Death Cab for Cutie: “I Built You a Tower”


Por: Javier Capapé. 

Hay bandas imán. Hay algunas que, irremediablemente, te retrotraen a un momento concreto de tu vida. También las hay que te recuerdan inevitablemente a alguien. Death Cab for Cutie es así. En mi caso me llevan al otoño de 2011. No estaban en un gran momento de éxito, pero alguien los puso en mi camino. "Codes & Keys" fue mi puerta de entrada, y desde entonces, cada vez que escucho la voz de Ben Gibbard me atrapa como ese imán que no puedes soltar. Pero no solo es su voz, son sus atmósferas, sus ritmos que agitan la base, sus guitarras corrosivas junto a otras luminosas, su misticismo… Me generan una sensación de ingravidez de la que no puedo escapar. Siempre me pasa. He llorado con "Trasatlanticism" (¿quién no lo ha hecho alguna vez?), he vibrado con "Plans" y casi he rayado "Codes & Keys". ¡Hay tanto por descubrir en su música! 

Ahora regresan con “I Built You A Tower”, la continuación de su más que inspirado “Asphalt Meadows” (incluso llegó a tener una segunda versión acústica), que nos confirma que la banda está más que asentada en el magnetismo de Gibbard y ya no echan de menos a su antiguo guitarrista Chris Walla. Vuelven a contar con el productor John Congleton, que ya se encargó de su predecesor e imprime crudeza y urgencia a unas canciones que, sin llegar a adquirir un aura de relevancia excesiva, funcionan como catarsis emocional de su autor (Gibbard se ha visto tan afectado por su reciente divorcio como por el dolor revivido derivado de la emocional gira de aniversario de “Trasatlanticism”) compartida abiertamente con sus seguidores.

El álbum compuesto por once canciones (dos de ellas son distintas caras de una misma moneda) destila una sensación inquietante, como casi todo lo que rodea al quinteto de Washington. La idea de “construir una torre” para encerrar todo aquello que duele, para deshacerse de lo dañino, se vislumbra claramente en la letra de la canción que lleva este título. Canción doble que da sentido al mismo y en el que dejan espacio no solo al encapsulamiento de este dolor sino también a la redención, las emociones a flor de piel o la vulnerabilidad que se desprende de las decepciones íntimas. Aunque, por encima de todo, “I Built You A Tower” es un disco doloroso en el que prima la idea de soltar todo lo que nos frena para construir de cero. La torre no solo sirve de encierro de ese dolor sino también de punto de partida hacia lo nuevo. En ella Gibbard ha encontrado un lugar para enfrentar la pérdida y a la vez para reconstruirse de nuevo.

Éste es un disco urgente, por momentos áspero, grabado como un impulso, en un corto espacio de tiempo, de ahí que no todo esté tan pulido como en anteriores ocasiones, pero eso mismo le confiere un aroma de realismo que engancha. Ben Gibbard confesaba que “así es como somos, como sonamos, un sonido profundamente humano, sin retoques”. “Full of Stars” abre con una guitarra suave reforzando la idea del perdón desde su primera estrofa. En contraste con ella, encontramos su single “Punching the Flowers”, cuyo riff abrasivo nos deja exhaustos. Otro de sus singles, “Riptides”, se muestra abierto a explorar nuevos caminos para la banda, mientras que “Trap Door” nos remite a sus mejores formas, esas serenas que con un piano unido a la tierna y vulnerable voz de Gibbard sobrecoge y estrecha el corazón.

“Pep Talk” tiene una melodía muy agradable que entra fácil desde su primera escucha gracias a sus arreglos coloristas. Un perfecto single pop que puede parecer que choca con la más agresiva en sus estrofas “Envy the Birds”, pero esta última no deja de contener otra buena melodía en su estribillo más suave, dejando muy clara la capacidad de esta banda para hacer accesibles episodios más duros, en parte gracias a no abusar de las distorsiones y resaltar siempre en primer plano la dulce voz de Gibbard, algo que también ensalza “Stone over Water”, aunque sin llegar a resaltar en exceso sus aciertos, ya que puede adolecer de cierto continuismo que no le hace destacar.

Hay sitio para el rock industrial que recorre “How heavenly a State”, con un riff nervioso continuo, e incluso para los brillos que nos llevan hasta California en el estribillo de “The Flavor of Metal”, pero donde nos quedamos realmente atrapados es en su doble tema titular. El primero, de cadencia serena que desemboca en un puente vigoroso, y el segundo cargado de oscuridad, sucias guitarras y una atmósfera opresiva en contraste con el tono general del disco, pero igualmente logrado y muy inquietante, remitiendo al leit motiv que guía al disco, esa torre en la que guardar los males, dejarlos atrapados, y deshacernos así de ellos. Están ahí, podemos mirarlos, pero ya nos hemos liberado. De hecho, el propio Gibbard afirma: “estoy aprendiendo a vivir sin ti”. Y es precisamente a esa liberación a lo que suena el final desbocado de la colección, que deja agotado (“it makes me tired”), pero libre, al fin.