Por: Javier Capapé.
Todos sabemos que gran parte de las canciones de Vetusta Morla salen de la mente de Guille Galván. Ávido buscador de la lírica precisa, la más sugerente y acertada, junto a un gusto exquisito por la melodía, algo que se pone abiertamente de manifiesto desde el primer estribillo de su debut en solitario. “Nadie con ese nombre vive aquí” es la colección de canciones que firma bajo su propio nombre el madrileño, once dardos desprovistos de artificios innecesarios en los que se impone la crudeza junto a la pasión desmedida. Todo ello junto a una interpretación directa, sin excesos, y llena de matices, aunque lo que predomine sea la pureza de la guitarra y la voz, la base desde la que construir nuevas historias que revelan emociones que no saben de límites ni barreras. Podemos vislumbrar el aire introspectivo desde el primer momento, cuando al escuchar “La Botella” le descubrimos cercano a los tintes de “Nebraska”, cual trovador buscando su sitio con pocos adornos más que las seis cuerdas y una armónica que aporta justo lo necesario para acercarlo al Springsteen más auténtico. Algo escorada hacia el pop está “Los Motivos”, aunque sin perder el dominio de lo acústico, pero con más ritmo. Echamos en falta un mayor torrente vocal, pues Galván por momentos se nos muestra apagado, aunque tal vez nuestro error esté en querer encontrar a Pucho en estas canciones. Si dejamos estas ideas a un lado, definitivamente encontramos a un intérprete nuevo, con su carisma y personalidad propias. Más bronco o discreto, pero con suficiente gancho.
La carretera se vislumbra tras ese intenso riff acústico en “No me dejes quieto”. Una canción en movimiento (así lo expresa su letra) con una progresión ascendente y unas programaciones que se desbordan en el puente llegando a deconstruirla (parece que pudiéramos estar ante las producciones de blues-rock industrial de Ben Hillier). El camino como fórmula para librarnos del miedo. El movimiento como antídoto. Seguidamente, su voz se percibe mucho más cómoda en “Justo en el medio”, con una lírica de las que nos aprietan el pecho, tan características en su carrera como hábil compositor. Encontramos cada verso más inspirado que el anterior, destilando magia entre los arreglos de órgano, el bajo contundente y las cuerdas eléctricas.
“Pulso y belleza” busca esa belleza que sugiere su título desde la posición del cantautor, pero con arreglos programados que le alejan de su vena más clásica. En su estribillo se desnuda y muestra sus cartas boca arriba logrando conmovernos, aunque sus estrofas arrastradas puedan sonar por momentos incómodas o demasiado exigentes para el más purista, al igual que ocurre con ese desarrollo instrumental dominado por las cuerdas en su tramo final. En el extremo contrario, aunque sin salirse de los cauces generales de la colección, se encuentra “En qué momento dudé de ti” recurriendo a lo más básico. El que fuera adelanto del proyecto más personal de Galván se desviste por completo para entregarse cual trovador susurrante al oído a sus confidentes. Una canción que funciona como confesión desgarrada que necesita de lo mínimo para emocionarnos. Le sigue “Un Coche ardiendo”, con sutiles arreglos de piano que le dan un aire que puede separarla un poco del resto, pero no deja de mandar la acústica por encima de todo. Si tuviera que hacer un paralelismo con un músico de mi tierra lo emparentaría con Javier Almazán, alias Copiloto. Estas canciones tan desnudas me recuerdan a su último disco más introspectivo, “interior noche”. La verdad es que se respira una conexión liviana, pero muy interesante, como si les hubiese movido el mismo sentir para llegar a estas canciones.
“Huellas en el aire” es algo más ligera y juguetona, con algo más de ritmo, conduciéndonos a la más delicada “Túnel de la M-30”. Su lírica es nuevamente deslumbrante (“el tiempo es un ladrón con la cartera abierta”), y en ella se nota más que en ninguna otra que Galván lleva buena parte de la composición de Vetusta Morla. De hecho, esta canción podría encajar en uno de sus discos a la perfección, aunque nos falta Pucho. Si la llevaran al grupo sería definitoria, pero aquí encuentra también su sitio y eleva el tono del conjunto, con un final muy arriba sin la necesidad de aumentar su instrumentación. Magnífica. “Desenladrillando el cielo” es otro blues rocoso y acústico. Con ella confirma que éste es un disco para escuchar en la intimidad, deteniéndose en sus letras, las verdaderas protagonistas, que son las que le aportan más valor, porque instrumentalmente no hay grandes diferencias entre las canciones ni lucimientos excesivos, pero en la lírica Galván nos demuestra que sigue muy inspirado.
La épica contenida de “Canción muralla” cierra este debut con ese órgano que sostiene todo el tema como un lamento final o plegaria. Una despedida solemne, pero discreta a la vez, para un disco que parece pasar de puntillas, pero que nos deja huella. Sin quererlo ahonda en nosotros y nos marca, atrapados por sus versos o mecidos por el leve pulso de las cuerdas de una guitarra con las que el madrileño se entrega de manera desmedida. Porque “Nadie con ese nombre vive aquí” es valiente. Guille Galván se abre sin cortapisas. No se trata de su banda madre, aunque tampoco la busquen más allá de la habilidad para tejer historias de gran calibre con sus versos. Sin embargo, no cabe duda de que este disco es auténtico. Quizá nadie con ese nombre que nos sugiere su autor viva entre estos versos, pero estoy seguro de que nos quedaremos habitándolos por mucho tiempo.



