Suzanne Vega, un pedacito de Nueva York


La Paloma, Barcelona (Festival Mil·leni). Sábado, 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà.

Hacía más de veinte años que no acudía a La Paloma, la mítica sala de conciertos y baile situada en pleno barrio del Raval de Barcelona. Fundada en 1903 (cerró en 2007 y reabrió hace apenas tres años), tiene la etiqueta de ser la discoteca más antigua de Europa. Es algo que uno puede comprobar viendo sus paredes y lámparas, pisando su suelo, y respirando ese entorno bucólico en el que a uno le viene en mente aquello de que “tiempos pasados siempre fueron mejores”. Pero estamos en el año 2026, y a pesar de que son malos tiempos para el mundo, aún nos queda ese refugio inexpugnable que es la cultura.

La cita en cuestión era la visita de la gran Suzanne Vega, quién venía a presentar su último disco del año pasado “Flying With Angels” y a repasar su cancionero clásico. Inmejorable plan para los amantes de la mejor canción de autor. Ahora tiene 66 años pero todos la recordamos cuando lo petó con su segundo álbum “Solitude Standing” (1987) con apenas 28 años, reviviendo la tradición de los sesenta y setenta de los cantautores en una época en la que los pop stars (llámense Madonna, Prince o Michael Jackson) cortaban la pana. Ella nos proponía un pop -folk cargado de poesía, dulces melodías y melancolía. Llegaron los Grammy, la fama y las giras por todo el mundo, pero ella nunca dejó de ser fiel a sí misma, a sus orígenes y a su arte. Han pasado los años y su carrera nos ha regalado coherencia y grandes momentos, y afortunadamente la tenemos en plena forma y capaz de seguir creando grandes canciones.

Es lo que sabía ese público de mediana edad que abarrotaba la sala para ver a la diva neoyorquina en plena acción. Y la verdad es que no defraudó lo más mínimo. Con un formato arriesgado en el que sólo se acompaña por el guitarrista irlandés Gerry Leonard - ojo que este tío también ha tocado con Laurie Anderson y Rufus Wainwright pero sobre todo tiene el mérito de ser el guitarrista de referencia de David Bowie de su última etapa – y puntualmente por la joven violonchelista Stephanie Winters; el directo funcionó muy bien y creó un ambiente que nos transportó a una sala del mismísimo Greenwich Village

Con una entrada en la que se puso el sombrero de copa, la cantante y su escudero abordaron “Marlene On The Wall” de su homónimo debut, a la que le siguieron otras como la experimental “99.fº”, la preciosa balada “Gypsy” dedicada a su primer amor de verano o esa oda al pacifismo que es “The Queen And The Soldier”; piezas lejanas y clásicas presentadas de buen comienzo para que “todo el público se quitara la ansiedad antes de tocar las nuevas”. Unas nuevas que acabaron apareciendo: la pieza que titula el último disco que trata sobre esos ángeles que nos ayudan y empujan a tener valor ante las adversidades y ese medio tiempo titulado “Speaker’s Corner” que defiende el derecho a expresarse y a la diversidad, en unos tiempos difíciles como los que vivimos con el dictatorial Donald Trump, al que quiso reprochar ante el fervor de la audiencia. 

La gala siguió elegante y misteriosa, con Suzanne ataviada con un traje chaqueta y una camisa de topos y alternando su guitarra acústica. A su lado Gerry con su mechón rojo y su look new wave abordando la guitarra eléctrica con grandes solos y llenando los espacios como si detrás hubiera una banda. También la joven Steph con un outfit muy ochentero a lo Cindy Lauper dando lecciones de cello. 

Uno observó que el acercamiento del concierto se repartió entre una parte inicial más íntima y, por decirlo de algún modo acústica, con otra parte central y final más aguerrida y rockera, electrizante quizás. Entre medio unos parlamentos de la Diva que dieron ese formato de Stroyteller tan propio de la vida cultural alternativa en la Gran Manzana. Con muchos momentos defendiéndose en castellano – nos recordó que la crió una abuela de Puerto Rico y que por eso habla el idioma – narró sus aventuras adolescentes, amoríos, su relación con la música de Leonard Cohen, su amistad con Lou Reed y su encuentro y charla con su ídolo Bob Dylan cuando le hizo de telonera. La calma que desprendía, la cercanía y el sentido del humor omnipresente, hicieron del encuentro un entorno mágico y especial.

Pero todo lo bueno se termina, algo que nos dimos cuenta cuando nos regaló la sensacional “Luka” con un primer verso cantado en castellano o cuando sonaron los sámplers de la archifamosa “Tom’s Diner”. Fueron el cierre antes del doble bis en el que se atrevió con una versión de ese retrato de los bajos fondos de su New York, “Walk On The Wild Side”, y cuando quiso que sonara ruido en el escenario gracias a “Blood Makes Noise”. El segundo bis, incialmente iba a ser una sola canción pero por insistencia de los fans añadió una memorable “In Liverpool”, el cierre no podía ser otra que “Rosemary” (tomillo en inglés) compuesta en tierras granadinas con la que busca dejarnos el aroma y el recuerdo de un concierto una vez apagadas las luces. ¡Mágica!

Los Berrinches: Catálogo de rock subterráneo


Sala Ambigú Axerquía de Córdoba. Sábado 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

De una reunión de amigos, improvisada y sin otras expectativas que las de pasárselo en grande tocando y gozando algunos de los clásicos subterráneos que ayudaron a construir las discotecas respectivas, proviene una banda circunstancial y atípica llamada Los Berrinches. No busquen discografía ni adelantos de futuros trabajos en Spotify, pues ni siquiera han pisado juntos un estudio de grabación ni intentado incursión alguna en ellos. Sin embargo, si repasan el historial de estos cinco magníficos del rock granadino verán que incluso salvan barreras generacionales y ocupan un espectro magnífico de influencias en las generaciones posteriores que han hecho, como hicieron ellos en su momento, a la capital nazarí el epicentro de un seísmo que aún hoy sacude a buena parte de la producción nacional. 

Hablamos de rock and roll, sí, pero podríamos igualmente hablar de estirpe, dedicación y entrega. Sólo por ver a Banin Fraile salirse del guion habitual que sigue cuando toca y graba con Los Planetas o se sumerge en las quebradizas aguas de la electrónica inteligente con Los Pilotos ya merecería la pena seguirles el rastro. Claro que si atendemos al lineup de la banda, nos topamos con la guitarra maestra de Juan Codorniú, artífice de algunas de las mejores páginas de la escena como teniente y mano derecha del capitán Antonio Arias en Lagartija Nick, después de romper esquemas y abrir afluentes con los añorados Valparaíso; o a Monago Tornado, responsable de mil noches de música y buenos alimentos al frente de otro imprescindible de la noche granadina, el Tornado Rock and Roll Club y mente preclara del punk underground como miembro fundador de Los Harakiri (si escuchan su primer y único disco entenderán por qué es un preciado objeto de deseo), secundado por Ángel Doblas otro pionero del punk local, y quienes recuerden a TNT también entenderán muchas cosas, al margen de su puntual participación como bajista en un tramo de la primera trayectoria de 091. Y si alguien aún no le ha puesto cara al enmascarado del fondo que suele tocar los tambores con Pelomono detrás del diminuto pero enorme Pedro de Dios, ahora tiene la ocasión de comprobar sus poderes a bigote y boina descubiertos. Se llama Antonio y siendo el más joven del lote impresiona su destreza, demostrada en proyectos puramente lúdicos como El Osombroso Y Sonriente Folk De Las Badlands y Los Primos, donde se adapta a los modos del blues, el folk y el rock de palos y piedras sin complejo alguno. Los currículos están sobre la mesa, ya sólo faltaba que el público de la sala Ambigú Axerquía viera y escuchara cómo juega sus cartas una super banda de estas características. Las bazas, es obvio decirlo, son casi siempre ganadoras sin necesidad de órdagos ni despistes improcedentes.

Desde la realeza psicodélica de mediados de los sesenta, revisada en “Reverberation” de los 13th Floor Elevators, hasta las maneras rock noventeras de Redd Kross en “Anna’s gone”, el abanico espacio-temporal de esta ilustre alineación se pasea en los prados lisérgicos transitados por Love en “7 and 7 seven is” o The Long Ryders en “I want you bad”. Para que las costuras punk de algunos de sus miembros queden en evidencia recurren al “Lonely boy” de los Sex Pistols o a una enfurecida “I wanna destroy you” que The Soft Boys arrimaron al power pop de Big Star (“September gurls”, por ejemplo, es otra titular indiscutible) y The Beat, con las guitarras echando fuego en “Don’t wait up for me”. Al festín añaden guindas a la sazón necesarias para entenderlo todo: “Can’t hardly wait” de The Replacements, “Surrender” de Cheap Trick, “Starry eyes” de The Records, “Father’s name is dad” de Fire –banda de dudosa localización en tiendas especializadas-, “Social end product” de The Bluestars o “Call off your dogs” de Droogs, otros que tal bailan. 

El menú suena coherente y condimentado con las mismas especias para el tramo menos subterráneo, protagonizado por “Femme fatale”, “Blood & roses”, “Russian roulette”, “Just what I needed”, “Modern love” y “Heaven” y sí, con los nombres de la Velvet Underground, The Smithereens, Lords Of The New Church, The Cars, David Bowie y The Psychedelic Furs subrayados en su agenda. Se podría escribir una enciclopedia con un set list como este, y Los Berrinches no necesitarían venderla puerta a puerta para quedarse sin existencias en el catálogo. Dejarían como fondo de stock otros artículos de lujo como “Motorbiking”, una joya de brillo eterno escondida en el decálogo del siempre minusvalorado Chris Spedding; el diamante bien pulido de “In the city”, extraído de los cajones abiertos de los imprescindibles The Jam; o un “Neat neat neat” contradictoriamente ensuciado por The Damned en su día. Ahí es nada, señoras y señores. 

Y podrían volver en cualquier momento si no fuera porque este, si nos atenemos a lo contado por ellos mismos, tiene todas las papeletas para convertirse en su último bolo, al menos a medio plazo. Demasiados frentes abiertos nunca deberían ser obstáculo para la diversión conjunta, y veremos si lo ocasional deja de estar reñido con lo habitual. En el escenario, la primavera sonaba igual de bien que lo hacía la primera vez que escuchamos cada una de estas canciones. La empatía con músicos como estos es una de los motivos de nuestro bienestar.

Suede: la gran remontada


Sala Razzmatazz, Barcelona (Cruïlla Hivern). Miércoles, 25 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Los fans del mejor pop teníamos aún reciente el paso de Morrissey por nuestro país y las buenas sensaciones que dejó en lo musical, dejando al margen el desplante a los seguidores valencianos que tanta polémica generó. Justo después llegaron a nuestras salas uno de sus herederos naturales en el liderazgo del pop británico: los londinenses Suede.

Sabíamos que en su concierto de Madrid, Brett Anderson había terminado muy justo de voz. Aun así, habían sacado adelante un setlist de 20 canciones, repasando sus dos últimos trabajos junto a sus éxitos más destacados. Para el concierto de Valencia, redujeron el repertorio a 17 temas, centrados en hits de sus cuatro primeros álbumes, con la inclusión de dos piezas del reciente “Antidepressants”.

Con esas dudas encarábamos la primera de las dos visitas de la banda a Barcelona este año - la segunda tendrá lugar el 9 de julio en el marco del Festival Cruïlla-. Así pues, si tienes la voz tocada y no puedes ofrecer un concierto completo, ¿qué haces? ¿Lo cancelas para recuperarte y continuar la gira? Ellos no son “Mozz”. ¿Aplazas? Complicado, con una gira europea apretadísima. Lo que finalmente sucedió el pasado día 25 fue que asistimos a una de las mejores remontadas musicales —permitid el símil deportivo— que uno es capaz de recordar. Porque Brett y los suyos (en realidad, Brett al frente) cogieron el toro por los cuernos y ofrecieron un concierto memorable, de los que permanecen durante mucho tiempo.

Desde las iniciales “Turn Off Your Brain and Yell” y “Antidepressants”, el directo estuvo cargado de energía pura, entusiasmo sincero y una vitalidad desbordante. Esas fueron, precisamente, las grandes virtudes del show. Pasará tiempo hasta que vuelva a asistir a un concierto con semejante intensidad. El nivel de profesionalidad, la entrega personal, la humildad y el respeto al público mostrados por Brett, unidos a su capacidad para movilizar y encender a la audiencia, son difíciles de encontrar. Tras leer este último año sus libros "Mañanas negras como el carbón" y "Tardes de persianas bajadas", donde el cantante se desnuda emocionalmente, su actuación logró robarme el corazón aún más, si cabe.

Pero vayamos al grano: además de Brett, el bajista Mat Osman, el batería Simon Gilbert, el guitarrista Richard Oakes y el teclista Neil Codling llevan tocando juntos desde 1996. Y se nota, porque el poderío y la coordinación musical rozan la excelencia, desde la contundente base rítmica hasta los solos electrizantes de Richard o los teclados portentosos de Neil.

Muy pronto se dejaron ver clásicos como “Trash”, que hizo saltar a los dos mil espectadores que llenaban la sala Razzmatazz (con entradas agotadas poco después de salir a la venta), galvanizados por un frontman que no dejaba de incitar al público: saltaba, bailaba, lanzaba el micrófono por los aires o se subía a los amplificadores. Con esa actitud mantuvo el pulso durante todo el concierto, pidiendo ayuda al público mientras la voz le fallaba y bajando hasta en cuatro ocasiones para cantar entre móviles y brazos alzados; recursos perfectos para sostener la efervescencia del bolo.

Así fueron cayendo “Animal Nitrate”, mientras agitaba el cable del micro como si fuera un látigo; “Filmstar”, coreada con fervor; una explosiva “Can’t Get Enough”; o la inesperada balada “Europe Is Our Playground”, single de "Sci-Fi Lullabies" (1998), aquel doble recopilatorio de caras B publicado tras el éxito del “Coming Up”, que demostraba la enorme capacidad de la banda para componer grandes canciones. Lo mismo que han vuelto a evidenciar en sus recientes y sorprendentes álbumes "Antidepressants" (2025) y "Autofiction" (2022), con temas como la potente “Personality Disorder”, la emotiva “She Still Leads Me On” —dedicada a la madre del cantante— o la preciosa “June Rain”.

Para la recta final, una cascada de hits: la melódica “Everything Will Flow”, las primerizas “So Young” (con su mítico “let’s chase the dragooon”) y “Metal Mickey”, antes de cerrar con el himno “Beautiful Ones”, que cantamos a escasos metros del vocalista, de nuevo perdido entre la multitud. En los bises, “Saturday Night” puso el broche, diluyéndose entre las voces de un público que empujó al cantante a cerrar el concierto por todo lo alto.

Miguel Ríos: mientras el cuerpo aguante


Sala Mozart del Auditorio, Zaragoza. Miércoles 25 de marzo de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 
Fotografía de cabecera: Samuel Algás. 

Ahora sí que sí. La última edición de Inverfest en Zaragoza, ya más que consolidada como referente en el calendario de invierno de la ciudad, llegó a su fin. Y lo hizo con uno de nuestros valores seguros. Miguel Ríos recalaba en la sala Mozart del auditorio maño para presentar su más reciente disco de título premonitorio, ese "Último Vals" que suena a recapitulación y despedida. Pero no solo venía a presentar sus nuevas canciones, también lo hacía para reencontrarse con un público fiel que, sin buscar una despedida con el músico granadino, sabe que cualquiera de estos conciertos puede ser una buena oportunidad para decirle adiós. Aunque no nos confundamos. Miguel Ríos no va a volver a decir que ésta es su última gira. Algo que ya dijo hace ahora quince años y, como ha podido comprobarse en varias ocasiones, no ha sido así. Miguel prefiere seguir en el ruedo y celebrar cada día, porque sobrepasar los ochenta sin abandonar el rock es en sí mismo una forma de encarar la vida con la mejor de las intenciones. Así que dejemos atrás las connotaciones que primero nos vienen a la cabeza al escuchar eso del "último vals" y permitamos que el rock and roll mande, ese que tan bien encabezó nuestro protagonista con su "Rock & Ríos" o "Rock en el Ruedo", por citar sólo algunos referentes ineludibles.

La presente gira, que arrancó en elegantes teatros de nuestra geografía en los últimos meses del pasado año, llegaba a Zaragoza suficientemente rodada, con una joven banda (entrada en años, sí, aunque es inevitable verla joven al rodear al gigante granadino) de actitud desprejuiciada y virtuosos de los ritmos negros que unen blues y rock. Los "Black Betty Boys", dirigidos por el siempre solvente José Nortes, fueron de menos a más, siempre con buen tino y certeras formas, aunque en esta ocasión, el sonido de la excelente sala del auditorio no fuera el más acertado, por lo que nos perdimos algunos matices que quedaron emborronados por momentos al rebotar entre las majestuosas paredes, más habituadas a las grandes orquestas que a las bandas apoyadas en unos cuantos watios de más. La voz de Miguel también se vio perjudicada por este efecto que opacó el sonido en gran parte de la noche, pero a pesar de ello se impuso su buen hacer y sus infinitas tablas, que consiguieron no enturbiar la velada mucho más allá del tibio arranque de la mano de "Bienvenidos".

Las canciones fueron casi tan protagonistas como los soliloquios a tenor de las mismas. Ríos se mostró muy suelto con las palabras, entre las que no faltaron ni críticas a la nueva política y el sinsentido de la guerra, ni proclamas ecologistas, sin olvidarse de los recuerdos de sus inicios o sus momentos más explosivos con aquel lleno en la Romareda que asustó a más de uno por ser conscientes en ese mismo momento del tiempo transcurrido. Pero no estábamos reunidos para traer con nosotros a la nostalgia. El concierto era la mejor excusa para celebrar que estábamos vivos (a pesar de los dolores repartidos por todos los huesos) y para disfrutar de la gracia del rock and roll, bien en sus formas más clásicas o vestido de blues o swing si la ocasión lo necesitaba. Y es que con una banda tan versátil como la que rodea al maestro (en varias ocasiones cambiaron sus instrumentos sin perder una pizca de solvencia) todo es mucho más fácil. 

Entre los temas que fueron sucediéndose dominó un claro repaso al cancionero que mejor ha definido al rockero más veterano de la piel de toro junto con alguna perla más reciente que convivió sin dificultades entre los clásicos. La emotiva "Oro irlandés" fue un buen ejemplo de ello, al igual que "Si pudiera parar el tiempo", donde inevitablemente a todos nos vino a la mente el paso inexorable de las agujas del reloj que pesan, pero de las que aún podemos sacar momentos irrepetibles, como el de esta misma velada descrita. Porque sabemos que junto a Miguel Ríos nos quedan menos momentos de los que podamos esperar (una vez celebrados los cuarenta años del "Rock & Ríos" no se puede subir mucho más), pero no por ello menos intensos.

No faltaron tampoco algunos de sus clásicos más serenos (para los que se acompañó de una butaca en la que descansar) como "No estás sola", "Vuelvo a Granada" o "El Río", en los que el público se entregó, pero junto a estos hubo otros menos esperados e igual de oportunos como "No es la tierra, estúpido, eres tú" o "Todo a pulmón", en la que Miguel nos regaló la mejor interpretación vocal de la noche. Con las premonitorias "Año 2000" y "Generación Límite" volvió a demostrar que fue un adelantado a su tiempo, encajando de forma inapelable después de tantos años habiendo cruzado el umbral del siglo XXI. Y una vez más nos invitó a vivir durante unos minutos la experiencia de vivir en la carretera (algo que claramente le tiene enganchado) con "El Blues del Autobús", en la que se sumó a la banda Ramón Arroyo de Los Secretos, mostrando otro punto de veteranía y buen hacer con su guitarra en el escenario.

A pesar de que Luis Prado, teclista de la banda, tomara las riendas vocales para dejar descansar por un momento a Miguel interpretando la irónica "Estoy gordo", el concierto estaba llegando a su recta final, que afrontarían en un gran crescendo guitarrero tomando prestada "Insurrección", del Último de la Fila, o el clásico de Moris, "Sábado a la noche". Entre éstas, las más vertiginosas "Los viejos rockeros nunca mueren", "Rock and Roll Boomerang" o "El rock de la cárcel" encadenadas pusieron a todo el mundo en pie. Ya solo quedaba despedirse por todo lo alto con una de sus canciones más logradas y celebradas, la eterna "Santa Lucía", junto a ese broche de oro antibelicista que fue "Himno a la alegría". Una composición eterna que trasciende todos los tiempos que esta vez estuvo precedida de esa plegaria (llamada sencillamente "Oración") escrita por Luis García Montero y convertida en canción por el propio Miguel Ríos hace más de veinte años, que nos puso a todos el corazón en un puño. La mejor forma de cerrar una noche para atesorar entre nuestros recuerdos más vívidos del rock.

No sabría decir si esto fue una despedida o simplemente un hasta luego, pero nos dejó a todos más que satisfechos por presenciar un encuentro más con un músico que no ha perdido ni un ápice de su carisma. Un músico por el que por supuesto que pasan los años, pero no pesan. Porque su eterno espíritu combativo no descansa, pide más cuerda y sigue haciendo única cada canción que afronta con la intención que nació en aquella lejana noche de verano y que aún a día de hoy sigue presente entre nosotros por muchas noches más. No es momento de concedernos el último baile mientras la fuerza del mismísimo Chuck Berry siga fluyendo por sus venas y, afortunadamente, como dice en su canción, "mientras el cuerpo aguante y el swing arda por dentro" parece que el jefe no tiene intención de echar el cierre al garito.

Antoni Gorgues, celebrando 30 años de la discográfica Guerssen: “No hay una banda más representativa del underground estatal que Los Negativos”


Por: Javier González. 

Mañana la ciudad de Lleida se convertirá con toda justicia en la capital underground de nuestro país. Una jornada de lo más completa donde la discográfica Guerssen conmemorará sus treinta años de existencia presentando en sociedad en el Museu Morera la reedición de “Piknik Caleidoscópico”, el mítico álbum de Los Negativos, aprovechando la ocasión para mantener un distendido coloquio en el que repasarán la historia y evolución del sello a los largo de estas tres décadas en la que contarán con la presencia del periodista Álex Oró

Tras la charla tendrá lugar la proyección del documental “Los Negativos: Graduados en Underground” que gira alrededor de la trayectoria de la señera banda catalana, dejando el plato fuerte para la noche en el Café del Teatre donde el propio grupo repasará las canciones de su álbum más emblemático, arropados por un trio de cuerda en lo que se antoja como una velada para el recuerdo. 

A toda velocidad contactamos con Antonio Gorgues, fundador del sello, quien nos acerca a lo que han sido treinta años llenos de trabajo, investigación y sueños hechos realidad, demostrando que para que la realidad se convierte en algo más amable a veces solamente se necesita una idea loca y grandes dosis de pasión, elementos que acaban por convertir al idealista de turno en un auténtico “graduado en underground”. 

Me apetece empezar esta entrevista felicitándote por la titánica tarea de llevar 30 años en un sector como el musical, capitaneando una compañía independiente como “Guerssen” que siempre ha mirado a géneros que podríamos calificar como no mayoritarios. ¿En qué momento y de qué forma se te ocurre la idea de dar vida a un proyecto de esta índole? 

Antoni: Se me ocurre cuando era muy joven, tenía 24 años y una trayectoria laboral extensa, ya que comencé a trabajar muy joven. Rápidamente me di cuenta que quería trabajar en algo que me gustara: la música y los discos. Me tiré de cabeza, sin pensarlo demasiado, más como una ilusión en un momento concreto donde no tenía responsabilidades y funcionó. 

En esos primeros tiempos, donde la presencia de Internet no estaba tan generalizada como hoy día. ¿Cómo era el modus operandi para dar a conocer vuestro catálogo? ¿De qué forma comenzaste a tejer una red para entrar en contacto con posibles compradores y tiendas especializadas? 

Antoni: Casi era preinternet, puesto que casi nadie tenía ordenador personal en casa. En principio me aproveché de los contactos que tenía, formaba parte de una activa escena europea de revival sixties. Conocía a mucha gente afín, sellos con directrices similares. A través de dichos contactos y de compra por correo, mediante catálogo impreso en papel, hacía ventas y cambios con gente de otros países. 

“Todo nuestro catálogo consiste en reeditar discos oscuros y antiguos” 

Toda esta aventura comienza en Lleida, que, con todo el respeto del mundo, no es una de las grandes factorías de la música de nuestro país. ¿Hasta qué punto consideras que un proyecto de una ciudad que no es Barcelona, Madrid, Sevilla o Bilbao, tiene más complicado salir adelante? 

Antoni: Puede resultar chocante que desde Lleida acabemos construyendo este catálogo y compañía tan específica. Francamente, Barcelona y Madrid tienen algunas ventajas, buena parte de la industria se concentra allí; quizás en otras ciudades citadas tienes las mismas oportunidad que nosotros desde Lleida, teniendo en cuenta que no trabajamos con artistas nuevos. Prácticamente, todo nuestro catálogo consiste en reeditar discos oscuros, antiguos, algo que da igual desde dónde se haga. Puede parecer chocante, pero podría hacerlo desde una aldea perdida en el Pirineo. 

“Hacer reediciones es ir directamente a la música original de lo que me ha gustado toda la vida” 

La compañía comenzó lanzando álbumes de bandas jóvenes cercanas a tu entorno y con el paso del tiempo se centró en cuidadas reediciones, como la última que habéis llevado a cabo con “Piknik Caleidoscópico” de Los Negativos, de la que luego hablaremos. ¿Cuál fue el motivo de tal evolución en vuestra propuesta? 

Antoni:
No sé si hay una explicación demasiado clara, simplemente al principio lo que tenía a mano y me gustaba. Eran grupos de gente conocida, amigos míos, que hacían música inspirada en los años sesenta, que fue lo que empecé editando. Una vez te vas introduciendo más en el sector, ves las posibilidades de recuperar algún catálogo antiguo y ampliar el foco del negocio. Además, ciertamente, hacer reediciones es ir directamente a la música original de lo que me ha gustado toda la vida, lo que hace más atractivo todo. Tampoco hemos tenido un departamento de promoción, como tal, para artistas nuevos, así que la reedición es una cosa que me resulta cómoda. Con las bandas nuevas que me puedan gustar trato de ayudarles a buscar un sello adecuado que les pueda promocionar mejor. 

“Nuestra labor es detectivesca, tiene gracia y un gran desgaste” 

¿De qué forma seleccionas el catálogo que crees puede ser de interés para reeditar? ¿Cómo accedes a los derechos del mismo? 

Antoni: Para seleccionar o preseleccionar lo que nos gustaría reeditar, nos basamos en los gustos personales de Álex Carretero, mi mano derecha en el sello, y míos. A partir de nuestros conocimientos de décadas de escucha de muchísima música que va desde mediados de los sesenta hasta los ochenta. Buscamos que las reediciones tengan un sentido, ya sea llevar muchos años sin disponer de las mismas físicamente, ya sea porque nunca se editó y creemos que es necesario que las grabaciones sean escuchadas para tener reconocimiento. Siempre dentro de estilos que estén en nuestra dinámica habitual, la cual se ha ido ampliando. La base de nuestro catalogo es la psicodelia, pero hemos ampliado hacia folk-rock, rock latino, progresivo, garaje, música oriental con cosas de Irán y Afganistán, en clave occidentalizada. Buscamos lo que nos motive y tenga sentido comercial y artístico. Para acceder a los derechos de autor hay casos diversos, como en el The Hollies que son propiedad de una multinacional, pues nos dirigimos a ellos. En otros casos los sellos no existen ya, hay que llevar a cabo una labor de investigación exhausta. Tenemos una red de colaboradores, además de la facilidad que da Internet, que nos ayudan a localizar nuevas grabaciones y a propietarios de los derechos, en algunos casos, hijos de productores. Es una labor detectivesca que tiene gracia y un gran desgaste. 

El mismo abarca desde grandes nombres internacionales como The Hollies, propuestas realmente exóticas de países de lo más diverso hasta reediciones de clásicos de aquí Màquina o Eduardo Bort. ¿Qué es lo que suele tener mayor interés por parte del público? 

Antoni: Lo que más funciona estilísticamente es la psicodelia, aunque ha habido cambios de tendencia en estos años. Hace quince o veinte tuvo tirón el folk, luego vino el hard-rock de los setenta y el protometal, algo que se mantiene hasta ahora. “Nuestras reediciones cuidan no solo las canciones, también la carpeta, la información y las fotos, aportando un contexto histórico” 

Vuestra andadura arranca en un momento donde los vinilos eran los grandes olvidados de las colecciones discográficas. ¿Cuál es el secreto para aguantar tres décadas en un sector donde las crisis se suceden sin solución de continuidad? ¿Qué os parece el actual boom del mismo en los últimos años? 

Antoni: El secreto no sé si existe, pero tengo claro que cuando trabajas en lo que te gusta, las cosas tienden a salir bien con esfuerzo y una pizca de suerte siempre necesaria. Hay mucha dedicación y amor detrás, el que dedicamos a las ediciones en formato físico para que el público esté satisfecho con ellas. Tratamos que sean definitivas, trabajamos no solo los archivos de audio, las canciones en sí, también la carpeta, información y fotos, poniendo todo en un contexto histórico que aporta una riqueza añadida. 

De entre todas vuestras ediciones, ¿cuál crees que ha sido la más extraña y arriesgada? Y por contrario, ¿cuál ha sido la que más rédito os ha dado? 

Antoni: Muchas, por suerte no hemos perdido la ilusión por sacar discos, aunque sepamos que van a ser un fiasco comercial. Recuerdo cuando editamos al Grup Stell, una banda catalana de los primeros setenta, editaron unas grabaciones en onda folk-psicodélica con canciones de navidad catalanas con varios temas tradicionales increíbles, llenas de wah-wah. Sabíamos que no se iba a vender, pero estamos muy orgullosos de haberlo editado. Habría más ejemplos, pero hay ochocientas referencias a citar. Nuestro súper ventas son los británicos Wicked Lady, explotados desde hace quince años y no paramos de vender, sobrepasamos las 10.000 copias en vinilo y cd. Es nuestro “greatest hits”. 

¿Qué canciones de vuestro catálogo han sido solicitadas por series y películas de renombre? ¿En qué consiste ese proceso, desconocido por gran parte del público? 

Antoni: Respecto a la sincronización, licencias para anuncios y televisión, hemos puesto canciones de Wicked Lady en “Narcos”, The Optic Nerve en “Fargo”, Paul Martin en la última de Marvel con “Yours is the Life”. Fuera de la sincronización, Travis Scott y Drake han sampleado canciones de nuestro catálogo, producciones que ponen a tus artistas en otro nivel. También vamos a estrenar la semana que viene a los paraguayos Iodi en un anuncio de Calvin Klein. 

Celebráis vuestros 30 años en activo con la reedición de un disco mítico como “Piknik Caleidoscópico” de una bandaza como Los Negativos, referencia que por cierto anda cumpliendo en estos meses 40 años desde su puesta a la venta. ¿Por qué precisamente esa obra que ha contando con otras reediciones hace no demasiados años? ¿Qué significan Los Negativos en nuestro underground? 

Antoni: No hay grupo que me represente más dentro del underground estatal que Los Negativos, además me traslada a mi juventud, cuando arranqué con el sello. “Piknik Caleidoscópico” es de los mejores discos en lengua castellana sin lugar a dudas. Se reedito hace veinte años, que ya hace tiempo, pero ya no está disponible. Queríamos darle otro trato a la edición, en aquella había “bonus track”, cosa que no nos gusta, ya preferimos incluir esas canciones en otro tipo de de ediciones. Buscábamos dar el trato de Guerssen que llamamos nosotros, haciendo la edición según nuestros estándar, para sentirnos orgullosos por ello. A fin de cuentas, Los Negativos y Guerssen se tenían que encontrar en algún punto del camino, cosa de la que estoy orgulloso. No los cambio por ningún otro. Sin embargo, creo que la celebración irá más allá. 

Otro de los puntos fuertes de la efeméride será una cuidada edición de una serie de singles que harán las delicias de muchos buenos aficionados. ¿Puedes contarnos un poquito más de esta parte del festejo? 

Antoni: Para conmemorar el aniversario decidimos sacar unos quince singles y 4 Lps. Ediciones especiales todas ellas limitadas, menos las de Los Negativos. Incluyen rarezas varias, canciones del catálogo que nunca fueron singles. Es muy variado, va de los sesenta a los ochenta, abarcando nuestro radio de acción. Vamos a sacar un single compartido por dos bandas de Zambia que son una pasada de rock psicodélico con guitarras salvajes. 

Y para rematar mañana día 28 de marzo tenéis una fiesta con exposición y charla sobre la historia del sello, que tendrá como colofón una actuación por parte de Los Negativos. ¿De qué forma se llevará a cabo? ¿Dónde tendrá lugar y cuáles serán los horarios de esta cita? 

Antoni: El sábado hacemos un pequeño festejo en Lleida, arrancará a las cinco de la tarde en el Museu Morera. Allí habrá una charla donde participaremos mi compañero Álex Carretero y yo, como fundador del sello, también Marc Argenté, nuestro grafista y diseñador de cabecera, que tocaba en nuestra primera referencia con The Flashback Five, y Víctor López, desde Barcelona, auténtico graduado en underground, al que Los Negativos le dedicaron con tal título el mítico tema, es un gran seguidor de nuestra labor en Guerssen. Y contaremos con Álex Oró, periodista y biógrafo de Los Negativos, hablaremos sobre la historia del grupo y después en el mismo espacio proyectaremos el documental de Los Negativos, “Graduados en Underground”. Para cerrar habrá un concierto único de la banda en el Café del Teatre con un show único, interpretarán de pe a pa el “Piknik Caleidoscópico” arropados por un trio de cuerda añadidos en las canciones que más se presenten para esos arreglos en su repertorio. Es una ocasión que no se volverá a repetir, de ahí su carácter único. 

A pesar de que os pillemos en plena celebración. ¿Por dónde pasa el presente más inmediato de Guerssen? ¿En qué andáis trabajando en estos momentos?

Antoni: Somos unos cuantos trabajando y remando a favor de obra, tenemos múltiples frentes abiertos. En edición siempre tenemos treinta proyectos abiertos, buscando nuevo material y descubriendo. Vamos a poner en circulación rock de Uzbekistán de los años 70 y un álbum de una banda de instituto de los años sesenta, una salvajada de rock psicodélico. Seguiremos disfrutando de la aventura, básicamente es nuestro plan.

Ilustres Principales: Nueva Tragedia


¿A quién se le ocurre montar una nueva banda de rock en estos tiempos urgentes, hiperdigitalizados e individualistas? Miguel Marcos y Pablo Valero han convertido esa pregunta en el debut homónimo de Nueva Tragedia. Un álbum que reúne nueve canciones que funcionan como un mapa emocional que dialoga con el ruido contemporáneo, la cultura pop y la rutina líquida de nuestros días.

Los cinco singles publicados hasta ahora, “Diazepam y rosas”, “Nuevas formas, viejas ideas”, “Dramaturgia, corazón”, “Devuélveme Berlín” y “La cara B del amor”, ya habían definido una identidad clara, guitarras, bajo, batería y sintetizadores con mucha rabia, que van del pop a la electrónica, del Berlín nocturno al amor doméstico, de la ansiedad a la pista de baile, de la escritura irónica, crítica y retorcida a la nostalgia como forma de vida.

El universo del disco se amplía con nuevas composiciones: en “Mitología pop” y “Pretérito imperfecto”, ambas con la colaboración de la cantante Nat Simons, el imaginario cultural del siglo XX y XXI se convierte en inventario emocional, ídolos, mitos y símbolos contemporáneos para recordarnos que todo lo que amamos lo perdemos, tarde o temprano. A ellas, se les unen “Paraíso Low Cost” que disecciona el capitalismo afectivo y la felicidad impostada con un estribillo luminoso y afilado, y “Ostinato en Abisinia”, que se adentra en la memoria, la cancelación y la identidad desde una narrativa más oscura y obsesiva, donde el spoken word y la electrónica buscan nuevos caminos compositivos.

Co-producido por Luca Petricca, el álbum consolida el sonido de Nueva Tragedia con una producción precisa y atmosférica. En definitiva, nueve piezas que capturan el ruido, la furia y la emoción de nuestra época. Lejos de resignarse, deciden bailar en medio de la tragedia contemporánea: intensa, irónica y absolutamente irresistible.

Suede, apoteosis colectiva frente a las adversidades


Sala La Riviera, Madrid. Lunes, 23 de marzo del 2026. 

Texto: Roboomusic
Fotografías: Jorge Bravo Crespo.

Lo de Suede en La Riviera de Madrid es una de esas cosas que se te quedan pegadas para siempre. No fue un concierto perfecto —los problemas vocales de Brett Anderson, derivados de una infección reciente, estaban ahí—, pero sí fue una de esas noches en las que la actitud lo compensa todo. Y cuando el público entra en ese juego, ya no hay vuelta atrás. La noche arrancó fuerte: la banda bajándose de una furgoneta y cruzándose conmigo. Tipos altos, elegantes, con esa presencia de quien lleva décadas en esto sin perder el estilo.

Luego, los teloneros, Swim School, soltando un shoegaze denso y con carácter. Y aquí un detalle que me encantó: Neil Codling estaba en la mesa de mezclas, cantando los temas con total complicidad, disfrutándolo como un fan más. Y ese buen rollo era mutuo: la jovencísima Alice Johnson hizo lo propio durante todo el concierto de Suede, en el mismo sitio, siguiéndolo con la misma entrega. Y entonces, sí. Empieza "Disintegrate". Esa intro electrónica engañosa —de las que me gustan— y de repente, explosión. Luces, escenario mínimo y ellos plantados ahí. No necesitan más. Es crudo, directo. 

El setlist puso bastante énfasis en sus dos últimos discos, "Antidepressants" y "Autofiction", y con razón: excelentes trabajos que demuestran que la banda sigue muy viva. Pero por supuesto no faltaron los clásicos: temas de su debut "Suede", junto a "Coming Up" o "Head Music". También hubo un tramo más calmado, más para fans de fondo, con temas del "Night Thoughts" y "Bloodsports". Solo me dolió una cosa: apenas una canción de mi disco favorito “Dog Man Star”. Pero qué canción. "The Wild Ones". Brett y Richard Oakes solos, en acústico. Y ahí no hubo silencio: el público también la cantó con él, de principio a fin, con una intensidad que ponía la piel de gallina. 

Y el cierre fue otra historia. "Dancing with the Europeans", con Brett ya sin voz, literalmente al límite. Y ahí el público hizo de red: cantando todo, sosteniendo el tema, empujando para que llegara hasta el final. Fue de esos momentos en los que el concierto deja de ser solo de la banda. Detrás de la figura de su cantante, el resto de banda se mostró impecable: Mat Osman juguetón al bajo, Simon Gilbert como un motor sin freno, el infravalorado Neil Codling —clave con sus arreglos puntuales pero gigantes, elevando los temas sin hacer ruido—, y un Richard Oakes totalmente metido, variando guitarras constantemente, pasando de texturas limpias a capas más densas y psicodélicas con una naturalidad brutal. 

He visto a Suede en mejor forma —Tomavistas 2022, sin ir más lejos—, con mejor voz y un setlist más a mi gusto. Pero esto fue otra cosa. Ver a un cantante hacer el show que le toca, lanzando y liándose con el cable del micro, saltando, bajando y mezclado con el público, bailando con todas sus ganas y sobre todo, pelear contra su propia voz y ganar el concierto a base de actitud… con el público empujando cada segundo, es algo que se queda. Los volveré a ver si vienen, porque Suede no me cansan nunca.