Por: Javier Capapé.
Hay viajes solo de ida, pero éste es uno de ida y vuelta. Tras treinta años en España, Jorge Drexler regresa a su Uruguay natal con el disco número quince de su carrera. “Taracá” es ritmo, es candombe y tambor, es raíz, y Drexler sabe mucho de esto. Ha hecho carrera alrededor del ritmo y ha llevado su hogar a multitud de rincones, haciéndonos descubrir las raíces que le unen a la música de autor y al vasto continente que tanta riqueza ha aportado a su música. Con su más reciente trabajo vuelve a Uruguay para encontrar el origen del ritmo, que finalmente le lleva hasta África, de donde viene todo.
Nuevamente nos encontramos ante un disco que gira en torno a un tema más o menos cerrado, en este caso el baile y el ritmo, similar a lo que ya hiciera en “Bailar en la Cueva”, pero ahora directamente ligado a su tierra de origen. No es la primera vez que Drexler fija un leitmotiv claro en sus obras. Ya lo hizo con gran tino en “Salvavidas de hielo”, donde todo giraba alrededor de la guitarra, o en “Amar la Trama”, en el que se nutría de lo orgánico para conseguir un efecto similar a lo anteriormente hallado en lo programado. “Taracá” está producido por Lucas Piedra Cueva junto al propio Drexler y en él colaboran un amplio elenco de artistas, destacando aquellos del país de origen del cantautor. Un disco que reivindica lo latino sin dejar de sonar contemporáneo y que podría dividirse en dos tipos de composiciones: las más bailables y aquellas con toques cercanos al pop. Sorprenden más las del primer tipo, y además forman parte de ese hilo temático que unifica el álbum, pero las del segundo grupo conectan con las formas que siempre han desligado a este cantautor de su perfil más clásico. Domina las hechuras populares, pero se desmarca de otros compañeros con los que comparte etiqueta, porque Drexler entiende perfectamente la canción popular a la vez que sabe convivir con las demandas más actuales. Es un músico inquieto e incansable y en cada uno de sus discos nos da buena muestra de ello. No se conforma y continua en movimiento, tal y como sugiere con el baile que articula estas once canciones.
Inicia el viaje con una guitarra percutiva en “Toco madera”. Una canción que suena a clásico dentro del cancionero que maneja el uruguayo y que seguramente resistirá el paso del tiempo mejor que ninguna otra, por algo fue el primer lanzamiento del disco. Las guitarras rítmicas destacan en la muy pop y adictiva “¿Cómo se ama?”. Puede parecer sencillo dar con esta sonoridad, pero su refinamiento le da un carácter único. Eso, unido a una voz que no ha perdido ni un mínimo de empaque a pesar de los años, hacen de ésta una de las primeras a destacar de entre todo el conjunto. “El tambor chico” da nombre al disco además de hacer referencia al instrumento alrededor del cual gira el mismo. Comienza con ésta, y con la aportación de la formación Rueda de Candombe, el homenaje a su tierra natal y a sus bailes tradicionales. Drexler siempre mostró debilidad por el candombe (me fascina aquella acertada “Tamborero”), pero aquí le confiere todo el protagonismo que merecía a lo largo de su dilatada carrera.
La historia de las prohibiciones del baile a través de los siglos, terminando con la curiosa restricción del reggaetón, dan sentido al recitado provocativo de “Ante la duda, baila”. Uno de esos tipos de canción cercana al rap que tanto le gusta hacer a nuestro protagonista. Con más o menos acierto, pero no hay disco que no contenga alguna de estas canciones recitadas, aunque con ésta llega a la altura de la confesional “Guitarra y vos” tras veinte años de nuevos intentos. Aquí no cuenta con una letra autobiográfica o personal, pero a través de los hechos históricos narrados consigue despertar nuestra curiosidad al ritmo de nuestras caderas y culos. Sí, culos, como esos que se agitan bajo el condenado ritmo de reggaetón al que no le incomoda acercarse.
“Te llevo tatuada” es del grupo de canciones más pop del álbum. En esta ocasión los matices vocales de la puertorriqueña Young Miko le dan cierta ligereza al tema más suave de los presentados hasta el momento, como queriendo bajar la intensidad, aunque se recupera rápido con la brasilera “Qué será que es?”, de nuevo con Rueda de Candombe en la parte rítmica. En el lado contrario está “Amar y ser amado”. Los coros procesados de Meritxell Neddermann, así como la levedad de las cuerdas de la guitarra y las teclas, dejan espacio a una canción que queda desprovista de todo lo accesorio para ir a la esencia. Y como si de una montaña rusa se tratara, entre picos y valles rítmicos, llega la opuesta “¿Hay alguien A.I.?” (fantástico juego de palabras), que nos plantea los efectos de la Inteligencia artificial en nuestro día a día con nuevos aires pop y programaciones que conviven a la perfección con lo más orgánico. Destaca más por su planteamiento lírico que instrumental, pero no deja de ser una de las provocaciones o inquietudes sociales tan bien tratadas por Drexler. Sus canciones como altavoz social. Su música como terapia con la que plantear preguntas y dar libertad a las respuestas.
La tradición de la guitarra española en forma de milonga y el palo flamenco se unen y expresan a su manera en “Cuando cantaba Morente”, que cuenta con la cantaora Ángeles Toledano y el guitarrista Julio Cobelli como invitados. A continuación, tras la calma y belleza que nos aporta esta última, llega la alegre “Nuestro trabajo / Los Puentes”, una canción con dos partes en la que el ritmo, aunque con cierta contención, vuelve a ponerse por delante y en la que el que menos parece importar es el propio Drexler. Una canción para tender puentes y para recordarnos la necesidad de trabajar en esa línea que, en definitiva, une proyectos, culturas y vida.
La murga es la protagonista del cierre de este breve aunque intenso disco con “Las Palabras”, en la que nos sumerge junto al conjunto Falta y Resto en otra de las tradiciones rítmicas de su continente. Los coros y las cuerdas dan el broche a esta apuesta firme por hacer de esta colección de canciones un original recorrido conducido por la tradición y la percusión que confluyen en el pop, en ese deseo popular que nos reúne a todos como oyentes. Porque, digan lo que digan, Jorge Drexler es uno de nuestros mejores valores en defensa de la música popular, la que forma parte nosotros desde tiempos ancestrales, la que nos mueve y dignifica el movimiento de nuestras caderas, la que nos libera y potencia nuestros mejores tesoros. Aunque si alguien tiene duda de esto, ya saben, simplemente bailen.



