Josele Santiago: “Desde el jergón”


Por: Kepa Arbizu. 

La propia naturaleza de un libro de memorias cuenta con una particular elasticidad cronológica, ya que, aunque escrito en el presente, mira al pasado mientras se propulsa hacia el futuro, donando unas huellas que podrán ser recorridas por generaciones posteriores. Un legado que, en el caso de la banda Los Enemigos, no se verá necesitado de Mesías que, provenientes desde la otra orilla del calendario, reivindiquen una obra que, afortunadamente y gracias a sus méritos propios, siempre ha estado considerada, con argumentos artísticos más que sobrados, como una de las representaciones más importante del rock hecho en castellano. Pero bajo toda trayectoria colectiva y creativa existe siempre el relato personal, y por lo tanto sujeto a subjetividad, de cada uno de sus protagonistas, siendo uno de ellos, probablemente el principal en en el caso de la formación madrileña, Josele Santiago, quien a través de “Desde el jergón” difumina cualquier frontera que divida en dos cuerpos independientes al individuo y al creador, presentando un único organismo que cuenta con un nutriente esencial e irrenunciable: las canciones.

Aunque por puridad genérica no nos encontramos ante una autobiografía, ya que estas páginas ilustran casi en exclusividad la época musical de su protagonista y no existe un alcance global, sin embargo durante el itinerario seleccionado contemplaremos leves destellos de remotos episodios de infancia y/o juventud que, bajo la fórmula de su admirado Jim Thompson, completan y añaden tonalidades a una narración que posa su primer pie en 1985, cuando Artemio Pérez y Roberto Arbolea se citan con Josele Santiago, un púber guitarrista con miedo escénico, al que invitan a tomar parte de su grupo, Los Enemigos. Nacían así unos fieles moradores de un microuniverso llamado Malasaña que escogieron atravesar pernoctando, y amaneciendo, entre sus castizos locales con suelo de serrín y alejados de las pasarelas de modernidad desde las que se podía vislumbrar hasta la Vía Láctea. Barras de bar beodas en las que celebraban el salto al vació pero también una confraternización, oficiada entre ritmos vehementes, con asiduos clientes como Kike Turmix o Julián Hernandez (Siniestro Total), convertidos desde ese momento en camaradas de agitación. Unos enclaves de los que brotaron muchas leyendas, algunas cercenadas por la sobreexposición a los instintos, y otras, como la aquí expuesta, y pese a sus perceptibles cicatrices, superviviente a esa voraz dieta de inmediatez.

Una regresión, con horizonte en el presente, entregada entre referencias musicales (el “Fun House" de los Stooges cual Sancta Sanctorum y los Kinks como imagen de la máxima virtud) o literarias (de la viscosidad de Bukoswki al simbolismo luciferino de Baudelaire) y variopintas reflexiones esparcidas con naturalidad. De la política a las cuitas sentimentales, las cavilaciones se vuelven masivas cuando atañen a la irracional -pero trascendental- liturgia del hecho creativo, al que cuestiona su denominación como poesía para quien, como en su caso, necesita del sustento melódico en calidad de pieza fundacional. Y es que aunque es bien cierto que un excepcional escritor de canciones no tiene que destacar necesariamente en una disciplina sin el abrigo de las armonías, este libro derriba esa máxima, porque Josele Santiago es capaz de trasladar su idiosincrasia sonora a la condición de esta obra, dotándole de virtudes sinónimas y logrando así que esta lectura contenga el arraigo castizo como lenguaje motor de una expresividad que, aunque no pierde su acento socarrón, hinca los dientes en terreno dramático, proponiendo una sonrisa que se retuerce con gesto estremecedor.

Incluso el propio desarrollo estilístico de este libro parece mimetizarse con el expuesto por la discografía “enemiga”, estando ambos inicios más cómodos en un espacio burlón y derivando, paulatinamente, en un paisaje más doliente. Antes de llegar ahí, el rhythm and blues que dominó su debut, "Ferpectamente", previo paso por el triunfo en el concurso Villa de Madrid o compartir cartel con Wilko Johnson o Dave Edmunds, y “Un tío cabal” sirven de maravilloso prólogo para una historia que, ya sin Artemio y con  Fino Oyonarte  y Chema "Animal" Pérez  como integrantes y Lalo Cortés a modo un mánager que ejerce de padre protector, avistó un paraíso eléctrico entre una escenografía etílica y hedonista. Suponía el fin de una adolescencia que combatía la congoja existencial con risas y decibelios y el principio de una suerte de profesionalización que daba paso a “La vida mata”, que ya desde su publicación se presentía como el resultado de un sonido, mucho más perfilado y expansivo que sus predecesores, vehiculado por un lenguaje asombrosamente identificativo y llamado a inscribir el rock con letras de alta literatura. La frustración y el malestar, una vez más, en este caso provenientes de los suburbios emocionales de ese Madrid engalanado de frívola Transición, hacían hervir la sangre creativa.

Un repertorio concebido entre las noches infinitas de una recién estrenada década de los noventa en las que resuenan los bombardeos sobre Irak y por las que arrastran su sombra también Eduardo Haro Ibars o Leopoldo María Panero. Todo, por supuesto, tarareado al son de una banda sonora hecha de glam, Leño, Dr. Feelgood, Mermelada o Eddie & The Hot Rods. Vigilias artísticas firmadas por una prosa convertida en idioma de unos personajes que, aunque anónimos, comparten el menú de su firmante, cada vez peor combinado entre drogas, alcohol y ansiolíticos. Un estado de inquietud que a pesar de dar como fruto el más popero y hasta luminoso disco, “La cuenta atrás”, sigue horadando la salud, sobre todo mental, de un compositor al que a las sombras propias se le suman los fallecimientos cercanos de sobre todo su inseparable Lalo. Defunciones que ponen de riguroso luto el abrasivo trabajo de  “Tras el último no va nadie”, cincelado con riffs y letras rocosas como el frío mármol sobre el que descansas los difuntos y el desgarrado lamento de quienes deben conjugar su pérdida. Un anhelo que la formación madrileña, que integra poco a poco Manolo Benítez, un verso discordante en esa unión familiar, atraviesa con largos silencios y un manto negro que les arrebata cualquier atisbo de ilusión. 

Esquelético, casi sin dientes y repleto de heridas que delatan las huellas de autolesiones, Josele es la imagen de la caverna anímica en la que se encuentra un grupo que sin embargo musicalmente se yergue orgulloso en una época por la que ya asoma el indie y las modas quieren imponer su dictadura. El cuarteto es capaz de aglutinar los diferentes gustos de sus integrantes en una excelsa conjunción de acentos con un destino único. Una trayectoria que su siguiente parada está lejos de los estudios de grabación o los escenarios, se trata de un centro de desintoxicación donde el cantante y guitarrista decide interrumpir su descenso al abismo. Las noches y sus demonios se transforman en caminatas y juegos en el frontón, un interludio necesario para que la banda no descarrile del todo. Paréntesis que se rompe en forma de una imparable efervescencia por volver a componer y tocar, un ansia que engendra, grabado en un caserío de Gipuzkoa, “Gas”, un rotundo regreso al mundo de los vivos que sin embargo es también el prólogo al resquebrajamiento de una unidad fraternal donde su cantante se ahoga en interminables giras y percibe su presencia como un mero atrezo, maridado en alcohol, en la disciplina de la banda. Grietas insuperables que hacen de “Nada” la última firma colectiva, por el momento. A pesar de su categórico título, todavía quedaba algo, mucho, más bien, que vivir conjuntamente. 

Antes de esa resurrección, tras un necesario hiato “enemigo”, previo paso de la publicación del directo “Obras escocidas (1985-2000)”, la carrera en solitario de Josele se puso a andar con el magistral "Las golondrinas etcétera". Un trabajo tras el que se escondía una complicada nueva situación, que si bien aportaba esa necesidad de airear su entorno era imposible no sentirse amordazado todavía a esa disciplina del rock. Unas cadenas que se desvanecerían gracias al gusto por sonidos acústicos que van a ir dominando sus trabajos posteriores. Sin embargo, quizás nadie puede escapar de lo que verdaderamente es, y el rugido eléctrico, que ya comienza a asomar en el sobresaliente "Lecciones de vértigo", pide paso en el cerebro de un compositor que hace de la posibilidad de reunirse con sus viejos compinches una realidad. Una ceremonia de reunificación celebrado el festival Actual de Logroño en 2012 y que se oficia en el estudio de grabación a través de "Vida inteligente". Regreso al rock químicamente puro al que solo le falta tomar una decisión altamente postergada, la salida de Manolo Benítez, quien nunca ha congeniado con el compositor ni ha aceptado la relación "consanguínea" de la banda, para dejar paso a, éste sí, un “hermano, David Krahe. Una nueva formación que, tras el trabajo en solitario “Transilvania”, acuña su último disco hasta la fecha, un "Bestieza" que representa ese aire fresco que, entre achaques y obstáculos, respira una urgente necesidad de atronar. 

Puede que “Desde el jergón” sea un libro al que todavía le falten páginas por escribir, aquellas que tengan que dar fe de las nuevas andanzas de Josele Santiago, pero su punto final encapsula una maravillosa radiografía de quien ha llegado hasta aquí no solo cargado de una obra imponente, sino capaz de manejar los efectos de esa determinación por escribir cada momento presente entre llamas. Fruto de esa naturaleza pirómana, estas memorias deben ser añadidas entre lo más granado de su hoja de méritos, por contenido y continente, ya que ha logrado trasladar sus virtudes musicales a una hoja en blanco que se lee con el estremecedor gozo que se entonan sus característicos ritmos. Parafraseando a una de sus mejores composiciones en solitario, "El lobo", este madrileño ha ejercido la profesión de bailarín al que no puede embestir el frío, y por eso decidió arder repetidamente. Unas ascuas que han logrado regenerarse constantemente para perfilar a una de las figuras claves del rock en castellano, un enamorado de la inmolación existencial que ha negociado con el precipicio su supervivencia a cambio de permitirle habitar en sus canciones.