The Lemon Twigs: “Look for Your Mind!”


Por: Kepa Arbizu. 

La naturaleza del ser humano se sostiene sobre un territorio enunciado por relatos distantes, lo que lejos de resultar un desequilibrio insalvable revela una condición escrita más allá de la dictadura de la línea recta, un paisaje de huellas que extiende las lindes del camino principal. Las formas de acercarse al ámbito musical funcionan de una manera prácticamente análoga, conteniendo espacios absolutamente recurrentes por su función acogedora, pero igualmente alentando el llamado para sucumbir al riesgo de orientar nuestra brújula hacia terrenos ignotos, incógnitas que solo tras su conquista se dictaminará el futuro que les espera. The Lemon Twigs, pese a la juventud ostentada por los hermanos Brian y Michael D'Addario, encargados del sustento de este proyecto, encarna ese lugar sonoro que ha declinado ser tutelado por su origen cronológico, instalándose entre unos ritmos melódicos y de belleza armónica que durante aquellas décadas ilustres conjugaron con maestría el lenguaje pop.

Desoyendo el constante y reiterado murmullo que les conmina a ser más osados para evitar caer maniatados por su propia e identificativa personalidad, la formación opta en su nuevo trabajo por dar continuidad a un imaginario heredado también de la figura de un progenitor, Ronnie D'Addario, que pese a su falta de respaldo popular firmó una carrera más que destacable. Un ejercicio de reafirmación que además aspira a aglutinar en su expresión todos los vértices de su sonido, recalando en estas composiciones su aspecto ornamental, el orgánico y un vigor que cuando asaltan los escenarios se transforma en vertiginosa intensidad. Aunque es cierto que esa línea imaginaria que distingue a la poca estimulante descolorida imitación del pastiche construido sobre el talento, el grupo estadounidense ha logrado con sus dos álbumes predecesores, "Everything Harmony" (2023) y "A Dream Is All We Know" (2024), ahuyentar cualquier atisbo de transformase en unos púberes carpetovetónicos consumidos por la nostalgia para enarbolar una admirable síntesis y dicción clásica.

Convertido su pequeño estudio de grabación ubicado en Brooklyn en santuario propio donde conjurar -a través de sortilegios siempre vinculados a una maquinaria analógica- su alquimia sonora, en este ocasión ese pequeño pero mágico cubículo ha sido el hacinado hogar para una más amplia lista de integrantes. Porque a la entente familiar, encargada como siempre de las labore de producción, esta vez se han incorporado sus músicos de acompañamiento en directo, ocupando la batería y el bajo Reza Matin y Danny Ayala, respectivamente. Un concepto de banda más sustancial y que, más allá de la significación colectiva y emocional que pueda alcanzar, revierte sobre todo en el resultado creativo de un cancionero especialmente ágil y diverso, una colorista mirada a ese particular microuniverso hecho de acordes luminosos y emotivas melodías propiedad en perpetuidad de los hermanos D'Addario.

La historia nos ha enseñado, y demostrado, que este tipo de sonoridades riman especialmente bien con baladas sentimentales, porque nada mejor para homenajear ese día de sol, o revolcarse en la desdicha lluviosa, generado por nuestra otra parte sentimental, que ser bautizada por un excelso dibujo armónico. Y si bien este disco mantiene esa ligazón, tomando destino estas canciones a lo más profundo del corazón, también hacen una escala muy importante, no en vano solo hay que ver el título del álbum, en la propia conciencia, siendo este emplazamiento un complemento para desvelar y traducir aquello que palpita en nuestro interior. Estamos pues no solo ante una enumeración de postales pintadas en rosa, sino en un ejercicio de (auto)evaluación sobre la manera en que se pretenden vivir y sentir. Si el inicio del álbum con el tema homónimo, excelente confluencia entre Beatles, Byrds o The Zombies, lo que denota también su leve espolvoreado psicodélico, despeja el paisaje de cualquier atrezo insustancial para encontrarnos con nosotros mismos y ser consecuentes examinadores, el tema final, "Your True Enemy", aupado por ese muro de carga que significan los Beach Boys para este proyecto, nos alerta de que, al margen de lo impredecible que reside en la naturaleza romántica, en última instancia somos nosotros mismos los únicos responsables de que ese corazón pintado en una pared cada vez se distinga con menos nitidez.

Alrededor de esos dos puntos cardinales, que anuncia principio y fin del repertorio respectivamente, de raíz trascendente se despliegan, ahora sí, escenas de amoríos a los que acompaña su propia banda sonora. Un relato musical en el que por supuesto mucho tiene ver en su dictado la influencia de los “playeros” hermanos Wilson, que se manifiestan con absoluta claridad, tanto en sus juegos vocales como en su ornamentación instrumental, en "Mean to Me" o en la melancólica épica que ilustra una instantánea, "2 or 3", donde la diferencia cultural se presenta como escollo a la hora de unir suspiros comunes. Pero ni el diccionario de pasiones ni su traslación al pentagrama se exhibe de manera monocorde, ya que las punzantes guitarras eléctricas prestadas por The Searchers, o cualquier destacado miembro de la escena Merseybeat, en "I Just Can't Get Over Losing You" hacen de su rotundidad una herramienta para la flagelación del error propio, y el tono de sedoso vodevil de los Kinks en "Gather Round" sirve como armazón frente a las adversidades. Como si de dos caras antagónicas se tratase, aunque en realidad supuran el mismo traspiés existencial, el repunte más rockandrollero de "Bring You Down", inspirado por ejemplo en Badfinger, expresado bajo el rudo lenguaje propio blues a la hora de reflejar el rastro que deja la dura jornada laboral en el hecho romántico, representa la antítesis de la sublimación del pop más azucarado, como si unos Herman’s Hermits hubieran nacido en pleno siglo XXI, que ilustra en "I Hurt You" cómo el paso del tiempo, o las incapacidades para afrentarlo, puede llegar a deteriorar lo que en algún momento fue un idilio sin mácula. 

“Look for Your Mind!” vuelve a ser otro excelente ejercicio de conversión del pop, y sus derivaciones, en un suspiro de belleza, lo que traducido a la trayectoria de sus autores representa la entronización, si es que no lo estuviera ya, de su firma. Tan ajenos a modas como a intentar contradecir a ese eco que en cada nuevo capítulo les sentencia como espíritus miméticos de aquella época dorada compositiva, la talentosa hermandad solo necesita recurrir a un argumento que, sin embargo, resulta demoledor en su delicadeza: las canciones. Son ellas las que hacen de únicas portavoces válidas, y no tienen reparo en declarar que, efectivamente, no hay signo en ellas de innovación sustancial alguna, renunciando a cualquier oposición a ser guiadas por un rumbo ya plenamente (re)conocido. Es verdad que estas nuevas composiciones pueden sonar repetitivas, pero casi tanto como ese mismo abrazo al que constantemente recurrimos y al que estaríamos encadenados toda la vida.