Por: Kepa Arbizu.
La historia del rock and roll es también la de un espíritu en combustión, una reiterada oda a los instintos primarios enunciadas a través de ritmos vertiginosos. Un escenario donde el fuego, lejos de su carácter purificador, se presenta como idioma predilecto con el que dar voz a las pulsiones febriles, un elemento conjugado por las icónicas voces de Jerry Lee Lewis o Jimi Hendrix, o transformado en sustancia elemental de ese infierno al que nos destinaban Barón Rojo. Portavoces, entre otros muchos, de un flamígero relato que se niega a convertirse en un terreno yermo incapaz de gestar nuevos sucesores incandescentes. Puede que como anuncian los necrológicos discursos, su llama no tenga el vigor necesario para propagarse como antaño entre las venas de la cultura popular, pero todavía hay ejemplos extremadamente aptos, como lo es la nueva publicación de Handsome Jack, “Barnburners!”, para prender una mecha con tal vehemencia que nos incite a bailar alrededor de su hoguera.
Procedentes de Nueva York, o por lo menos en lo que respecta a Jamison Passuite, figura principal sobre la que orbita la existencia del proyecto, sin embargo su sonido está fuertemente vinculado al arraigo sureño, denominación de origen de un consistente y rotundo maridaje entre aquellos géneros relacionados con los orígenes y desarrollo del sonido americano clásico. Una ubicación inspiracional que les ha definido durante los más de diez años de singladura, haciendo de su más reciente álbum probablemente la cúspide de su creatividad, equilibrando a la perfección una cruda expresividad y el rango emocional de dicha narración sonora, logrando que su invocación a ese lenguaje de las llamas sea igualmente un llamamiento al fervor pasional.
Sin que haya dudas en cuanto al papel del blues como eje vertebrador del -desde hace años- trío, donde el liderazgo de su guitarrista y cantante aparece flanqueado por Joey Verdonselli y Bennie Hayes, etiquetar a la banda alrededor de un solo género, por muy prominente que éste sea en su idiosincrasia, sería debilitar el verdadero armazón del que está hecha su estructura. Aclarado lo cual, y especificado que hay en el manejo de la distorsión y en el tradicional lamento interpretativo valores identificativos, escuchar “Polly Molly” significa estar ante un descomunal ejercicio de estilo que nos traslada al repertorio de T-Bone Walker o Elmore James, sinónimos de la crudeza eléctrica puesta al servicio de una doliente armonía. Y es que la filiación con las luminarias del género “luciferino” no acaba ahí, de hecho su pasión por la escuela de Chicago, encarnada en Freddie King, Junior Wells o Luther Allison, es manifestada de forma reiterada a lo largo del repertorio. Sea a través de ese característico trote perezoso con el que avanza “It’s Only Business”, o con el paso de boogie emplazado en la dinámica “Do It! To It!”, también gracias a un portentoso manejo de los coros esgrimido en diversas piezas, el blues canónico, que no mimético, se encarga de desplegar algunas de las -muchas-virtudes de un trabajo que hace efectiva esa siempre anhelada máxima artística de convertir lo complicado en aparentemente sencillo.
Aunque no es difícil, también porque en ningún momento la formación trata de ocultarlo, rastrear la huella sonora de la que parten, la elección de versionar el tema de Tony Joe White, “ Polk Salad Annie”, una de las majestades del swamp, ese subgénero sumergido bajo los pantanos, significa desterrar cualquier incógnita, y más todavía si observamos como dicha traslación hacia su imaginario particular llega tras pasar por el cedazo de Blue Cheer, confluyendo así varias raíces cenitales del proyecto. Herencias que no dejan de brotar según se va deshojando el disco, haciendo que, casi a modo de llamamiento desde el pasado, el galope rockandrollero de Chuck Berry pida su cuota de responsabilidad en “Let’s Go Downtown” mientras las bases rítmicas agitadas identificativas de Bo Diddley hacen de guía en una “Tonight We Ride” que cruje apoteósica, tomando prestado esa distorsión casi bizarra utilizada por Guitar Slim, presencia decisiva para los posteriores próceres del ruidismo. Una elogiosa pirueta de la banda para, desde el presente, trasladarse justo a ese instante donde las lecciones de los clásicos iban a dar paso a las celebridades que alumbrarían los años setenta.
Dice la mercadotecnia, y en realidad también el sentido común, que un disco debe buscar en su inicio y final dos de las cotas más altas y representativas de su repertorio. Una lección que este trabajo sigue a rajatabla, porque si la inauguración con el tema titular es precisamente una representación de ese espacio indeterminado donde sabe hospedarse la banda, tan cerca del dibujo eléctrico de Howlin’ Wolf como del groove de The Paul Butterfield Blues Band, su colofón ejemplifica con excelencia esa recomendable fórmula de clausurar un repertorio con una tonada que alargue su sustancia en nuestra memoria. Un placer encomendado a “Ghost Woman “, majestuoso ritual eléctrico e hipnótico patrocinado por Jimi hendrix o Gov’t Mule, lo que traducido significa un extraordinario lugar de encuentro donde citarse una envolvente electricidad y el estremecimiento sensible.
“Barnburners!” se presenta como un disco tan perfecto que incluso su título reproduce una ágil sonoridad, pretendidamente o no recurriendo a la figura literaria de la paranomasia. Pero lo más representativo del nombre encomendado a esta magnífica colección de canciones es su poder simbólico, porque la labor de pirómanos de graneros asumidos por este trío es el reflejo de su poder para prender una tremenda combustión a partir del arraigo de los sonidos tradicionales. Compartiendo con la figura de Atila su atronador paso, sin embargo, al contrario que aquel Rey de los Hunos, el rastro dejado por Handsome Jack no impide el crecimiento de la hierba, sino que sus ascuas se perciben rebosantes de vida y dispuestas a la procreación artística.



