Por: Juanjo Frontera.
Sin duda, la evolución de la canción de raíz norteamericana no hubiera sido la misma sin el papel preponderante de la mujer. Desde Patsy Cline o Loretta Lynn, pasando por Dolly Parton, Emmylou Harris, Lucinda Williams o Gillian Welch, el pulso firme en femenino de fabulosas escritoras de canciones ha determinado el rumbo de un género, el ahora conocido como “Americana”, que hubiera derivado en algo muy diferente de no ser por ellas.
Por supuesto, toda esa tradición no se halla exenta de una nueva hornada de artistas que están dejando su impronta. Tenemos a Margo Price, Erin Rae, Waxahatchee, Brandi Carlisle o, claro, Courtney Marie Andrews, que es quien nos ocupa. La de Phoenix lleva ya una trayectoria de más de 20 años a sus espaldas. Empezó bien pequeña, cantando en karaokes con su madre y de adolescente, influida por el punk, desaparecía de casa para actuar por ahí. Sus inicios profesionales tuvieron lugar como guitarra y corista de la banda Jimmy Eat World, pero desde 2008 ha ido desarrollando una carrera en solitario que fue con los discos "Honest Life" (2016) y, sobre todo, "Old Flowers" (2020, Grammy al mejor álbum de Americana) cuando despegó de verdad y la situó en la posición preeminente que ocupa ahora.
De hecho, su nuevo álbum, "Valentine", es un poco la “cara b” de "Old Flowers". Si aquél fue un disco marcado por la ruptura amorosa, "Valentine" es justo lo contrario, aunque no en una vertiente demasiado luminosa: es un disco marcado por la dicotomía entre el dolor por la muerte de un ser querido y el inicio de una relación sentimental. Esa contradicción entre dolor y felicidad que es, por otro lado, tan humana, es la que ha traído línea argumental a unas canciones en las que, además, la autora ha buscado un nuevo sonido.
Courtney ha introducido aquí en su paleta de influencias referencias mucho más pop de lo habitual. Aunque no “pop” en un sentido convencional. Según ha contado, los discos clásicos del “canalla” Lee Hazlewood, el "Tusk" de Fleetwood Mac o incluso esa anomalía oscura que fue el "Third/Sister Lovers" de Big Star han estado en su cabeza a la hora de construir unas canciones y una grabación que decidió emprender de una forma más orgánica que en ocasiones anteriores, usando cintas vintage que permitieran sentir los profusos arreglos como algo más visceral.
Es así, precisamente, como esa sinceridad descarnada que ha caracterizado siempre la carrera de la cantautora cobra un relieve especial. La apertura con “Pendulum swing” ya deja claro todo esto: un crescendo apabullante que no requiere de grandes orquestaciones para sonar, amplio, casi monumental. Los arreglos están estratégicamente colocados para lograr un pretendido efecto melodramático (pero sin pasarse) y que la increíble voz de Courtney haga el resto. Es una melodía llena de anhelo, de deseo, que nos embarca de lleno en esta especie de tarjeta de San Valentín triste (que diría Tom Waits) hecha disco. 00
En otra esfera diferente, pero guardando total coherencia, se encuentra “Keeper”, una canción liviana y pop que sirve de gancho amable para lo que está por llegar, que descansa en el ámbito más reflexivo de la autora. “Cons and clowns”, otro de los singles extraídos del disco, juega de una forma realmente hermosa a intentar sortear los obstáculos que un mundo ingrato pone en frente del arte. El tono general del álbum ahonda bastante en esas cavilaciones. Una búsqueda de empoderamiento ante la ingratitud de un contexto cada vez más angustiante y que el amor y la música ayudan, quizá no a vencer, pero sí a esquivar.
Más esperanzadora, en ese sentido, resulta “Magic touch”, aunque “Little picture of a butterfly” se encarga de revertir ese efecto hacia un pirotécnico dramatismo que es profundamente cautivador. Es, sin duda, una de las mejores canciones de un lote que guarda poca fisura. De esas que uno podría encontrar entre lo mejor del cancionero de autoras o autores clásicos y que aquí resuena con poder cerrando la primera cara de un disco que aún guarda cinco ases en su manga.
La segunda cara repite, con acierto, la misma fórmula: del inicio solemne e in crescendo de la de nuevo enorme “Outsider”, “Everyone wants to feel like you”, con esos coros tan deudores de Stevie Nicks-Christine McVie, nos da un acento pop que mantiene “Only the best for baby”, para volver de nuevo al dramatismo profundo con “Best friend” y rematar la faena con “Hangman”, una especie de himno pastoral que cierra por todo lo alto un disco que podemos calificar, sin temor a equivocarnos, como de lo mejor -y más sanador- que puede escucharse a principios de este 2026 tan necesitado de música monumentalmente bella para ayudarnos a sobrellevar todo lo demás.



