Los Deltonos: “El futuro”


Por: Kepa Arbizu. 

Existe en el ser humano una querencia casi antropológica por descuidar afectivamente aquello que consideramos prácticamente innato a nuestra historia personal. Dicho de otra manera, desatendemos todo lo que percibimos -erróneamente- como imposible de desvanecerse en un momento dado. Trasladado al ámbito musical, resulta una nada recomendable costumbre no valorar como se merecen en el presente propuestas que han formado parte desde nuestra inaugural irrupción en este hábitat ruidoso. Una indolencia respecto a lo que entendemos como perenne juzgada en la mayoría de las ocasiones a través de la forma más trágica posible, cuando las necrológicas, creativa o existencialmente hablando, ya no dejan espacio para subsanar dicho desinterés. Por eso, conviene ponderar en su justa medida cada nuevo paso dado por una formación como Los Deltonos, y por extensión la de su principal y ubicuo cerebro, Hendrik Röver, que lleva cuatro décadas agitando con talento el no siempre fértil suelo del rock and roll. Su más reciente, y sobresaliente, episodio, “El futuro”, es una furiosa y vital llamada de atención para, probablemente de manera indirecta, recordarnos que no solo siguen aquí, sino que son capaces de atronar en su manifestación.

Una presencia, la de la banda cántabra, que no se ha limitado simplemente a resistir estática gracias al privilegio que le otorga su abolengo; su camino a lo largo del tiempo se identifica con el desempeño, precisamente, de no ser un mero nombre sostenido por la veteranía, sino un contenido en constante mutación, como lo puede atestiguar una discografía que se ha movido entre diversas formulaciones. Una trayectoria que, no menos meritorio en ese oficio de renunciar a la complacencia, nunca ha recurrido a regodearse en viejos éxitos ni ha sucumbido a enmascararse con el rostro recomendado por los mercaderes de la llamada actualidad. Su identidad, por suerte, se ha erguido como una propiedad innegociable que podrá ser orientada según las propias pasiones dicten en cada momento, pero el suelo sobre el que se posa firme, sigue repleto de grasa y octanaje eléctrico.

Reconvertidos en trío en sus últimos trabajos, alianza que reúne a Hendrik Röver, junto a Javi Arias (batería) y Sergio "Tutu" Rodríguez (batería), el resurgimiento de dicho formato responde y alienta una apuesta por afilar y aportar más músculo a su expresividad instrumental, la que parece estar siempre presta a acumular ferocidad y volumen. Pero al margen de esa envalentonada puesta en escena, “El futuro” contiene un muy identificativo rango melódico que en absoluto interrumpe, sino que espolea, dicha representativa demostración vigorosa. Una mezcla de cualidades, a la que hay que añadir una vía de escape en sus textos más trascendente, sin invisibilizar el ácido sarcasmo del verbo de su compositor, expuesta desde el inaugural y titular tema, introducido por esos virulentos fraseos eléctricos que ya cuentan con la denominación de origen cántabra. Acumulando en sus riffs el docto crepitar del blues, el boogie, el hard rock y hasta el funk, o lo que es lo mismo, una tradición que va de Magic Slim a The Muggs pasando por George Thorogood o ZZ Top, sin embargo dicha talentosa estridencia funciona como aposento para un pegadizo dibujo vocal, palabras que deletrean al mañana como el resultado de lo que nuestro lapicero esté dispuesto a escribir.

Pero el nombre escogido por el álbum no es una referencia metafísica que pretenda interpelar al ser humano exclusivamente en su manifestación individual y particular, se trata de algo mucho más complejo y sobre todo extensivo. Un retrato en el que tampoco escasean las paradas en el conflicto singular, ya sea el celebrado en nuestro cerebro a través de lo que llamamos conciencia y con clara propensión al insomnio, escenificado en “Indecisión” bajo un introductorio paso de blues casi con aroma a pesquisa detectivesca que deviene en en un descomunal ejercicio de contundencia, como representado en el resurgimiento del personaje “Andrés Muñiz”, “actor” incluido de nuevo en el plantel tras su pasada presentación en “Repartiendo”. Una figura que, escoltado de unas trepidantes bases rítmicas, encarna esa sombra -de puños siempre prestos para adornar el baile- que se niega a ser engullida por una historia, en mayúsculas, que pretende ser escrita incluso tapiando nuestras firmes certezas, las que piden paso a través del vigoroso rock and roll de “El día aquel”, furiosa vindicación de la infalibilidad de lo que ven nuestros ojos.

Cada paso adelante que acometemos desentrañando este disco es en paralelo la aleación de piezas que conducen a la configuración de una fotografía social que utiliza el “deltoniano”, o “roveriano” si se prefiere, costumbrismo como herramienta para cincelar episodios de afilada ironía. Acidez que se propaga con elegante consistencia hacia ese gran bazar, también virtual, que habitamos invocado en “El mal menor” o que se enfrenta, guiada por una slide que traslada el legado de Muddy Waters, a esa insolente pubertad que, parafraseando a Rosendo, pierde mucha fuerza en la saliva. Con el disfraz de fábula “orwelliana”, “Había una vez”, repunta el carácter explosivo del hard rock para señalar la hoja de ruta construida para que el rebaño circule con orden, un itinerario que incluye la asunción de ser carne de cañón para más gloria de banderas e intereses estratégicos, objetivo embestido por el punzante y dinámico rock americano en la apátrida tonada de “La campana”, en la que seguro no les importaría ser citados, por ejemplo, a Bottle Rockets. Una maleable elaboración del acervo clásico que también tiene la puerta abierta en “La fuerza” para una esporádica resucitación de Hank, aquel proyecto powerpopero que ya tuvo más espacio en el anterior álbum, “Evolución”, y que sorprende todavía más en el lisérgico ambiente de “El color de los tiempos”, tan cerca de Doors como de Al Kooper, donde aflora la incertidumbre que identifica a esta parada en el calendario. 

A la alegría que supone encontrar nuevos motivos para seguir vertiendo alabanzas sobre Los Deltonos, se suma lo más importante, y es que esas palabras de agradecimiento respecto a su música no pueden sonar repetitivas, como tampoco lo hace su música; este disco consigue, tras superar la veintena de trabajos bajo el auspicio cántabro, lograr un rasgo identificativo y distintivo, ya sea en su aportación musical como lírica. Su persistencia como formación merece un elogio cronológico pero sobre todo creativo, ofreciéndonos inéditas razones para brindar en presente por su existencia. Ni el apocalíptico “Meteorito”, que irónicamente planea extremadamente melódico para rugir en su explosión, ni la arquetípica composición de la banda, “Naufragio”, y su Leviatán, sea en forma de monstruo marino o de encadenamiento normativo, serán capaces de robarnos la idea de que tras la niebla de ese horizonte que se se atisba en la portada de “El futuro” no exista al menos alguna pasibilidad de que asomen rayos de sol. Quizás no sean muy cálidos, tampoco probablemente prolongados en el tiempo, pero su sola existencia debe de ser acicate más que suficiente para no dejar el mañana en manos del destino o permitir que nuestro futuro sea escrito por otros, porque nunca nadie ha conseguido conjugar la libertad en cabeza ajena.

Joaquín Pascual: “No hay nada que hacer por el romanticismo”


Por: J.J. Caballero. 

Cuando un artista consagrado, que hace tiempo decidió vivir al margen de las concesiones de la industria, empieza a ser consciente de la importancia y el legado que las generaciones presentes y futuras serán capaces (o no) de gestionar, cualquier giro, matiz o contrapunto que adorne su carrera debe ser bienvenido, por mucho que ello pueda desconcertar a propios o despistar a extraños. 

A estas alturas, el nombre de Joaquín Pascual ya está indisolublemente ligado a la explosión del rock independiente que asoló, por saturación, el panorama musical de la década de los noventa y aledaños; pero a su vez también su marca lleva aparejada una capacidad de resiliencia, convicción y sí, independencia que a lo largo de los años y ya siete discos largos, colaboraciones y temas dispersos aparte, ha quedado sobradamente demostrada. En este nuevo capítulo titulado “No hay nada que hacer por el romanticismo” apela a una de sus peculiares observaciones cuando de abordar el desencanto vital se trata, pura filosofía de salón –el hecho de convertirse en abuelo puede que también haya tenido algo que ver- como excusa para grabar unas cuantas canciones en las que decanta influencias no por conocidas menos estimulantes.

Si en “Baladas para un atraco”, su entrega de 2023, colocaba el piano como hilo conductor, ahora lo sustituye por unas guitarras más aguerridas de lo habitual para descomponer el existencialismo que atraviesa la mayoría de sus letras, con paradas puntuales en estaciones costumbristas como las que abre en “Por el bien de la gente” y la preciosa y plácida “La ventana”, que junto a la emocionante chispa pop de “Medio desnudos” podrían conformar el capítulo “clásico” del disco, sin que ello sea sinónimo de nada pero a la vez esencia de todo lo que podemos escuchar aquí. El ala oscura de la Velvet Underground planea sobre “La felicidad”, donde seguramente brilla la melodía más rotunda, y el apasionado glam rock de T Rex impulsa el ritmo de “El caos”, en una versión camuflada y musculosa. La psicodelia suave a la que es tan aficionado empuja en “Con toda la fuerza” y el impulso guitarrero hace avanzar al tema titular con idéntico desparpajo. El catálogo de Pascual sigue intacto y surte el mismo efecto, que es de lo que se trata.

Sin olvidar otras manos amigas que siempre estuvieron ahí, como la de sus adorados Pixies en “Todo es posible”, todo en este disco parece sonar en el espacio y tiempo para el que fueron pensados. Desde la sobria portada, obra de su hermano Miguel, hasta el último y medido acorde. Eso, viniendo de quien viene, ya es mucho, y de seguir así, la próxima vez será aún más y mejor.

Howlin' Wolf: El lobo feroz de la historia del blues


Por: Kepa Arbizu. 

Literariamente sería muy jugoso escribir que Chester Arthur Burnett, más adelante apodado Howlin' Wolf por su imponente complexión física, vino al mundo un diez de junio de 1910 entonando un prominente aullido, pero la más pura lógica indica que, al igual que cualquier otro niño, inauguró su vida con un estridente llanto. Un lamento que, a su manera, condensaba la incómoda bienvenida que le tenía preparada la existencia, ubicada en uno de esos remotos lugares, llamado White Station y situado a medio camino entre Aberdeen y West Point, en Mississippi, donde nadie se detendría si no fuera estrictamente obligatorio. Poco decoroso presente, ocupando un nuevo esqueje de ese árbol familiar que se secaba al sol en las interminables jornadas trabajando en las plantaciones de algodón, para quien sin embargo acabaría escribiendo un futuro sonoro que, medio siglo después de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976, todavía se sigue conjugando a través de su herencia artística. Un ilustre emplazamiento en la historia que sus primeros versos se enunciaban dramáticos, porque a las miserias económicas se añadían el pronto divorcio de sus padres y la defenestración por parte de su madre, escenario que significaba ser cuidado -que no educado- por su tío abuelo, Will Young, casi tan devoto predicador de la palabra de Dios -a la que acompañaba con sus cantos un todavía “lobezno”- como del látigo blandido por el diablo cotidiano. 

No como una revelación musical, sino como una invitación a la supervivencia, su traslado al icónico enclave del Delta de Mississippi sin embargo le acercó, física y artísticamente, a uno de los héroes que allí moraba, Charley Patton, al que observaba deslumbrado durante sus actuaciones y que llegó a convertirse en su mentor. Instrucción en el arte de la guitarra que, dicho de paso nunca llegó a absorber con la maestría de su profesor, no fue tan relevante como contemplar aquella llamativa y fascinante puesta en escena, digna de los más atribulados showmans que pueblan hoy día las tablas. Recogiendo migajas inspiracionales depositadas por la escucha de los discos de Blind Lemon Jefferson, Ma Rainey, Lonnie Johnson o incluso del campestre Jimmie Rodgers, y asido al bastón de mando de otro tutor llamado Rice Miller, más conocido como Sonny Boy Williamson II, en la armónica, aptitudes que tampoco interiorizó a la altura de lo mostrado, sus habilidades se habían desarrollado ya lo suficiente como para emprender camino, cuando sus abnegadas tareas agrícolas se lo permitían, en busca de depositar sus primeras huellas en un circuito de locales de problemática reputación que sin embargo acogían a una cohorte de almas errantes, entre ellos también Robert Lockwood Jr., Robert Johnson o Son House, que sin saberlo estaban construyendo la rutilante biografía de un género musical.

La segunda mitad de la década de los años treinta aguardaba a la descomunal presencia, con casi dos metros de altura y más de 135 kilos, de Howlin' Wolf, apodo sujeto a la habitual ristra de relatos apócrifos que sin embargo no era si no la continuación de otros como "Big Foot Chester" y "Bull Cow", que resaltaba una descomunal fisionomía armada de una guitarra -ya eléctrica- y una armónica, todo puesto al servicio de una virulenta forma de interpretar que decoraba con sus característicos aullidos. Una naturaleza salvaje desplegada incluso lejos de los escenarios, andanzas especialmente escabrosas cuando remiten a una pelea mortal que le hizo desaparecer durante un tiempo. Breve hiato interrumpido por la llamada de otro afluente sangriento, en este caso la declaración de la II Guerra Mundial, a la que fue destinado a través de diferentes emplazamientos, todos ellos alejados de la acción bélica y dedicados a la intendencia. Sin abandonar incluso su vocación musical en plena contienda, cantando para deleite de sus compañeros, el regreso a la vida civil, previo paso por su hogar para continuar sus trabajos en el campo, significó encontrar su propia “manada” sonora, entre la que se encontraban entre otros el armonicista Junior Parker o el furibundo tañer en la guitarra de Willie Johnson, complemento idóneo para una voz que se sentía especialmente cómoda vagando por las estepas musicales más áridas.

El natural destino hacia los estudios de grabación tuvo como canalizador al mítico Sam Phillips, descubridor también de Elvis Presley, quien halló en las hondas hertzianas, cuando intercalaba sus actuaciones con la venta de productos agrícolas en un programa de la KWEM, el talento de un Howlin' Wolf que inauguraba así su trayectoria discográfica. Y lo hacía de forma simultánea, porque dado el estado embrionario de lo que luego sería Sun Records, su función por aquel entonces era abastecer a otros sellos, cosa que hizo con esas primeros canciones, entre las que destacaban "Moanin' at Midnight" - presentada con un estremecedor y telúrico murmuro- o "How Many More Years", distribuyéndolas en paralelo a RPM y Chess Records. Un conflicto de intereses que acabarían con el músico instalado en Chicago y formando parte de la alineación “ajedrecista”, entonando una comunión determinada a reformular el sonido del blues.

Su establecimiento en la “ciudad del viento”, más allá de su valor estratégico y comercial, consolidó una escena entorno a dicho enclave que tutelaba el desarrollo del género, tomando la influencia del primitivo sonido del Delta para electrificarlo y adecuarlo a un contexto urbanita. Cualidades que abanderó Howlin' Wolf, quien pronto encontró en el guitarrista Hubert Sumlin una alianza creativa de magno y extenso resultado. Su aportación intercambiaba la estridencia pasada por un talento que obviaba el lógico encadenado de acordes para focalizarse en uno solo que, repetido machaconamente, sostenía un libre ejercicio solista, convirtiendo el arraigo ancestral en una primitiva renovación. Cualidades que ya se atisbaban en un primer disco, “Moanin' in the Moonlight”, recolección de unas iniciales grabaciones que incluían las exitosas "Evil (Is Going On)" o “Smokestack Lightning" , que reunía a músicos de la talla de Otis Spann o Ike Turner, y es que el gigante intérprete, más allá de su fama de osco, era por encima de todo un ejemplo de profesionalidad y de -algo no tan habitual en aquella época- buen pagador. Características que significaban que su voz no era solo la huracanada presentación de sus canciones, sino también la ley principal que acatar.

Como si una disputa de tintes mafiosos se tratase, el monopolio musical en Chicago se dirimía entre nuestro protagonista y Muddy Waters, una tensión -regada de una relación más amistosa de lo que parecía- que, de paso, servía para espolear todavía más las cualidades de ambos e instaurar todo un escenario global de grandes composiciones. Muchas de ellas, en el caso sobre todo de Howlin' Wolf, eran engendradas por la firma del ex púgil y contrabajista Willy Dixon, autor de confianza para los dos y responsable casi en su totalidad de un homónimo segundo disco que asentaba y entronizaba, gracias a temas como "The Red Rooster","Spoonful" o "Back Door Man”, a un “lobo” que había pasado de cazar en solitario a convertirse en una influencia y referencia esencial. Canciones que no pasaban desapercibidas para bandas emergentes -más adelante canónicas en el rock and roll- que veían en ellas el ingrediente necesario para fertilizar sus carreras. 

Fue precisamente gracias a la admiración expresada por los Stones, con los que compartiría plató de televisión en una actuación, o los Yardbirds respecto a su obra lo que amainó las consecuencias de un cambio de ciclo, y el lógico deterioro comercial del blues en detrimento del rock o el pop, producido en los años sesenta. La llamada desde Europa por conocer y disfrutar in situ de quien firmaba algunas de las canciones idolatradas por esas nuevas bandas, le permitió embarcarse en el American Folk Blues Festival y poder recorrer ciudades del viejo continente. Un resurgimiento especialmente bien aprovechado en su caso acudiendo al amparo de la savia nueva, escoltándose de la escena psicodélica del momento en “The Howlin' Wolf Album” (un ejercicio que ya hizo, con mejor resultado, Muddy Waters en “Electric Mud”) o junto a inminentes luminarias como Eric Clapton Steve Winwood,Charlie Watts o Bill Wyman para dar forma a “The London Howlin' Wolf Sessions”. Conexión intergeneracional que no obviaba la necesidad de reivindicar el poder de unas viejas glorias obstinadas en no perder su trono, una defensa de su hegemonía representada en el álbum “The Super Super Blues Band”, confraternización dispuesta junto a Muddy Waters y Bo Diddley, Un tránsito de década, hacia los setenta, que lo hacía con varios infartos y unos castigados y maltrechos riñones pero todavía capaz de publicar discos con material nuevo tan estimables como “The Back Door Wolf”, o incluso realizar una actuación arrebatadora en el International Amphitheatre de Chicago, en la que tuvo que ser reanimado al terminar, escasos meses antes de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976. Un último escenario por el que también pasaron esa misma jornada B.B. King, Albert King,Luther Allison, y O. V. Wright, que sin saberlo habían oficiado un anticipado sepelio por ese gigante aullador.

Howlin' Wolf no fue un brillante instrumentista, ni con la guitarra ni soplando la harmónica, tampoco muchas de sus canciones llevaban su firma, pero posiblemente alguien con la salvaje atracción que era capaz de transmitir no lo necesitaba; él era el necesario e irreproducible epicentro del huracán que representaba su música. Casi dos metros de altura y más de 130 kilos que exhalaban un aullido que, en realidad, nunca dejó de ser la reproducción de aquel primer desconsolado llanto con el que un niño se preguntaba por qué el destino sigue ofreciendo al ser humano lugares y épocas equivocadas donde nacer.

Maria Iskariot: “Tocamos para canalizar todo lo que no podemos controlar”


Por: Javier González. 
Fotografías: Tina Lewis.

El punk flamenco tiene nombre de mujer, mucha mala baba y una capacidad innegable para facturar canciones que se meten bien dentro para impulsarte a pasar a la acción. Maria Iskariot acaban de debutar con su primer Lp, “Wereldwaan”, editado con sumo acierto por parte de nuestros paisanos de Montgrí, siempre ávidos por mejorar las prestaciones de una escudería que graba a parte de los mejores proyectos del ámbito estatal, alargando ahora sus tentáculos hasta la escena internacional para fichar a bandas de gran interés como esta que hoy nos ocupa. 

Fascinados ante el poder destructivo que contiene este huracán sonoro, capaz de pasar de la tempestad punk a la calma más arrebatadora en pocos segundos, nos hemos puesto en contacto con la banda para conocer más de cerca su propuesta. Cabe recordar que podremos volver a disfrutar en nuestro país de su directo en enero de 2026 en el marco de una mini gira que las llevará a recorrer alguna de las principales ciudades de la geografía estatal. Personalmente no se me ocurre una mejor forma de comenzar el año que acudiendo a una buena sala a disfrutar de esta absoluta maravilla que responde al nombre de Maria Iskariot.

¿Cómo os sentís en el seno de la banda tras la publicación de vuestro primer trabajo en formato Lp, “Wereldwaan”? 

Helena: Aliviada, algo intermedio entre dar a luz y defecar. Solo necesitaba salir, dar cabida a nuevas cosas. 

“Vivir en el siglo XXI supone estar atrapado entre diferentes realidades a través de una interminable serie de pantallas” 

Os debemos felicitar por la calidad del mismo, vuestro sonido es potente, rotundo y profundamente rabioso. ¿De dónde surge tanta energía a la hora de facturar canciones?

Helena: Tocamos música para canalizar todo lo que no podemos controlar. Y como hay mucho que no podemos controlar, hay mucha emoción. Nos adentramos en lo que es vivir en el siglo XXI: estar atrapado entre diferentes realidades a través de una interminable serie de pantallas: verlo todo como un dios, pero no poder hacer nada al respecto porque eres humano, limitado en el espacio y el tiempo. Aun así, puedes cambiar las cosas, pero la sobrecarga de sufrimiento a veces te hace creer que ni siquiera vale la pena intentarlo. 

“La música debe tener el poder de conmoverte” 

Una de las características que definen a la banda es que decidieron cantar en holandés en lugar de idiomas más internacionales como el inglés. ¿A qué se debe esto? ¿No les preocupa que esto pueda afectar el éxito comercial de la banda? 

Helena: No fue una decisión política consciente. El flamenco es nuestra lengua materna, así que simplemente surgió de forma natural. Sobre el éxito comercial: nunca esperamos poder ir al extranjero, simplemente no lo vimos como una posibilidad. Empiezas a hacer música porque te encanta, porque te hace sentir bien. Luego tocas con gente afín y te encanta aún más. El éxito comercial no era lo que pensábamos en primer lugar, el lugar donde tocaríamos no era nuestra mayor preocupación, lo que importaba era que pudiéramos tocar. Cambiar nuestras letras al inglés ahora no me parecería bien. Sería como una traición. Cuando tocamos en Bélgica o los Países Bajos, la gente no entiende del todo lo que canto, pero es normal, sobre todo con música más dura. No se supone que escuches como si estuvieras leyendo un libro; la música debe conmoverte. Se trata de la energía. Aun así, las letras importan mucho, y soy muy exigente con ellas. Cada palabra es importante. Así que solo espero que cuando la gente las escuche en casa o busque las letras, se les abra una nueva dimensión de Maria Iskariot. Traducir las letras no es un problema, pero deberías hacerlo tú mismo para crear tu propia realidad. Esto se debe a que las palabras en sí mismas tienen poder, la poesía es parte del lenguaje. Si traduces, te centras más en el significado y, por supuesto, pierdes la estética o el sentimiento. Estamos obsesionados con el significado, pero no todo gira en torno al significado. Saber esto y traducirlo tú mismo puede abrir una nueva ventana a tu imaginación. Y de eso se trata la poesía: de ti. Y de nosotros: de lo que te conecta con nosotros. Así que a veces pierdes, a veces ganas. 

“El nombre de Maria Iskariot señala la dualidad de estar vivo” 

Antes de continuar nos apetece tocar dos cuestiones. De un lado, nos ha llamado mucho el doble juego que plantea el nombre de la banda, Maria Iskariot, dos referencias claramente vinculadas con el universo cristiano. ¿A qué queríais hacer referencia al unir ambos términos? 

Helena: Señala la dualidad de estar vivo. Ser un santo pecador, ser un perdedor ganador. No hay vuelta atrás. 

“No soportamos la idea del simbolismo barato”

Por otra parte, sabemos que el proyecto está liderado por Helena Cazaerck, periodista, poeta y activista política. Actualmente, ¿sigue siendo un proyecto solista que se encumbre bajo el nombre de una banda, o podemos hablar ya de un proyecto consolidado como banda al cien por cien? 

Helena: Nos convertimos en una banda en vivo y así es exactamente como queríamos que sonara el álbum: como nosotros: cuatro niños tontos que quieren vivir una vida llena de aventuras y que no quieren trabajos aburridos. Hemos pasado tanto tiempo juntos, nos hemos convertido en un organismo con una visión compartida, pero aun así todos tenemos nuestras propias identidades, que se representan en la música a través de nuestras elecciones musicales. Queremos crear, queremos explorar, queremos crecer como seres humanos. Lo que estamos creando está vivo, crece y seguirá tomando diferentes formas. Lo más importante es que lo ames y que nos implique mutuamente: nos amamos en las buenas y en las malas. Además, no soy activista. Describirme como activista sería, de hecho, un insulto a los verdaderos activistas, a quienes admiro y respeto profundamente, como Greta Thunberg. Elegimos no ondear banderas en el escenario porque no soportamos la idea de cosechar dinero o fama con ello sin hacer un sacrificio real. No soportamos la idea del simbolismo barato y creemos que es contraproducente: demasiada acción simbólica reduce la presión, dando la idea de hacer algo bueno, sin que se cambie nada estructural. Hacemos música para canalizar lo que no podemos comprender; nos mantiene vivos y cuerdos, eso es todo. 

Habéis tocado en diferentes lugares de Europa durante más de cien noches. ¿De qué forma habéis utilizado toda esa experiencia a la hora de grabar “Wereldwaan”? 

Sybe: La energía y la crudeza que tenemos en esta banda definen quiénes somos, y a la gente pareció gustarle. Por eso nos pareció muy importante capturar esa energía y la esencia de la banda en este álbum, tal como lo hacemos en vivo. Al tocar tanto en vivo, nos hemos convertido en mucho más que una banda. Somos los mejores amigos y nos hemos convertido en una familia. Nos hemos vuelto tan cercanos que nos conocemos mejor que a nosotros mismos. Eso es lo que define nuestra música, el álbum que hicimos y todo lo que haremos en el futuro. 

A pesar de que no entendemos las letras, no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que habláis de un mundo en conflicto al que cantáis con una mezcla de desesperanza/esperanza y con una visión bastante crítica de la realidad social y política. ¿Nos hemos dejado alguna referencia por el camino? ¿Qué os ha impulsado a tocar estas temáticas tan concretas? 

Helena: Lo he comentado en la pregunta dos. Puede ser político o social; esa es la belleza de la poesía: la mantenemos abierta para ti, para que tengas espacio para descubrirte a ti mismo. Eso es lo que busco en cada canción. Intentamos expresarnos sin dominarte con significados preconcebidos. 

Es curioso, el trabajo está editado por una compañía de nuestro país como es Montgrí. ¿Cómo surgió la oportunidad de grabar para ellos? ¿Qué os ha seducido de su oferta para decantaros por su propuesta? 

Loeke: Para empezar, grabamos con Arjan Bogaert de Barefoot Recording Studio. Capturó a la perfección nuestros sonidos en directo, tal como queríamos. El estudio está en la campiña flamenca. Simbólicamente, es precioso pensar que la música que compusimos en nuestro salón y luego grabamos en la campiña, llegó a nuestros amigos españoles de Montgrí para ser impresa por ellos. Montgrí nos contactó después de un vídeo de Instagram de una sesión en directo de nuestra canción Leugenaar. Tras muchas videollamadas, finalmente conocimos a Gon y María de Montgrí en Torremolinos el verano pasado, cuando tocamos en Canela Party. Formamos una pareja perfecta. 

“Waaromdaarom” y “Dat Vind ik Lekeer” son dos auténtico temazos cargados de energía punk, que bien os podrían emparentar con otras jóvenes rockeras aguerridas como Lambrini Girls. ¿Está el punk volviendo a resurgir como forma de expresión para mujeres jóvenes con ganas de que las cosas cambien? 

Helena: Solo queremos jugar y vivir aventuras. Estamos inmensamente agradecidas por este tipo de apoyo. No nos estresa, porque hemos encontrado la manera de crear algo que no se basa en la perfección. El mundo está obsesionado con la perfección, el bótox y las tonterías de la vigilancia por todas partes. Y aun así: aquí estamos con nuestra belleza imperfecta, aplaudida por muchos. Es una bendición. Cómetelo, papi. 

“Me encantan Pixies, su energía, rareza y absurdo, todo ello combinado en canciones pegadizas y melódicas” 

“Rozemarijn” y “Zes Bekers” son temas que tienen una estructura muy cercana al universo sonoro de los Pixies, a quienes por cierto versionáis en “Tijm”. ¿Se trata de una banda que os haya servido como influencia? 

Helena: Es la primera banda de la que me enamoré y con la que me identifiqué de adolescente. Me encanta su energía, su rareza, su absurdo, todo ello combinado en canciones pegadizas y melodiosas. Sin duda, nos inspiraron a crear música cruda, enérgica, pero a la vez melódica. 

El disco se cierra con “Niets Gaat Verloren”, una canción sutil y delicada que rompe con la temática general del disco. ¿A qué se debe este hecho? ¿Era vuestra forma de demostrar que también sabéis ser sutiles y delicadas? 

Helena: En realidad, es una maqueta que grabamos cuando nos quedamos en casa de unos amigos para trabajar en nuestra música. Había un piano un poco torcido, y lo tocamos una vez; inmediatamente tuvo algo mágico. Decidimos incluirlo en el álbum así, porque para nosotros es como un abrazo, el cálido abrazo de la amistad después de un álbum lleno de desesperación. Queríamos terminar el álbum con alegría, cantando como idiotas, como niños tontos, dando a entender que el mundo es solo una estrella flotante en el espacio y que, al poner los problemas en perspectiva, es cuestión de elegir entre la comedia o la tragedia. 

Hace unos meses tuvimos la oportunidad de disfrutar de vuestro directo en Torremolinos, en el marco de un gran festival como es el Canela Party. ¿Qué os parece el público de nuestro país? ¿Qué valoración os merece un festival de este tipo?
 
Sybe: Fue una oportunidad increíble para nosotros tocar en este festival increíble en un lugar tan bonito. Era nuestra primera vez en España, así que es un poco pronto para decir cómo es el público, pero todos estaban bailando y saltando y nos sentimos muy bienvenidos. 

“Vamos allá donde haya alguien con ganas de escuchar punk flamenco” 

Sois una banda con vocación internacional, asentada cada vez más en Europa, donde comenzáis a contar con un público fiel. ¿Cómo se organizan las giras que implican recorrer tantos kilómetros fuera de vuestro país? 

Amanda: Tenemos un gran equipo trabajando entre bastidores que lo hace todo posible, y felicitaciones a nuestro increíble tour manager por mantenernos con vida. Para ser sinceros, probablemente hayamos visitado más gasolineras que locales, pero los kilómetros y la distancia no importan. Somos básicamente una gran familia y la furgoneta es nuestro hogar en la carretera, así que nos subimos y vamos a donde sea que haya alguien con ganas de escuchar punk flamenco. 

¿Qué otras bandas underground belgas nos recomendáis no perder de vista? 

Helena: No Prisoners es la nueva banda de algunos músicos conocidos de la legendaria banda belga Raketkanon. Cambiaron el metal por el punk, con un estilo sucio y conciertos explosivos. Descubre Machines are for weirdo’s y Kim Tank, los otros proyectos de Sybe. Debes escuchar Ao, banda belga que canta en portugués. Y también a Yummie Mouths, Lezard, Videotrauma, Guru Guru y Hickey Underworld. 

Muchas gracias por vuestro tiempo. Nos encanta vuestra música. 

Helena: ¡Gracias por tus bonitas preguntas!

Fernando Rubio: “Luzzy”


Por: Juanjo Frontera. 

Uno pudo llegar a pensar, en un pasado no muy remoto, que los discos en directo eran algo demodé. Pero, caray, estos tiempos parecen empeñados en demostrarnos que estábamos de lo más equivocado. Que sí Nick Cave, que sí Depeche Mode, que si los Radiadores y ahora también nuestro querido, nuestro queridísimo, Fernando Rubio. Y la verdad, precisamente por eso, porque es un músico tan, tan adorable, sobre todo en este formato, en el escenario donde se crece como un gigante, que precisamente él se empeñe en regalarnos un disco en directo, me parece la mejor de las noticias. 

Grabado en una noche de noviembre del año pasado (2024) en el marco del Cartagena Jazz Festival, o sea, en casa, este cedé (el músico humilde, lamentablemente, no puede permitirse otros formatos) muestra su espectáculo en el máximo nivel de esplendor. Como siempre ha merecido un músico que es excelencia pura. Tanto en su faceta de sideman (el disco está dedicado a la memoria del recientemente desaparecido Nacho Para en cuya Bantastic Fand, militó durante años), como en una carrera en solitario que ya cuenta con cuatro discazos y que, por tanto, merecía su correspondiente repaso. 

Y él se lo da (el repaso), a su público, como siempre: con esas maneras de honrado orfebre, de genio sin pretensiones de serlo que ofrece sus diamantes en envoltorio de caramelos. Pero un envoltorio de lujo, eso sí. El sonido del Salón de Actos del Centro Cultural Ramón Alfonso Luzzy de la ciudad murciana sin duda hizo justicia al sonido de una banda, los Inner Demons, que aquí estuvo especialmente pletórica. 

Desde el inicio, con un “Reborn again” que se recrea muy a gusto en su apertura, el repertorio es un diez sobre diez. En la mezcla que ha llegado al disco, la base instrumental está exquisita, permitiendo que la sedosa y cómplice voz de Fernando se explaye a través de maravillas pop como “It Ain’t over” o fabulosas revisitaciones del “Beast of burden” de los Stones. Por el camino, se mueven entre retazos de torch song (“Last Night I Dreamed of you”), coqueteos con el reggae (“Give what you don’t have”), lecciones de blues rock (“Get Down”), o plegarias al dios Dylan (“Cheap chinese guitar”), que dan fiel muestra de la talla del artista del que hablamos. Un gigante en piel de humilde (pero orgulloso) obrero de las seis cuerdas.

La cosa sigue. Y se arriesgan con más versiones, como el “Cry” del ahora tan celebrado músico de Nueva Orleans Jon Battiste, que representa, precisamente, el tipo de música americana que le gusta a Rubio: la que mezcla bien mezclado lo blanco y lo negro, sin necios distingos, sin tapujos. Lo demuestran “It won’t take too long”, el rescate de “Tides”, de su primer disco, la de nuevo blusera “Sad Sad Day”, la siempre infalible “Thank you for being there” o esa súper propina que se marcan con un “A town called malice” de The Jam, que cumple el dificilísimo reto de sonar a gloria, cuando eso, en cualquier otra voz que no sea la de Paul Weller, es normalmente misión imposible.

Con ella se cierra un disco en directo de esos que ya no se consideraban necesarios hace unos años y que ahora se han convertido en el más bonito de los souvenirs que uno compra a la salida de un concierto que le ha gustado mucho, como suele ser el caso en los de Fernando y su banda. Porque ahora la música rock, pop, o como quieran llamarla, vive, más que en ninguna otra época, en los escenarios. Es donde está más vigente, donde aún cuenta lo que tiene que contar. Y es más que justo que discos tan acertados como este dejen testimonio de ello.

Bob Weir, nos deja el hombre en la sombra de Grateful Dead


Por: Àlex Guimerà. 

De nuevo tenemos que lamentar la pérdida de un tótem de la música, pues el pasado día 10 nos dejaba el guitarrista californiano Bob Weir, tras perder su lucha contra el cáncer y los problemas respiratorios que arrastraba los últimos tiempos. Compañero del icónico Jerry Garcia al mando de los legendarios Grateful Dead, su modo de tocar la guitarra, a medio camino entre el rock y el jazz, definió el sonido único de su banda.

Nacido el 16 de octubre de 1947 en San Francisco, sus orígenes familiares se remontan a su adopción por parte de una fría familia acomodada de la ciudad y a su paso por distintas escuelas e internados. Aunque fue el encuentro con la guitarra lo que le cambió su vida, un instrumento que aprendió a dominar hasta que, a finales de 1963, con tan solo 16 años, conoció en Palo Alto a un joven y ya popular Jerry Garcia (famoso por su dominio del banjo), con quien empezó a tocar y formó The Warlocks. La banda más tarde cambiaría su nombre a Grateful Dead. El resto es historia.

Conocido como The Kid por su diferencia de edad con el resto de sus compañeros en los Dead, la pasión por tocar le llevó a abandonar su camino como estudiante y adentrarse en una juventud precoz marcada por el descubrimiento de las drogas y el sexo. En los sesenta entró en contacto con el colorido autobús de Ken Kesey y sus Merry Pranksters, quienes viajaban con el ácido a cuestas. Las fiestas, los primeros conciertos y la música psicodélica estuvieron definidos por los viajes lisérgicos. La vida en común en la casa de San Francisco, donde compartía habitación con el conductor del bus, el estrambótico Neal Cassady —figura que le influenció profundamente—, terminó de moldear su personalidad artística.

A finales de la década, con el auge de la escena californiana flower-power, llegó la grabación de sus primeros discos, como el homónimo debut "Grateful Dead" (1967), "Anthem of the Sun" (1968) o "Aoxomoxoa" (1969), perfilando un sonido enormemente influenciado por el jazz, con desarrollos instrumentales de los que la guitarra de Weir tenía gran parte de la culpa.

La relación con Jerry Garcia, a quien el protagonista veía como un hermano mayor, y con el resto de la banda (especialmente Bill Kreutzmann, Ron McKernan y Phil Lesh), a la que consideraba su auténtica familia, explica el por qué los Grateful Dead sean considerados una de las formaciones más longevas de la historia del rock, al mantener su formación original durante más de 30 años. El auténtico éxito, sin embargo, había llegado con la dupla de discos de 1970: "Workingman’s Dead" y "American Beauty", con los que la banda adoptó texturas folk, rock, blues y country. De esta etapa surgió un éxito impepinable como “Truckin’”, auténtico himno para los fans, escrito por el propio Weir.

El cambio de vida y la aceptación de la fama del joven Bob, así como su facilidad con las chicas —siendo el mayor reclamo de la banda para las groupies; sus compañeros se referían a él como “el guapo de la banda”— contrastaban con la situación de Jerry, quien nunca supo llevar bien la popularidad. Esto, unido al abuso de las drogas, le condujo a una vida cada vez más complicada. No obstante, la banda no detuvo ni la publicación de discos ni el incesante ritmo de conciertos (se calculan hasta 6.000), incluyendo uno al pie de las Pirámides de Egipto.

En 1987, con la publicación del disco "In the Dark" y del vídeo-single “Touch of Grey”, la situación se desbordó definitivamente. Durante los años posteriores, Grateful Dead se convirtieron en una de las bandas más famosas del rock, especialmente en Estados Unidos, llenando estadios y mitificando la figura de Jerry Garcia hasta equipararla a la de un dios en la Tierra, algo que el propio músico no supo gestionar. La relación de Weir con estos acontecimientos, así como la autodestrucción y posterior fallecimiento de su "hermano" y compañero, le llevaron a un profundo vacío existencial.

Afortunadamente, Bob formó una familia en 1999 junto a Natascha Münter, con quien tuvo dos hijas, y se reencontró con su padre biológico, lo que le aportaron una estabilidad que se ha reflejado en sus últimos años, en los que no ha dejado de ofrecer conciertos con bandas como The Dead y Dead & Company para preservar el legado de su mítica formación. Sin embargo también ha formado parte de otras agrupaciones musicales como Kingfish, RatDog y Bobby & The Midnights publicando discos con ellos y en solitario, destacando "Blue Mountain" de 2016 de claro corte country-folk. Por si fuera poco, no olvidemos que giró y grabó un disco junto al mismísimo Bob Dylan en 1989 (Dylan and the Dead), y que en 1994 entró en el Rock and Roll Hall of Fame en una emotiva gala de introducción.

Para profundizar en su vida, no os perdáis el documental titulado como la canción de 1968 escrita por el propio Weir, "The Other One" (el título completo del film es "The Other One: The Long Strange Trip of Bob Weir"), de 2014 y dirigido por Mike Fleiss. Un documental que repasa la vida de un tipo genial que escribió parte de la historia de una de las bandas de rock más interesantes que jamás hayan existido.

Especial David Bowie por el décimo aniversario de su fallecimiento


Por: Àlex Guimerà. 

Han pasado ya diez años desde que David Bowie nos dejó, y parece que fue ayer. No alcanzamos a poder describir y calificar lo que su figura supuso para la música y para el arte en general. Lo que si podemos afirmar es que fue uno de los mayores genios artísticos de nuestros tiempos, un cerebro sin igual para anticiparse en la evolución de la música, pero también un talento de las artes escénicas, la moda o el cine. 

Rockero referente para distintas generaciones y pionero de distintos géneros musicales, su visión para estar en la vanguardia sonora fue algo único. Además tuvo la magia de ser un músico que gustaba a todo el mundo, llegando a ser el favorito de gente con gustos musicales totalmente opuestos, lo que nos confirma que existieron distintos Bowies de diferentes sensibilidades. Por todo eso, desde aquí queremos repasar sus etapas, con sus distintas caras y discos en un pequeño repaso a la inabordable trayectoria de un tipo tan singular como a veces indescriptible. 

EL JOVEN MOD 

Sus primeros pasos en la música estuvieron ligados al saxofón, instrumento que comenzó a estudiar bajo la tutela de Ronnie Ross, un prestigioso músico de jazz de la época. Esta formación lo llevó a interesarse inicialmente por artistas como Charles Mingus y John Coltrane, pero también por el rockabilly de Chuck Berry, Elvis o Little Richard. Pronto pasó a formar parte de diferentes bandas, entre ellas The Konrads, The King Bees (que más tarde se convertirían en Davie Jones and the King Bees), Lower Third o The Riot Squad. Con el tiempo, el joven Davy Jones empezó a adquirir mayor protagonismo dentro de estas formaciones, impulsado por una marcada obsesión por alcanzar la fama. Esto lo llevó a adoptar el nombre artístico de David Bowie, con el fin de evitar confusiones con el cantante de The Monkees.

En ese momento, sus principales influencias procedían de las nuevas bandas británicas como The Beatles y The Rolling Stones, así como del Rhythm and Blues estadounidense. A su primer sencillo, “The Laughing Gnome”, le siguieron otros como “Rubber Band” o “The London Boys”. Sin embargo, no fue hasta 1967 cuando publicó su primer álbum de larga duración, homónimo, que pasó prácticamente desapercibido a pesar de estar repleto de canciones de pop británico con influencias del music hall y la psicodelia. 

EL CANTAUTOR FOLK ESPACIAL 

Viendo que su etapa de músico mod no iba a ninguna parte el joven Bowie se reinventó en un trovador folk con pintas hippies y letras que versaban sobre las conquistas del espacio. La canción "Space Oddity" rompió moldes y sigue sonando actual a pesar de los años, ya que es un perfecto reflejo de los sueños estelares de la humanidad. Un disco y un álbum con prominencia de las guitarras acústicas, las enseñanzas del folk de principios de los sesenta y la introducción de elementos de la psicodelia. De esa época es también otra de las canciones imprescindibles de su carrera como "The Man Who Sold The World", que tituló un disco en el que Bowie reunió a una banda de rock y en el que buscó acercarse al rock siendo la antesala de su salto hacia los sonidos glam.

ZIGGY STARDUST / ÉPOCA GLAM 

Sin duda ésta es su época dorada, o al menos una de ellas. El nacimiento de un subgénero fundamental del rock y de un movimiento cultural coincidió con el nacimiento de la estrella que fue David Bowie. Bajo los influjos de su amigo Marc Bolan, el definitivo abrazo del rock de nuestro protagonista vino acompañado de una estética provocadora y la ambigüedad sexual como bandera. Apoyado por una banda de lujo liderada por el virtuoso guitarrista Mick Ronson, el músico encontró un sonido impecable a la vez que potente y sobre todo una forma de expresarse que le permitió alcanzar el éxito que tanto se le había resistido a lo largo de los años.

De esta etapa tenemos discos como "Hunky Dory" que nació de la visita de Bowie a los EEUU y cuya portada andrógina escondía varios éxitos como "Changes" o la emotiva "Life On Mars?" y sendos temas dedicados a la Velvet Underground ("Queen Bitch"), Andy Warhol y a Bob Dylan.

Tras la fama del disco vino la transformación del cantante en su alter ego Ziggy Stardust y de su banda en The Spiders From Mars ( el propio Ronson, Trevor Bolder al bajo y Mick Woodmansey a la batería ) para publicar una auténtica obra magna. Un álbum conceptual que narra la historia de un extraterrestre bisexual que viene a la Tierra a salvarla. El disco, además, estaba pensado para su interpretación en directo para la que eligió cuidadosamente el maquillaje y la indumentaria. Las canciones venían influenciadas por los héroes del rock de Bowie como la Velvet, T. Rex o los Stooges, con temas imprescindibles en su carrera como "Starman", "Ziggy Stardust" o "Five Years" y una acogida de los jóvenes fans que encumbraron al músico en los altares del culto pop.

De esa época tenemos aún las grabaciones de los inigualables conciertos de la gira de Ziggy Stardust, sus apariciones en el Top Of The Pops, el single "John I' m Only Dancing" y las producciones de un Bowie tocado por los dioses en "All The Young Dudes" de Mott The Hopple y sobre todo en "Transformer" de Lou Reed.

Tras "matar" a Ziggy la vida continuó con otro superéxito "Aladin Sane", repleto de hits de glam rock como "Drive-In Saturday", "Let's Spend the Night Together" de los Stones y "The Jean Genie", con la icónica portada del retrato de Bowie con la cara pintada por un rayo azul y rojo. En aquel mismo año sacó a la venta "Pin Ups", un maravilloso compendio de versiones de temas favoritos de los sesenta del cantante remozados por su portentosa banda rock, temas de los Kinks, Who, Pink Floyd o Yardbirds que suenan a las mil maravillas. La etapa glam la cierra "Diamond Dogs" otro disco conceptual, en este caso basado en la novela de George Orwell "1984" con el éxito "Rebel Rebel" a bordo y una portada con el cantante mitad hombre mitad perro cuya exposición de los genitales caninos dio problemas con la censura. 

PLASTIC SOUL 

David Bowie puso fin a su época glam en 1974, cambiando de banda, yéndose de gira americana del "Diamnod Dogs" e instalándose en Los Angeles para impregnarse de la música negra. De este modo, en 1975 se fue a Filadelfia para gravar "Young Americans" un disco de clara influencia Soul, con críticas al american way of life y en el que se incluyó un tema coescrito con John Lennon "Fame", con la que consiguió su primer número uno en los EEUU. De esa época también son conocidos los desórdenes financieros, abusos con las drogas y controvertidas apariciones en los medios públicos. Con "Station To Station" Bowie hizo un giro hacia el funk sin olvidar el soul en un disco en el que creó otro alter ego "The Thin White Duke" y con el que volvió a girar por medio mundo.

TRILOGÍA BERLINESA 

Exhausto de los excesos de su etapa angelina, Bowie decidió refugiarse en el Berlín Oeste en plena Guerra Fría para impregnarse de las nuevas tendencias musicales y artísticas del momento e intentar, a la vez, desintoxicarse de su adicción a la cocaína. Además de compartir piso con Iggy Pop (a quien producirá dos discos) y descubrir a los padres de la electrónica Krakftwerk y Neu!, entabló amistad con el ex Roxy Music Brian Eno y con Robert Fripp (King Crimson), con quienes compartió visiones progresistas del rock. Bajo la producción del primero (también con presencia de Tony Visconti) registró tres formidables discos "Low", "Heroes" y "Lodger" que son conocidos como la "Trilogía Berlinesa". Con ellos giró hacia sonidos muy experimentales, oscuros, en los que abusaba (en el buen sentido) de los sintetizadores y los efectos electrónicos, añadiendo unas guitarras arrebatadoras a cargo del propio Robert Fripp. También pasó de los excesos del glam y del plastic soul a una austeridad y sobriedad compositiva con mirada hacia la música oriental (japonesa, árabe,..). El resultado lo encontramos en canciones como "Sound And Vision", "The Secret Life Of Arabia", "Look Back In Anger" o "Heroes" que se ha convertido en un auténtico himno intergeneracional. Entremedio una gira que dio lugar al disco "Stage". Berlín es, sin duda, una de las etapas cumbre de la carrera del londinense.

ART-ROCK 

Con un solo disco Bowie se puso a la delantera de los movimientos New wave que azotaron junto al punk el rock a finales de los setenta principios de los ochenta. Se trata de "Scary Monsters" (1980) con el que nuevamente se reinventó y alcanzó un sonido moderno a la vez que comercial. La novedad fue el uso de los sintetizadores y de unos rítmicos punteos de guitarra de Robert Fripp (también participó a la guitarra Pete Towshend). El tono teatral rescatado del glam junto con esa experimentación, vinieron acompañados de unos videoclips impactantes en los que los colores y las luces se difuminaban. En la exitosa "Ashes To Ashes" recuperaba al Major Tom de su primera época y comenzaba a cautivar a una juventud en una década en la que se convertiría uno de sus iconos.

SUPER ROCK STAR 

Con las notables ventas de "Scary Monsters" junto con su colaboración con Queen en el single "Under Pressure" en 1981, Bowie arrancó los ochenta siendo una auténtica celebridad. Pero sobre todo lo fue tras la publicación del disco "Let's Dance" (1983) y su eclosión con los tres singles despampanantes: la que titulaba el disco , "China Girl" prestada de su amigo Iggy y "Modern Love". El larga duración se convirtió en disco platino y en el más vendido de su carrera, situándolo como uno de los iconos de la época junto a Michael Jackson, Prince o Madonna. Con ese pop comercial bailable que marcaría la década y a sus jóvenes, el disco tuvo continuidad con "Tonight" (1984) en el que colaboraba una Tina Turner también en boga, y que promocionó con una larga gira y con impactantes videoclips y provocativas letras. Con mayor participación en el cine con películas como "Laberinto" o "Absolute Beginners", esta última apoyada por un sencillo de primera. De esta etapa también destaca la revisión de "Dancing In The Street" de Martha & The Vandellas que hizo con su reencontrado Mick Jagger, un video y una canción que arrasó comercialmente en 1985.

TIN MACHINE 

Para evitar la acomodación y el estancamiento de la fama de los 80, Bowie funda esta banda junto a Gabrels Reeves ( guitarra), Tony Sales ( bajo) y Sales Hunt (batería) estos dos últimos a quienes conoció por haber trabajado con ellos en el disco de Iggy Pop "Lust For Life" (77). Con dos discos en el mercado "Tin Machine" (89) y "Tin Machine II" (91), la banda ofrecía un rock americano politizado muy a la onda de la época. Guitarras rudas, letras afiladas y una potente sección rítmica. Según el propio Bowie la banda le impulsó hacia la década de los noventa.

EXPERIMENTACIÓN EN LOS 90 

Los 90 fueron para Bowie un periodo de descubrimiento de nuevos horizontes musicales y si se nos permite de pérdida de conexión con el gran público. Comenzando por "Black Tie White Noise" (93) de sonidos electrónicos (más Jazz, bases Hip-hoperas, ...), seguido por el indie de "Buddha Of Suburbia" (95) y el rock industrial de "Outside" (95) producido por Brian Eno y para el que se acompañó de los americanos NIN en su gira de promoción. Sin apenas descanso en 1997 repitió productor para gravar "Earthling", un disco con elementos de electrónica y de drum' n bass. La mente del genio no descansaba lo que plasmó en unos álbumes que merece la pena repescar.

LA VUELTA AL POP 

Con la entrada del nuevo milenio el genio quiso volver al pop lo que hizo de un modo maduro y elegante. Con el maravilloso "Heathen" (2002), además de significar la vuelta de Toni Visconi desde "Scary Montsers" - ya no le abandonaría en sus siguientes discos -, el cincuentón quiso tratar de modo críptico el tema del terrorismo post-11 s y la degradación de la humanidad. Sin apenas descanso sacó "Reality" que navegaba en la misma dirección y que vino acompañado de su última gran gira de conciertos. En esos discos, además, versionó a clásicos del rock como George Harrison, Neil Young, Jonathan Richman o los Pixies y colaboró con músicos como Dave Grohl y (otra vez) con Pete Towshend. 

FIN DE CARRERA Y EPITAFIO 

Después de diez años de silencio y gravado de forma clandestina apareció en 2013 "The Next Day" un disco que fue muy bien acogido y que llevaba de portada un collage con la del lejano "Heroes". En él, el Duque Blanco repescaba sus distintas sonoridades de sus etapas, reflexionaba sobre el paso del tiempo y la melancolía de mirar hacia atrás - recuerdos explícitos a su época berlinesa inclusive-. Un inteligente y ambicioso disco de rock hecho desde la vejez asumida de un mito que se mostraba cercano a la vez que algo oscuro y enigmático. Sin apenas descanso, y coincidiendo con su 69º cumpleaños nos llegó la publicación de "Blackstar" (2016) acompañado de unos enigmáticos videoclips y de un sonido electrónico, jazzistico y krautrock. Aunque sólo con su fallecimiento tres días después pudimos comprender que ese álbum se trataba de un auténtico canto del cisne con el que este Artista (con A mayúscula) se quiso despedir y afrontar su paso al otro estado. Lleno de pistas y elementos crípticos, su adiós discográfico fue su enésimo toque de genio yéndose de una forma memorable. 

LAS OTRAS CARAS DE BOWIE NO MUSICALES 

EL ACTOR CAMALEÓNICO 

La música de David Bowie siempre vino acompañada por su vertiente teatral y escénica, en especial en su época glam con su personaje Ziggy Stardust pero también con el payaso de "Ashes To Ashes"; mostrando una vis interpretativa en los conciertos a lo que añadió incontables y radicales cambios de look. Su interés por la interpretación le llevaron a finales de los sesenta a tomar clases con el profesor de teatro vanguardista Lindsay Kemp (quien más tarde diera clases a Kate Bush) aprendiendo arte dramático y mímica, que tanto usó en sus directos. Todo ello le llevó además a hacer cierta carrera en el cine en donde destacan papeles como Andy Warhol ("Basquiat"), Poncio Pilato ("La última tentación de Cristo"), un extraterrestre ("El hombre que cayó en la Tierra"), el Rey de los Goblins ("Dentro del Laberinto"), un vampiro ("El ansia")... Trabajando además con grandes directores como Christopher Nolan, Martin Scorcesse, David Lynch (en "Twin Peaks", la película) o "Tony Scott". 

Principales películas: 

- El hombre que cayó a la tierra (1976) 

- Feliz Navidad, Mr Lawrence (1983) 

- El ansia (1983) 

- Cuando llega la noche (1985) 

- Dentro del Laberinto (1986) 

- Absolute Beginners (1986) 

- La última tentación de Cristo (1988)

-  Zoolander (1991) 

- Encadenadamente tuya (1991) 

- Twin Peaks: el fuego camina conmigo (1992) 

- Basquiat (1996) 

- El secreto de Mr. Rice (2000) 

- El truco final (2006) 

EL PRODUCTOR DE ÉXITOS 

Otro de los grandes talentos de David Bowie estaba en los mandos de los estudios de producción. Si bien muchos de sus discos fueron producidos o coproducidos por él con la ayuda de su íntimo Toni Visconty (productor también de T. Rex), del alquimista Brian Eno (en su etapa de Berlin y en los 90), de Ken Scott (en la época glam) o en los 80 de Nile Rodgers (también de Madonna, Daft Punk o Duran Duran), también produjo discos para otros músicos relanzando sus carreras y ayudando a crear auténticas joyas del rock. Es el caso de los Mott The Hoople de Ian Hunter con "All The Young Dudes" para quienes compuso y cedió el homónimo tema de enorme éxito, en el mismo bendito año del Ziggy Stardust 1972. Un año después se encargó de mezclar el "Raw Power" de los Stooges por orden de la discográfica Columbia, quien quiso depurar el sonido de los de Detroit. Con su líder, Iggy Pop, volvió a los estudios en 1977 para producirle sus dos exitosos álbumes "The Idiot", "Lust For Life" y en 1987 para un disco menor "Blah Blah Blah". Con la Iguana además mantuvo una colaboración a lo largo de sus carreras cediéndose temas recíprocamente para sus álbumes.

Aunque si tenemos que destacar un trabajo tras los cristales de Bowie, este es in duda alguna el "Transformer" de Lou Reed, un disco total y una de los mejores tratados rock de los setenta que relanzó la carrera del neoyorquino tras la Velvet Underground. También en el bendito año 1972. 

EL AMANTE DE LA MODA Y DEL DISEÑO

La pasión de David por el diseño se remonta a la década de los 60, cuando estudió en la Escuela de Arte de Bromley de Londres, donde tuvo de profesor a Owen Frampton (padre del músico Peter Frampton), quien le introdujo en el arte moderno. En aquel centro, además, estudió tipografía y maquetado, lo que le ayudó a participar activamente en el diseño de las portadas de sus discos. Para ello colaboró con gente como George Underwood - amigo de infancia, responsable de que Bowie tuviera los ojos de distinto color, tras lanzarle una piedra -, Brian Duffy, el belga Guy Peellaert o en sus últimos discos con Jonathan Barnbrook. El resultado unas portadas, algunas de las cuales son auténticas referencias pop, y de las que Bowie tuvo mucho peso en su elección y diseño. Hablamos del rayo en la cara de "Aladdin Sane", el cómic de "Diamon Dogs", el expresionismo alemán de la fotografía de "Heroes" o el minimalismo simbólico y contemporáneo de "Blackstar". 

En el ámbito de la moda, Bowie siempre buscó rodearse de los diseñadores más vanguardistas y pioneros para avanzarse a las vestimentas de sus épocas. Ejemplo lo encontramos con su colaboración con Kansai Yamamoto cuando a principios de los setenta rompieron con la sastrería occidental en plena era glam, al introducir elementos de la vestimenta japonesa, la confusión de géneros e introducción de nuevos conceptos de color y de volumen. O cuando el sastre londinense Freddie Buretti, trabajó con Bowie en la confección de los trajes de la etapa del Thin White Duke, aportando una estética minimalista y de elegancia masculina reinterpretada. 

Bowie siempre estuvo atento a los avances de la moda, cuidó mucho su imagen y fue un asiduo a los desfiles de moda, siendo también modelo para muchas marcas. Pero sobre todo sus distintos estilos, sus reinvenciones y sus personajes han tenido un impacto muy importante en el mundo de la moda, lo que ha propiciado que algunos de sus trajes se hayan exhibido en los principales centros y museos de moda de todo el mundo.