“Warren Zevon”, medio siglo de una bella coreografía del caos


Por: Kepa Arbizu. 

En un hogar situado en Chicago, en plena década de los 50, un inmigrante ucraniano, de nombre original William Zivotovsky, regala el día de Navidad a su hijo de nueve años, Warren Zevon, un piano que ha comprado gracias a la buena suerte cosechada en una de las múltiples timbas entre las que pernocta, solo uno de los muchos oscuros destinos que habitaba como consecuencia de su trabajo para la mafia local. El poco recomendable origen de tal obsequio enfada a su madre, una recriminación que le costaría el lanzamiento de un cuchillo de grandes dimensiones por parte de su todavía marido, separándole solo unos escasos centímetros de un desenlace letal. Una escena, seguida por la mirada de su pequeño vástago, que nada tenía de anecdótica y sí mucho de un trágico costumbrismo que derivaría en un divorcio cuando aquel púber espectador cumplía los 16 años, siendo escasas fechas después cuando abandonaría sus estudios para lanzarse a la carretera en busca de un desenfreno existencial salpicado con canciones folk. Sin embargo, ese joven cargaba, por suerte y por desgracia, con el imborrable recuerdo de aquel juvenil teclado y con todo un relato biográfico narrado con extrema violencia. 

No iban a ser aquellos recuerdos meros espejismos anclados en su cerebro, al contrario los iba a rememorar nombrándose a sí mismo protagonista activo de los mismos, ejercitando la funesta herencia legada por su progenitor y haciendo rimar sus actuaciones con aquellas a las que había asistido como espectador en su domicilio familiar. Inmerso en una vorágine de drogas, alcohol y comportamientos escasamente edificantes, su peregrinación entre hoteles y apartamentos californianos dejaba un rastro desalentador. Una insaciable voracidad por encontrar el camino más salvaje que artísticamente le había llevado a coquetear con el éxito gracias al tema "Follow Me", firmado como el dúo Lyme & Cybelle, pero que sobre todo le situaba como músico de sesión, compositor, responsable de algunas piezas interpretadas por The Turtles, o alojando uno de sus temas propios, "She Quit Me", en la banda sonora de la película “Cowboy de medianoche”, e instrumentista en las giras de unos ya crepusculares y decadentes Everly Brothers. La carrera de Warren Zevon era insolentemente bisoña todavía pero paradójicamente transmitía trazas de una roma y decrépita veteranía. 

Situado en los años setenta en la costa catalana, concretamente en Sitges, a modo de refugio y de nuevo horizonte en el que dotar de una más saludable rutina a sus días, tras un mal recibido debut en solitario, “Wanted Dead or Alive”, la llamada de su amigo Jackson Browne, instándole a grabar un disco bajo su amparo, significó al mismo tiempo volver a asomarse al abismo emocional pero también incrustar, un 18 de mayo de 1976, su ácida y doliente rúbrica en la historia del rock. Porque pese a su todavía escaso currículum propio, la cohorte de admiradores que acumulaba entre sus colegas quedó reflejada en los rutilantes créditos impresos en dicho homónimo trabajo, un álbum que desempolvaba esas composiciones que nunca había dejado de escribir y que ahora, bajo el auspicio del potente sello Asylum Records. iban a tomar forma a través de una silueta que hacía de su vitriólica sonrisa una careta con vistas al precipicio. 

Si el almanaque de colaboradores que tomaron parte en la grabación de dichas canciones era una cartografía del soft-rock más canónico, abasteciéndose de formaciones como Fleetwood Mac, los Eagles o Bonnie Raitt, el estilo adoptado por el todavía veinteañero era todo lo contrario a un acomodaticio responso en dicha escena. Sus composiciones partían del acervo tradicional pero se desplegaban sabedoras de que el rock podía ser un paisaje con las suficientes ramificaciones como para no apostarse en una esquina fija, una flexibilidad sonora que además era la natural demanda requerida por unos sublimes textos que adoptaban la forma de pequeñas perlas narrativas donde convivían el costumbrismo, la sátira de escozor sentimental y por supuesto una túnica existencialista. Al igual que todo un continuo de escritores como Tennessee Williams, F. Scott Fitzgerald, Sam Shepard o Raymond Carver, Warren Zevon recogía esa herencia consistente en participar activamente de ese tumultuoso circo social y en paralelo oficiar de taquígrafo ágilmente inmisericorde.

Como cualquier gran autor que se precie, la mente creativa de Zevon era un domicilio capaz de albergar estancias para episodios autobiográficos, ejercicios de observación y radiografías trascendentes, ingredientes que lejos de distribuirse de manera independiente a lo largo del repertorio se funden con esbelta naturalidad para procrear su propio e identificativo espacio artístico. Una convergencia perfectamente enhebrada en temas como "Frank and Jesse James", donde la nada ilustre trayectoria final de los Everly Brothers se encarna a través de un espacio mítico como el del country western, otorgándoles una vida metafórica en el cuerpo de dos de sus más icónicos cuatreros que cabalgan con ese particular, e inimitable desde entonces, cruce de caminos entre los Eagles, Kris Kristofferson o Randy Newman. Personajes en conflicto con su entorno que será uno de los pilares conceptuales que acompañe a todo el repertorio, papel por supuesto también asignado a sí mismo en la ingeniosa "Desperados Under the Eaves", donde la anécdota respecto a una verídica estancia en el Hollywood Hawaiian Hotel que no siempre significaba el abono de sus facturas, se traduce en una épica epopeya entorno al fracaso, una reflexión sostenida por imágenes tan elocuentes y estremecedores como la agazapada tras la incógnita “¿No parecen los árboles ladrones crucificados?”. Tampoco se verá exenta de habitar sus temas la madre de uno de sus hijos, camuflada en la identidad de una mujer que en "The French Inhaler", escoltada por un tono más solemne, el que caracteriza por ejemplo a alguien como Harry Nilsson, encuentra en el sexo esporádico el único medio de aceptación. Escenas de planes nunca consumados con éxito que se acomodan en dos preciosas y especialmente logradas baladas, porque si "Hasten Down the Wind", versionada más adelante por Linda Ronstadt, resulta una instantánea en ruinas, uno de sus estandartes compositivos, "Carmelita", significa una historia de amor escrita con una aguja inyectada de heroína. Erráticas andanzas que mientras en "Mohammed's Radio" hacen de la música, aquí entonada tierna y profunda a la manera Gram Parsons o Townes Van Zandt, única vía de escape para la precariedad laboral, "Backs Turned Looking Down the Path" es una luz de fuga mucho más consistente, el íntimo deseo de habitar otra realidad no subyugada ante el idioma del caos.

Si ya en los tiempos rítmicos más relejados es perceptible esa inercia por no sucumbir musicalmente a la decadente sustancia anímica, vistiéndoles de una casi amabilidad sonora, ese aspecto se materializa con mayor expresividad, resaltando todavía más esa dicotomía aparentemente opuesta, cuando es el acento rock quien asume la tutela de las canciones. Las elegantes trazas de "Mama Couldn't Be Persuaded", asignadas por ejemplo a la escenificación de Elton John, delinean el dramático pasado familiar propio, mientras que el desenfreno en forma de rock and roll clásico de "Poor Poor Pitiful Me" esconde entre sus pasos de baile el llamado trágico del suicidio. Un escenario, absorbiendo primero las raíces del blues bullicioso en "I'll Sleep When I'm Dead" y recogiendo el contorsionismo del funk para configurar "Join Me in L.A.", presentado en su carcasa como una celebración ininterrumpida pero que sin embargo late al son marcado por una peregrinación de cadáveres y fantasmas. 

Warren Zevon no solo aceptó la ruta que el oscuro destino había trazado para él, sino que convirtió ese itinerario asignado en una desaforada carrera para atravesarlo a la mayor velocidad posible. Alcohol, drogas, armas de fuego y violencia no fueron un ajuar exhibido como parte del espectáculo, era la más cruel realidad de su paso por el mundo, finiquitado un 7 de septiembre del 2003. Como en una suerte de resignación divina, asumió dicha naturaleza e hizo de ella un incendio en combustión continua, sabedor de que esa calcinada existencia era el mejor sustento para su inspiración artística. Decidió de esta manera dar sepultura a la persona para alentar un imaginario creativo que concibió un tesoro de particular naturaleza, magistral en su materialización bajo un gesto irónico por el que asomaba el desgarro más absoluto. Las canciones de este disco son un extraordinario reflejo de esa condición, pero igualmente representan el grito de auxilio de quien maldecía una condena a la que solo pudo enfrentarse, paradójicamente, alimentando ese carácter autodestructivo hasta extraer de él un bello fruto. El único camino en busca de la salvación consistía en inmolar su presente para conquistar la inmortalidad como músico.