esta razón, junto a “Oro líquido”, destacó otra canción de su último trabajo, “De verdad lo siento”, (que compartió, ante la ausencia de Gorka Urbizu, con el guitarrista Toni Brunet). Las canciones del nuevo disco se ganaron el respeto en directo desde el inicio del espectáculo gracias a los tres poderosos aldabonazos con los que nos despertó: “Terciopelo azul”, “La caja de herramientas” y “Flashes”. Sobre todo, la primera, que se caracteriza por esos truenos, que electrizan el paisaje de la canción, y que no son sino las sucesivas percusiones sobre el teclado de Raúl Bernal. En general, en todas las canciones del show el papel del murciano (afincado en Granada) resultó crucial, ya sea en su función de pianista, organista (por el hammond), o acordeonista, incluso. Ya conocemos de lo que es capaz Raúl Bernal, hace muy pocos días reseñamos su último disco, de modo que no nos sorprendió que con su voz siguiera el “hilo de cristales rotos” que aparece en “Descosiendo un milagro”. Si Raymond Chandler hubiera visitado Cabo de Gata y el bar de Joe, habría escrito una canción como ésta, y le habría gustado que su banda sonora fuera justamente la que nosotros tuvimos la suerte de escuchar. Pero no es Chandler sino un tal Enrique González su autor. La misma atmósfera turbia, como si el telón azul detrás del escenario, una perturbadora tela de “blue velvet”, nos envolviera a los 1.700 asistentes, se adueñó del escenario a propósito de “Clase media”, y se prolongó con la recreación de “La fábrica”, que contiene frases dignas del maestro de la novela negra.

Una sola nota de Raúl Bernal consigue cambiar la suerte de “Lo perdiste en casa”, de “Sur en el valle”, que Quique y su banda han remozado y, a mi juicio, fue una de las mejores sorpresas de la noche madrileña. También tocaron al galope, transformada, Coleccionistas, con notable éxito. “Avión en tierra” tampoco parecía la misma, tan vibrante con todas las guitarras de nuevo “galopando”. ¿Querrá el bardo madrileño emular al bardo de Minnesota y renovar como hace éste continuamente a sus “criaturas”? 

Ya se verá lo que ocurre en el futuro, el talento de Quique nos sorprenderá al girar en cualquier esquina. De momento, no vislumbramos ningún artista que haya interiorizado la herencia norteamericana como él lo ha hecho. González empieza a ser, no a parecerse, a los ídolos a los que tanto admira. Muchos pensamos que ya se ha convertido en uno de ellos. Consulta si este roquero pasa por tu ciudad, no pierdas la ocasión de verlo junto a su banda de forajidos.