Por: J.J. Caballero.
Cuando un artista consagrado, que hace tiempo decidió vivir al margen de las concesiones de la industria, empieza a ser consciente de la importancia y el legado que las generaciones presentes y futuras serán capaces (o no) de gestionar, cualquier giro, matiz o contrapunto que adorne su carrera debe ser bienvenido, por mucho que ello pueda desconcertar a propios o despistar a extraños.
A estas alturas, el nombre de Joaquín Pascual ya está indisolublemente ligado a la explosión del rock independiente que asoló, por saturación, el panorama musical de la década de los noventa y aledaños; pero a su vez también su marca lleva aparejada una capacidad de resiliencia, convicción y sí, independencia que a lo largo de los años y ya siete discos largos, colaboraciones y temas dispersos aparte, ha quedado sobradamente demostrada. En este nuevo capítulo titulado “No hay nada que hacer por el romanticismo” apela a una de sus peculiares observaciones cuando de abordar el desencanto vital se trata, pura filosofía de salón –el hecho de convertirse en abuelo puede que también haya tenido algo que ver- como excusa para grabar unas cuantas canciones en las que decanta influencias no por conocidas menos estimulantes.
Si en “Baladas para un atraco”, su entrega de 2023, colocaba el piano como hilo conductor, ahora lo sustituye por unas guitarras más aguerridas de lo habitual para descomponer el existencialismo que atraviesa la mayoría de sus letras, con paradas puntuales en estaciones costumbristas como las que abre en “Por el bien de la gente” y la preciosa y plácida “La ventana”, que junto a la emocionante chispa pop de “Medio desnudos” podrían conformar el capítulo “clásico” del disco, sin que ello sea sinónimo de nada pero a la vez esencia de todo lo que podemos escuchar aquí. El ala oscura de la Velvet Underground planea sobre “La felicidad”, donde seguramente brilla la melodía más rotunda, y el apasionado glam rock de T Rex impulsa el ritmo de “El caos”, en una versión camuflada y musculosa. La psicodelia suave a la que es tan aficionado empuja en “Con toda la fuerza” y el impulso guitarrero hace avanzar al tema titular con idéntico desparpajo. El catálogo de Pascual sigue intacto y surte el mismo efecto, que es de lo que se trata.
Sin olvidar otras manos amigas que siempre estuvieron ahí, como la de sus adorados Pixies en “Todo es posible”, todo en este disco parece sonar en el espacio y tiempo para el que fueron pensados. Desde la sobria portada, obra de su hermano Miguel, hasta el último y medido acorde. Eso, viniendo de quien viene, ya es mucho, y de seguir así, la próxima vez será aún más y mejor.



