Demasiado "hype" nos impide ver con claridad. Arde Bogotá se enfrentaban con su tercer largo a su reto más exigente. Tras convertirse en la banda de rock más popular y laureada de nuestro país, con un ascenso meteórico que les hizo copar los más grandes escenarios por encima de cualquier otro rival de escena, tenían la difícil tarea de renovar su apuesta con unas canciones que les mantuviesen en lo más alto. Podrían haber apretado el piloto automático y dar lo que se esperaba de ellos. Podrían haber organizado la mayor gira por grandes recintos del país recreándose en sus éxitos. Podrían haber vuelto a recorrer la A3 sin salirse del guion. Pero afortunadamente no ha sido así.
“Manufacturas del Club de la Gente Sola” o “MCGS”, que ahora están de moda los acrónimos, es su tercer disco. Parece mentira que tan solo con tres álbumes los cartageneros estén en boca de todos, pero así es y lo abrazamos con gusto. Todos estamos invitados a este club porque todos necesitamos sentirnos solos para construir algo sólido, para manufacturar algo grande que nos haga abrir el pecho y volver a vibrar. Este disco no es un manual de autoayuda, pero con él podemos volver a sentirnos vivos y unidos a ese colectivo que es su singular club de solitarios. Porque muchos solitarios hacen una comunidad y esa comunidad es la que nos une. Por ese camino se mueven estas canciones armadas como una secuencia emocional. El propio grupo, sin hablar de disco conceptual, ha admitido que han intentado recrear un camino que va del deseo a la tristeza, la culpa y, por último, la consolación. Así que será a través de esas coordenadas con las que trataremos de entender esta propuesta, sincera en lo lírico, con un discurso bien definido, y muy valiente en lo musical.
Por primera vez en su corta pero intensa carrera, las canciones que conforman el disco salen de su zona de confort. Se tiñen de aromas del sur, de aires fronterizos, de sonidos postindustriales y de baladas melancólicas. Hay una cosa que me llamó la atención desde la primera escucha, los de Cartagena suenan mucho más duros, porque, no nos engañemos, en la supuesta dureza de antes había mucho pop para todos los públicos. Suenan ásperos y crudos, pero entregan, a la vez, las canciones más sentidas de su discografía. La palabra que más se escucha en estos intensos cuarenta minutos es “pecho”, porque el disco busca sentirse desde dentro, vivirse con el corazón en un puño. Partían de la idea de construir un corazón que no sintiera, pero se dieron cuenta que desconectando de verdad el corazón y la sensibilidad terminabas aislado del resto y encontrabas la soledad, por lo que era necesario sentir para buscar esa comunicación. Por eso, este “MCGS”, aunque pueda parecer lo contrario, es más colectivo y abierto que solitario.
La banda se desplazó a los estudios East West de Los Ángeles para trabajar bajo la dirección de Joe Chiccarelli, que se encarga de una producción pesada, pero en la que apreciamos todo tipo de matices. Hay cierto sentimiento de asfixia u opresión en ellas (quizá por la oscuridad que les ha impreso el norteamericano), pero eso hace que las notemos más vivas. El cuarteto parece querer renovarse desde el primer minuto. Sonando a ellos mismos, pero aportando una nueva cara, nuevos arreglos que hace tan solo dos años no hubiéramos esperado nunca en ellos. Podemos sentir aires de pasodoble, amagos de copla y hasta flamenco. Han decidido abrir sus puertas a todo lo que les haga sumar. De hecho, una de las etiquetas que siempre les habían colgado, esa que comparaba la voz de Antonio García con la de Bunbury, queda ya muy lejos. Antonio canta con más ternura, menos engolado y con un mayor registro que en “La Noche” o “Cowboys de la A3”, que eran mucho más planos en este aspecto. Esta vez las comparaciones nos llevan más hacia las guitarras de Dani Sánchez con Juan Valdivia y ese sonido que destiló en su experiencia americana con Bob Ezrin en el crepuscular “Avalancha”.
Aquí hay mucho más que antes. Rock americano crudo, mezclado con una apuesta patria singular y muy personal. “MCGS” es su mejor disco. Sin duda. El más creíble. No suena a producto prefabricado. Tiene personalidad. Y es que quizá Arde Bogotá hayan encontrado en este mar de éxito que les aisló como individuos el buen caldo de cultivo desde el que partir para construir algo personal y muy valioso. Si hay que caer para encontrar tu sitio, si hay que sufrir y sentir el dolor en el pecho, bienvenido sea ese sufrimiento. Desde luego que en este caso les ha servido, y mucho, para hacerse con un disco que nos ha cautivado a los más descreídos.
El manual de instrucciones para este viaje en soledad se inicia con el ruido y la furia que arrojan con la correosa “Instrucciones” (sí, la canción de la “tractomula”). He de decir que no me dijo nada, más bien me sobró, al escucharla fuera de contexto, cuando la lanzaron como primer adelanto del disco, pero ahora, al entenderla en su conjunto, adquiere todo el sentido, y aunque su pesadez pueda atragantarse (al igual que sus “bam bam”), entendemos su motivación y la decisión de presentarla como la puerta de acceso a esta fábrica donde la necesidad de reconectar con uno mismo será la clave para volver a sentirnos vivos y dar valor a lo colectivo. Porque podemos sentirnos solos, pero desde ese estado construir algo que nos una. De hecho, la gira que emprenderán por grandes recintos este verano lleva este leitmotiv por bandera: “Cómo construir un recuerdo”, con el que la banda dará continuidad al universo creativo del disco, convirtiendo cada concierto en un recuerdo colectivo. Esa es la intención, pero antes que eso, lo que apremia son estas once canciones que, escucha tras escucha, se quedan grabadas a fuego en nuestro pecho. Y es que no conseguimos separarnos del disco. Su gancho es adictivo.
Tras la lectura de las “instrucciones” pertinentes comenzamos la construcción de este universo que nos lleva al sur entre palmas y una guitarra castiza, con la que Dani Sánchez nos recuerda más que nunca al toque a las seis cuerdas de Hugo Toscano, el que impusiera la personalidad más definitoria de los primeros Elefantes. “El Tesoro” es lo más singular que hemos escuchado del grupo hasta la fecha. Lo más imprevisible. Pero ahí no queda la cosa, porque basta esperar hasta la siguiente canción del lote para dejarnos llevar esta vez por la trompeta fronteriza de Juanito Rubio que transforma “Judas” en un híbrido entre Foals y Los Lobos. Habrá muchos de sus seguidores que no entiendan estos arreglos castizos a la primera, pero tras unas cuantas escuchas pasarán a formar parte de las coordenadas de Arde Bogotá como si siempre hubieran estado ahí. “Antifiesta” parece más familiar, aunque aquí son los coros de Chechu Rodríguez y Tonny Serrano los que redondean su coda. Una canción con dos partes, una primera más contenida y otra con más potencia y garra. Lo que reflejan aquí es una “fiesta que reúna todas sus tristezas”. Pocas alegrías y mucha crudeza (aunque con un punto de humor), pero ya advirtieron en su tema inicial que esto no sería un camino de rosas. Más bien lo contrario.
“A veces me imagino muerto y me ayuda a relajarme, a callar las palabras”. Con estos contundentes versos se inicia el tema más sentido de la colección. “Olivos” es pura poesía, emoción contenida, pegada a la tierra, como los olivos que se aferran a ella en tiempos crudos, secos y solitarios, pero que consiguen resistir desde su raíz. Azotados por el viento y la sequía, pero seguros, fuertes y firmes. Es difícil no derramar alguna lágrima cuando entendemos que ese estribillo está escrito directamente para todos esos corazones solitarios a los que vendrá a abrazar la primavera. Conozco bien la tierra cruda y seca, como la de los olivos solitarios que necesitan ese abrazo, y por eso no puedo evitar sentirme tan conectado a este tema, posiblemente el mejor que haya parido nunca esta banda.
Jota Mercader acelera el ritmo con el pecho roto en “Señor Herrero”, de nuevo con ese deje patrio que nos lleva esta vez hasta el rock andaluz. Dicen que esta fue la canción que hizo arrancar al resto. En ella aparece ese hilo entre la soledad y la idea de que ese herrero construya una máquina que pueda apagar los sentimientos. Tal vez podamos entenderla así, aunque también estará bien disfrutarla simple y llanamente por su afilada contundencia. Cuando pensábamos que con “Hervidero” estábamos ante una versión más reconocible de sus formas, aparecen esos coros funky de Selenia Rodríguez (¡qué calor, uh, uh, qué calor!), contrastando con ese riff tan marcado, que nos dejan K.O. Justo lo que necesitamos antes de una recta final apoteósica encabezada por “Bigger Splash”, donde la dicción de Antonio nos enamora a la vez que nos encoge el corazón. Está más contenido, suena más sedoso, y consigue sacar lo mejor de sí mismo en una apuesta que podría desbancar a “La Salvación” del trono de sus epopeyas épicas.
La canción titular es más plana, quizá más prescindible, con unas atmósferas creadas por Joe Chicarelli y Zac Rae a los teclados que la sostienen. Aporta el concepto, pero se pierde en su medio tiempo sin llegar a explotar, a pesar de contar con una línea de bajo de Pepe Esteban que engancha y las guitarras con más brillo del lote. Pero no hay que preocuparse, para emocionar está “Asidero”. El abismo de los treinta y la necesidad de aferrarse a la vida, ejemplificada en ese “vidrio del bueno” que todos podemos llegar a ser. Asideros de nuestro propio recomienzo o agarre del que tenemos cerca. La comunidad como entidad para hacernos fuertes. Una canción sencillamente perfecta, siendo además la más serena de todas las que el cuarteto ha compuesto. Un hito que hará tatuarse a más de uno eso de “No hay dolor, es pasajero”.
Y para terminar por todo lo alto, una manera de sacudir los males, aquello que pesa, de nuestro yo interno. “Sacude” cuenta con la voz de Celia Jiménez y los coros de José Antonio Chacón, que nos ponen la piel de gallina. Ese contraste sureño con la voz de barítono de Antonio es el mejor colofón a un viaje de la soledad a la aceptación y la redención que hace de este “Manufacturas del Club de la Gente Sola” un manual de autoconocimiento para encontrar en nosotros mismos el reinicio y el principio de la comunión real con el otro, una manera de dejar de sentirnos aislados en este mundo que peca de esa falsa apariencia de conexión, tan dañina en el fondo. Con el deje flamenco de “Sacude” culminan tratando de decirnos que hay algo vivo dentro de todos nosotros aunque nos empeñemos en apagarlo. Tocamos fondo para salir a flote y si “no duele” es porque aprendemos a sacudir aquello que debemos dejar atrás. En la valentía de estas letras está la redención y en el eclecticismo de la paleta sonora que los murcianos presentan en este disco está su manera de decir que están dispuestos a lo que haga falta, que les queda todo un universo por explorar. Han hecho el mejor disco que se podía esperar de ellos sin ser el disco que sus seguidores pensaban oír. Pero es el que necesitaban y el que mejor define su momento, ese que les espera con las puertas bien abiertas hacia lo más alto, mucho más allá de 571-/9A.



