Por: J.J. Caballero.
En la discografía de un músico de tan largo recorrido y prestaciones tan amplias como James Hunter hay hueco para diversos géneros, todos ellos afiliados a la misma causa, que no es otra que la de las canciones con sangre negra en las venas y borbotones de emoción en las estrofas. Cada uno de sus discos se torna un pequeño tratado de blues, soul e incluso jazz, pues apelaciones históricas a cada uno de dichos géneros hay de sobra esparcidas en cada nueva entrega, que no es sino otro regalo. En este estupendo “Off the fence”, además, recurre a la compañía de viejos maestros, más bien jefes del pasado, que le facilitan y amplían una labor en la que es un consumado experto. Van Morrison, para el que el propio Hunter trabajó como músico de sesión y de directo durante varios años, lleva la voz cantante en “Ain’t that a trip”, y es seguramente uno de los momentos álgidos de un conjunto lleno de ellos.
Ahora el cabecilla de esta banda de seis compinches perfectamente compenetrados se vincula a la música latina, más específicamente al mambo, en un tema sorprendente y riquísimo titulado “Two birds one stone”, sin ser esta la única ocasión en que los afluentes del género, léase el cha cha chá entre otros riachuelos de idéntica profundidad, inundan las composiciones recientes del británico. Puede que sea por su tendencia innata al romanticismo escéptico, el que emana de “Here and now”, o su maestría como retratista del desamor más puro, extraída de las líneas de “Let me out of this love”, sendos capítulos de melancolía en los que situar una de las claves de su estilo.
En los medios tiempos exquisitos parecen radicar algunos de sus secretos, más explícitos en el sonido añejo y las raíces rhythm and blues que planean el grueso de su producción. Así, nos topamos con la arquetípica “Gun shy”, de ritmo trepidante y avasallador, o con el reposo jazzístico de “Particular”, y descubrimos varios rincones no por conocidos menos acogedores. Si a todo ello le sumamos la inmersión en el northern soul que supone “A sure thing”, la infalible base de “Trouble comes calling” y la espléndida y sorprendente “Only a fool”, podemos cerrar una ecuación perfecta resuelta por la brillante producción de un Gabriel Roth fiel desde hace años. Todo cuadra.
Si en las primeras décadas del siglo XXI, una época incierta y oscura para todos –también para la producción musical y sus circunstancias-, tuviéramos que buscar a un nuevo Ray Charles o a otro Sam Cooke que nos puedan salvar la vida, el nombre de James Hunter estaría en los primeros puestos de la supuesta candidatura. El pequeño trono particular de muchos y muchas ya lo tiene ocupado desde hace tiempo.



