Richard Thompson: “Hippies, Thugs and Heroes”


Por: Kepa Arbizu. 

Cualquiera que haya habitado, aunque sea de manera esporádica, alguno de los múltiples senderos que componen el ámbito artístico, es conocedor en primera persona de la ingratitud, salvo para unos cuantos privilegiados, con que tiene la costumbre de comportarse dicho ecosistema, sobre todo si se pretende cuantificar el aspecto creativo en términos de resonancia popular. Un agujero negro de condición democrática a la hora de silenciar por igual a anónimos recién llegados como a luminarias encargadas de definir épocas y generaciones. Un segundo grupo sobre el que resulta más oneroso si cabe ese desplazamiento de los focos, coligiéndose de él un injusto olvido patrocinado por un paso del tiempo demasiado ocupado en mimar emergentes incorporaciones de chispeante, pero limitado, recorrido. Aceptando la media verdad que supone la inviolabilidad de los gustos personales, por el contrario existen los suficientes elementos objetivables como para dar fe de manera irrebatible sobre ciertas capacidades y talentos musicales, los cuales tienden a ser evaporados con demasiada facilidad por un ruido mediático fascinado por bonitos envoltorios -delimitados por un canon mercantil- sin sustancia.

Estas miserias, o por lo menos así visibilizadas en nuestro territorio, son las que lleva décadas padeciendo un nombre, el Richard Thompson, al que ni escribir algunas de las páginas más brillantes de la historia, ni por supuesto mantener una extensa y casi inmaculada carrera, le han servido para merecer ser catalogado como uno de los tesoros supervivientes de la época dorada del rock. El bajo palio con que son paseados, con total merecimiento, nombres de la talla de Bob Dylan o Neil Young, permanece restringido para Richard Thompson, y eso a pesar de que la media de su discografía reciente supera en cuanto a interés a la producida por los dos mencionados. Una consideración que con la publicación de su nuevo trabajo, el magistral, “Hippies, Thugs and Heroes”, se convierte en una abrumadora certeza.

Quien en su momento fuera pieza indispensable para entender el folk-rock británico de los años setenta, ya sea la través de la banda Fairport Convention o en dúo con su en aquel momento pareja, Linda Thompson, un vínculo tan turbador en lo emocional como productivo en lo artístico, su actual residencia en los Estados Unidos no ha supuesto limar, ni por supuesto extirpar, esa flema británica que se cuela ya sea en sus textos como incluso en la misma tarea musical, ambos aspectos en los que resplandece especialmente. Una labor, la instrumental, sostenida desde hace tiempo ya por una banda perfectamente acompasada en el reto de seguir, y comprender, sus virtudes compositivas, una formación en la que cabe destacar unas bases rítmicas, en manos de Taras Prodaniuk al bajo y Michael Jerome a la batería, que aportan un balanceo swing muy peculiar e identificativo a cualquiera que sea el ritmo o el tono escogido. Un bamboleo que se ha convertido en danza armónica para los refugios intimistas con la misma solvencia que oficiando de acompañante del bramido eléctrico.

Sin ánimo de caer en el panegírico, aunque sobran los motivos para hacerlo, no se puede obviar que una de las grandes virtudes del británico está representada por el idioma con el que ha enseñado a hablar a su guitarra, que pasa por ser uno de las más originales y admirables existentes, por mucho que la fascinación colectiva por las filigranas y el onanismo entre trastes haga rimar de nuevo esa misma historia que conduce a esconder su nombre cuando de alabar a los mesías de las seis cuerdas se trata. La falta de debilidades en ninguno de los ingredientes que confluyen en el hecho compositivo, hace que los resultados en la obra Richard Thompson, quedando fuera de toda duda ninguna supuesta infalibilidad ajena a la condición humana, aumenten sustancialmente las probabilidades de éxito. Contrastadas y reiteradas escenificaciones de sus virtudes que sin embargo no impiden, y sería una pena asumir como cotidiana su excelencia, caer rendidos ante la que probablemente sea una de las cimas, al menos en solitario, de su trayectoria.

La enumeración con que se titula este nuevo disco, resulta claramente orientativa de un contenido donde se agolpan personajes anónimos, fruto de las experiencias acumuladas a lo largo de los años por el autor, suspendidos por una incertidumbre que desdibuja las fronteras entre víctima y verdugo, porque todos ellos, a su manera, son únicamente culpables de ver cómo se desmoronan sus paraísos idealistas. Un retablo de personalidades que toman vida gracias a la excelente escritura de Richard Thompson, un particular estilo nutrido por igual de la melancolía, el romanticismo y un verbo de agria ironía que en no pocas ocasiones desemboca en una estremecedora amargura. Un trágico elemento especialmente visible en unos textos actuales que se regodean en su lamento, incluso cuando éste se manifiesta afilado contra aquellos gurús que tan bien conoció en sus experiencias espirituales y a los que desenmascara, a ellos y a cualquiera que ponga su libro sagrado bajo el mandato de sus egoístas pretensiones, a través del rock saltarín de "Sorcerer’s Apprentice" sellado por su inseparable deje folkie, al que suma las armonías vocales de su su mujer, Zara Phillips, una presencia repetida con trascendente asiduidad a lo largo del álbum. El carácter musicalmente más rugoso y eléctrico hará acto de aparición en "Cocaine Walking, Booze Talking", sustentada en poderosos riffs de ascendencia blues y una trémula entonación con la que desvestirá las fábulas sobre príncipes azules hasta conducirlas a los riscos que dibuja la realidad.

Pero si algo caracteriza a Richard Thomson es una condición de trovador que incluso mantiene cuando alude a los ágiles ritmos funk de "Unsung Hero", dando la sensación de que la música afroamericana se descubrió en verdes parajes boscosos para homenajear, como así hace en dicho tema, a esos héroes sin vitola mítica pero sin los que la historia, en mayúsculas, jamás podría haber sido escrita. Sin abandonar esa frondoso territorio, "She Burns It All" se transforma, apoyada en repetitivos arpegios de fuerza hipnótica, entre marmitas y pociones mágicas en un sortilegio entonado por una confabulación de brujos y chamanes. Un espíritu inquietante que late también sigiloso pero perceptible incluso en una intimista y delicada "Pauper’s Grave", que acoge entre su formulación sutil la desgarradora fuerza que proviene del trágico destino, el mismo que oficia de epitafio trasladado por sonido de violines y raíz celta en una "The Big Smoke" con morfología de canción de cuna que se despierta sobresaltada, al poner nombres y apellidos en "Stringer", alrededor de una tormenta eléctrica como membrete a una fábula de sanguinarios asesinos. Relatos novelados, o realistas, o quizás ambas cosas, que se cuelan en los huesos a través de una voz que no puede disimular haber vivido, y traducido, en primera persona los múltiples rostros, algunos dignos de terror, con que se expresa el ser humano. 

Que el compositor británico es un estilo en sí mismo, inimitable pero referencial para quien busque en la música la belleza de la melancolía, queda ratificado cuando escuchar "The Soul In Me" , y su folk de épica nostalgia, supone vincular este tema con toda una discografía repleta de análogas melodías tan características en sus manos, ya que pocos músicos son capaces de escribir lápidas sentimentales con la pureza dramática que describe su firma. Descenso a los infiernos emocionales que alterna bajo absoluta naturalidad con el evocador medio tiempo "Make Believe You Don’t Know Me", repleto de detalles instrumentales, algunos tan poco habituales que no se veían desde su ya lejano "I Want to See the Bright Lights Tonight", o el bucolismo campestre, digno del más estilizado Gram Parsons, que anida en "Pipe Dreams" o "Everybody’s Stealing". Placidez melódica que, sin embargo en este esta segundo título, rima con un agrio contenido donde sitúa al individuo como sujeto pasivo en ese constante latrocinio al que es sometido, una narrativa heredada de generación en generación protagonizada por la reiterada usurpación colectiva donde ladrones y gendarmes ofician el mismo trabajo.

Acudiendo a sus recuerdos y servidos como tesis universal, Richard Thompson da forma a una obra maestra que no es la primera, ni mucho menos, pero sí que sorprende al llegar en pleno crepúsculo de su carrera, por una cuestión meramente numérica. En este retablo, a modo de jardín de las delicias realista donde monstruos y trileros ocupan el mismo espacio que soñadores y amantes, se encuentra la esencia, lírica y musical, de un creador al que difícilmente puede equipararse nadie, una conclusión que puede sonar atrevida pero que se sustenta, sin ir más lejos, en este "Hippies, Thugs and Heroes". No hace falta volver a los años setenta, o a ninguna época autoproclamada dorada de la música, para recoger sus frutos más jugosos. Estas canciones se presentan como una cima creativa fechada en la actualidad y por las que respira esa herida existencial que nos postra reiteradamente ante los ruinas de nuestros sueños. Pero como canta en su canción final, la desnuda y emocionante "Siren", “hay miel en la trampa”, por lo que merecerá la pena acabar malogrados tantas veces como sean necesarias en el intento de degustar ese néctar que da sentido al camino.