Por: Guillermo García Domingo.
La novela “Punta de araña” de la escritora y periodista Nerea Pallares está protagonizada por un grupo de mujeres tejedoras que convocan a tres antiguas meigas para que siembren el caos en la Costa da Morte ante las consecuencias insoportables de la estupidez masculina. Son también tres poderosas “meigas” las que componen Triángulo de Amor Bizarro: Rodrigo Caamaño, Isa Cea y Rafa Mallo, que han creado a lo largo de su trayectoria insobornable un particular culto musical lejos de cualquier tendencia conocida.
Tanto es así que un medio religioso ultracatólico sintió la usurpación de su imperio de control mental, y denunció recientemente que, en una iglesia, la de la Encarnación de Bilbao, se escuchó “Heavy metal y gritos de «guillotina, puto Vox» a los pies del altar de una iglesia en Bilbao”. Se refieren a la canción “Robo tu tiempo” que interpretaron en el concierto promovido por KEXP en la citada iglesia. El ritual de TAB asustó a los “ladrones de mentes” “por amplificar consignas violentas y de estética satánica”. La banda respondió con un comunicado que deberías leer si no lo has hecho ya. Los celosos fanáticos se habrían rasgado las vestiduras si hubieran sabido que además de la canción incluida en “Victoria mística” (2013), también tocaron “Mi catedral”, tema del nuevo disco y que le da nombre, publicado hace unas semanas por Sonido Muchacho.
Que esta absurda polémica no nos distraiga de nuestro objetivo. Hemos venido a postrarnos ante un disco que hay que poner en el altar de la música reciente. TAB lleva la contraria al propósito del dios bíblico que puso orden en las aguas caóticas primordiales. Ellos quieren deshacer el orden tejido por los “reyes” de este mundo, al igual que las arañas y las mujeres hastiadas de Nerea Pallares y sembrar el caos. Este triángulo, satánico o no, dispone del poder para separar las aguas, y levantar mareas sónicas a base de guitarras ensimismadas, “mirándose a los zapatos”, y una batería fuera de sí. Es el ambiente apocalíptico idóneo para sostener sus alegorías sombrías. El sólido crecimiento musical que TAB ha experimentado no les ha llevado a hacer ni una sola concesión. No han renunciado a sus sueños violentos, ni a su irreductible rebeldía todavía más acuciante ahora que hace 20 años cuando el grupo dio sus primeros pasos en 2004.
Dioses, reyes y siervos entran y salen de sus canciones; son personajes congruentes con el tecnofeudalismo pujante. Estamos de nuevo en una época milenarista, en la que la mayoría de nosotros compartimos la inquietante certeza de que hemos perdido el control de nuestras vidas. Las instituciones políticas “de paja” ya no nos amparan. Nos hemos convertido en los nuevos vasallos de los “señores” del silicio y de los datos, tan arbitrarios y crueles como los del Medievo. Que han establecido el dominio sobre nuestros cuerpos cansados y nuestras mentes colonizadas. Esta nueva servidumbre (voluntaria) es la retórica oscura que sustenta este disco, y está omnipresente en cada uno de sus episodios, solamente desafiada por algunas grietas que abren individuos lúcidos, que, ocultos en las sombra, se conjuran para levantarse violentamente contra este sistema ubicuo, manteniendo una actitud ciberpunk. Estos sujetos imposibles de subyugar protagonizan la vengativa “Matar a un rey”, la supersónica “BBBMV a.r.m.a.s”, o “Media vida” en la cola, el gris ciudadano, conformista y obediente, empieza a impacientarse con la secreta esperanza de que “ocurra algo, que pase algo que no pueda controlar”. Todas las canciones están asociadas a sendos videoclips que han sabido captar la idiosincrasia de cada tema. Este aspecto audiovisual siempre ha sido tenido en alta consideración por la banda en cada uno de sus proyectos.
“Mi catedral” es una composición grandiosa como uno de estos templos de piedra, dedicada, sin embargo, a ese reducto interior, modesto en apariencia, poco más que “una vasija de barro”, que no puede ser mancillado por ningún poder de este mundo. Es el corazón palpitante de la resistencia y bombea su vitalidad y su sangre a las canciones restantes. Las letras crípticas de los temas también se compadecen perfectamente con el clima político de control obsesivo y monitorización total dentro del cual vivimos. Demasiados músicos han pagado un precio muy alto por ignorar los peligros de la censura y la represión.
El más narrativo de todos los temas es “Pat a trenca”, arrobado en un tono musical inquietante, como el que saben imprimirle los irlandeses Fontaines D.C. a sus canciones. Los pupitres de nuestras aulas tienen muchas “patas rotas”. El abuso de poder, el autoritarismo en las aulas, con el fin de reproducir y aquilatar el “statu quo” con nuevos ladrillos de repuesto, ya fue abordado por Pink Floyd en “Another Brick in The Wall” con el apoyo inestimable del vídeo de Alan Parker que culmina con una catarsis destructiva y vengativa de los estudiantes, que se reproduce también en el vídeo dirigido por Neelam Khan Vela para el grupo gallego, que ha revisado y evocado experiencias escolares traumáticas sufridas mucho después de que la escuelas del nacionalcatolicismo cerraran sus puertas. El adoctrinamiento religioso tuvo un papel nefasto en estas experiencias como la tuvo en “Días de escuela” de Asfalto, otra canción que viene a la mente a propósito de “Pat a trenca”.
En una analogía algo macabra, TAB parecen aquietarse engañosamente, cuando en realidad están afilando las guitarras, es eso lo que ocurre en el falso inicio de “SMT en el Palacio Real”. “Diosas adolescentes” es un arrebato sin preámbulos, un torbellino de guitarras, el que patentó Sonic Youth. “Odio a mi generación” y “Media vida” reinciden en las letanías melódicas y siniestras que ya han probado con resultados formidables en otros discos. “Matar al rey” es su máxima expresión, alguien tenía que nombrar el tabú del regicidio entre tanta temática regia, aunque los reyes vigentes no llevan corona ni portan cetro, ahora visten americanas informales y zapatillas deportivas. “En la corte del E.”, “Este contra Oeste”, “La Era Chapada en Oro”, son tres deflagraciones de guitarras, gaitas electrónicas, baterías y esquirlas de metralla, cargadas de tensión, sostenidas sobre la dialéctica entre el oro y el plomo de una civilización (¿la nuestra?) que se está internando en las sombras, entre las cuales TAB sabe orientarse como nadie.
El disco se cierra con “Sacrificio”, menos opresiva formalmente, tan majestuosa como “Mi catedral”, si bien la letra es perturbadora, para no desmerecer la liturgia que TAB ha desarrollado a lo largo de este LP. Después de este disco ciberpunk, terrible y sublime a un tiempo, no quedaran incrédulos que no profesen la fe en estos tres dioses oscuros y bizarros.



