Por: Begoña Serralvo.
Cualquier intento de resumir la vida de David Bowie en hora y media podría estar abocado al fracaso si no está enfocado en algunas de sus múltiples facetas. Increíblemente en "David Bowie: El último acto" (2025), dirigido por Jonathan Stiasny, se ofrece una mirada íntima y fragmentaria sobre la vida y la trayectoria musical de uno de los artistas más influyentes del siglo XX repasando grandes hitos de su carrera y sin caer en la monotonía y la repetición.
Desde el inicio, la película marca un tono singular: comienza como si fuera un documental basado en el espacio, con una narración que recuerda deliberadamente al estilo de David Attenborough. Este recurso no es casual, ya que parece querer presentar a Bowie como una figura casi mítica, fuera de este planeta, observada desde la distancia, y como una especie artística en constante transformación. Lejos de construir un relato biográfico convencional, el documental adopta una cronología somera y no lineal, que entrelaza distintos momentos de su vida, su trayectoria musical y la memoria colectiva que dejó en generaciones posteriores.
El recorrido se centra principalmente en el periodo que se inicia en 1971, cuando Bowie consolida su identidad artística y su proyección artística casi sin quererlo, con hitos como su actuación en Glastonbury, seguida por el emblemático concierto del Hammersmith Odeon en 1973, presentado como un momento clave de ruptura y redefinición en el arte. A estas etapas se suman grandes giras como la Moonlight Tour y el enorme éxito comercial cosechado con "Let’s Dance", momento en el que alcanza una popularidad masiva pero también en el que empieza a sentirse encasillado. Según el relato del documental, el propio Bowie no comprendía del todo lo que le ocurría, lo que lo llevó a buscar nuevas formas de expresión y a crear el proyecto Tin Machine, concebido como un intento de romper con su propia imagen y recuperar mayor libertad creativa.
A lo largo del filme se combinan imágenes de archivo, fragmentos de conciertos, entrevistas y reflexiones contemporáneas que refuerzan la idea de Bowie como un artista en reinvención. Las diferentes entrevistas funcionan como eje narrativo y emocional, acompañando los cambios de personaje, sonido y estética que marcaron su carrera. La estructura no lineal subraya la imposibilidad de reducir a Bowie a una sola identidad o etapa.
El tramo final, dedicado a "Blackstar" (2016), su último disco, lanzado póstumamente, constituye el núcleo emocional del documental. Allí, la película presenta el disco como un gesto consciente de despedida, en el que Bowie convierte su propia mortalidad en arte.
Más allá de reconstruir su trayectoria musical a pies juntillas, se invita a reflexionar sobre el legado, el paso del tiempo y la relación entre arte y memoria que Bowie dejó pero, sobre todo sobre su férrea defensa de ser las muchas y diferentes personas que siempre quiso ser.
El documental quizá no aporte información completamente nueva para quienes conocen en profundidad la obra de Bowie, pero ofrece una forma distinta de revisarla. Para quienes se acercan por primera vez a su figura, puede resultar revelador. Para los que no, una magnífica forma de contextualizar la vida del Duque Blanco narrada por sus músicos más cercanos, biografía y periodistas musicales. En cualquier caso, queda claro que, tratándose de David Bowie, nunca es suficiente.




