La Gran Esperanza Blanca : "Gasolina Para Quemar"


Por: Juanjo Frontera. 

Suele asociarse con La Gran Esperanza Blanca el concepto de longevidad. Al fin y al cabo, aunque con intermitencias, la banda valenciana lleva dando el cante desde 1986, ahí es nada. Ahora bien, me parece que eso silencia una contribución mucho mayor a la música de este país, que debería ser reconocida de una vez. Fueron pioneros en traer una tradición, la de la música eminentemente americana (en una mezcla que ellos mismos definieron, en el título de su primer LP, como folk, blues y rock and roll), al lenguaje propio de aquí. 

Ellos hicieron que toda esa música proveniente de Memphis, Mississippi o New York se dejara bañar por el mediterráneo y que la lengua de Cervantes y las costumbres de este país inundaran tal acervo con naturalidad y sin complejos. Se me ocurren muy pocos ejemplos más en el contexto que les vio nacer, los albores de la famosa movida madrileña y los inicios del indie patrio. Como mucho Los Secretos y alguno más. Por lo que podríamos decir que llegaron los primeros y contribuyeron a crear una escuela de la que ahora beben actos tan celebrados como Quique González, Salto, Julian Maeso, Joana Serrat o, también, como ellos, desde tierras valencianas, los excelentes Badlands

Pueden, por tanto, decir con la cabeza bien alta que han cumplido una gran misión. Aunque, probablemente, a ellos les de igual. Sólo han querido componer y tocar música a su manera durante todos estos años. Tal vez por eso su nombre resonará poco en oídos de aficionados fuera de Valencia. No obstante, nadie podrá quitarles esa muesca en el revólver. Y eso, llegada la hora de decir adiós, es más que importante. 

Sí, la banda capitaneada por el insobornable Fran García Cubero ("Cisco Fran") y que completan hoy los mismos compañeros que al principio (otro mérito): Fede Segarra ("Spagnolo Ferocce"), Luís Villanova ("Chiti Chítez") y Jesús Almenara ("Chuso Al"), dice adiós tras una feliz y larga existencia, sin acritud, sin remordimientos y repito, con la cabeza bien alta por la satisfacción y el disfrute del trabajo bien hecho. Por eso necesitan dar un último hurra, como diría John Ford.

Y ese último canto de LGEB llega en forma doble: disco y libro, pero en una sola pieza. Empezaremos por lo primero, que es más lo nuestro. El título del proyecto es "Gasolina Para Quemar". Y es que para la banda eso son las canciones: un combustible que mantiene vivo. Un fuel necesario que, de hecho, les ha mantenido activos y alerta durante varias décadas. Las canciones son algo importante, que se lleva en el corazón, que mantiene joven. Por eso se les escucha tan pletóricos en este conjunto de 12 composiciones que empieza, precisamente por el principio de todo.

"La colina del arroz" fue, precisamente, la primera de las dos únicas canciones con que contaba la incipiente banda para presentarse a aquél certámen de pop-rock organizado por el ayuntamiento de Palma de Mallorca, ciudad donde Fran y Fede hacían el servicio militar y que les vio nacer como músicos. No llegaron a ganar el certámen, pero casi. Y emociona ahora ver esas dos canciones que tocaron allí, la mencionada y un frenético rockabilly titulado "El alcalde asesino", grabadas ahora con mimo y de forma tan potente como orgánica en los estudios Little Canyon, regentados en l'Eliana (Valencia) por el productor Luís Martínez

Dos canciones primerizas que, escuchadas aquí, demuestran que el talento como esgrima de palabras de Cisco Fran ya existía desde el origen. Honestidad, pocos pelos en la lengua y entusiasmo hechos letra y música que no han cambiado un ápice, se nota, a lo largo de los años. De hecho, esas canciones quedan perfectas junto a otros estupendos temas, tanto rescates como de nuevo cuño, que han preparado para la ocasión: "Sombrero de caracolas de mar", huele a pop mediterráneo salpicado de bluegrass; "Colmillo blanco" y "Mi última canción" hacen pensar en qué pasaría si Neil Young y sus Crazy Horse hubieran nacido en la ribera del Túria; "Soporto a esa lluvia" trae a la mente al Dylan más crítico (con esas metáforas de lluvia tan suyas); y la canción que titula, "Gasolina para quemar", versión del "Fuel for fire" de M. Ward, despide la función con voz temblorosa, desnuda tanto en rodeos como en instrumentación y emoción a flor de piel. 

Así que dejan bien alto su particular listón musical. Pero es que eso no es todo: este último hurra de la banda se completa con un libro que incluye las letras de todas las canciones que tanto para La Gran Esperanza Blanca como para sus aventuras en solitario ha escrito Cisco Fran, ya que, para él, las canciones sin letra serían otra cosa, no una canción. En ellas da su particular visión del mundo y de la sociedad uno de esos idealistas que pronto echaremos a faltar en este mundo tan falaz. Alguien que no teme gritar a los cuatro vientos su percepción de las cosas, sea amarga o dulce. 

Precisamente por eso se antoja necesaria esta despedida. Una despedida sin lágrimas, sin autocompasión y, repito una vez más, con la cabeza bien alta, que reúne en un bonito formato música y letra para que no nos olvidemos de que hubo una banda en València que disfrutó haciendo música, que dijo lo que quería decir, que cumplió sus objetivos, que nos hizo disfrutar y que echaremos mucho de menos, porque el certificado de autenticidad que ellos se llevan al limbo de las bandas de rock and roll será enormemente difícil dárselo a nadie más, o al menos, no de una forma tan tajante y rendida como se lo damos a ellos. Clásicos por derecho propio.