Gatoperro: “Al norte del norte”


Por: Kepa Arbizu. 

La música, como toda disciplina artística, tiene algo -o mucho- de voyerismo emocional, tanto para quien la interpreta como para quien la escucha. Descorrer la cortina donde se apilan fantasmas, a veces en peregrinación dolosa y otras bajo una celebración desvergonzada, es un impúdico ejercicio de desnudez para quien lo realiza pero igualmente para quien no puede, ni quiere, apartar la vista de ese escenario, sabedor de que, de manera más o menos consciente, probablemente encuentre allí también sus propias verdades. Ya que no siempre es fácil, ni en muchos casos sabemos, enunciar aquello que palpita pero no se ve, las figuras de esos nuevos juglares enfundados en sus chupas de cuero asumen, al mismo tiempo que dialogan consigo mismos, la portavocía de emociones ajenas, porque al fin y al cabo, a todos nos embiste el mismo relámpago existencial, ya sea conjugado de una u otra manera. Esa sinergia, necesaria aunque difícil de hallar, se ha producido constantemente en la carrera de David Llosa, Gatoperro, quien ha sabido convertir la exposición de su lírico y fascinante relato personal en una narración de la que sentirnos partícipes, o dicho de otra manera, su paseo noctámbulo carga con el sonido de nuestras pisadas. 

Acompañar la biografía discográfica del vallisoletano es igualmente perseguir un itinerario nómada rimado con el mejor sonido de raíces, un periplo que nos ha mostrado un Madrid habitado por reyes vagabundos, nos ha convidado a cruzar la Península para ver ponerse el sol en Málaga e incluso, previo paso de un perturbador pasaje postpandémico, nos instala en Oviedo, actual residencia del compositor y punto cardinal sobre el que se asienta en la actualidad su peregrinaje. Y es que su nuevo disco, “Al norte del norte”, parece surgir primero como reubicación geográfica-emocional, tras haber morado “al sur del sur” , título de una de sus canciones pertenecientes al trabajo “Ríen los Dioses” (Calvario música, 2018), y no menos importante como recuperación, tras el perturbador y recargado precedente, “Instrucciones para cortarse un brazo”, de ese territorio hecho de ritmos tradicionales del "americanismo". Faceta presentada en su expresión más pura y talentosa a través de unas canciones que invierten climas pretéritos para desplegar una presente cartografía sobre la que ladra y maúlla este bardo de metafísica afiliación roquera. 

No es la naturaleza creativa del autor castellano elogiable en su plano exclusivamente musical, entendiendo este término en lo que compete únicamente al ámbito sonoro, porque tan importante, o por momentos incluso más, lo es un aporte lírico que se transforma en pieza fundacional de su identificativo estilo. Una escritura que esquiva, aun haciéndose pasar por receptora de los clichés de esa canallesca roquera, alimentarse de lugares comunes para brotar bajo un lenguaje poético de consistente y particular imaginario. Porque si bien es cierto que no hay por qué renegar del – por otro lado bastante menos conocido en profundidad de lo que es citado habitualmente - suelo empedrado de Bukowski por el que transita, no sería justo ni completo en su valoración no advertir de la agilidad metafórica de Lorca, la concisa detonación impulsada por Carver o la furia irónica que delata a Ginsberg. Vértices para configurar relatos que, encarnados por diferentes personalidades, debaten con íntimo desgarro acerca de una incertidumbre humana que en este episodio rotan alrededor de ese eje septentrional.

Ese cambio de coordenadas geográficas ilustradas en el título del disco representan, por encima de todo, un replanteamiento, o al menos la incorporación de un matiz diferenciador, respecto a la postura tomada frente a ese ciclón al que llamamos vida. La otrora vertiginosa claudicación ante las fauces del abismo, han mutado para la ocasión, no sin duras sesiones de aprendizaje, en una aceptación más reposada, aunque no inmune a las heridas, de la escarpada condición innata del camino. Un espíritu reclamado, incluyendo el agradecimiento a “las hermosas mentiras que caben en tres acordes” en una “Gracias” que destila la bucólica melancolía de The Band, por la campestre “Fantasma de la primavera”, una de las dos excepciones al casi exclusivo binomio instrumental conformado junto a Miguel Herrero. Es en este caso a la banda de acompañamiento presente en unas sesiones previas a la que hay que agradecer la construcción de un delicado paisaje que atrae al unísono las huellas de Willie Nelson y Calamaro. Bello y evocador soporte con el que intentar desoír los cantos que le incitan constantemente a seguir ejerciendo el papel de ángel caído. 

Pero más allá de un álbum de resistencia hacia el eco producido por las sombras, este repertorio es un glosario de perdedores que, a su manera, reniegan de ser derrotados, tanto incluso como para reclamar sus méritos anónimos en “Nuestras medallas”, composición desnuda donde se presiente con mayor nitidez la efigie de Dylan. Destellos de folk tradicional que, asumiendo esa dupla formado por Iñigo Coppel y Phil Ochs, adopta su faceta trovadoresca en “La hora más oscura” y que para “Tranqui, chaval” adopta un formato más fronterizo, banda sonora de unas postales que parecen fotogramas extraídas de una película de Eloy de la Iglesia. Precariedad conjugada también con la vibrante y crepuscular “Las manos del diablo”, habitáculo para que Nick Cave engendre en algún bar ubicado entre carreteras secundarias de la América profunda este sonido. Establecimiento de tan dudosa catadura moral que nunca sería frecuentado por ese Dios “robado” al igualmente recomendable poeta Oscar Aguado, creador inspiracional de los versos de “Yo soy el negro que escribió la Biblia”, un tenso rock elegantemente nostálgico que llama a las puertas del cielo reclamando explicaciones. Una solicitud que dada su escasa probabilidad de obtener éxito, se transforma en un cierre del disco, con “Vulgar”, la otra pieza interpretada con una banda que deja su impronta en una cosmopolita y noctámbula escenografía funk, que renuncia a cualquier arrepentimiento por haber incendiado, o seguir haciéndolo, la tierra que pisamos. 

Es posible que el futuro, o el propio destino, de David Llosa, o Gatoperro, si es que existen diferencias entre ambos, sea el de mantener activo el baile de la brújula para partir hacia otras latitudes. Lo único seguro es que de momento, la aguja está instalada en este “Al norte del norte”, probablemente el mejor trabajo firmado por el autor hasta la fecha, consecuencia de haber hallado una simbiosis perfecta entre el clasicismo y una expresión personal; un doble escenario que del mismo modo se puede aplicar a un contexto sonoro que reproduce un muy particular clima de desgarrador relajo. Un idioma musical que oficia como mimético reflejo de una lírica que escucha, pero se niega a abrir la puerta, al constante requerimiento por seguir actuando bajo el mandato de la siempre sugerente -pero fatídica- curiosidad por conocer la profundidad del abismo. Si como se suele decir, la parte más gratificante no es la meta, sino el camino emprendido hasta ella, de igual manera, convendría asumir que, antes de ese “democrático” telón negro que a todos nos espera, estamos condenados a interpretar ensayos para esa tragedia definitiva.