Por: Oky Aguirre Alonso.
Allí estaba yo hace treinta años, detrás de la barra del Candela, con la misma edad que ahora tiene mi hijo. Yo ponía la música, por suerte o casualidad. Todas las noches había un momento Camarón de la Isla, cuando todos los gitanos, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, se arrebataban no ya a cantar, sino a tocar unas palmas que siempre fueron el primer motivo y queja de nuestros sufridos vecinos a la hora de su habitual llamada a la policía.
"Omega" fue mi plan. El Maestro Enrique me lo traía en cajas y yo lo vendía. El disco que Su Majestad Enrique Morente regaló al mundo para dignificar el flamenco hacia galaxias que explotan ahora en "LUX". En pleno apogeo y con el máximo ánimo de romper esas palmas sin duende, le daba al stop -analógico todo- y se hacía una pausa silenciosa, manteniendo ese suspense que solo Hitchcock puede lograr. Es entonces cuando comenzaba a sonar esa guitarra eléctrica de los Lagartija Nick, que se juntaba con la voz de Enrique, y es cuando todos los gitanos y gitanas me querían asesinar. Hoy estoy vivo, aquí, sentado junto a mi hermano en el gallinero del Palacio de Deportes, para recibir esa luz histórica que define a los artistas de verdad. Rosalía es a "OMEGA" lo que Morente es a "LUX". El riesgo. El mismo que sentí yo detrás de la barra bajo el poder de la música, sintiéndome Picasso en su estudio bajo una perspectiva cubista que sólo el malagueño pudo ver en su solitario estudio creando a las “Señoritas de Aviñón”.
El pasado 1 de Abril en procesión de Semana Santa nos dirigíamos de camino hacia el cielo el mismo día que el hombre volvía a la Luna. Su cara oculta es en lo que se convirtió el Movistar Arena durante las dos horas en las que fuimos astronautas. El litúrgico silencio de una misa y la oscuridad que experimentaron en la Artemis lo sentimos las 17.000 personas que observamos ese escenario tapado por el armazón trasero de un gigantesco lienzo tímidamente iluminado. Igual que los 23 asientos bien dispuestos en una pista en cruz formada por los espectadores, privilegio que desde arriba, en el gallinero, es donde mi hermano y yo captamos enseguida el punto de fuga que siempre nos inculcó nuestro padre pintor.
“Hermano, he estado en este lugar desde que no tenía pelos en los huevos. Aquí perdí mi virginidad musical, en vivo con Kool & The Gang, con 15 años falsificando mi carnet de identidad”. Minucias comparadas con la única vez que asistí a este mítico recinto a la excelsa y exclusiva presencia de una orquesta sinfónica en recintos mal avenidos. Fue la Orquesta Egipsea, compuesta por músicos de El Cairo en 1995, quizá el mismo asiento que hoy ocupo bastante más arriba junto a mi hermano hoy, cuando las redes sociales no designaban tu butaca, sino tú mismo y tus circunstancias a la hora de adquirir tu entrada analógicamente. O sea, el ir y comprar. Décadas después es lo que hizo mi hermana a las 7 de la mañana para adquirir esa valiosa entrada con su número 5.548 en listas de esperas de redes sociales babilónicas. Led Zeppelin vi yo; Robert Plant y Jimmy Page por última vez juntos. 666 mi número de entrada. Violines con guitarras; voces con percusiones, ombligos al aire mientras suenan canciones propias, creadas desde el cero de su cabeza hasta llegar al cielo de la nuestra. Imperecederas.
Harto uno ya de defender causas perdidas en textos que tan solo a algunas personas llegarán, me abstendré de regirme por la típica y clásica reseña de un concierto que casi nadie leerá, ahondando en el momento vivido como si hubiera visto a Platón en su época o sido Sancho en la andanzas de Don Quijote, fuera de formalismos de la canción por canción que hoy en día te hace la IA. De nada sirve hoy que un analógico como yo, fuera de lugar en estos tiempos que mandan gentes de caras naranjas, te haga una reseña de un concierto que ya te ha escrito un advenedizo cualquiera con nombre ficticio que jamás se llamará como yo. El que estuvo ahí arriba con sus prismáticos delatores de pureta, atónito escuchando “Angel” de Jimi Hendrix y su guitarra al lado de una multitud de mujeres de todas las edades ataviadas con tocados de monja. Ahora allí, como yo hace 30 años haciendo mi sueño realidad con Led Zeppelin, mientras la orquesta se situaba en su posición histórico privilegiada, afinando sus cuerdas en presencia de una caja que contenía dentro a Rosalía.
Ese regalo perfectamente envuelto que una vez recibiste de El Corte Inglés, al que nuestra mundial Flamenca se pasó por el forro de su vagina cuando decidió que ella no iba a colgar su imagen al lado del anuncio de Tío Pepe en la Puerta del Sol, dándole la vuelta al marketing que ahora depende de ella y no de Babilonia. La que en “Motomami” se hizo la Reina del autotune y en "Lux" le ha dado la vuelta a su registro junto a Vivaldi o Bach. La que nadie entiende cuando canta, como lo que Bob Dylan nos quería decir en sus extensas charlas Nobel-musicales que nunca pudimos traducir, pero sí entender cuando la canción la hacíamos nuestra gracias al alma y corazón en estado de plenitud juvenil. Rosalía ha puesto subtítulos en sus conciertos en pantallas bien definidas, como lo ha hecho en sus discos, haciendo que un americano de Wisconsin o una africana de Mali griten al unísono: “Saoko papi, Saoko, Chica que dices!!!”. Extranjeros que tocan esas palmas desacompasadas, fuera de ritmo y de lugar, a destiempo y alejadas del duende flamencólico que tanto daño hicieron a los verdaderos creadores de antaño. Como Camarón y su “Leyenda del Tiempo” y Morente con su “OMEGA”, aquellos que detrás de una barra me hicieron defender lo que hoy, después de tres décadas, me hacen escribir esta diatriba para mi auténtica satisfacción. Estar vivo y sentir el arte. El arte de seguir vivo. Aunque no entienda lo que me dicen.




