Julio de la Rosa: "Las malas hierbas"


Por: J.J. Caballero. 

Encontrarse con un nuevo disco de Julio de la Rosa es enfrentarse a unos cuantos fantasmas, pasados y presentes, e incluso vaticinar un futuro incierto en el que las canciones volverán a poner las cosas en su sitio. Sus temáticas nunca están exentas de verdad, pese a moverse en el plano subjetivo de las emociones y las relaciones interpersonales. En “Las malas hierbas” vuelve por donde solía, si es que alguna vez nos ha abandonado, y nos sitúa en un marco temporal indefinido en el que casi todo es posible y nada sucede al azar. No necesita afiliarse a ningún género en concreto, ni afinar guitarras o basarse en melodías más o menos reconocibles. Lo suyo es otra cosa, un carácter diferente y consciente de la búsqueda eterna a la que somete sus y nuestros propios miedos y caprichos. Un recorrido cognitivo necesario para entender la dureza del devenir humano y la crueldad de algunas decepciones. 

Si en “El apego”, su disco de 2021, dedicaba el mapa conceptual al nacimiento de su hija, elaborado en un único tema de nada menos que cincuenta minutos de duración, y sin pedir disculpas por el atrevimiento, ahora nos regala un fresco de contrastes agudos y colores pastel, una mezcla de tonos inteligente en plena coherencia con el contenido. Nos obliga a afilar los dientes mientras escuchamos la conjugación plena de cuerda y teclado en “Mala hierba”, a afinar el oído y conectarlo con la razón al adivinar el clarinete incisivo de “El no por delante”, con su vientre oscuro y decadente, o a cimbrear el corazón con la melodía deconstruida de “Felonía”. 

Un carrusel de estados de ánimo que confluyen en uno solo, el de un creador que apela a su eterna libertad para desarmar pensamientos fijos y prejuicios inútiles, cantándole a su propio fracaso en “La silla de las fieras” o argumentando diatribas anti capitalistas en “Perorata”, con el descreimiento de la spoken word sin ánimo de arengar. Tampoco hay que buscar referencias faunísticas como tal en “Margaritas a los cerdos” o “Tiempo de perdices”, sino ambigüedad pura y teclados para soñar. Ni siquiera la grandilocuencia inherente a esquemas arquetípicos en su sonido, presentes en “La lata” representa obstáculo alguno para hacer lo que le sale del hígado en otro episodio memorable como “Teruel”, donde se aproxima a la seda turbulenta de Portishead secundado por los coros de su pareja Helena Goch, o hacernos casi bailar en “Pamema” sin percatarnos de que en realidad nos está contando un descalabro sentimental –¿ficción o inspiración?- convertido en mala costumbre. Algunos artistas son así, y no hay ningún problema en ello. 

Concluye el disco con “Monigotes”, contando alguna que otra realidad incómoda, y confirma que su aproximación a la música está muy lejos de la de la mayoría de coetáneos y allegados. Julio de la Rosa sigue siendo ese familiar lejano al que le tienes especial cariño por no querer sentarse junto a otros con los que tú tampoco compartirías mesa y mantel salvo si las circunstancias obligan. Algunos lo llamamos personalidad, y eso jamás será moneda de cambio.