Morrissey, un mito nostálgico, decadente y sublime que hechizó La Cartuja


Cartuja Center Cite, Sevilla. Lunes 16 de marzo de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Estefanía Romero. 

Su sombra apareció entre la penumbra del escenario caminando sin vacilar hasta situarse frente al pie de micro. Elegante, presuntuoso y decidido, miró al frente y sonrió. En ese justo instante la abarrotada sala explotó en un grito unánime, muy probablemente de puro alivio ante la constatación de que por fortuna para Sevilla, el mito de Mánchester pasearía su palmito durante algo más de hora y media de puro deleite y excitación, a mayor gloria de los acólitos del siempre reivindicable Steven Patrick Morrissey, quien lanzó un par de satíricos y cómicos “Lo siento” antes de arrancar la velada que por supuesto no eran en absoluto necesarios para nadie de los allí presentes. 

Porque para sus fieles, Morrissey todo lo puede. Exabruptos, cancelaciones y ataques de divismo extremo no son impedimento para que el fanatismo por su figura siga intacto. Y menos en Sevilla, una ciudad acostumbrada a las grandes pasiones de toda índole. Ahí estábamos desde horas antes de la apertura de puertas, haciendo cola y masticando los últimos coletazos de la tensión acumulada desde varios días antes. Impacientes toda vez que la hora de entrada asomaba y al borde del ataque colectivo cuando ya una vez dentro, comenzaron a proyectarse las imágenes y sonidos que el bueno de Steven nos tenía preparados para amenizar los últimos minutos de espera, sin duda alguna los peores de todos. 

Un paseo por su imaginario cultural donde no faltaron las referencias punks a Ramones, New York Dolls y The Stooges; como tampoco lo hicieron las imágenes del camaléon David Bowie, la talentosa y bella Brigitte Bardot, y la pura incorrección a izquierdas, del enorme Pier Paolo Pasolini, y a derechas, del guapo entre los guapos, Alain Deloin, entre otro buen puñado de ídolos caídos, casi en su mayoría de origen europeo, que estuvieron presentes antes, durante y después de una actuación mayúscula que tuvo como siempre mucho de recorrido sentimental por las vivencias de un tímido adolescente, hoy ya señor de canas más que evidentes, que nos regaló una noche en la que pudimos disfrutar de un Morrissey dramático y socarrón, cercano y parlanchín, que nos deleitó con sus mejores poses, tirones de micro y personalísimos quiebros vocales, siempre secundado por una banda que sin estridencias ni alardes, bien se podría calificar como de las mejores que le han acompañado en directo nunca. 

Abrió fuego con una cálida “Billy Budd”, en la que se encargó de hacerse cargo de las maracas, y “I Just want to see the boy Happy”, capaces de conectar con un público que empezaba a ser consciente de que la noche prometía ser antológica, algo que se constató cuando una nube de distorsiones dio paso a “Suedehead”, recibida con entusiasmo por el respetable y acompañada por una interpretación marca de la casa, casi enlazada con otro himno más que celebrado como “First of the Gang to Die”, apelando al universo de pandilleros con un acertado juego de luces representando la bandera de Italia, y unas proyecciones donde se atisbaba la figura de Sal Mineo, nominado al Óscar por su papel en “Rebelde sin Causa”, mientras todos nos dejábamos la voz con aquello con “Héctor was the first of the gang with a gun in his hand/ and the first to do time/ the first of the gang to die”, a la par que Morrissey nos iba robando un poco el corazón a todos. 

La primera en sonar del nuevo disco fue la titular “Make-Up is a lie”, perfectamente defendida por una banda compuesta por Carmen Vandenberg y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, que durante toda la noche demostró su categoría, dejando respirar las canciones y jugando con las intensidades, sin atisbos de personalismo, pero dando muestra de prestancia y saber hacer, algo que dejaron muy claro en la mítica “A Rush & A Push & The land is Ours”, encargada de abrir el que fuera el último álbum de estudio de The Smiths, “Strangeways, Here we Come”, que sonó tan triste y majestuosa como pocas veces en vivo; tras ella apareció la efigie majestuosa de Oscar Wilde en pantalla, mientras los acordes furiosos anunciaban otra joya, “Irish Blood, English Heart”, un genio secundando desde las alturas a otro, mientras el terrenal, el guía de los desheredados, clamaba por el honor de la patria sin desdeñar la crítica social y el descontento político, una letra que seguirá haciendo arder a más de uno, pero que no hace sino mostrar que Morrissey siempre ha estado ahí, frente al poder y lo establecido. Más o menos acertado, pero siempre a la contra. Sin cortapisas. 

Un instante de calma se abrió mientras volvíamos a “Vauxhall and I” con la siempre bella “Now my Heart is Full”, perfectamente ejecutada, tanto vocal como instrumentalmente, antes de que la crudeza y la oscuridad del canto a la timidez se apoderara de la sala con “How Soon is Now?”, un corte cuya inclusión a mitad del concierto es todo un acierto, como también lo fue la elección de otro medio tiempo mayúsculo del estilo de “Let me Kiss you” con esa carga decadentista que tan bien sienta a las canciones de Morrissey

Demostró ser un artista de los pies a la cabeza, bordeando la polémica en una tierra como Sevilla al interpretar “The Bullfighter Dies”, incluyendo imágenes explícitas de corridas de toros, dejando claro que no le importa ser incómodo, independientemente del lugar y lo que puedan pensar los demás, alejándose una vez de los músicos acomodados y rendidos a la crítica, algo que sigue sin necesitar pues todavía se basta y sobra para facturar himnos de nuevo cuño como “The Monsters of Pig Alley”, agrandando su sendero de poética entre guitarras cristalinas y frases evocadoras para continuar rozando corazones con dos versiones más de The Smiths, “Half a Person” y la conmovedora “I Know it´s Over”, rematando la tanda con los tonos pretendidamente oscuros de “Notre Dame”, la cual nos devolvía al Morrissey más conspiranoico y beligerante. 

Aprovechó un brevísimo receso para presentar a la banda, antes de acometer “Alma Matters”, la mejor canción del omisible “Maladjusted”, y llenar literalmente de un denso humo el Cartuja Center Cite con objeto de la interpretación de “Jack the Ripper”, sumiéndonos en una profunda oscuridad de nuevo. Tras ella Camila Grey asumió el protagonismo con la inconmensurable ayuda de su piano para servirnos de inmejorable apertura a “Everyday is like Sunday”, entonada en conjunto con emoción desbordada por toda la audiencia, mientras Mozzer cambiaba parte de la letra diciendo “tell me cuándo, cuándo”, cerrando en falso el concierto con “I Will see you on in Far-Off Places”, momento tras el cual despejaron el escenario como paso previo a una ceremonia ya esperada. 

Regresaron al mismo, donde Morrissey, quien portaba un ramillete de gladiolos y una camiseta en la que podía leerse “Seville, Esteban Patricio”, anunció que era el final del tour, agradeciendo la labor de todo su equipo y recordándonos que “please, remember I love you”, a la par que cedía el protagonismo a los miembros de su banda para que todos se despidieran del respetable con mensajes de todo tipo, especialmente reivindicables el de Juan Galeano, instándonos “a cuidar la música que se hace en Andalucía”, Camila Grey, quien nos invitó a “hacer el amor y no la guerra”. Entonces sí, Brendan Buckley, parapetado tras su batería cuyo bombo mostraba la bandera de España, golpeó sus baquetas, señal inequívoca de que tocaba despedirse de la mejor forma posible, interpretando una contenida y emocionante “There is a Light that Never goes out”, mientras los ojos de más de uno de los presentes comenzaban a cubrirse de lágrimas de felicidad antes de que el dramatismo viviera su momentos culmen con la presencia de un fan sobre el escenario para abrazar al mito, quien instantes después, como mandan los cánones, lanzaba la camiseta al público antes de desaparecer por dónde vino, dejando tras de sí la enorme estela de su luz. 

Tratar de valorar lo que para muchos significa Morrissey escapa a toda lógica. Bastaba con mirar a hombres que sobrepasaban los cuarenta y cincuenta años con los ojos arrasados en lágrimas y sentir la emoción de los abrazos en pareja que sin decir nada, hablaban por sí mismos. Que cada cual se mire bien dentro y busque su propia explicación. Objetivamente, lo que presenciamos anoche fue sin duda uno de los mejores conciertos que el mancuniano ha dado en nuestro país. Un set list plagado de canciones reconocibles, una banda excelente y un artista que anoche se sintió a gusto, dejando sobre el escenario lo mejor de su repertorio escénico. Un mito forjado en la soledad de su cuarto a base de lecturas, punk-rock y cine. De Mánchester para el mundo. Anoche no solamente destiló parte de lo mejor de su repertorio, sino que una vez más volvió a agradecer a sus referentes todo lo que le dieron. Un mito inglés de sangre irlandesa que anoche se comportó como la gran leyenda que es. Y también como un señor, poniendo en liza un legado eterno anterior a su propia existencia que da pie a toda una cultura pop. Lo que muchas veces le niegan aquellos que se quedan solo en sus injustificadas espantadas. Morrissey, una leyenda que de no existir, seríamos incapaces de inventar. Nostálgico, decadente y sublime.