Fotografías: Jorge Bravo Crespo “El Gurú”.
Teatro Eslava, Madrid. Viernes, 30 de enero de 2026.
La desapacible tarde-noche madrileña del pasado viernes quedó convertida en mero espejismo para un nutrido número de selectos paladares, gourmets de la poética oscura y vibrante que se mostraban entusiasmado por celebrar los cuarenta años de trayectoria de Javier Corcobado, un artista sin par en nuestra escena musical que escogió el céntrico recinto capitalino para presentar su último trabajo, el fenomenal “Solitud y Soledad”, cuyo epílogo tendría lugar al día siguiente con otra presentación, en este caso de una tan esperada como especial llamada “Canción de Amor de un Día”, algo que tendría lugar en la única librería estrictamente musical de nuestra ciudad, “Perros de Lluvia”, situada en el barrio de Lavapiés, proyecto que tendrá cabida en esta web en próximas semanas en el marco de una entrevista de lo más especial.
El ambiente era más que expectante dentro del remozado escenario en el que abundaba gente de mediana edad entre la que se encontraba un nutrido grupo de reconocidos personajes del mundillo, destacaba la presencia de críticos y escritores de postín como Bruno Galindo y Kike Babas, y también de músicos afamados como el bueno de Fino Oyonarte a quien pudimos saludar brevemente durante la velada.
Con cierto retraso sobre la hora prevista y casi sin darnos cuenta las luces se desvanecieron, señal inequívoca de que el espectáculo iba a comenzar. Poco a poco los componentes de la banda comenzaron a situarse frente a sus instrumentos instantes antes de que Javier Corcobado se acercara al pie de micro para arrancar por todo lo alto con “Carta al Cielo”, una declaración de intenciones de lo que sería un concierto donde lo poético y dramático se fundieron en una oda constante a la intensidad, emoción y por momentos al ruidismo de sangre caliente que también representa este vallecano nacido en Fráncfort para deleite de unos fans entregados que disfrutaban de lo que acontecía sobre las tablas sabedores de que la ocasión era realmente especial no solo por la efeméride que se conmemoraba sino también por la de tiempo que hacía que el maestro no tocaba en la capital.
Continuó con “La Libertad” (es la cárcel más grande de todas las cárceles), original de Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Cielo, que resonó majestuosa, dejando claro que el trabajo a las seis cuerdas de Juan Pérez de Marina, Jesús Alonso, a la batería, Gustavo Villamor, bajo, y Aintzane con G de Gloria, theremín, coros, pandereta y bailes, es capaz de moverse a la perfección entre varias pieles sonoras con el denominador común del acierto, manejando con soltura el balanceo suicida que viste “Desde tu Herida” y la cadenciosa “Solitud y Soledad”, una novedad absolutamente disfrutable que creció y creció en toda su ejecución, algo que también ocurrió con “Qué maravilla sería”.
Corco nos puso a bailar en “No tengo remedio”, donde distorsionó su guitarra en un acercamiento de lo más peculiar al sonido “Caño Roto”, y en la fenomenal “Secuestraré al Amor”, dejando claro que el traje de crooner excesivo y dramático le sienta como anillo al dedo. Tras ella se acercó al micrófono para presentar a Alaska, una amiga muy especial con quien compartió casa y mil aventuras, quien les acompañó en dos auténticos bombazos rescatados de “Corcobator”, el disco escrito desde la vertiente femenina de Javier. Sonaron a coro en una sola voz con todo el respetable en modo celebración trallazos absolutos del calado de “Coches de Choque” y “Dame un beso de Cianuro”, cerrando esta última con puro ruido mientras Aintzane y Olvido se movían de forma hipnóticamente robótica.
Del álbum que le unió a Manta Ray rescató “Cine de Verano” tras la que sonó “El Mar es mi corazón” e “Inundaciones de amor”; antes de pasar a rescatar “A Nadie”, mostrando que su prosa y capacidad de evocación está a la altura de pocos autores en nuestro rock, enlazada con gritos de pura ansiedad que anunciaron la endiablada “La navaja automática de tu voz” y la no menos magistral “Cruz de Respiración”.
Para el final dejó una industrial y acelerada “En la sombra de una copa”, escrita en primera persona sobre el final de su relación con el alcohol, y la mántrica “Ying Yang Jung Venus”, donde invitó a parte del público a subirse al escenario para bailar su coreografía, con la que cerraron en falso el show para regresar poco después, donde, según las propias palabras de Corcobado, no tendría más remedio que “traicionarse” al llevarnos de la mano a la vertiente más folclórica y lúdica de nuestro querido Javier rescatando, ante el regocijo y disfrute del público asistente, una muy celebrada “Caballitos de Anís” para que sin copas brindáramos al grito de “muerte, muerte, muerte, muerte”, antes de despedirnos del maravilloso combo y su extraordinario capitán al abrigo de una calurosa ovación que nuestro más grande outsider y su troupe recibieron con rostros de sincera satisfacción, un rotundo aplauso solo digno de aquellos que llevan respetando la música y a la palabra durante cuatro décadas, entrando por derecho propio dentro del Olimpo al que ingresan apenas unos pocos elegidos que mantienen firme su pulso en este país de estribillos coreables y letras sonrojantes. ¡Larga vida a Corcobado!





