Lucinda Williams: “World's Gone Wrong”


Por: Kepa Arbizu. 

En una de sus más famosas frases, Woody Guthrie aplicaba a sus ojos la función de una cámara fotográfica con la que recoger lo acontecido a su alrededor. Unas lentes, y su labor simbólica, que han acompañado también la excelsa carrera de Lucinda Williams, quien las ha utilizado principalmente para radiografiar las cicatrices brotadas bajo la piel, pero que ahora, con su nuevo disco, “World's Gone Wrong”, enfocan hacia un contexto social que, desde la llegada -o más certero sería definirlo como una toma por la fuerza- de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos, se presenta tan resquebrajado y afligido como el espíritu de muchos de esos personajes creados por la mítica compositora. Probablemente, esas almas errantes que han ocupado sus canciones mostrando heridas emocionales entre habitaciones de lúgubres moteles, desilusionadas sábanas blancas o largos tragos de escaso futuro, sean las mismas que habitan un actual repertorio que ya no observa por una rendija las historias brotadas entre alcobas, sino que abre sus ventanas para escuchar esas bombas mudas que delatan la guerra civil cotidiana declarada en su país. 

Un propósito que, como tantas veces sucede en un campo del arte manejado más por la pasión que la racionalidad, desbancó al planteamiento inicial asignado a un disco convertido a la postre, verbigracia de la presión ejercida por la realidad sobre la autora, en una soflama de humanista reivindicación. La catarata de noticias y los continuos, y cada vez más envalentonados, desmanes de esa firma presidencial que rubrica el caos, han sido los culpables de desalojar de la imaginación de Lucinda Williams ningún otro contenido que no supusiera un clamor contra ese paisaje tristemente convertido en costumbre diaria. Porque si alguien ha entendido a la perfección que la inevitable -y recomendable- parte lúdica que acompaña al rock puede rimar con un verbo de consistente trascendencia, es la encargada de realizar álbumes como “Essence” o “Car Wheels on a Gravel Road”. Un listado de producciones al que se suma una que, al margen de sus consideraciones estrictamente sonoras, reclama además su importancia y relevancia dada la condición de emergencia (inter)nacional adoptada.

Para formular este llamamiento contra la alargada sombra dictatorial, Lucinda Williams ha demostrado que no se necesitan estridencias, tampoco portar una edad escasa en dígitos, ni por supuesto rebuscar presencias alejadas de sus habituales colaboradores o abrir la puerta a registros musicales que no formasen ya parte de su hoja de servicios. Porque en verdad, el mensaje y la naturaleza de estas actuales canciones siempre ha sido el contexto donde se han reproducido sus historias; simplemente ahora, el foco ha decidido entregarle el protagonismo. Un zoom aplicado también a través de las manos especialmente cercanas de su acompañante sentimental, coescritor y productor, Tom Overby, y el resguardo de una habitual banda que tiene a Doug Pettibone como recurrente aliado en la guitarra, labores que comparte con Marc Ford, al que si no le bastara su currículum en The Black Crowes, parece no encontrar límite a la hora de convertir las seis cuerdas en parlanchines portavoces de sentimientos. Una troupe de veteranos, incluso heridos con el rastro depositado por el paso de tiempo, pero que se comportan como una vanguardia musical dispuesta a sujetar una pancarta, en forma de talentoso pentagrama, que se estremece ante la gula represiva.

Evidentemente si hay una población golpeada por el estrangulamiento de leyes dispuestas a engordar el ya de por sí robusto muro de las diferencias sociales, esa es la clase trabajadora, intérpretes principales del tema que da nombre, y abre, este disco. Bajo el diálogo emitido entre guitarras y teclados con el fin de esculpir un delicado y melancólico territorio sureño al que agradecerían la invitación desde Tom Petty a Steve Earle, la narración de Lucinda Williams podría pasar perfectamente por algún texto de Lorrie Moore, lo que le transfiera una capacidad empática tan palpable como un severo análisis de la situación. Primera grieta de ese mundo fallido que toma continuidad, ya sea en la repetida colaboración de la afroamericana Brittney Spencer o en un aspecto sonoro que recrudece su configuración, en "Something's Gotta Give", un reclamo más global todavía que, enunciado con esa veterana voz que traduce directamente las punzadas del alma, alerta de unas borrascas inquisitoriales dispuestas a derribar cualquier dique de contención. 

Pero “World's Gone Wrong” no es un lamento ni cínico ni por supuesto conjugado en singular, porque a las diversas participaciones externas que acoge, en una suerte de llamada para hacer comunidad, la música, y sus artífices, son también citados como banda sonora entorno a la que actúan las vivencias. Robert Jonhson, Miles Davis o Dr. John no son solo nombres que decoran estas letras, son sobre todo emisarios a veces de esperanza y otras ejerciendo como testigos de la realidad. Una tarea adjudicada a la versión del tema de Bob Marley, “So Much Trouble in the World”, que muta, gracias también a la dupla interpretativa junto a Mavis Staples, su serpenteante cadencia en un árido blues, género que, en su versión ligada a la escena surgida en Chicago, delimita una “Black Tears” que, pese a su formato arquetípico, en manos de la compositora estadounidense se convierte en una personal carta escrita con tinta nostálgica. Suspiros que en “Low Life”, pieza coescrita con los integrantes de los siempre talentosos Big Thief, son exhalados a través de ese tipo de folk ligado al Neil Young más bucólico y campestre, una figura, la del canadiense, que retomará su protagonismo en "Sing Unburied Sing", basada en el libro de igual nombre firmado por Jesmyn Ward, para ensalzar una electrificada épica que ruge casi tanto como ese gemido ancestral reproducido en cada sollozo del presente.

Una congoja diversa y expansiva conjugada en un repertorio igualmente diverso en su enunciación rítmica. Porque la cartografía de ese desconsuelo global, con demasiados acentos distintivos, se merece quedar desplegada en una heterodoxa traslación musical que disponga de suficientes dialectos. Una pluralidad que encuentra su repunte más visceral, demostrado que todavía la sangre de su autora coagula con nervio punk, en una "How Much Did You Get for Your Soul" que con paso ágil, digno de rimar con los facturados entorno al Paisley Underground , arremete con virulencia contra los pactos luciferinos que intercambian dignidad por intereses particulares. Una beligerante locución que escoge para "Freedom Speaks" una dinámica funk, maceración propia de Susan Tedeschi, a la que transforma sus aristas más afiladas en vértices melódicos que, sin embargo, no la impiden declamar contra el silencio colectivo, paso previo necesario para la llegada de una barbarie imposible de subsanar. Una voz en pie de guerra que solo en posesión de Lucinda Williams es capaz de convertir un piano bar en escenario idóneo para entonar, con presencia de Norah Jones, un canto coral gospel, el mismo que tiene lugar en "We've Come Too Far to Turn Around" para recordarnos que ceder el futuro al voraz apetito destructivo significa encaminarlo hacia el desván más oscuro del pasado. 

Alabar el posicionamiento explícito asumido por Lucinda Williams en este disco, no debería ocultar unos méritos estrictamente musicales igualmente extraordinarios. Un trabajo hecho de adversidades, desde el clima social viscoso hasta un estado de salud errático consecuencia del ictus padecido recientemente del que todavía sigue convaleciente, que sin embargo son canalizadas para apuntalar esa fragilidad junto a un talento compositivo que sigue absolutamente intacto. Lejos de esas figuras del rock que entienden la música como una profesión con la que no mancharse las manos si no es por el conteo de los fajos de billetes, la compositora estadounidense vuelve a demostrar la naturaleza dolorosamente sensible con la que siempre ha dibujado su creación. En esta ocasión, el protagonismo de esa aflicción es anónimo pero universal, porque los desmanes autoritarios no son exclusividad de una bandera, responden a un clima extendido a lo largo del mundo, un fantasma que recorre el planeta dejando a su paso el estremecedor sonido de sus botas militares.