Por: Guillermo García Domingo.
El escritor de “Alta Fidelidad” es un narrador visceral que en este ensayo poco o nada académico vuelve a desplegar esa narrativa apasionada que representa su seña de identidad. Cuando escribe sobre lo que le gusta, ya sea la música o el Arsenal no hay quien se resista a su escritura.
Esta vez su pasión arrebatadora se presta a desentrañar el secreto (común) de dos genios que no se conocieron, el escritor británico Charles Dickens y el músico de Minneapolis, Prince. O tal vez ambos gigantes artísticos sean la excusa verosímil para escribir persuasivamente sobre sus intereses culturales. Porque este libro no versa exclusivamente sobre estas dos personalidades sino sobre la capacidad que las obras culturales tienen para otorgar sentido a nuestras vidas, que seguramente serían erráticas y absurdas si no fuera por lo que han hecho músicos como Prince, y libros como los que escribió Dickens y otros narradores del siglo XIX. Así que este ensayo es también un libro sobre el propio Hornby y la influencia que la música y la literatura ejercen sobre las mujeres y los hombres contemporáneos.
No obstante, Hornby cumple de forma satisfactoria con el propósito inicial y consigue comparar ambas trayectorias. Tuvieron infancias y adolescencias más que problemáticas y sufrieron la escasez de recursos económicos. Son artistas populares, “guardianes de la cultura popular”, sostiene Hornby, puesto que “se puede argumentar que se hicieron famosos “por” su pobreza, no a pesar de ella… aprendieron a expresarse, y a expresar las vidas que habían llevado de formas que tenían sentido para millones de personas: personas que habían compartido sus experiencias, o que ya no parecían querer escuchar a aquellos que habían llevado una vida más privilegiada”.
Los dos tenían prisa, fueron precoces a la hora de demostrar su talento desbordante, tan voraces como en su vida amorosa y sexual, ¡a lo largo de toda su vida! Prince dejó un número ingente de canciones grabadas, desvela Hornby. El secreto de su voracidad creativa no dependía de su innegable talento, como acostumbra a pensar incluso la mayoría de la crítica, debido a la influencia de la teoría romántica del genio individual, sino sobre todo de su inusual y descomunal capacidad de trabajo. No se refiere Hornby con esto al tiempo que pasaban componiendo, grabando y escribiendo. Es lo que “consumían”, aquello de lo que se alimentaban lo que les ofreció una fuente inagotable de ideas y caminos artísticos que recorrer por sí mismos: “no son las diez mil horas de práctica lo que cuenta; quizá son las diez mil horas de consumo”.
Otro de los puntos más destacados de este original libro es que los dos artistas tuvieron que defenderse ante las prácticas extractivas y abusivas de la industria cultural (estadounidense), los editores a la otra orilla del Atlántico se apropiaron de los libros de Dickens sin ningún pudor, es un latrocinio bien conocido, esta batalla por la propiedad intelectual también fue emprendida por Prince, y no siempre resultó bien entendida ni siquiera por sus seguidores.
Con permiso del autor de “Fiebre en las gradas” añadiría otra característica compartida por ambos: son escritores/músicos de otra época, Prince del siglo XX y Dickens del anterior, que, sin embargo, tienen una vigencia absoluta en nuestro tiempo actual. Su pervivencia no solamente es colectiva, patrimonio de la cultura popular, sino que tienen la virtud de instalarse en el interior de cada uno para siempre. Ningún ser humano debería esperar a leer y conocer a “David Copperfield” mientras escucha “1999” o “Sign o' the Times”, ¡qué suerte poder hacerlo a la vez!



