Escrita allá por 1980, pero publicada recientemente, “Lo que dura una Canción” es la novela iniciática de Quico Rivas, crítico de arte, comisario de exposiciones y escritor, entre otras mil pieles más. Algo que muestra bien a las claras su archivo personal, custodiado con celo entre la Biblioteca del Museo Nacional y el Centro de Arte Reina Sofía, a la espera de la visita indiscreta de investigadores y fisgones que busquen información y detalles acerca de versos sueltos de nuestra cultura más desconocida, aquella que no goza de eco mediático, ni con el favoritismo partidista, ni tan con luces de neón costeadas con dinero público.
Aunque referirse a “Lo que dura una Canción” como un libro es jugar al reduccionismo más hiriente. En su favor podríamos hablar de esta narración como una suerte de espejismo, e inclusive del eco de una voz lejana que rumorea sobre la existencia de un oasis situado en mitad del páramo tardofranquista, donde una serie de circunstancias político-sociales hicieron germinar un sueño imposible cuyo epicentro tuvo lugar en Sevilla, ciudad que tras los Pactos de Madrid, firmados en 1953 entre las autoridades de nuestro país y Estados Unidos, se aprovechó de su cercanía respecto a las bases americanas, disfrutando de un intercambio cultural que removería los cimientos de la capital andaluza, dando paso a un terremoto underground cuyas consecuencias todavía podemos sentir en la música que actualmente se factura en la ciudad del Guadalquivir.
Una sacudida ibérica, exótica, utópica y de corta vida que apareció en un lugar insospechado como reverberación del año 68, al más puro estilo de una supernova fugaz, cuya realidad resulta dudosa, pero que sin embargo existió, siendo tan certeras las pruebas del suceso como lo son las páginas de esta novela tan altamente disfrutable que pasea por los recuerdos, divagaciones, vivencias y emociones del propio Quico Rivas, pero en la que también cobran especial protagonismo las andanzas de su amigo del alma, el viajero Fali, y la presencia ficcionada de su frontman favorito, Carlos Pinball, vocalista y líder de Los Flippers, principal trasunto de tandas y tantas bandas que llegaron a rozar el éxito con la yema de los dedos, para a renglón pasar a engrosar el más glorioso de los olvidos en la memoria de nadie.
Sobre esta potente e interesante base, que el bueno de Quico cose con total acierto, se cimenta la obra, pues aquí hay un relato que se desarrolla entre lo cierto y la ficción, las situaciones y ubicaciones presentadas se muestran reales, aunque ciertos nombres jueguen al despiste, tomando retazos de historias que entremezclan a distintos personajes, bandas y vivencias, cuyas andanzas tendrán reposo por el barrio de Triana y Santa Cruz, la discoteca Dom Gonzalo, los jardines de Murillo y el Parque de María Luisa, inmortalizado por Smash, presentes en el relato, en su gloriosa “Glorieta de los Lotos”, escenarios donde la juventud, melenuda, hippie y grifota, sueña, ama y hace el amor libremente, bebiéndose el espejismo de acracia en largos y lisérgicos tragos mientras dura una fiesta, que como se muestra hacia el final de “Lo que dura una Canción”, no tuvo continuidad real en el tiempo, desvaneciéndose como el alba de la mañana, pero perviviendo en el espíritu y en el alma interna de una ciudad que hoy en lo musical sigue teniendo ecos de dicha pulsión creativa psicodélica.
Como apunte curioso debemos comentar que “Lo que dura una Canción”, tiene parada y fonda en otro de los grandes mitos que comienza a asomar su patita en este período sesentero; evidentemente nos referimos a la presencia de Silvio Fernández Melgarejo, el que fuera integrante de Gong y Smash como batería, antes de comenzar su particular y peculiar singladura bajo su propio nombre. Algunas de sus historias aparecen, noveladas o no, a lo largo de estas páginas, complementadas en una preciosa y precisa introducción por la firma de Fran G. Matute, conocedor de las andanzas de esta etapa y de la vida y obra de Quico Rivas, quien ya estampara su sapiencia en el fenomenal “Esta vez Venimos a Golpear”, que gira también sobre este período, al que se sigue dotando con brillantez de una literatura que bien merece un momento único de nuestro rock más libertino y que ahora ve engrosar sus filas con una novela escrita en primera persona, valiente y vital, que nos recuerda que los sueños de juventud merecen ser vividos con entusiasmo y sin medida, porque aunque la terca realidad acabe por imponerse, no hay nada más bello que dejar por escrito que lo que una vez ocurrió fue real y caló profundamente, legando para siempre una huella eterna de la que nuestra escena actual sigue disfrutando.



