Quique González: Brindando por 25 años de carrera de un músico irrepetible


Kafe Antzokia, Bilbao. Domingo, 3 de diciembre del 2023 

Texto: Sergio Iglesias 
Fotografías: Iñigo Pascual

Este fin de semana teníamos una cita señalada en rojo en el calendario musical en Bilbao… en realidad, eran dos citas, y ambas en el mismo escenario: el del Kafe Antzokia, donde Quique González estuvo actuando el sábado y el domingo, con todo el papel vendido, algo que, como decíamos no hace mucho, se está convirtiendo en lo habitual en los últimos tiempos en, prácticamente, todos los conciertos que se celebran por aquí. La cuestión es que, en el caso del madrileño, esto sucede desde hace años, cada vez que toca en una plaza donde cuenta sus bolos por llenos absolutos. 

En esta ocasión, además, había una celebración muy especial, como son sus 25 años de trayectoria, un cuarto de siglo en el que Quique González se ha ido curtiendo a lo largo y ancho de la geografía estatal, compartiendo tablas con multitud de músicos y músicas, que le han hecho todavía mejor. 25 años que han ido puliendo la personalidad única de un músico que ya se puede decir que es irrepetible. Porque sí, está claro que en sus canciones podemos encontrar infinitas referencias innegables y, en ocasiones, reconocidas sin tapujos por él mismo; pero no es menos cierto que, a la vez que cogía todas esas influencias, a lo largo de todos estos años, ha ido construyendo un camino propio, una autopista sólo de ida, y en la que no hay vuelta atrás, cuando se trata de probar cosas para seguir construyendo una carrera impecable.

Y después de esta introducción, que deja bien claro que no voy a ser nada imparcial –quizá eso suponga también una falta de profesionalidad, pero sinceramente, hace tiempo que me dan igual esas valoraciones- con esta crónica, porque Quique González es uno de mis artistas estatales favoritos, es el momento de explicar cómo está celebrando el músico madrileño este aniversario tan especial.

Para Bilbao, un lugar muy especial para él, tal y como reconoció en varias de sus intervenciones a lo largo del recital, había preparado sendos repertorios únicos, repasando las canciones de dos de sus discos más importantes, o por lo menos dos discos que, de una u otra forma, le han marcado. Por un lado, el sábado recuperó los temas de "Daiquiri Blues", de 2009, el primer trabajo de su etapa “americana”, grabado en Nashville, y que junto a los posteriores "Delantera mítica" y "Me mata si me necesitas", conforman una trilogía casi insuperable. 

Pero el domingo el plan era retrotraernos unos cuantos años en el tiempo para recordar el disco que, en mi opinión, cambió la trayectoria del músico y que lo convirtió en un verdadero profesional de esto: "Salitre 48", un trabajo en el que su encuentro con Carlos Raya se antoja, visto ahora con los años, en la clave absoluta para el despegue definitivo de la carrera de Quique González, sumada al empujón que le dio su ya mítica actuación, junto a su querido y admirado Enrique Urquijo en el programa de la televisión pública "Séptimo de caballería", probablemente lo mejor que Miguel Bosé ha hecho en sus más de 40 años de carrera.

A lo que vamos. La idea era repasar, canción por canción, "Salitre 48", en compañía, como ya es habitual, de un equipo difícilmente imbatible, y que en este caso estaba compuesto por Raúl Bernal en los teclados, acordeón, guitarra, y no sé qué más –es lo que tienen los genios, que pueden tocar lo que les dé la gana-, Jacob Reguilón al bajo –con quien se ha vuelto a reencontrar después de unos años separados-, Edu Olmedo a la batería, con quien lleva más de una década tocando, y a las seis cuerdas Toni Brunet, el encargado de la producción en sus últimos tres trabajos. Con esta alineación, se presentaba el músico madrileño sobre las tablas de un Kafe Antzokia, como decíamos repleto, para reinterpretar "Salitre 48", comenzando, cómo no, con la canción que da título al disco, y que sirvió para ir calentando el ambiente. Y a partir de ahí, creo que ya cualquier aficionado o aficionada sabrá de sobra lo que hay: un "Día de feria", con un puntito más jazzy que la original, y acordándose del equipo de fútbol local –y si no me equivoco, también de Carlos Chaouen-, para a continuación, meter una marcha más con "La ciudad del viento", donde se perciben los delicados pero efectivos coros de acompañamiento de Bernal y Brunet. 

Nos sorprende con los arreglos funkys, que aporta el hammond a "Crece la hierba", antes de parar en seco para que todo el respetable centre su mirada en el escenario, mientras suena "El rompeolas". Pero para que no decaiga la cosa, más madera con una poderosa versión de "39 grados" a ritmo de boogie, que precede a "Carnaval" y a una de esas “macarradas” incluidas en el disco, como es "Perdone agente", que nos recuerda a esos discos en solitario de Keith Richards, que tanto le gustan, y en los que destaca el ritmo marcado por un Steve Jordan, personalizado en esta ocasión por Edu Olmedo. (Nota: Prometo que esta referencia va a ser la única que voy a nombrar, porque no hay cosa que me parezca más injusta que llenar una crónica de nombres ajenos al concierto, para acabar diciendo “esto suena a tal…”).

Bajamos un poco las pulsaciones con "Bajo la lluvia", donde de nuevo, demuestra su poderío para mantener la atención –y el silencio - del público, en estos pasajes más intimistas y que, tras "Ayer quemé mi casa", se repite con la siempre sobrecogedora "De haberlo sabido", donde el personal contiene el aliento ante el que, seguramente, fuera uno de los grandes retos del madrileño a lo largo de este concierto: interpretar en solitario una canción que, anteriormente, había cantado junto a dos extraordinarias voces como las de Rebeca Jiménez y Nina de Juan. Reto superado, entre otras cosas por el ambiente que crea la banda, con unos arreglos diferentes a la original. Esto es importante destacarlo, porque para un músico como Quique González, que no sabe tocar una canción dos veces de la misma forma, también será un desafío enfrentarse a estos temas, después de tantos años, por lo que los interpreta de manera diferente a los originales, e incluso añade frases nuevas a unas composiciones con las que, a lo mejor si no es de esta forma, no se sentiría identificado hoy en día, lo que a buen seguro, complicaría mucho su interpretación. 

Cambio de tercio para el rock de "Jukebox", lucimiento a la armónica en "En el disparadero", y el recuerdo para Enrique Urquijo con "Tarde de perros", con mención a la terrible –e injusta- forma de irse del, por otra parte inmortal, músico madrileño, en un ya lejano 17 de noviembre de 1999: “Lluvia de canciones, durmiendo a la intemperie, ajenas a la fiebre del sábado noche. Nadie las recoge, bajo la tormenta, el último noviembre de los años noventa”.    

El último tramo de esta primera parte del concierto ilumina la tarde-noche con "Todo lo demás", y otro momento de calma con "Permiso para aterrizar", con una nueva muestra del respeto del público bilbaíno, con el que, por cierto, González estuvo en constante interacción a lo largo del show.

Y tras unos cinco minutos de descanso, da comienzo la segunda parte del concierto, donde recordó otro puñado de grandes éxitos de otros discos, destacando, en este sentido, el protagonismo de "Avería y redención" que, aunque yo considero una de sus obras cumbres, no suele ser muy valorado ni por sus fans, ni quizá tampoco por el propio músico. De aquel trabajo de 2007 sonaron "Trucos fáciles para días duros", "Pequeñas monedas y grandes mentiras", que interpretó “por primera vez en esta gira”, y "Avería y redención". Pero tampoco se olvidó de su mejor trabajo en los últimos tiempos, "Me mata si me necesitas", del que revisó "Relámpago" y "Orquídeas".

Otro de los puntos fuertes de la música de Quique González es su capacidad para dar la vuelta a composiciones ajenas, y hacer de ellas más que una versión, asimilándolas totalmente a su propio estilo. En este caso, hubo dos: por un lado el "Amor en vano", de Bob Dylan, acelerada para la ocasión, y "A la media luna", de Santiago Auserón, incluida en el primer volumen de "Copas de yate", su último proyecto. 

Para la apoteosis final quedaron esos dos "greatest hits" que todo el mundo esperaba y que las estadísticas de “Spoti” indican que debían sonar sí o sí: por una parte, "Charo", inicialmente un descarte del músico madrileño que, finalmente, se convirtió en un imprescindible, gracias en gran medida, a la magia de Nina De Juan... por cierto, ojiplático aún con la interpretación de Toni Brunet en el papel de Charo/Nina; y para cerrar definitivamente esta noche de aniversario, "Vidas cruzadas" retumbó en un Kafe Antzokia, que vivió la magia de las grandes noches, y en la que nos sentimos como invitados de lujo en esta fiesta de cumpleaños tan especial. 

Así que, después de tener la oportunidad de disfrutar de ello, sólo queda brindar por otros 25, 40, 50… o los que vengan.