Estadio Olímpico Lluís Companys, Barcelona. Domingo, 3 de mayo de 2026.
Texto y fotografías: Javier Capapé.
A ritmo de mariachis fuimos entrando en calor en la tarde gris del pasado domingo. Una tarde-noche inolvidable, marcada por la nostalgia, evidentemente, pero llena de vitalidad. El Estadio Olímpico de Barcelona acogía el primero de los conciertos que sus paisanos El Último de la Fila iban a ofrecer treinta años después de bajarse de los escenarios y poner fin a su última gira. Sobra decir que esta era una ocasión más que especial para las más de cincuenta mil almas que nos reunimos en torno a las canciones de los dos músicos más grandes y a la vez más humildes que ha dado esta tierra. Manolo García y Quimi Portet estaban de vuelta y en su casa, celebrando simplemente su pasión por la música, disfrutando de sus canciones una vez más, esas que se han hecho eternas e insustituibles durante todo este tiempo. El Último de la Fila sabían que les queríamos de vuelta, aunque solo fuese para verles una última vez en su hogar, que es el escenario. Mano a mano compartiendo retazos de vida hechos canción e impulsados por un aire retro llevado con gran tino incluso a un escenario de estas dimensiones, en el que primaron más las imágenes surrealistas y los mensajes estrambóticos lanzados desde las pantallas (“Vendo Opel Corsa” o “Compro Oro”) en lugar del exceso de pirotecnia o confeti. Había móviles, sí, pero predominaba el aroma a los años ochenta y noventa donde ellos brillaron y en los que importaba solo la música, así como afrontarla con arrojo y algo de humor, ese que ellos mismos dicen que fue la argamasa con la que se sostuvo siempre este dúo. El mismo que desprendió Manolo García desde que las primeras gotas de lluvia llegaron con los acordes de “Huesos” y que él mismo quiso acogerlas con buenas dosis de ironía, soltando un: “¡me voy a meter una hostia de puta madre!”. Lo cotidiano por delante, siempre por encima de lo impostado o totalmente calculado para la ocasión.
Canciones y emociones. Rock de base marcada y precisión milimétrica (gran labor de Antonio Fidel y Ángel Celada), sin perder por ello sus aires psicodélicos, rumberos y morunos por momentos. Correcto en las formas (quizá esperábamos algo más de Quimi Portet) y profundo en ambiciones. El grupo que acompañó la mayor parte de su historia a Manolo y Quimi se dieron cita aquí también junto a Irene Miller y Eva Reina en los coros, que apoyaron con elegancia los fraseos del carismático frontman, al que vimos tanto enfundado en un albornoz a modo de capa, como peleándose con un sillón por medio del escenario o azotando una vara para incitar al entregado público. Como el “guapo del Poble Nou” lo presentó Portet, aunque podría ser más acertado referirse a García como la cara incombustible del dúo, porque la huella de sus setenta primaveras apenas le ha pasado factura y su voz siguió reforzando con firmeza cada verso de la noche.
Los himnos se sucedieron sin remisión. No hubo que esperar nada a que sonase “Querida Milagros” ni “Mi patria en mis zapatos”, en la que Portet agradeció que nos hubiéramos multiplicado tanto para llenar este estadio, haciendo referencia al grito que su compañero de fatigas realizaba en los viejos tiempos, esos en los que tocaban para pequeños aforos. Entonces Manolo García se despedía de sus conciertos con un “¡salid y multiplicaos!”, algo que estaba claro que había sucedido. Portet presentó esta gira de doce conciertos que acaba de arrancar como un “lugar para poder huir de las férreas estructuras familiares”, aunque también aclaró que suponía el placer de “volver a tocar con la banda después de tantos años”. Pero, por encima de todo, sentimos que estaban ahí por nosotros, su público, los que hemos dado sentido a estos treinta años en los que en lugar de olvidarles hemos hecho crecer su estela.
Cuando se impuso la noche descubrimos que, en realidad, se había teñido el “día color de melocotón” y, definitivamente, ya “nadie fue más que nadie”. Todos unidos por esa rítmica que tan bien supo sostener Quimi, sin florituras pero encendida de pasión, y por esa entrega desmedida de Manolo, que nos llevó a todos en volandas, da igual si afrontaba la más introspectiva “No me acostumbro” o la ecologista “Dios de la Lluvia”, que tras implorarle concedió un merecido respiro a la fina lluvia hasta el final del concierto. Músicos y público fuimos realmente una masa unida, por muy grande que fuera el recinto. Creo que todos sentimos que compartíamos un trocito de la historia de nuestra música reciente, que formábamos parte de algo único, de eso que tanto tiempo habíamos estado esperando, pero que tampoco habíamos pedido. Ellos nos lo concedieron porque sintieron que era el momento, y porque, si un día quisieron echar el freno al entender que no tenían nada más que aportar, de la misma manera ahora quisieron darse el lujo de subirse de nuevo al escenario para disfrutar del gran baño de masas que tanto han merecido siempre. Sin grandes pretensiones. Sólo por puro placer.
Con “Soy un Accidente” se acordaron de todos los músicos catalanes que les marcaron el camino en los setenta, de Pau Riba a Sisa o Lluís Llach, y reivindicaron la cultura catalana recibiendo una enorme ovación. “La Piedra Redonda” resonó por todos los rincones del Estadio con su coraza eléctrica, aire con el que también vistieron a “Mar Antiguo”, que se salió un poco de su estructura original por su mayor contundencia en directo. Eso no significó que no encendiera la llama en forma de linternas de móviles, que inundaron las gradas ante una de las baladas más emblemáticas de su discografía. Aunque para emblemáticas bastaba con mirar atrás y ver que, casi sin darnos cuenta, ya se habían sucedido, en esta sucesión de éxitos incontestables que fueron los ciento treinta minutos de actuación, “Sin Llaves”, “Aviones Plateados” o “El Loco de la calle”, con un Pedro Javier González aportando maestría a la guitarra española. No pararon de sonar himnos, y a cada cual con mejor recibimiento, porque los allí congregados sabíamos que cada vez que escuchábamos una de estas canciones probablemente fuera la última vez que íbamos a hacerlo en directo.
Desde el cancionero de los Burros rescataron también “Disneylandia” (y una oportuna “Conflicto Armado” en los primeros compases de la noche), que sirvió para bajar el pulso antes de afrontar las más enérgicas “Cuando el mar te tenga” (con ésta ninguno de los que permanecían sentados en las gradas pudieron seguir haciéndolo), “El que canta su mal espanta” o “Canta por mí”, con un intro de guitarra española que nos puso los pelos de punta. Con “Llanto de Pasión” Manolo se fundió en un abrazo con las primeras filas, sin olvidar las dificultades que supuso bajar de ese pequeño avance al frente del escenario, cuyo suelo proyectaba coloridas imágenes y que le hizo sufrir para no patinar en más de una ocasión por el fino barniz húmedo que lo cubrió. Dedicaron esta recta final que ya se vislumbraba para el colectivo de agricultores y ganaderos a los que siempre tuvieron estima, así como a los sufridores autónomos. De nuevo otra calurosa ovación y el éxtasis con “Lápiz y Tinta”. Me atrevería a afirmar que ésta siempre fue una de sus mejores composiciones y así fue recibida, luciéndose además con un discreto pero oportuno solo del bueno de Quimi.
Si alguien esperaba sorpresas, las iba a tener, pero no en forma de oportunas colaboraciones encima del escenario. No fue exactamente eso. Sin tener que decirlo directamente, desde que sonó la enigmática “Sara”, y hasta el final del concierto, la hija de García se hizo con un sitio destacado al frente del escenario (y una buena cuota de pantalla). Tocó la eléctrica con tanto desgarro como finura. Se hizo cargo de la mayoría de los solos que quedaban por afrontar (espacio que le cedió el hasta entonces encargado de ello Josep Lluís Pérez) y le sentimos como una pieza clave de este engranaje. No fue algo forzado, fue necesario y revelador. Imprimió carácter a la garra de “Lejos de las Leyes de los Hombres” (donde los característicos toques de teclado de Juan Carlos García destacaron por encima del resto) y se lució con el potente solo de “Dulces Sueños”, donde también hubo espacio para Quimi Portet y Josep Lluís Pérez, poniendo el broche al grueso del set.
Nos pidieron seis minutos para cambiarse de muda y nos dejaron con una colección de vídeos de sus primeros años que sirvieron de interludio antes de la traca final (sí, hubo algo de confeti y fuego en el escenario, que para eso estábamos en un concierto de gran tamaño). Con las maracas en mano y una española con alma, “Ya no danzo al son de los tambores” nos hizo “confiar” a pesar de “confundirnos”, como reza su letra, porque con las canciones de El Último de la Fila hemos confiado siempre aunque nuestra “barca zozobre”. Ese es su gran misterio, el que ha mantenido sus grandes canciones a flote después de tantos años. Como si su fórmula hubiese quedado intacta. “Los Ángeles no tienen hélices” confirmaron que aquel “Enemigos de lo Ajeno” era el que acaparó más protagonismo durante la velada. Para algo cumple también en este año cuarenta desde su lanzamiento y, como siempre ellos han admitido, es al que más cariño le tienen por todo lo que supuso de afirmación en su carrera, a pesar de las dificultades iniciales vividas. Para el que esto escribe todavía habría adquirido un punto mayor de perfección la noche con un poco más de peso para su último disco “La Rebelión de los Hombres Rana”, pero hablamos de himnos incontestables y quizá en ese disco se quedaron algo cortos en este sentido. Aún así, sentí que no había nada que reprochar a un repertorio de este calibre, donde ni por un momento se bajó la guardia (brilló el citado “Enemigos de lo Ajeno” pero también el fantástico “Como la cabeza al sombrero”), llegando para la recta final “Como un burro amarrado a la puerta del baile” y el mayor himno popular de nuestra historia: una “Insurrección” que nunca nos cansaremos de cantar. Nunca.
Sin lugar a dudas, El Último de la Fila había hecho explotar el Estadi Olímpic (y seguro que repite la jugada el próximo jueves), había recogido toda su cosecha en casa. Despertaron del letargo para regalarnos una de las mejores noches que podremos recordar sus incondicionales. Un evento histórico, que puso el broche con la mítica versión de “El Rey”, de José Alfredo Jiménez, y con todo el mundo dejando atrás males y disputas. “No es que el tiempo lo cure todo”, ni tampoco que la reunión de estos dos titanes sane todo mal, pero sin duda “puede ayudar”. ¡Y vaya si lo hizo! Los raros de la clase, los incomprendidos, los extravagantes e insólitos, los últimos de la fila fueron por una vez, y para siempre desde el pasado domingo, los primeros.





