Laurie Wright: "El rock and roll me lo dio todo, y sigue haciéndolo"


Por: Àlex Guimerà.

Laurie Wright es uno de los nombres emergentes de la música británica. Con su tercer álbum "Power of 3" ha confirmado su capacidad de fusionar géneros y explorar sonidos con profundidad emocional. No es raro, pues, que haya ido captando la atención del público y la crítica, especialmente con su obra más reciente, “Power of 3”. Además, lo tendremos por nuestras salas el mes de abril- Valencia (22 abril, Loco Club), Madrid (23 abril, Sala B , Zaragoza (24 abril, Rock & Blues), Avilés (25 abril, Factoría Cultural) y Donostia (26 abril, Dabadaba)- , unas citas que no debería perderse ningún fan del rock británico. Nos atiende sonriente, amable y humilde, y descubrimos a un tipo muy inteligente y con las ideas muy claras. 

El año pasado actuaste en el Azkena Rock Festival, dejando una gran impresión entre el público. ¿Cómo fue tocar en un festival tan especial con nombres como Dinosaur Jr., John Fogerty, The Damned, Buzzcocks y Lucinda Williams? 

Laurie Wright:¡Fue increíble! Fue un honor que nos invitaran. Ese fue nuestro primer concierto en el País Vasco, y significó mucho llegar allí y ser tan bien recibidos. Había miles de personas en nuestro escenario, y poder tocar frente a tanta gente fue una experiencia única. John Fogerty es uno de mis ídolos, y estar en el cartel junto a nombres así fue impresionante. También fuimos a ver a John Lydon y a Public Image Ltd. tocar, y fue alucinante compartir el backstage con todos ellos. Incluso cenamos con la banda, no con John, pero sí con los demás miembros.

Nuestro batería se acercó a John para preguntarle si podía grabar un vídeo para su padre, que cumplía años. John Lydon le respondió con un clásico: “¡Que le den!”, justo lo que uno espera de él. ¿Qué más se le puede pedir? Fue genial, una experiencia increíble. ¡Tengo muchas ganas de volver a España en abril! 

Este pasado febrero empezasteis una gira europea. A finales de abril, pasará por diferentes ciudades españolas: Valencia, Madrid, Zaragoza, Avilés y San Sebastián. Tocaréis en España por primera vez en salas más pequeñas. ¿Qué diferencia veis entre tocar en salas pequeñas y en festivales, por ejemplo? 

Laurie Wright: Siempre hago exactamente lo mismo: simplemente hago lo que sé hacer. No cambio nada por mi parte, ya sea para una sala pequeña o un gran recinto. Siempre he sido músico callejero, así que tocar en la calle es lo mismo para mí. Incluso si no hay nadie mirando, sigo haciendo lo mismo.

Es el mismo enfoque, aunque no necesariamente lo mismo. La diferencia principal es que en locales pequeños es más difícil: hay menos espacio, el escenario está más apretado y estás muy cerca de todos. Eso hace que puedas conectar de forma más personal con el público. En los grandes conciertos, la gente intenta hablarte entre canciones y es imposible oírlos, porque hay otras 2.000 personas intentando hacer lo mismo. En cambio, en un local pequeño, si alguien está muy cerca y te dice algo, puedes entablar un pequeño diálogo. No suelo hacerlo demasiado, porque se vuelve un poco caótico, pero es bueno que exista la opción. Evidentemente, los conciertos pequeños son mucho más íntimos y ofrecen más oportunidades de conocer a la gente después.

Me siento mal si no puedo saludar a todos los que quieren conocerme antes de irme. A veces sé que había alguien que quería acercarse y no pudimos, porque teníamos que seguir nuestro camino. Pero cuando hay 200 personas, o incluso 1.000, normalmente puedes conocer a todos los que quieran hacerlo al final del show. Creo que es muy importante y, además, lo disfruto. No lo veo como un trabajo; esa parte de los conciertos me encanta. 

En vuestro último concierto en Azkena Rock, mucha gente descubrió vuestra música y creo que con esta próxima gira será igual. ¿Crees que fuera de Inglaterra tienen que descubrir vuestra música? 

Laurie Wright: ¿Fuera de Inglaterra? Creo que, de hecho, es más fácil para una banda o artista como yo ser reconocido fuera de Inglaterra que dentro. El rock and roll, en particular, es una de nuestras grandes exportaciones. Cuando creces con él en Inglaterra o en Gran Bretaña en general, es la norma, pero no necesariamente lo es, y quizás sea un lujo en Europa, en España, Francia, Alemania, dondequiera que hayamos estado. 

Hemos descubierto que la gente es más receptiva en Europa que en casa. Nos va bien en casa, es bueno, pero nos va muy bien en Europa, lo cual es genial. Creo que es más fácil, quizás el público europeo esté más dispuesto a descubrir tu música que el público británico. 

Muy interesante. Has sido elogiado por gente como Rod Stewart, Liam Gallagher o Pete Doherty, y para este último habéis sido teloneros de The Libertines. ¿Sientes alguna responsabilidad por eso? 

Laurie Wright:¿Alguna responsabilidad? ¿A qué te refieres? 

Me refiero a que son historia del rock and roll británico y esos elogios son como si de alguna manera te pasaran el testimonio. 

Laurie Wright: No siento presión. Simplemente me alegra que mis héroes disfruten de mi música. Conocí a Rod Stewart el fin de semana pasado; me invitó a la fiesta de lanzamiento de su whisky “Wolfie’s”. Lo conocí y fue totalmente normal, sin presión ni nada parecido. Siento lo mismo cuando hablo con Pete Doherty, porque abrimos para Babyshambles y The Libertines. Todavía no he conocido a Liam Gallagher, pero seguro sería igual. No siento la responsabilidad de “hacer justicia” a mi trabajo, porque esto es todo lo que he hecho. Si acaso, es un alivio recibir el reconocimiento de mis héroes y compañeros. 

Personalmente, creo que tu último álbum es sensacional. Es un gran trabajo que combina diferentes estilos: punk, pop rock, rhythm and blues, soul, reggae e incluso hip hop, sin perder tu sonido único. ¿Cómo lo logras? 

Laurie Wright: Cuando hago algo de hip hop, reggae o ska, estilos que son un poco diferentes a lo que suelo hacer, mi objetivo principal es no pretender ser un artista de esos géneros. No intento fingir ser un artista de hip hop ni de ska; simplemente sigo mi propio estilo, tomando influencias de esos géneros. Creo que ahí es donde muchos músicos se equivocan: quieren sonar a hip hop y terminan fingiendo algo que no son, y no termina de funcionar.

Es una línea fina, pero nos mantenemos fieles a nosotros mismos y grabamos de la misma manera que tocamos en vivo: todos juntos en la sala, sin click track, sin auto-tune. Después hacemos algunas sobregrabaciones, pero siempre con el mismo enfoque y el mismo productor. Hasta ahora hemos trabajado con Mitch Ayling, el baterista de la banda de soul The Milk. Él es nuestro productor; de hecho, yo lo coproduzco con él y luego él se encarga del diseño final. Pero el enfoque siempre es el mismo: no pienses demasiado, haz lo que sabes hacer y, si incorporas otros estilos, asegúrate de que sigas siendo tú mismo. 

Me encanta la canción de apertura "My Rock and Roll". Creo que es una canción de amor hacia el rock and roll. ¿Qué te ha dado el rock and roll? 

Laurie Wright: Me lo ha dado todo. Desde el deseo de tocar la guitarra, hasta el impulso de rebelarme y hacer algo diferente. Me enseñó a no conformarme con un trabajo de 9 a 5 ni con ser como todos los demás, y de repente me abrió una salida donde puedo hacer lo que quiero. Esa libertad me ha traído amor, mucha felicidad y placer… todo lo bueno. Realmente, el rock and roll me lo dio todo y sigue haciéndolo. 
 "Picking Up The Pieces Of My Mind", realizas una interpretación vocal impresionante y para mí es una canción soul perfecta, ¿de qué salió esta canción? 

 Laurie Wright: Surgió en un período muy difícil de mi vida, hace unos dos años. Mentalmente estaba luchando mucho, aunque ya estaba limpio y sobrio de drogas y alcohol. Pasaba mucho tiempo en la cama, navegando por el teléfono, sin salir de casa, prácticamente siendo un recluso. Fue un momento muy complicado para mí.

La canción trata sobre eso: recoger los pedazos de mi mente, mirar hacia atrás a toda la adicción, el alcoholismo, y reconocer que soy mucho mejor de lo que era entonces, pero que aún no soy perfecto. Espero que, cuando me acerque a los 40, haya resuelto todo esto. En el segundo verso hablo desde la perspectiva de alguien que está cerca de los 40, con una mujer que lo adora. Se trata de mirar atrás a los 20 años, a los momentos difíciles con drogas, alcohol y experiencias cercanas a la muerte, y reconocer que ahora, a los 30, las cosas están mejor. Aun así, todavía queda camino para ser más feliz y estar más centrado. La idea es que, al llegar a los 40, espero haberlo logrado… y creo que estoy cerca de ello. 

Mi canción favorita del disco es "The Promoter", con su sonido perfecto de Rhythm and Blues, que me recuerda a Dr. Feelgood y bandas de ese estilo. ¿La canción está dedicada a algun promotor en particular? 

Laurie Wright: No, no está dedicada a ningún promotor en particular, pero sí refleja una experiencia concreta. No he tenido este problema en Europa; lo he vivido en casa, en Gran Bretaña, con personas que se hacen pasar por promotores. Básicamente son gente que no sabe lo que hace y que se aprovecha de bandas y artistas jóvenes para estafarlos.

Es muy común en Inglaterra: tienes que comprar las entradas y venderlas tú mismo. El promotor no hace nada, no promociona los conciertos y se queda con todo el dinero. Muchas veces no se cubre nada para el artista: ni alojamiento, ni transporte, ni comida ni bebida. Y a pesar de que se han vendido muchas entradas, los artistas no reciben nada. Es un problema enorme en la industria musical británica, y casi nadie habla de ello. Pensé: “Bueno, voy a decir algo sobre esto. Un día quiero formar parte de una industria musical británica donde esto no ocurra”. Por eso quiero dirigir una empresa de promoción de manera justa: asegurarme de que las bandas reciban su pago, que todo funcione correctamente y que los conciertos terminen con todos felices.

Ahora mismo, como banda joven en Gran Bretaña, el streaming genera muy poco dinero. La única oportunidad real de ingresos es a través de los conciertos en vivo, y esa oportunidad a menudo está secuestrada por estos promotores que, honestamente, no son promotores: son ladrones. Muchas bandas creen que tienen que pasar por ellos, pero no es así. Les digo a las bandas: podéis reservar los lugares vosotros mismos, vender las entradas y quedaros con el dinero. Haced crecer vuestro público, repetid el proceso y, eventualmente, los buenos promotores reales se interesarán por vosotros.

No todos los promotores son malos, claro; hay algunos muy buenos, pero diría que alrededor del 95% en Gran Bretaña son personas poco fiables. Así de simple. 

Una reflexión muy alarmante. Hablas de tu incursión en el hip hop en la canción "Rave Now On Your Way" con la ayuda de RUDI. ¿Cómo surgió la idea de incluir el hip hop en tu álbum? 

Laurie Wright: La canción empezó como una especie de reggae con influencias de hip hop, y había una sección después del segundo estribillo en la que hacíamos una improvisación dub. “Rave Now On Your Way” se volvía realmente dub, con un montón de ruidos y efectos, aunque duraba lo mismo que una estrofa.

También pensé que la canción podía funcionar como una conversación entre dos hermanos. Cuando la escribí, mi hermano mayor solía hablarme sobre lo mal que me comportaba y cómo debía cambiar mis hábitos con las drogas y el alcohol. Esa conversación se reflejó en la canción; de alguna manera, es como un diálogo entre mi yo más joven y mi yo actual.

Conocía a RUDI, que es un gran artista de hip hop, así que le pregunté si quería participar en la tercera estrofa. Escribió la estrofa perfecta de inmediato y me la envió. Yo dije: “Sí, eso es increíble, vamos a grabarla.” 

La primera parte de la canción me recuerda al sonido de The Clash. En tu música veo muchas influencias: antes hablabas de Johnny Lydon (Johnny Rotten) y noto también mucho del sonido de Sex Pistols. Pero también percibo influencias de otras bandas clásicas como The Jam, The Who o Small Faces, además de grupos más modernos como The Libertines. ¿Hay otras bandas, aparte de las que mencioné, que te hayan influido mucho? 

Laurie Wright: Sí, muchas. Por ejemplo Oasis y The Beatles. También Sixto Rodriguez, el cantautor de Detroit, que fue una gran influencia para mí; me encantan sus canciones. Y por supuesto Bob Dylan. Pero también tengo otras influencias distintas. Cuando era adolescente escuchaba mucho grime, como Dizzee Rascal. Su primer álbum, "Boy in da Corner", realmente me hizo querer escribir letras. Algo parecido me pasó cuando escuché a The Streets en esa misma época. Mike Skinner es un gran letrista y es genial verlos de gira nuevamente. 

¿Y qué guitarristas te han influenciado más?

Laurie Wright: Patrick Walden, el guitarrista de Babyshambles, que tristemente falleció el año pasado. Fue un verdadero héroe anónimo de su generación y merecería haber sido reverenciado de la misma manera que lo ha sido Jack White, que es otro guitarrista que me encanta. También el gran Jimi Hendrix y Steve Marriott. Creo que Noel Gallagher es muy bueno eligiendo las notas, aunque no siempre recibe muchos elogios como guitarrista. Su estilo es muy melódico y tiene solos muy bien pensados, como el de "Live Forever". También me han influido otros guitarristas como John Squire, Johnny Marr, Alex Turner, Albert Hammond Jr. y Carl Barât. Carlos es un guitarrista increíble y además un gran tipo. Ha sido una muy buena influencia para mí. 

Empezaste a hacerte popular tocando en Camden. ¿Cómo de importante fue la escena de Camden en tu evolución musical? 

Laurie Wright:Lo fue todo. Allí empecé tocando en la calle cuando era un niño, con una guitarra acústica, sentado en el suelo. Y ahora estamos aquí con toda la banda, con carteles, batería, amplificadores y todo lo demás. Tocar en esas esquinas para gente que pasaba al azar marcó muchísimo mi vida. Con el tiempo empezó a venir gente no solo de paso, sino expresamente a vernos y a preguntarnos cuándo íbamos a tocar. Así que sí, Camden lo es todo para mí. 

He leído que has escrito más de 300 canciones ¿es eso cierto? ¿Y cómo es el proceso de composición? 

Laurie Wright: El proceso de composición es diferente cada vez. A veces empieza con un poema que puedo escribir en mi teléfono; otras veces me siento con la guitarra o el piano, encuentro una melodía y unos acordes, y a partir de ahí empiezo a trabajar las letras. Normalmente no planeo escribir: la inspiración llega de forma espontánea. Hay ocasiones en las que no escribo nada durante meses y, de repente, en un solo día puedo componer tres canciones, y además buenas. En definitiva, cada vez es un proceso distinto, y eso es lo que lo mantiene interesante. 

En el año 2023 debutaste con "Get On The End Of It!", al año siguiente lanzaste " We're Only Warming Up" y este año pasado tuvimos "A Power of 3". Hablamos de un álbum por año. ¿Habrá un nuevo álbum en el año 26? 

Laurie Wright: Sí, se llama "Cheers Drive" y sale el viernes 2 de octubre. Ese será nuestro próximo álbum. 

Por cierto, me he dado cuenta que es muy difícil comprar tus discos en España, en tiendas de discos. ¿Cómo ves el panorama actual de la venta de discos? 

Laurie Wright: Creo que es una nueva era en la distribución de discos. En nuestros conciertos tendremos discos a la venta. Pero también se pueden conseguir online - en lauriewright.co.uk o en Instagram en su biografía lauriewright.co.uk - y luego los enviamos, pero los traemos siempre en las giras. Ese es el futuro de la venta de los discos. 

  Una última pregunta, ¿crees que los jóvenes músicos de rock lo tenéis más difícil porque no son buenos tiempos para el rock? 

Laurie Wright: Sí, ha sido más difícil para los jóvenes músicos de rock, porque durante un tiempo las discográficas dejaron de interesarse por el género. Desde 2008 ha habido un lento declive del rock and roll en la corriente principal. Sin embargo, también ha habido un crecimiento real de la ruta DIY (“Do It Yourself”, o “hazlo tú mismo”). Nosotros no estamos en una discográfica, y eso nos da una gran libertad creativa. También existe una lucha real por salir adelante que alimenta la creatividad, el ethos punk y el espíritu del rock and roll: no tenemos nada, así que hagamos algo. Creo que hay cosas buenas y malas en eso. Por un lado, ha habido un enorme impulso en la escena underground del rock and roll, punk y new wave; por otro, a veces puede volverse un poco superficial. 

Aun así, están pasando cosas interesantes: por ejemplo, mis queridos amigos The Molotovs han alcanzado el número 3 en el Top 40 oficial del Reino Unido y están de gira por España, Europa y América. Nosotros también estamos haciendo algo parecido. Así que sí, es posible: algo está ocurriendo de nuevo, y es genial verlo. El futuro parece brillante para el rock and roll. Creo que el rock volverá a los jóvenes; de hecho, ya está empezando a pasar.

Destellos de soul: La noche en la que Eder Portolés iluminó el Tempo Club


Templo Club, Madrid. Jueves, 9 de abril del 2026.

Texto y fotografías: Sendoa Bilbao.

Quizás sea el exceso de luz, ese resplandor insolente que aún bosteza sobre las terrazas que mueren cuesta abajo hacia los dominios de la Gran Vía, lo que termina por descolocar el pulso de la noche. Son pasadas las nueve de un jueves de abril y el reciente cambio de hora parece haberle robado al crepúsculo su vieja liturgia de sombras naranjas y púrpuras. En la puerta de la Sala Tempo, el templo musical donde hoy se anuncia su nombre, nos encontramos con Eder Portolés. Al fundirnos en un abrazo, la encuentro radiante, habitada por una calma que desafía la lógica del debutante. Porque conviene no llamarse a engaño: aunque hoy ponga de largo “E-Motion”,su primer EP aquí en Madrid, Eder no es una recién llegada. Su temple es el de quien ya ha quemado suelas en bares y escenarios de todo pelaje, desde el circuito jazzy más íntimo hasta el rugido del directo locales y salas de Euskal Herria. No detecto ni un ápice de nerviosismo, a pesar de que restan apenas veinte minutos para el estruendo.

Al entrar en el Tempo Club, la luz de la calle queda olvidada. Nos hundimos en la penumbra de esta preciosa sala donde reconozco, entre columnas y sillones, voces amigas y familiares ocupando sus puestos. Somos unos sesenta elegidos. En la puerta, custodiando la mesa donde esperan el CD y el vinilo, ejercen de anfitrionas la madre y la hija de Eder. Allí mismo, mientras Luna baila antes de que empiece la música, me introducen en la historia: la música en Eder es una cuestión de linaje. Me cuentan que su bisabuela fue cantante de ópera y zarzuela; que su abuela fue “tiple”, de aquellas cómicas que escoltaban a las vedettes. Su aita también canta y toca la guitarra. Siempre hubo música en su casa, sonaban cantautores, soul, folk y Eder y su prima, en un alarde de precocidad creativa, solían asaltar la paz del postre con espectáculos improvisados, coreografías del azar que arrancaban la sonrisa de la familia.

Nos acomodamos. Las luces se encienden y los músicos ocupan su lugar: Jose Gallardo al saxo, Carlos Velasco a la guitarra, Israel Santamaría al piano, Kepa Calvo a la batería y Johnnatan Álvarez al bajo. Una atmósfera ligera y densa a ritmo de latin jazz empieza a pintar las paredes de la sala. El saxo de Gallardo abre el camino y presenta a Eder Portolés sobre las tablas. Eder toma el micro y presenta a su banda, esos marinos del norte que traen el salitre en el sonido. Fiel a su empeño de visibilizar a las grandes creadoras, como desde hace tiempo hace en “Sintonizadas”, su programa de radio en Vinilo FM que celebra la música en femenino, ofreciendo un espacio donde se destacan las voces y las historias de las artistas que crean y dan vida a la música. Sobre el escenario lanza un órdago de entrada invocando a Gladys Knight con "I’ve got to use my imagination", que también puede escucharse en el álbum. No es fácil empezar así, midiéndose con las divas, pero el público muerde el anzuelo desde la primera nota. La banda se mueve como una gran locomotora y Eder, al frente, transporta una voz sincera en los tonos bajos que despierta nuestras cavidades auditivas, conectando los polos para enviar electricidad a unas piernas ya imposibles de parar.00

Tras hablarnos de la importancia de la imaginación y de crear espacios seguros para la infancia, lejos de la hostilidad y la violencia, Eder mueve los engranajes del tiempo hacia su propia niñez con "Lovely Girl", . El saxo de Gallardo nos mete de lleno en el celuloide de la canción. La voz de Portolés vibra como el papel al final de cada estrofa, dejándose llevar por un viento en espiral en este ritmo lento y elegante que va cogiendo "grasa" y furia según avanza, otorgando fuerza y libertad a la niña que todos fuimos.

El escenario se transforma luego en un lugar de encuentro. Sube Nur, cantante, compositora y vocal coach, con quien Eder entabló una amistad de hierro durante la pandemia. Por fin se "tridimensionalizan" para cantar "You’ve got a friend" de Carole King. "Ella es una verdadera amiga", dice Eder. Nur, emocionada, despliega una cascada de voz que inunda la sala. Eder responde frase a frase, abrazándola con la sensibilidad de esta magnífica letra. Dos divas derrochando presencia vocal. Emocionante.

Sin tiempo para recobrar el aliento, llega "Luz de Luna", dedicada a su hija, Luna "desde lo más profundo". El teclado de Israel Santamaría inicia un groove y la voz de Eder me recuerda al pulso de Leonor Watling en sus últimos canciones con Leo Sidran. El ritmo de Kepa Calvo juega con una melodía de quiebres y curvas que nos lleva saltando de nube en nube por un pasadizo donde la pequeña Luna se abre camino hasta el escenario para saludar a su amatxu. Eder se agacha y le dedica los últimos versos: "ya no necesito hablar, solo mirar en ti, en mí, me podrás cantar".

El show sigue vibrando con una banda perfectamente engrasada. Nos traen ese soul de club, ese blues de callejón de Syreeta Wright con "To Know You Is To Love You". Es pura fiesta. Es tremendo ver cómo se devuelven la mirada los músicos, cómo sonríen, se pasan la pelota, se lucen y bailan. Eder sale de escena para dejarles brillar. Carlos Velasco demuestra por qué es el rey de las cuerdas, pasando el relevo a cada uno para volver al origen en una exhibición instrumental que culmina con "Jr Mister Magic", celebrada por aplauso y silbidos de un público ducho que sabe lo que tiene delante.

Eder regresa con un elegante cambio de vestuario en blanco y negro. La banda se retira a descansar y solo queda Israel Santamaría, dejando caer las notas del piano como canicas en el suelo para introducir la preciosa "Badakit". Cantada en euskera, Eder nos cuenta que, aunque sepamos las consecuencias, muchas veces volvemos a dejarnos caer, sabiendo lo que nos espera: Mismos planes, idénticas estrategias.. Aquí tensa y afloja su voz como una cuerda de guitarra, subiendo y bajando en un alarde de control, potencia y delicadeza.

En el tramo final, con el público en un puño, la banda vuelve para hacer girar la bola de espejos con "Let´s Stay Together", ejecutada con una precisión que nos teletransporta a los 70. Empasta perfectamente con "Deeply", otra de las magníficas piezas compuestas por Eder Portolés, que arranca lenta pero sube hasta hacer saltar al público, que se viene arriba coreando un estribillo que es pura reivindicación del sentir hasta las últimas consecuencias.

Aún queda espacio para la versión de la mítica "Natural Woman", que Eder reivindica desde la autoría de Carole King. Y para poner la guinda, sube al escenario Juan Ortiz, que ha acompañado a Eder en su promoción estos días. Israel y Juan comparten teclas a cuatro manos en "Street Life", recordándonos que la luz a veces brilla más fuerte cuando se refleja en los charcos de la calle. El groove nocturno y el ritmo sincopado nos llevan de vuelta a la mezcla de Chic y Kool & The Gang. Termina el show y la música nos da otra lección.

Eder Portolés ha demostrado que posee la arquitectura necesaria para sostener el peso de la historia: ha utilizado su fuerza vocal, su libertad creativa y un valor que solo tienen quienes se atreven a desnudarse sobre las tablas para fusionar su elegancia y buen gusto con el legado de las grandes divas del soul y el blues. Arropada por una banda que mueve las ruedas del mundo con precisión rítmica, ha logrado lo imposible: convertir el último rastro de luz del día en la esencia más pura y vibrante de la noche.

Este concierto marca el inicio de una cartografía nueva; esa contaminación de alma y ritmo que te deja el pulso cambiado para patear el asfalto madrileño con otra cadencia, con otra urgencia. La música de Eder Portolés es una necesidad biológica en estos tiempos de ruido estéril: convertir el silencio y la oscuridad en brillo, luz, estilo, juego, elegancia y fiesta. Vayan a verla, déjense golpear por esa verdad antes de que el mundo se vuelva más sordo.

Mientras subo las escaleras del Tempo Club, con el eco del saxo todavía enredado en los pulmones y esos estribillos de Portolés que se niegan a abandonarme, comprendo que la la ciudad nos espera con un guion todavía por escribir y siento que la noche nos guiña un ojo con su luz oscura.

Alba abre “la puerta del ayer” para entregar “Flores para Antonio”, de Elena Molina e Isaki Lacuesta.


Por: Guillermo García Domingo. 

El reconocimiento que en la última edición de los premios Goya recibió la hermosa canción original que hicieron Silvia Pérez Cruz y Alba Flores para este documental (aparece en los créditos) es uno de tantos argumentos a favor del interés musical de este destacado retrato de Antonio Flores, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta. Este último vuelve a dedicar su atención a la vida y la obra de un músico, como ya hiciera en la también premiada, “Segundo premio” (sobre la trayectoria inicial de Los Planetas). La familia Flores es una de las sagas musicales y artísticas (la faceta de la interpretación no debería subestimarse) más importantes de nuestro país, no solamente por culpa de la influyente matriarca, Lola Flores, sino debido a Antonio González, el Pescaílla, quien también fue un personaje decisivo en los derroteros de la rumba catalana. 

No hay nada más legítimo que el derecho de una hija a conocer de veras a su progenitor fallecido de forma prematura cuando Alba solamente tenía 8 años y su padre 33. Esa búsqueda es el propósito principal del documental. Alba busca a un padre extremadamente sensible e inquieto y descubre a un músico visceral. El acento musical de la película, se puede ver en la plataforma de Movistar +, es congruente con la principal vocación del hijo pequeño de la familia Flores, aun cuando su existencia fuera errática en ocasiones debido a las adicciones y recaídas que sufrió a lo largo de su trayectoria. Antonio estaba dotado especialmente para el rock y el blues, el documental lo demuestra indiscutiblemente. Y lo acreditan Sabina y Ariel Rot, cuyas intervenciones, como las de los músicos y productores, resultan reveladoras en el documental. El vídeo casero en el que la pequeña Alba y él balbucean un blues otorga a este documento audiovisual un valor excepcional, no solamente para la propia actriz y cantante, quién sabe, sino para el público en general.

Participó al igual que sus padres y hermanas en varias películas. En una de tantas, dirigida por el imprescindible Eloy de la Iglesia, titulada “Colegas”, el cantante interpreta un blues de forma excelsa: “Lejos de aquí”, y en su primer disco, “Antonio”, incluyó otro blues, “El fantasma de Canterville”, compuesto por los argentinos Sui Generis y Charly García. Este blues de los setenta afirma en primera persona: “He muerto muchas veces acribillado en la ciudad, mejor ser un muerto que un número que viene y va”. Es un estremecedor y preclaro epitafio enunciado varios años antes de su fallecimiento.

Y es que las circunstancias de este desgraciado hecho fatal se afrontan con notable honestidad y sin falso pudor, tal y como aconseja el filósofo Montaigne a la hora de tratar estos asuntos de la postrimerías de la vida. La familiaridad con la muerte atenúa el miedo y desactiva la morbosidad que suele acompañar a la muerte de personajes populares. Un año antes, el 24 de mayo de 1994, de su desaparición, Antonio había publicado un disco extraordinario, “Cosas mías”. Lo grabó animado por el éxito comercial y el reconocimiento musical de “De ley” de su hermana Rosario. La mayoría de las canciones las compuso el propio Antonio.

Seguramente no soy el único que encuentra muchas similitudes, fisionómicas, musicales y existenciales entre Antonio Flores y Ray Heredia. A ambos genios les echamos de menos por igual.

Tito Ramírez: "Sonido conquistador"


Por: J.J. Caballero. 

La verdadera religión de Tito Ramírez al frente de Sus Reales es la misma a la que deberíamos encomendarnos, oración correcta mediante, muchos de los que pensamos que géneros como el mambo, el cha cha cha, la descarga, el swing, el boogaloo, el latin soul o incluso el folclore hispano más conectado con los sones de ida y vuelta son el principal motivo de renovación de fe en la música más viva e interplanetaria. 

El andaluz ha vuelto a implicar a sus músicos en una grabación, la tercera de su trayectoria, realizada en riguroso directo y a pleno engrase bajo la dirección de Oscar Martos y una amplitud de medios y logística más ajustada a sus propósitos. Si en las dos entregas anteriores ya se asentaban las bases de un sonido orgánico y expansivo, anclado fielmente en una latinidad aprendida y trabajada durante largo tiempo y diversos escenarios, ahora el líder decide centrarse en ritmos tropicales para acercarlos a la tradición autóctona marcada por la rumba y la copla como referentes básicos.

Son los metales –saxofones y trompetas como motores de un sonido exuberante- los que marcan el ritmo y el sabor a especias bailables en la apertura de “A man wizz a plan”, una declaración de ideario instruido en la herencia afrocubana y cultivado en las cuitas del desamor, más patente aún en “Qué será, qué será”, avisando sin condicionamientos de las características de un disco que seduciría sin remedio a los jóvenes habituales de los sonideros mexicanos o los clubs colombianos en los que la modernidad se fusiona con la tradición. 

Tito Ramírez y su orquesta moderniza el mambo de las viejas orquestas de Cuba, cuando los órganos y teclados diabólicos marcaban el compás, en “Santitos y diablitos”, suda sangre de pop latino a lo Víctor Coyote en la arrebatadora “Cachito de cachopo” y rastrea vínculos insospechados, como los arrebatos de blues primitivo en el piano de “Mi devilidad”, bajo el auspicio de Héctor Lavoe y otros maestros avezados en la historiografía sonora del rock mestizo. Sin ir más lejos, Willie Colón y el reverso socio-político de su música, presente en “Ave Lucifer” o “Príncipe de las tinieblas”, para que no se piense que su propuesta es puramente lúdica. Una erudición sintomática en las congas, los coros y la electrificación de las guitarras soneras en “Mentiras” y en la colorida guajira que es “Verdadero o real” demuestran que no estamos asistiendo a un mero ejercicio de estilo, sino a una labor paciente y concienzuda de fricción entre sonidos que son primos hermanos sin que nos estemos dando cuenta hasta ahora. Hasta el psicobilly, de base tan ajena a las corrientes transoceánicas, es elevado a una supuesta pista de baile multicultural en plena ebullición.

“Sonido conquistador” es un disco que suena justamente a eso, a (re)conquista artística, a reválida definitiva de un territorio sonoro que, sin estar ni mucho menos huérfano de opciones apetecibles, sigue representando una especie de tabú para quienes se empecinan en delimitar el campo abonado de la música latina y reducirla a algo que en verdad es mucho más grandioso que cualquier ritmo de procedencia anglosajona. La sustancia es la clave.

Melanie Martinez: “HADES”


Por: Nuria Pastor Navarro. 

La “coincidentia oppusitorum” es, como puede deducirse por su nombre, una coincidencia de opuestos. Algo así como un oxímoron, una unión de elementos o atributos contrarios. En estos casos, los antónimos son capaces de convivir de la mano: eternidad y finitud, luz y oscuridad, inocencia y atrevimiento. Grandes artistas han conseguido alcanzar esta “coincidentia oppositurm” en su arte, y un gran ejemplo de ello es la joven Melanie Martinez, que regresa con su nuevo álbum “HADES”.

Como una especie de Alicia en un retorcido País de las Maravillas, Melanie se sirve de melodías e iconografías infantiles para retratar los aspectos más sórdidos de la sociedad. Y es que su peculiar estilo pastel es algo que ha acompañado a la cantante desde sus inicios, allá por 2012, en el programa estadounidense de “La Voz”. Aunque Martinez fue eliminada varias rondas antes de la final de su temporada, este episodio supuso el descubrimiento casi mundial del talento de la artista. Apenas dos años después firmaba con una discográfica, lanzando el sencillo debut “Dollhouse”.

Para entonces, el sonido particular de Melanie y su potente imagen daban la vuelta al mundo ganándose el apoyo de miles de fans. Un peinado bicolor, una estética infantil fuera de lo común, letras inquietantes con melodías adorables… Quedaba claro que esta chica tenía mucho potencial.

El lanzamiento de su primer álbum, “Cry Baby”, en 2015 consolidó su hueco en la industria. La generación de jóvenes de la era “Tumblr” recibió con los brazos abiertos la historia que Martinez narraba en el disco: Cry Baby, su sensible protagonista, se enfrentaba a diversos problemas sociales con su particular forma de ser. Canciones como “Mrs. Potato Head”, “Alphabet Boy” o “Carousel” lanzaban ácidas críticas a temas como la obsesión por la perfección estética, la meritocracia o los círculos viciosos, todo salpicado por colores pastel, fascinantes personajes y nanas infantiles.

Melanie decidió continuar la historia de Cry Baby en sus dos siguientes álbumes: “K-12” (2019) y “Portals” (2023). En ellos la joven pasaba por una peculiar escuela e incluso moría para retornar en forma de hada al más puro estilo fantástico. Martinez lanzó hasta un largometraje que retrataba la historia de “K-12” a través de los vídeos musicales. Su creatividad no conocía límites, y nada se le quedaba en el tintero. La corrupción de los poderosos, los trastornos alimenticios, el machismo y la misoginia, el bullying y hasta la adicción a las redes sociales; la artista no perdonaba a la hora de criticar y denunciar en sus temas.

Tras ocho años, la aventura de Cry Baby llegó a su fin y el desconcierto de los fans era palpable. ¿Qué tendría preparado Melanie después de semejante viaje? ¿Se mantendría fiel a su estilo? ¿Seguiría haciendo música? Por fortuna, las respuestas han llegado de la mano de un nuevo álbum que, además, forma parte de un doble proyecto. “HADES” representa la distopía, retratando la más cruda y cruel realidad, mientras que el próximo álbum encarnará la utopía, según ha explicado la artista a través de sus redes. Aun así, la parte que tenemos por el momento tampoco es escasa: “HADES” nos presenta ni más ni menos que dieciocho canciones.

“GARBAGE” es la encargada de abrir la dolorosa historia del disco con un repaso del desastre que es la sociedad actual. Con un ritmo que cabalga entre una película bélica y un cuento de hadas, se menciona la violencia, el colapso del medio ambiente o el extremismo político. Desde luego, la artista deja claro que este álbum va más allá de ser simple música.

Con una suave transición, pasamos a escuchar “IS THIS A CULT?”, una historia de rebelión femenina contra aquellos que pretenden controlar a las mujeres, y “POSSESSION”, que sigue en la misma línea criticando las relaciones tóxicas a través de la delicada voz de Melanie. A lo largo de la hora y diez que dura el álbum, la artista se desquita con numerosas problemáticas actuales. Los hombres performativos en “WHITE BOY WITH A GUN”, el capitalismo salvaje en “MONOPOLY MAN”, los estándares de belleza en “WEIGHT WATCHERS” y “UNCANNY VALLEY” o la pobreza en “GUTTER”; como siempre ha hecho, Martinez convierte su arte en un arma de comunicación y protesta cargada de simbolismo y profundidad.

También deja espacio a temas más cercanos a su persona, como la dura verdad tras la fama, la presión social o el amor hacia una persona emocionalmente inaccesible. “AVOIDANT”, “DISNEY PRINCESS” o “MONOLITH” aportan esa chispa más intimista al trabajo. Y es que, a pesar de representar una distopía, Melanie da algunas pinceladas de optimismo a su manera. El álbum se despide con “THE LAST TWO PEOPLE ON EARTH”, que explora esa búsqueda del lado bueno de las cosas. Aunque todo se esté desmoronando, aunque sea el fin del mundo, siempre nos quedará el amor como forma de resistencia, y la cantante lo defiende a capa y espada.

Musicalmente, “HADES” es capaz de reflejar el gran bagaje de la artista y, a su vez, reinterpretarlo. Melanie consigue mantenerse fiel a su esencia y estilo tan característicos, pero también innova. Deja atrás los ritmos infantiles y los moldea con una nueva forma, más atrevida y variada que antaño. Temas como “GRUDGES”, que habla sobre los conflictos interpersonales, o “THE VATICAN”, una brutal crítica a la religión como elemento de control, se acercan a géneros como el rock o el tecno mientras la cantante explora su voz como nunca antes.

Melanie ha cambiado, ha crecido, ha evolucionado, pero no ha dejado de ser la ingeniosa artista que conocíamos. “HADES” es un disco muy completo, variado al igual que potente, quizá algo largo, pero igualmente sólido y disfrutable. Sin dejar atrás su aire de muñeca de porcelana algo siniestra, Martinez se reinventa y, a su vez, conecta con sus trabajos anteriores.

Al igual que Alicia cuando atravesó el espejo, Melanie regresa a su propio País de las (distópicas) Maravillas para dar todo el arte que lleva en su interior, sin olvidarse jamás de la curiosa “coincidentia oppositurom”.

Ilustres Principiantes: Minibús Intergalàctic


Fotografía: Antoni Jover.

¿Eres amante del sonido Madchester ? ¿En los 90 te gustaban bandas como Charlatans, The Boo radleys o los Stone Roses? ¿O quizás eres más clásico y eres devoto del sonido Pink Floyd, Love, 13 th Floor Elevators o los primeros Grateful Dead? Entonces tienes que actualizarte y conocer a esta auténtica bandaza llamada Minibús Intergalàctic, un quinteto proveniente de Girona que nos dejó flipados con su debut "Meditacions des dels Miratges Mercúrics" (2024) ("meditaciones desde los espejismos mercúricos") y que ahora lo vuelven a hacer con su segundo trabajo recién editado bajo el sello Neu!. Sus letras, en catalán, rescatan historias cotidianas con un humor, una ironía y una crítica social tan mordaz como necesaria. Escuchar esos versos catalanes encima de sonidos dignos de bandas como Gong nos llevan directos el recuerdo del gran Pau Riba. Y quizás sea esa la gran referencia de la banda, tanto por el idioma con el que cantan como por el espíritu contracultural y transgresor respecto al panorama musical actual que les rodea. En una Catalunya en la que las músicas urbanas, la pachanga (mestizaje, rumba, ska, reggae,...) y el pop dejan poco espacio para el rock, parece revolucionario afrontar sonidos sixties como lo hacen estos chavales. 

Guitarras poderosas y enmarañadas, juegos de voces pluscuamperfectos (¡aquí nada de autotune!), teclados de órganos hammond, percusiones trepidantes y pequeñas dosis sorprendentes de flautas, vientos y otros instrumentos menos habituales. Son los ingredientes de unas canciones que nos hacen bailar como hacía tiempo ninguna banda lo hacía por estos lares. Quizás los barceloneses Stay sean los precedentes mas claros, aunque aquellos tiraban de la psicodelia de los Byrds de la etapa pre Gram Parsons.

Precisamente el sonido Rickembacker Byrds es lo primero que escuchamos en el EP "Música humana Thalasa" de 2024, preludio de su maravilloso primer disco, del mismo año. Una continuación que ha tomado forma con "Moviment Oscil·lant Polinòmic y=1/x" del que conocimos un primer adelanto, la bailonga "L' agredolça lliçó de la Vall del Mas Daurat" que podría haber escrito Tim Burgess de haber nacido en tierras geroninas. No os los perdáis, escuchadlos bien y dejaros llevar por su sonido lisérgico.

Jorge Drexler: "Taracá"


Por: Javier Capapé. 

Hay viajes solo de ida, pero éste es uno de ida y vuelta. Tras treinta años en España, Jorge Drexler regresa a su Uruguay natal con el disco número quince de su carrera. “Taracá” es ritmo, es candombe y tambor, es raíz, y Drexler sabe mucho de esto. Ha hecho carrera alrededor del ritmo y ha llevado su hogar a multitud de rincones, haciéndonos descubrir las raíces que le unen a la música de autor y al vasto continente que tanta riqueza ha aportado a su música. Con su más reciente trabajo vuelve a Uruguay para encontrar el origen del ritmo, que finalmente le lleva hasta África, de donde viene todo.

Nuevamente nos encontramos ante un disco que gira en torno a un tema más o menos cerrado, en este caso el baile y el ritmo, similar a lo que ya hiciera en “Bailar en la Cueva”, pero ahora directamente ligado a su tierra de origen. No es la primera vez que Drexler fija un leitmotiv claro en sus obras. Ya lo hizo con gran tino en “Salvavidas de hielo”, donde todo giraba alrededor de la guitarra, o en “Amar la Trama”, en el que se nutría de lo orgánico para conseguir un efecto similar a lo anteriormente hallado en lo programado. “Taracá” está producido por Lucas Piedra Cueva junto al propio Drexler y en él colaboran un amplio elenco de artistas, destacando aquellos del país de origen del cantautor. Un disco que reivindica lo latino sin dejar de sonar contemporáneo y que podría dividirse en dos tipos de composiciones: las más bailables y aquellas con toques cercanos al pop. Sorprenden más las del primer tipo, y además forman parte de ese hilo temático que unifica el álbum, pero las del segundo grupo conectan con las formas que siempre han desligado a este cantautor de su perfil más clásico. Domina las hechuras populares, pero se desmarca de otros compañeros con los que comparte etiqueta, porque Drexler entiende perfectamente la canción popular a la vez que sabe convivir con las demandas más actuales. Es un músico inquieto e incansable y en cada uno de sus discos nos da buena muestra de ello. No se conforma y continua en movimiento, tal y como sugiere con el baile que articula estas once canciones.

Inicia el viaje con una guitarra percutiva en “Toco madera”. Una canción que suena a clásico dentro del cancionero que maneja el uruguayo y que seguramente resistirá el paso del tiempo mejor que ninguna otra, por algo fue el primer lanzamiento del disco. Las guitarras rítmicas destacan en la muy pop y adictiva “¿Cómo se ama?”. Puede parecer sencillo dar con esta sonoridad, pero su refinamiento le da un carácter único. Eso, unido a una voz que no ha perdido ni un mínimo de empaque a pesar de los años, hacen de ésta una de las primeras a destacar de entre todo el conjunto. “El tambor chico” da nombre al disco además de hacer referencia al instrumento alrededor del cual gira el mismo. Comienza con ésta, y con la aportación de la formación Rueda de Candombe, el homenaje a su tierra natal y a sus bailes tradicionales. Drexler siempre mostró debilidad por el candombe (me fascina aquella acertada “Tamborero”), pero aquí le confiere todo el protagonismo que merecía a lo largo de su dilatada carrera.

La historia de las prohibiciones del baile a través de los siglos, terminando con la curiosa restricción del reggaetón, dan sentido al recitado provocativo de “Ante la duda, baila”. Uno de esos tipos de canción cercana al rap que tanto le gusta hacer a nuestro protagonista. Con más o menos acierto, pero no hay disco que no contenga alguna de estas canciones recitadas, aunque con ésta llega a la altura de la confesional “Guitarra y vos” tras veinte años de nuevos intentos. Aquí no cuenta con una letra autobiográfica o personal, pero a través de los hechos históricos narrados consigue despertar nuestra curiosidad al ritmo de nuestras caderas y culos. Sí, culos, como esos que se agitan bajo el condenado ritmo de reggaetón al que no le incomoda acercarse.

“Te llevo tatuada” es del grupo de canciones más pop del álbum. En esta ocasión los matices vocales de la puertorriqueña Young Miko le dan cierta ligereza al tema más suave de los presentados hasta el momento, como queriendo bajar la intensidad, aunque se recupera rápido con la brasilera “Qué será que es?”, de nuevo con Rueda de Candombe en la parte rítmica. En el lado contrario está “Amar y ser amado”. Los coros procesados de Meritxell Neddermann, así como la levedad de las cuerdas de la guitarra y las teclas, dejan espacio a una canción que queda desprovista de todo lo accesorio para ir a la esencia. Y como si de una montaña rusa se tratara, entre picos y valles rítmicos, llega la opuesta “¿Hay alguien A.I.?” (fantástico juego de palabras), que nos plantea los efectos de la Inteligencia artificial en nuestro día a día con nuevos aires pop y programaciones que conviven a la perfección con lo más orgánico. Destaca más por su planteamiento lírico que instrumental, pero no deja de ser una de las provocaciones o inquietudes sociales tan bien tratadas por Drexler. Sus canciones como altavoz social. Su música como terapia con la que plantear preguntas y dar libertad a las respuestas.

La tradición de la guitarra española en forma de milonga y el palo flamenco se unen y expresan a su manera en “Cuando cantaba Morente”, que cuenta con la cantaora Ángeles Toledano y el guitarrista Julio Cobelli como invitados. A continuación, tras la calma y belleza que nos aporta esta última, llega la alegre “Nuestro trabajo / Los Puentes”, una canción con dos partes en la que el ritmo, aunque con cierta contención, vuelve a ponerse por delante y en la que el que menos parece importar es el propio Drexler. Una canción para tender puentes y para recordarnos la necesidad de trabajar en esa línea que, en definitiva, une proyectos, culturas y vida.

La murga es la protagonista del cierre de este breve aunque intenso disco con “Las Palabras”, en la que nos sumerge junto al conjunto Falta y Resto en otra de las tradiciones rítmicas de su continente. Los coros y las cuerdas dan el broche a esta apuesta firme por hacer de esta colección de canciones un original recorrido conducido por la tradición y la percusión que confluyen en el pop, en ese deseo popular que nos reúne a todos como oyentes. Porque, digan lo que digan, Jorge Drexler es uno de nuestros mejores valores en defensa de la música popular, la que forma parte nosotros desde tiempos ancestrales, la que nos mueve y dignifica el movimiento de nuestras caderas, la que nos libera y potencia nuestros mejores tesoros. Aunque si alguien tiene duda de esto, ya saben, simplemente bailen.