Sala Wagon, Madrid. Viernes, 6 de febrero del 2026.
Texto y fotografías: Begoña Serralvo.
Salvajes, directos y con ganas de fiesta. Hacía eones que no venían a España, y Los Lobos lo compensaron con creces, como quien se reencuentra con un viejo amigo que hace tiempo que no ve: lo dieron todo. Lo de aquella noche no fue un simple concierto; fue una oportunidad para reencontrarse con una historia sonora compartida, con ritmos blues, norteños, rockeros, tradicionales... en definitiva , relatos que han acompañado a varias generaciones.
Los de L.A consiguieron extasiar a un público que, desde los primeros acordes de “La venganza de los pelados”, ya estaba cien por cien entregado. La audiencia era de lo más variopinta, desde el traje de ejecutivo hasta los casi inexistentes ya chalecos vaqueros. Con "Love Special Delivery", "Angel Dance" y "Chuco2s Cumbia" se notaba cómo cada guitarra, cada saxofón y cada percusión contaba historias de barrio, carretera y corazón y mismo da que fueras en mocasines o en botas de chúpame la punta. "Maricela", "Down in the Riverbed" y "Will the Wolf Survive" mantuvieron ese pulso íntimo y potente, mezclando nostalgia y fuerza, mientras "Native Sons", su trabajo más reciente, sobrevolaba el concierto como un guiño a Los Ángeles y a toda la música que los formó, mostrando que la banda sigue viva, curiosa y creativa.
Entre los momentos que quedaron grabados en la noche, la interpretación de “Carabina 30-30” se llevó todos los aplausos y vítores, con su "dedicatoria" irónica a Donald Trump. "Kiko And the Lavender Moon" y "Volver, volver" encendieron aún más a la sala, y "La Bamba" —llegada ya en los bises— reafirmó que lo colectivo y lo festivo son parte inseparable del ritual del directo.
Se echó de menos alguna balada de los años cincuenta como "What in the World", pero el repertorio de Los Lobos es tan amplio y diverso que nunca tocan el mismo setlist dos noches seguidas. También faltaron "Anselma" —Rosas dijo que no recordaba la letra— y "La Pistola y el Corazón", piezas más delicadas del cancionero clásico.
Pero, quizá lo más relevante, no es qué canciones se tocan, sino cómo esas canciones se sitúan en la experiencia del oyente. Nada de artificios: todo directo, con oficio, respeto y emoción que traspasa generaciones. En un mundo donde todo parece moda fugaz, Los Lobos siguen siendo ese refugio sonoro que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar. Cincuenta años después, el lobo sigue aullando y lo hace con más alma que nunca. Únicos en su especie.




