Rafael Amador, ya es, para siempre, libre como el viento


Por: Guillermo García Domingo. 

Lo primero que hice al conocer la triste noticia del fallecimiento de Rafael Amador hace dos días fue ir a buscar las cintas de casete de Pata Negra que pusieron mi vida del revés a principios de los noventa. Me topé con la música extraterrestre de los hermanos Amador cuando se habían separado o estaban a punto de hacerlo, y el talento de Raimundo en solitario empezó a llamar la atención de todos por culpa de su compadre Kiko Veneno. Su fama de guitarrista tan extraordinario como poco convencional llegó a los oídos incluso de B.B. King. Por desgracia solamente he encontrado la cinta de “Inspiración y locura”, el penúltimo disco que firmaron juntos. En la carátula aparece Rafael como un orgulloso patriarca gitano. Ahora que cada vez más gente aspira a vivir en una nación homogénea de una sola identidad en la que no tiene cabida la diversidad, conviene recordar que el nuestro ha sido siempre un país mestizo culturalmente. El mito de la pureza eterna además de ser insidioso, no tiene ningún aval histórico. Pata Negra es el antídoto contra la ponzoña de la pureza.

Lamentablemente los prejuicios que contra los gitanos sembró hace no tanto el franquismo siguen enraizados en la sociedad española. Por eso es de recibo recordar que Rafael Amador, que en paz descanse, pertenece a un pueblo (hay aproximadamente 750.000 ciudadanos gitanos en España) que ha contribuido de una manera fundamental al desarrollo social, artístico y cultural de nuestro país, y también del continente europeo. Suscribo lo que afirmó el escritor alemán Günther Grass en su “Discurso de la pérdida”: “Dejad ya de una vez, como hacéis siempre, de arrojar a los gitanos al camino. Podrían ayudarnos mucho, irritando un poco nuestro acrisolado orden”.

Le debo a Rafael (y a otros/as artistas de su pueblo) la gloriosa alegría y el exultante gozo que Pata Negra propició en mi vida juvenil. Ellos supieron no solo sobreponerse a la marginalidad, sino que se enorgullecieron de ella, porque gracias a su vida suburbial podían disfrutar de una libertad que para sí quisieran los demás. Hicieron brillar el barro del barrio (de las 3000 Viviendas en Sevilla). Porque del barro nos hizo la divinidad, según el Génesis. Entre el barro viven las “Ratitas divinas”, así es como se titula una de sus inolvidables canciones.

La identidad quinqui cuestiona la legitimidad que el Estado se arroga a la hora de burocratizar y controlar nuestras vidas hasta límites insospechados, y que no han dejado de ampliarse utilizando toda clase de pretextos. Y los gitanos han dado muestras de su pertinaz negativa a someterse. “Libres como el viento”, rezaba la canción del Lebrijano, sobre la trágica historia del pueblo romaní. Precisamente Rafael Amador destacaba por su rebeldía musical, que causaba la incomprensión de los más puristas entre los suyos, y desconcertaba a los extraños, que no sabían de dónde había salido el disco “Veneno”, que Kiko y los hermanos Amador realizaron en 1977. En el mundo anglosajón aterrizó una nave llamada “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, conducida por un marciano. En Sevilla aterrizó, en plena Transición, otro ovni llamado “Veneno”. Rafael también fue invitado a participar en “La leyenda del tiempo” de Camarón de la Isla, ¿os suena? 

Las cintas que he echado en falta son, la de “Guitarras Callejeras”, un “festín guitarrero”, como lo describe con acierto Fermín Lobatón, y que no puede ser clasificado de ninguna manera. Hay que escucharlo, cantarlo y bailarlo en trance, y nada más. La segunda es, por supuesto, el “Blues de las fronteras”, uno de los mejores discos de la música popular española. Y por último, no sé las veces que escuché la cinta del concierto que grabaron en la sala Zeleste de Barcelona. Uno de esos directos que pueden hacer que la vida de un chaval cambie para siempre. Todos ellos fueron publicados bajo el sello de Nuevos Medios y Ricardo Pachón, quienes se dieron cuenta de que no podían dejar escapar a unas figuras como Rafael y Raimundo. Mercury/Polydor, por el contrario, no les entendieron. Y uno puede llegar a comprenderlo. Los hermanos tenían su amor propio, según me cuenta una fuente que no puedo desvelar, y solían exigir persuasivamente sus “royalties” insinuando la “cheira” que asomaba por encima de sus pantalones de campana. Con las discográficas extractivas había que actuar así. Tuvieron menos éxito que los Ketama, con permiso del malogrado y genial Ray Heredia, con quien Rafael se ha reunido, pero su idiosincrasia suburbial los llevó por otros derroteros menos comerciales y más estimulantes.

Yo no soy creyente, pero supongo que Rafael adoptaría esa religiosidad gozosa de la que hacen gala los gitanos, así que espero que el dios de los suburbios te tenga en la gloria, Rafael. Seguro que Camarón intercederá para que así sea.