Loquillo: En lucha constante contra la mediocridad.

Madrid. Sala La Riviera. Viernes 26 de noviembre.
Volvía Loquillo a Madrid, con la finalidad de liquidar uno de los últimos compromisos de su “Gira 30 Aniversario”, por lo que desde hace semanas teníamos esta fecha marcada en nuestro calendario como algo especial. El Loco se prodiga mucho por nuestra ciudad. Es un hecho, pero no por habitual, su directo deja de ser algo especial para nosotros.

La noche se presentaba gélida, más si cabe en una sala como “La Riviera”, ubicada en el margen del río Manzanares. Pero ni por esas el público dio la espalda a tan especial evento. Desde mucho antes de la hora prevista para el comienzo de la actuación, las inmediaciones del recinto presentaban un aspecto que confirmaban lo que ya desde hace semanas era un hecho. La Riviera iba a vivir una noche de “Sold Out”.

Procedimos a entrar en el recinto y casi en ese mismo instante en que lo hacíamos, algo nos hizo pensar que aquella no sería una noche más, una de tantas otras que se saldan sin pena, ni gloria. La sensación de que algo distinto ocurriría flotaba en el ambiente. Era cuestión de esperar unos instantes para saber que nos depararía la velada.

Las conversaciones de lo más animadas se sucedían en diferentes corrillos, incluido el nuestro, hasta que un momento concreto el mundo se detuvo súbitamente. Fue en el justo instante en que comenzó a sonar una canción. El tema no fue otro que “This Must Be The Night”, del añorado Willy Deville, perteneciente a su época al frente de Mink Deville. Interesante pensé. El Loco estaba apelando a los pandilleros, a los héroes de barrio, esos que siempre existieron. Me gustaba. En ese instante comprendí que el catalán nos había preparado un viaje en el tiempo. Una crónica personal a través de su vida, de sus íconos, de parte de los referentes que forjaron su carácter.

Minutos después una imagen en escena de Greta Garbo confirmaba nuestras sospechas. El sentimentalismo, sería la baza y no precisamente del barato, que tanto gusta en este país de “princesas del pueblo” y “famosos de quita y pon”.

El pellizco en la espalda llegó cuando comenzó a sonar una vieja melodía que dice, “Yo adivino el parpadeo, de las luces que a lo lejos, van marcando mi retorno…”. Carlos Gardel, el más grande intérprete de tangos de la historia y “Volver”, casi nada. La emoción fue difícil de contener en esos instantes. Estaba sucediendo. Era algo grande, real y allí estábamos nosotros para contarlo.

No sé cuanto tiempo pasó, ni que ocurrió durante el mismo. Sólo se que de pronto la banda estaba en escena para interpretar la canción que introduce el concierto. No es otra que la cabecera de la serie televisiva Danger Man. Sin solución de continuidad sonaron los primeros acordes de “En las Calles de Madrid”.

Una mirada, otra, falta alguien. Loquillo aparece en escena desde un lateral. Las miradas se centran en él. Es el protagonista absoluto hasta ese fraseo que hace que los índices señalen al cielo. Eso ocurre cuando se oye, “Dile a Pepe Risi, que ya puede sonreír, él mató el silencio, en las calles de Madrid”. A unos kilómetros de la Elipa, a escasos metros del feudo de su Atleti, el Vicente Calderón, los madrileños rinden homenaje a otro de los grandes, “El Risi”. Otro pedazo más de la adolescencia del Loco. Sus canciones, su actitud. Mito del rock con sabor chuleta para muchas bandas. Eternas alabanzas a sus Burning.

Las referencias siguen agolpándose frente a nosotros, “María” y “Pégate a Mí”, nos acompañan hasta la primera época con los Trogloditas. Esa que está grabada a fuego entre lo mejor de la música de nuestro país.

El “Hijo de Nadie” nos acerca a la historia de un barcelonés del Clot, hijo de un anarquista estibador de puerto en la difícil época franquista. La vida sin padrinos no es fácil, por eso algunos decidieron abrirse paso a codazos. Él es un claro ejemplo. “Línea Clara” y “Rock and Roll Actitud”, sirven de autoreivindicación personal. Pasos firmes y una única meta. La defensa del Rock como forma de vida. Tras ellas José María mira a su público fijamente y grita un sincero, “¡¡¡Madrid!!!”. La Riviera es un clamor que estalla al unísono, “Loco, loco, loco”. La sintonía es total.

Suena “Arte y Ensayo”, una crítica velada contra aquellos que prostituyen su arte para gozar del beneficio de las masas. Ya lo decía Ortega, las masas ignorantes arrinconan a las personas validas. En muchos casos, dicha afirmación es una verdad como un templo. Él ha sufrido ese acoso de necios y ha salido victorioso. Tras ella, “Memoria de Jóvenes Airados”, un guiño más. Esta vez a una generación que no siempre lo tuvo fácil, la suya. Las canciones pasan, las imágenes permanecen en nuestra cabeza. Se agolpan apresuradamente.

Loquillo toma el micro y confiesa en un tono arrogante que cuando le preguntan, “¿a qué suena Madrid?”, él siempre responde, “a las canciones de Gabinete Caligari”. A renglón seguido presenta al “maestro Jaime de Urrutia”. La Riviera explota en un rotundo aplauso, justo en el momento en que el mejor compositor de canciones rock en castellano, aparece sobre el escenario. Vestido de negro riguroso, como mandan los cánones de toda rock-star que se precie, y con cuello solapón, el madrileño acompañó al Loco en una emocionante revisión del clásico de Johnny Cash, “The Man in Black”.

Dos mitos en un mano a mano. Guardo la instantánea en mi cabeza. Urrutia abandona el escenario en loor de multitudes y un servidor no pudo evitar pensar, “¿Qué demonios pasa en este jodido país para que a Urrutia no se le de el trato que merece?”. Un mito en vida que aquí miramos de soslayo. Así nos luce el pelo.

Tras ponernos nuestras ropas más oscuras tocaba cambiar de tercio y hablar de amor y por qué no, también de desamor. Había llegado el momento de realizar alguna locura como, “Cruzando el Paraíso” e incluso de mostrar el orgullo por haber sido “Tatuados”. Y todo ello por una sola cosa, “Por Amor”. Fue un placer escuchar esta canción en directo, puesto que hacía tiempo que no la incluía en el repertorio.

Nos encaminábamos poco a poco a la recta final del concierto. Sonaron canciones míticas como, “El Rompeolas” o “Carne Para Linda”. Nos pasamos un momento a ver a “Las Chicas del Roxy”, tan liberadas y liberales ellas. Nos gustan. Siguen luciendo tan bellas como siempre mientras, “fuman, beben y hablan con los hombres”. Tras ella, "Todo el mundo ama a Isabel", con esa intro maravillosa que Igor Paskual, ha hecho suya.


En un precioso amago de despedida enfilamos la nostálgica “Autopista” con dirección a Barcelona. Todos abandonan el escenario. Era necesario tomar aire para la traca final.

Fue ese el momento en que nos percatamos de que Loquillo había estado poco hablador. Confesaría unos minutos después que eso no va con él. El barcelonés en ese aspecto hace bueno el dicho de “lo breve si bueno, dos veces bueno”. En las contadas ocasiones que abre la boca en escena es para hacer enardecer al público. Hubo tiempo también para comentar algo que ya sabíamos. Más allá de los esfuerzos de la banda por sonar a la perfección y darlo todo, -Impresionantes como siempre, a destacar la categoría de Jaime Stinus y el derroche de actitud de Igor Paskual- La Riviera sigue siendo una sala que suena mal. Por momentos, muy mal.

El bis comenzó con una enérgica “La Mataré”, celebrada por todo el mundo. Había ganas de que volviera al repertorio y ahora que ha vuelto, se celebra como lo que es. Un clásico.

Feo, Fuerte y Formal”, fue el tema justo anterior a uno de los momentos más bonitos de toda la noche. Loquillo se acercó por enésima vez al micrófono y dijo, “Brindo por la amistad”. Había llegado el momento de que Sabino Méndez se uniera a la fiesta. Soy de los que piensa que no existe un escritor mejor para las historias que canta Loquillo que Sabino. Nos alegramos enormemente de que hayan vuelto a colaborar. La salud de nuestro rock también lo hará a buen seguro.

Con él en el escenario, interpretaron “Rock Suave”, tras la que uno a uno fue presentando a todos los componentes de la banda. Después con palabras textuales dijo, “Sabino, haz la puta entrada esa”. Fue ahí donde nos dimos cuenta de que sí, cuando Sabino toca la introducción de “Rock and Roll Star”, suena diferente. Esos míticos acordes son otros, si salen de su guitarra.

En su día Loquillo soñaba con ser una “Rock and Roll Star”, ahora treinta años después, todos sabemos que una de las pocas estrellas de nuestra música es él.

El cierre, y el fin de esta noche que sirvió como colofón a la crónica personal de su vida, esa que va del más puro sueño y anonimato, a ser una estrella del “Rock”, -no está mal para un chico del Clot- vino de la mano, como no podía ser de otro modo, de la historia de un viejo Cadillac. Una canción que en palabras del Loco, “habla sobre mi ciudad” y que tuvo a bien regalarnos, una vez más, en la nuestra. Intensa, melancólica y potente. Un auténtico himno.

Las luces se encendieron mientras sonaba, “You´ll Never Walk Alone”. Sobre el escenario la banda al completo saludando y el Loco, en un gesto que habla a las claras del cariño que tiene al público madrileño, no dudó en recoger una pequeña bandera de nuestra comunidad y mostrarla con orgullo. El barcelonés más castizo, volvía a mostrar su enorme respeto y simpatía por esta ciudad. Con esa imagen abandonamos el recinto.

En la calle, camino del coche, abrigados tras una chupa de cuero y con una sonrisa de oreja a oreja, no podíamos dejar de pensar en la cronología vital que nos había presentado Loquillo. The Clash, Willy Deville, Carlos Gardel, Pepe Risi, Jaime Urrutia y Sabino Méndez. Figuras e íconos que forman parte de la crónica emocional de su vida. También de la nuestra. Mitos que han construido la personalidad de una leyenda. Referentes que le ayudaron a crear su propio mundo. En algunos casos, amigos y compañeros con los que vivió, discutió y convivió. Y a los que ahora reivindica con total orgullo. Una crónica apasionada de una vida en lucha constante contra la mediocridad. Grande Loquillo.

Texto: Javier González.
Fotos: Iván González.