Por: Javier Capapé.
No es que The Killers hayan estado en un segundo plano en el último año. Para nada. Ellos mismos fueron los encargados de actuar en la final de la Champions el pasado mes de mayo (al estilo del intermedio de la Super Bowl del que también han sido barajados como protagonistas), y antes de ello habían pasado por multitud de festivales americanos. Sin embargo, en el verano su actividad cesó por un tiempo para dejar que su vocalista tomase todo el protagonismo, aunque no hay que negar que él es el responsable último de que su grupo se mantenga en pie a estas alturas. Probablemente sin el empeño de Flowers, The Killers ya no existirían. Su actividad principal son las giras (discos nuevos no lanzan desde 2021) y el engranaje resiste por la popularidad de su frontman, ya que del resto no se prodigan demasiado sus bondades. Pero Flowers ha querido desmarcarse de lo que produce para su grupo y se ha aventurado a lanzar un nuevo disco en solitario que se acerca a la raíz de su extenso país. Demasiado purista para The Killers quizá, por eso mismo ha preferido hacerlo bajo su propio nombre ya que, sin duda, se desmarca del estilo de su banda madre.
“Thrasher” es un disco de country. Así de claro. Un western en forma de canciones que no rehuye de ninguno de sus tópicos. Más bien los abraza y refuerza. Por momentos parece que Flowers quiera acercarse al “Nebraska” de su admirado Springsteen, pero lo que consigue es aproximarse a su manera de retratar la sociedad estadounidense, pero algo falto de credibilidad (no está tan cerca de esa clase media que tan bien reflejaba el de New Jersey) y con un sonido en el que la crudeza deja paso a la querencia pop teñida de su particular barniz country. Es transversal a toda su carrera con The Killers, porque en sus ramalazos pop rock nunca olvidaron de dónde venían, y por eso mismo suena convincente, pero no es un disco de “americana” que destile la mezcla justa de hondura y frescura que pudiera pretender. Sería más acertado decir que es un apañado juego de estilo que se recrea en demasiados clichés que en boca del natural de Las Vegas no terminan de creerse “a pies juntillas”.
Algo de este espíritu ya estaba en “Pressure Machine”, sobre todo en lo que a historias de personajes del medio oeste americano se refiere, pero en “Thrasher” hay mucha más crudeza y, si se quiere entender así, un toque mucho más purista. La voz e intención de Flowers suena como en sus mejores momentos, ahora con un plus de hondura que atrae, aunque en su intento de no salirse de los cánones del country quizá se exceda. Ese es su hándicap, no permitir que se salga de ese patrón tan concreto, y en esa obsesión que gira en torno a estas diez canciones termina patinando en algunos, aunque contados, momentos.
La apertura con “Does it ever cross your mind?” nos ofrece las coordenadas imperantes para todo el viaje. Guiado con la producción de Shawn Everett y Jonathan Rado ningún detalle se les escapa. Desde el fantástico pedal steel de Bruce Bouton, que no dejará de escucharse durante todo el largo, a la armónica de Charly McCoy, que destila profesionalidad y estilo. Esta canción es puro country con deje clásico, algo que ocurre también con “One of us”, donde parece que Flowers nos haya convidado a una pinta en un prototípico bar del medio oeste, resaltando, en este caso, el sonido de la mandolina.
“Miss America” o “Angel” destacan por ajustarse al canon country con lo mínimo, aunque pueden llegar a resultar algo largas. En ellas se mezclan las historias de perdedores del estilo de Springsteen con la pureza de lo básico del country. La primera es más del estilo de “Nebraska”, como ya señalaba antes. No necesita apenas nada más allá de unos arreglos mínimos de pedal steel. En la segunda, sin embargo, destaca el violín de Maxwell Karmazyn y la armónica de McCoy, y desde la segunda estrofa la anima levemente la contundencia de una de las baterías más potentes del lote, que le hace remontar y sonar más incisiva e incluso le permite que entre hasta un solo de eléctrica. Puede que “Angel” sea la más redonda en espíritu e intención, definiendo bien todo el disco, aunque para esto también encontramos “Tiger's Blood”, una balada sugerente que casa mejor con el currículum de Flowers, pues mezcla el western con el pop cercano a la épica de su banda.
El que fuera su primer adelanto, “Plans”, suena redondo, aunque sin salirse del molde general de este “Thrasher”, demasiado contenida, algo que la asemeja con “In a Heartbeat”, con Flowers casi recitando, sereno, pero con un estribillo intenso y un pedal steel conmovedor, como si la hubieran parido en el mismo Nashville. En contraste podemos quedarnos con “Paradise”, donde su característico riff acústico le hace empezar con muy buen pie, convirtiéndose en la más enérgica o desenfadada del conjunto. Si pensamos que nada podía salirse por la tangente, aún podemos encontrar alguna sorpresa como “The Red Ground”, un corrido singular donde Los Camperos de Jesús Chuy Guzmán le dan el aire mariachi para unir Estados Unidos con México, otorgando una singularidad al tema que nos hará agudizar la atención.
Solo nos queda concluir con “An American Dream”, donde el armonio le da empaque desde el comienzo y el piano honky tonk anima su segunda mitad, poniendo el toque de distinción la batería de Ronnie Vanucci, que irrumpe al final para cerrar con épica (ayudado por los coros y las cuerdas) y poner el broche a este ejercicio de estilo con el que se ha atrevido Flowers.
La nómina de colaboradores para hacer de este “Thrasher” un disco cien por cien “americana” es extensa y excelsa. Desde los citados productores Shawn Everett y Jonathan Rado (también al bajo) a los coros de Kiley Phillips, Margo Price, Maureen Murphy, Jake Blanton y Jed Jones, junto a los citados Bruce Bouton al pedal steel y Charly McCoy a la armónica. Las guitarras que definen el carisma principal del conjunto (generalmente acústicas) corren a cargo de Dave Rawlings, Todd Lombardo, Taylor Goldsmith, Laur Joamets y Jeremías Fetzer, mientras que las teclas del piano y órgano se las reparten entre Bobby Ogdin y Steve Nathan. De la batería y percusiones se encargan Griffin Goldsmith y Sam Bacco respectivamente, poniendo el toque refinado las cuerdas a cargo de los hermanos Karmazyn. Muchos de ellos son nombres de sobra conocidos en la escena country de Norteamérica y, sin duda, han hecho de este disco un trabajo auténtico, pero lo que todavía nos sorprende es que Brandon Flowers haya llevado al extremo esa obsesión por sus raíces, que haya prescindido del pop (aún sabiendo que es lo que realmente domina) para rendir un homenaje a la música más profunda de su extenso país.
Todos sabemos que de la unión del country y el blues nació el rock and roll, que de Estados Unidos hemos mamado la música que más nos mueve en el viejo continente reimaginada por los músicos británicos de los sesenta como los Beatles y los Rolling Stones, pero lo que ha hecho el eterno líder de los Killers ha sido ir un paso más atrás, buscar entre el polvo del desierto y la emoción de los personajes hastiados de la crudeza de ese inmenso y enigmático paisaje de la América profunda. Y desde allí, desde el lejano country de raíz, ha intentado acercarse a la música popular que siempre le ha definido. Eso ya de por sí es un logro. Conseguido o no con este “Thrasher”, bien vale nuestra atención más allá de la curiosidad y la crítica fácil. Brandon Flowers ha sido valiente y ha necesitado publicar este disco al margen de los Killers, algo que no había igual con sus anteriores incursiones en solitario, pero que ahora cobra todo el sentido.



