“Dejémoslo como estaba” de Alcalá Norte. La banda madrileña derrocha “ocio y escuela”


Por: Guillermo García Domingo. 

“Qué nadie entre sin saber geometría“. Esta era la advertencia inscrita en el frontispicio de la Academia platónica, y debería servir de aviso también, 24 siglos después, para los que tengan el acierto de acercarse al último disco de Alcalá Norte: “Dejémoslo como estaba“, publicado por Balaunka. La banda adoptó el nombre del centro comercial situado en el popular barrio madrileño de Ciudad Lineal. Un centro de ocio y comercio venido a menos, que haría bien en poner este disco en bucle si quiere atraer a miles de visitantes.

En las calles de su barrio, soñadas y delineadas por el demiurgo matemático de Arturo Soria, protagonista de este disco, que aparece encaramado al monolito que está delante del citado centro en la ilustración de Carle Naide para la portada, se fraguó el primer disco, que provocó un notable revuelo entre los aficionados. La maestría de este trabajo reciente demuestra que el origen del seísmo no era superficial sino mucho más profundo. 

El grupo madrileño (formado por Álvaro Rivas al micro y a la pluma, Barbosa en la batería, Carlos Elías a la guitarra, Laura de Diego a los teclados, y el bajista Pablo Prieto) ha escrito un capítulo más del mundo propio que han erigido en tan solo dos discos largos y que ellos mismos denominan “urbanismo mágico”. Es un universo en el que comparten sitio los guiños y la jerga de los colegas de barrio, junto a estrofas que parafrasean “Crimen y castigo”, la descomunal novela psicológica de Dostoyevski, un paseante que se parece mucho a Nietzsche, un músico que vende su alma al diablo, y que se parece en este caso a Paganini, la delgada Muerte merodea vestida “cota de malla”, y sobre todo un montón de extravagantes discípulos de Pitágoras, como Arturo Soria. Una panoplia fantástica compuesta de “ocio y escuela”. Cualquiera que haya presenciado su despliegue en directo coincidirá en que ellos mismos encarnan sin pretenderlo a personajes literarios/cinematográficos, Carlos y sus greñas de Gandalf, el inconmensurable Barbosa, el “heavy de instituto”, inseparable de su amigo, que no puede ser más distinto que él, Rivas, el empollón de turno. 

En lugar de rectificar, los Alcalá Norte insisten en el pecado original de su primer disco. Estos chavales de Ciudad Lineal van a lo suyo. Han decidido subirse a la balsa de sus extravagancias musicales e introducirse en las procelosas aguas del mundo musical y que la aventura continúe. Han desempolvado unos sintetizadores que nadie usaba desde hacía 40 años, mientras que Rivas ha compuesto las letras más dichosamente extrañas desde que Poch y Derribos Arias hicieran lo mismo. El sonido de los teclados de Laura de Diego define todos y cada uno de los temas de este álbum, sin menoscabo del alma heavy que encarnan la locomotora rítmica alimentada por el dúo maquinista formado por Barbosa/Prieto y la guitarra salvaje de Elías. En el directo la parte rítmica gana protagonismo debido al mando que asume Barbosa, un baterista directo, en absoluto diletante, de la escuela de Eric Jiménez (Lagartija Nick y Los Planetas). 

La otra escuela del disco son “Los llamados pitagóricos” de Crotona. Las anécdotas de los miembros de esta secta filosófica, dignas de las historias descacharrantes que reunió Diógenes Laercio sobre los primeros sabios de Grecia, que habitan la canción número 5, son más elocuentes de lo que parecen a simple vista. Pitágoras era un “ander theos”, un hombre divino, de ahí que anduvieran “endiosados”. El veganismo que adoptaron, “no visten de lana”, que a buen seguro será uno de los lemas de la próxima gira, remite a su teoría de la transmigración de las almas, y la doctrina dualista que tanto recorrido va a tener en el pensamiento occidental está resumida concisamente en el féretro que llevan a cuestas. Porque, tal y como afirma Platón en el Fedón, haciendo caso a los pitagóricos, el cuerpo (“soma”) es la tumba y la cárcel (“sema”) del alma. 

Dice la leyenda que Paganini, que se asemeja a “El hombre planeta” de la canción homónima incluida en el disco, hizo un pacto con el diablo. Los miembros de Alcalá Norte, ¿habrán seguido el ejemplo del violinista? En ese caso serían “Satánicos y de Ciudad Lineal (en lugar de Carabanchel)”. No es la maldad lo que define al ángel caído. Esa es la acusación que la apologética cristiana endosó al ángel rebelde que decidió no obedecer los dictados divinos. Y es que en todo el disco hay un afán prometeico, y no tanto satánico, en todos los personajes a los que aluden las canciones. Si no fuera así, el “endemoniao” Nietzsche no se habría quedado a vivir en esa canción/pensión, como aquellas en las que se alojaba el filósofo para aliviar su maltrecha salud.

El valor de las bromas literarias y filosóficas, la hilaridad es el santo y seña de este grupo de poderosa inteligencia colectiva, no está escindido del incuestionable valor musical de “Dejémoslo donde estaba”. Solamente le falta un tema más para convertirse en un dodecaedro perfecto. El disco es rotundo como una esfera, gracias a una producción que ha pulido su sonido y ha lijado cualquier imperfección. La ecualización al alza de los teclados ha realzado las canciones. Han bastado 11 canciones inspiradas de veras para liberar a los sintes de la maldición hortera que los tenía secuestrados.

Uno se pregunta si en la segunda cara serán capaces de mantener la intensidad del ciclo que hay entre “En Valmy” y “Los llamados pitagóricos”. En la primera como ya hicieran en el primer disco nos introducen sin pedir permiso en el barro de la batalla de Valmy, a finales del siglo XVIII, con la ayuda de uno de los más lúcidos testigos de otra carnicería, Ernst Jünger, que les presta alguna frase. Pero en el reverso del disco nos encontramos nada menos que con “El contador de muertes”. En nuestra revista nos gusta llevar la contraria como al ángel caído. Y si bien no dudamos de que “El hombre planeta” se convertirá en la nueva enseña del grupo, no podemos mostrar resistencia alguna ante el empuje de “El contador de muertes”, que alude al interés necrófilo y mórbido que despiertan las catástrofes entre las masas gracias al altavoz de los medios audiovisuales. Todo ello embadurnado de un humor más negro que la brea. “Campos de golf”, al igual que “Claudia” en la primera parte, es un destilado onírico, en el que el límite entre el sueño y la pesadilla se desdibuja. Los improperios terribles del atormentado Raskólnikov penden sobre la canción como si fueran su hacha homicida. Las canciones internacionales, “Icare”, versión de un tema de una banda francesa llamada también así, y la berlinesa “Oscar The Tiny One”, en inglés, funcionan tan bien que cualquiera diría que estos viejóvenes han experimentado las mejores canciones de una época que no vivieron. 

La biografía musical de Arturo Soria, deidad del urbanismo mágico, no podía faltar. Es él quien pende del monolito del centro comercial en la ilustración de la portada de Naide. El título del disco lleva el mismo nombre que una oscura aguada de Goya en la que aparece un monje, tal vez un inquisidor, que el ilustrador ha hecho acompañar de otros misteriosos monjes. Así que es muy pertinente que la última canción sea la transcripción musical de una estampa musical de Francisco de Goya. “La venta nueva” es el regreso al barrio de Ciudad Lineal, la génesis primordial del grupo y sus canciones. Todo lo que queda a un lado y a otro de la parte alta de la Calle Alcalá, albergaba hace doscientos años ventas y quintas donde coincidían los viajeros procedentes de Aragón y los lugareños. Alcalá Norte superpone los planos del tiempo de la Ciudad Lineal actual y la del dieciocho, las acémilas conviven con los coches en esta extraordinaria canción rebosante de épica de barrio, si existe algo así. Goya se sentiría fascinado por ella, y se sorprendería de que la vida popular no ha cambiado tanto desde entonces cuando él la retrató con una mirada compasiva, no exenta de amargura, y en ocasiones de espanto.

Cuando entrevistamos a Álvaro Rivas hace unos días admitió con admirable modestia que ansiaban grabar un nuevo disco para disponer de un repertorio más amplio que ofrecer a sus seguidores en los conciertos venideros. “Dejémoslo como estaba” supone mucho más que eso. La Academia fundada por Platón estuvo ochocientos años en funcionamiento. No sé si Alcalá Norte perdurará tanto tiempo, parece un objetivo inalcanzable, pero mientras esté abierta su “escuela” la felicidad exultante que transmite su doctrina musical está asegurada.