Los Zigarros: "Acantilados"


Por: Javier Capapé 

¡Qué no pare el rock and roll! Esta es la proclama que defienden disco a disco el cuarteto valenciano liderado por los hermanos Tormo, Los Zigarros, que reaparecen tras su recapitulación en forma de disco en directo publicado hace ahora tres años. Aquel "¿Qué demonios hago yo aquí?" parecía querer cerrar una etapa marcada por el sonido más stoniano y garagero comandado por la batuta de Carlos Raya y por las afiladas composiciones de los Tormo. Y como era de esperar tras un disco de ese tipo, ahora intuimos ciertos aires de renovación, de poner las miras en un espacio algo más abierto, aunque sin perder sus señas de identidad. Se sube a los controles el omnipresente Leiva, que de rock sabe un rato, y viste esta colección de canciones de un espectro mayor, donde además entran como invitado estelar las teclas del piano.

"Aullando en el desierto" no se sale de la línea que todos los seguidores de Los Zigarros más valoran, aunque se intuye cierta liberación comandada entre ese puente tan The Who (con el Hammond muy presente), esa forma de entonar más cercana a Tom Petty por parte de Ovidi y ese riff más limpio de Álvaro. "No Pain No Gain" es "tequilera", directa y muy bien resuelta, puro años setenta, donde destacan unos coros más elaborados y un piano honky tonk de fondo que la llevan un paso más allá, porque esa es la gran baza de este "Acantilados", subir un peldaño en su bien ganado puesto de la banda más auténtica del rock de nuestro país, la que tanto se ha dicho que ha recogido el testigo de Los Rodríguez o M Clan, y si no basta con cerrar los ojos y escuchar a un Ovidi Tormo cada vez más cerca de Carlos Tarque en la más clásica "Mis Ojos".

El tema titular es un trallazo enérgico que resume perfectamente el espíritu de este disco y del momento actual de la banda, sin dejar atrás sus infalibles riffs, su contundente pegada, su provocadora voz o sus toques sureños tan característicos, pero inmediatamente llega la inspirada "Barcelona", en la que manda un piano y un Ovidi en estado de gracia, sin olvidar el magnífico trabajo al bajo de Nacho Tamarit, muy cerca de un McCartney en su época de Wings, y ese desarrollo operístico de la segunda mitad, que hasta nos puede recordar a los Queen de "A Night at the Opera", para terminar en un bucle épico majestuoso que finiquita una de las composiciones más logradas de la banda hasta la fecha. Una cumbre de las de quitarse el sombrero.

La producción de Leiva les ha permitido jugar algo más con estilos más cabareteros como ocurre en "Cómo quisiera" o con otros más discotequeros y pop como se refleja en "100.000 bolas de cristal", con "fade out" incluido. Otro de los cambios clave de estas composiciones es la energía que transmite la luminosidad de las relaciones fructíferas. Un disco donde resalta el buen momento personal de su principal compositor, la euforia reflejada a las claras, que se transmite como un libro abierto en la contundente "Casarme contigo", con sólo de wurlitzer incluido mezclado con las pesadas cuerdas.

La más profética "Por fin", vibrante desde su imprescindible piano setentero y sus guitarras a lo Brian May, dibuja un futuro muy prometedor y mucho más libre para una banda que se está despojando de ciertos clichés que arrastraban que quizá no les permitían salir de sus omnipresentes seis cuerdas. Ahora tienen más espacio, y definitivamente ganan, aunque tampoco hay nadie que consiga acercárseles cuando encaran temas tan potentes y acelerados como "Rock Rápido". El broche lo pone la confesional "El monstruo", un triunfo construido desde la sencillez que nos muestra la vulnerabilidad y el vértigo en primera persona, con los mínimos arreglos y la letra en primer plano.

Un recorrido prolífico este "Acantilados". Una muestra de todas las facetas de los valencianos exprimidas y bien armadas por su hermano Leiva, que sin alejarse demasiado del camino trazado en sus discos previos por Carlos Raya sabe reconducir el tren por nuevas vías que les sientan mejor que bien a Los Zigarros. Habrá más de un purista decepcionado, pero prefiero no dejarme llevar por esa negatividad cuando aquí ganan los aciertos. Relájense y disfruten pues de este enérgico viaje con múltiples paradas épicas y un final todavía por escribir tras derribar a ese "monstruo" y comenzar de nuevo, sin renunciar a lo andado pero dejándose sorprender por lo que está por delante. Sin duda estos "Acantilados" son el mejor lugar para lanzarse con el rock and roll al vacío y vivir muchas y renovadas vidas.