Nudozurdo, una pasión eléctrica


Sala Copérnico, Madrid, Sábado 21 de febrero de 2026. 

Texto: JC Peña. 
Fotografías: Jorge Bravo Crespo “El Gurú”.

Juzgándolo con la perspectiva que da el tiempo, puede sostenerse que “Tara Motor Hembra” es la obra maestra de Nudozurdo, una de las bandas más singulares -si este adjetivo sirve de algo a estas alturas- de las que ha dado este país en lo que va de siglo y más allá. El disco, que ha envejecido envidiablemente por la calidad de su material y la sobriedad de su sonido, se ha reeditado recientemente en doble vinilo. En tiempos en que se conmemora casi todo, tenía sentido que la formación liderada por Leo Mateos celebrara su quince cumpleaños casi exacto junto a su público. Un público mayoritariamente veterano, aunque con alguna incorporación juvenil. 

Al vocalista y compositor le acompañaban Jorge Fuertes (batería), Meta (bajo) y César de Mosteyrin (guitarra), los músicos que grabaron aquel trabajo que tendía puentes entre la estética underground y un pop alternativo de mayor alcance. Ello daba más valor al evento, cuyo repertorio fue completado con material de la misma inspirada época. La buena acogida de “Tara…” tuvo su resaca. En años posteriores Nudozurdo trataron de ampliar su recorrido comercial. Si no lo consiguieron es porque seguramente ese público no exista. Sus canciones son demasiado oscuras y personales para el gusto mayoritario. Pero ésa es otra historia. Ha llovido desde 2011, pero la melancolía acecha si uno hace comparaciones. La economía es un chiste aún más malo que el de entonces, los políticos son peores que nunca (incluyendo aquellos que se disponían a redimirnos), y en cuanto a la música, el mainstream centrifugado por las plataformas es una fórmula dictada por algoritmos. Muchos conciertos y festivales se han convertido en artículos de lujo, de modo que los dieciocho euros que costaba el evento sonaban a ganga. En tiempos de inflación generalizada, este gesto les honra. 

“Llega la segunda parte de 2011”, soltó un lacónico pero agradecido Leo. La distopía no estaba tan lejos, sólo que es mucho más cutre de lo que pensábamos porque, entre otras cosas, no hay coches volando, aunque sí aplicaciones que permiten reservar un taxi. El tiempo ha hecho de las suyas, sí -la cabellera rizada de Leo, como la de tantos otros, ha desaparecido-, pero el tercer disco de Nudozurdo se mantiene incólume, como comprobamos al meternos de lleno en un ejercicio pletórico de tensión, electricidad, atmósferas turbias y, finalmente, emociones a flor de piel. 

Pronto, mis reservas ante estos conciertos “de disco” se quedaron en prejuicios. “Tara Motor Hembra” es uno de esos LPs agradecidos al ser tocados de arriba a abajo, precisamente porque dan más en su integridad. Un álbum tan elegantemente clásico como lleno de aristas que bucea en el lado oscuro del sexo, la atracción y el amor: complejidades adultas casi inmanejables para la sociedad infantilizada y elemental en que hemos degenerado en tiempo récord. 

No es que no hubiera singles en aquel trabajo editado por Everlasting: la poderosa “Prometo hacerte daño” ha quedado como un clásico del grupo, así como la sublime y catártica parte final, y algún otro corte como “Prueba/Error”. En ningún otro disco han combinado con tanto acierto visceralidad con melodía, y el público lo sabe, o mejor dicho, lo siente. Copérnico se les quedó pequeña y desde los primeros compases de guitarras y batería de “Golden Gotelé”, la banda atacó su obra capital acomodándose al ambiente eléctrico de un público ganado de antemano, pero sin reservas ni concesiones a la nostalgia de la que tantos viven porque no tienen otra cosa que ofrecer. 

Entre los mil turbios recovecos del LP interpretado en vivo hubo momentos expansivos, porque hay material que lo permite y demanda, dentro de ese territorio suyo tan propio en que hacen convivir rock fibroso de origen post-punk, kraut, indie y ambientes psicodélicos. El sonido, pilotado por el técnico Karim Burkhalter de los estudios Reno, superó la acústica no muy agradecida de la sala. En el haber, una banda engrasada y cómplice que parecía llevar tocando desde que grabó el disco. Un pequeño debe: la batería de Jorge me sonó demasiado seca, y las guitarras de Leo y César desaparecían por momentos sepultadas por sus interminables cadenas de pedales. 

No son argumentos suficientes para enmendar una actuación impecable que desembocó en la pura emoción de “El diablo fue bueno conmigo” (¿la canción más inspirada de todo su repertorio?). Tras un breve intervalo, Leo y sus músicos regalaron cuatro temas más de aquella época, incluyendo la odisea kraut “Dana” y “Cementerio de errores”. Leo interpretó en solitario “Hasta que se parezca”, y la banda al completo culminó la velada con la hipnótica y brillante “Chico Promo”, también de “Ultrapresión”, el EP que sirvió de epílogo al disco que celebraban. 

De igual modo que sucedió en los noventa con la brevísima explosión de la música alternativa de guitarras en Estados Unidos, quizá hubo quien pensó hace tres lustros que Nudozurdo iban a ser capaces de llegar al gran público de este país tan ingrato. Fue un bonito espejismo, seguramente ingenuo, visto lo visto. Sin embargo, su obra más distinguida permanece con todo su veneno intacto, brillante recordatorio de que el arte debe ser peligroso si quiere trascender el mero entretenimiento con fecha de caducidad. En su aniversario, sus artífices transmitieron el mensaje a base de pasión eléctrica y emociones no impostadas. Las únicas que pueden y merecen perdurar. Al resto le queda Bad Bunny.