Anni B. Sweet: “Alegría”


Por: Javier Capapé. 

Resulta complicado escuchar a Anni B. Sweet sin volver la mirada hacia los años sesenta. Lo suyo es moverse entre las coordenadas de la psicodelia y la canción melódica española. Un híbrido muy particular y genuino. Difícil de imitar. Precisamente en esta senda, sin apenas salirse de estas líneas, se encuentra su último álbum “Alegría”. Su segundo disco totalmente en castellano (tercero si contamos su colaboración en forma de largo con Los Estanques) se nos presenta como un conjunto de canciones vitales y cargadas de energía positiva, aunque con la fragilidad que caracteriza a su voz, que nos ofrece esa cara que podría mostrar el lado más vulnerable que todos arrastramos, aunque en este caso, Anni sería el antídoto o la faz amable con la que volver a levantar el vuelo. El título ya lo dice todo: “Alegría”. Con la que afrontar la vida y los reveses, con la que levantarse a pesar de los golpes. El disco puede presentarnos una lírica rugosa o cruda, pero la melodía siempre busca la luz. Prima la vitalidad sobre la dureza, la luz sobre la oscuridad. Porque ante todo, Anni intenta encontrar y hacernos partícipes de ese estado emocional ya desde el tema inicial, ese “Adiós con alegría” que nos lleva a esa fiesta de los setenta (¿sería más correcto llamarla “guateque”?) con su voz angelical y una sonoridad que ya no dejará en todo el metraje. Desde el mellotron que la inicia a las distorsiones o los bajos con cuerpo que la adornan, pero por encima de todo con esas líneas melódicas vocales estratosféricas. Te enamore o no, hay que admitir que sus cualidades son de órdago.

En esa línea psicodélica iniciada se mantiene “Nada grave”. Bajos poderosos, teclados que se contonean y un groove que engancha particularmente en ese contundente y directo estribillo. James Bagshaw, de Temples, produce junto a la propia Anni este disco influenciado por el universo surrealista de André Bretón, como la propia artista ha admitido, donde busca especialmente un equilibrio entre la delicadeza melódica y la exploración textural. A pesar de lo que pueda parecer en un primer momento, “Alegría” nace después de que la malagueña atravesara una profunda crisis personal. Ella expone abiertamente que se escapó a Aranjuez para lidiar con sus demonios y buscar la luz, pero el disco “viene de un lugar muy sombrío”. Lo curioso es que para salir de las sombras haya recurrido a sonidos tan vitales y coloridos como estos. Así, se mezclan los tintes cubanos y brasileños con el pop español de los sesenta, ese que deslumbra con su vitalidad y barroquismo. 

La portada refleja la dualidad entre la luz y la alegría que desprenden sus párpados arcoiris junto al dolor que recogen, a la par, las lágrimas en esos mismos ojos. Esa es la manera con la que el diseño de Mario Feal intenta transmitir las emociones que se mezclan en “Alegría”, que va unida irremediablemente a la tristeza, porque desde el dolor también se crece y el espíritu se transforma. La dualidad comentada se encuentra perfectamente expresada en “No le encuentro la gracia”, una canción de lírica directa, pero sin perder ese toque surrealista, acentuado también por la psicodelia sonora y el brillo melódico que no pierde su estribillo. La clase de Santiago Auserón adorna “Todo está bien”, otra canción de corte clásico que recoge la tradición del guateque y lo actualiza, como si estuviéramos ante un filtro castizo 2.0. No es el único invitado de este disco pues “En mi olvido” cuenta con Miren Iza. Un magnífico dúo que se alarga disfrutando entre teclas y armonías. Las guitarras recuerdan al leitmotiv de “Twin Peaks” para darle ese toque enigmático al más puro estilo David Lynch. 

Ana Fabiola López, el nombre real detrás del que se esconde la “dulce” Anni, intenta aportar profundidad a unas canciones cargadas de ligereza sonora, afirmando que “despedirse no implica necesariamente una derrota”. Siempre puede encontrarse un destello, algo que sugieren abiertamente otras canciones, como la más distorsionada “Amor” o la abrasiva “Llévame al Sur”. En la espacial “Un lugar para estar” también podemos encontrar fácilmente cobijo, al igual que en la más juguetona “Un buen trato”, donde nos queda la sensación de que todo puede caber en este disco si priman los toques coloristas y ácidos. Una de las canciones más interesantes que encontraremos, por ese bajo tan cercano al mismísimo McCartney, es la muy Beatle “Ni aquí ni allí”, como si nuestra protagonista se hubiese colado en el collage de la portada de “Sgt. Peppers”, y con un pie en los setenta por el trance que transmite su solo de guitarra tenemos “Después de brillar”, además de jugar con gran maestría de nuevo con las armonías vocales.

El disco termina con el pop conciso de “Bailando espero”. Una canción que conecta más con lo patrio que con la inspiración británica que encontraba Anni en otros trabajos. Aquí se dan cita de Miguel Ríos a Lole y Manuel, dejando claro lo que le da sentido a este álbum, que pretende ser una celebración, un grito de alegría, que se sobrepone al dolor. Un lugar intenso y florido desde el que crear y caminar a pesar de los momentos oscuros. Anni B. Sweet ha elegido ese camino tan valiente como dulce, porque ante el sufrimiento lo lógico podría haber sido un disco más crudo, pero ella nos da un motivo por el que levantar la mirada y bailar sin corsés. Un disco vital en el que encontrarnos y dar sentido a cada sorpresa que podamos encontrar por el camino, siempre y cuando sepamos afrontarlas con ritmo y una pizca de ironía.

"Oasis: Don't Look Back in Anger", de Dylan Southern y Will Lovelace


Por: Begoña Serralvo.

El regreso de los hermanos Gallagher a los escenarios ha sido, sin duda, un gran terremoto emocional, y "Oasis: Don't Look Back in Anger" (2026) es su testimonio audiovisual. Ya en plataformas, y lejos de la frialdad de los datos puramente objetivos, el documental prefiere abrazar el enfoque más emotivo casi desde el primer minuto. Eso sí, conviene dejar las cosas claras antes de darle al play: no estamos ante una obra que diseccione su reconciliación ni que pretenda ahondar en los motivos de su tregua. Se ha aplicado un inteligente acuerdo de borrón y cuenta nueva; se esquivan los quince años de reproches mutuos y la mítica espantada de París en 2009 para centrar el tiro en lo que verdaderamente importa: la música aquí y ahora.

Dejando a un lado el morbo de los tabloides, la película se vuelve gigante cuando se introduce en las entrañas de la gira. El gran gancho melómano es asistir a la primera entrevista conjunta de Liam y Noel Gallagher en más de dos décadas. Comprobar que esa química magnética y su característica socarronería norteña siguen intactas, como si el tiempo no hubiera pasado, es un regalo absoluto. Tampoco desentona ver a Noel aceptando, bajo un pacto unilateral de convivencia, las extravagancias y subidas de ego de Liam con tal de no dinamitar el proyecto. Nada nuevo bajo el sol.

El triunfo de la cinta, más allá de los Gallagher, parece venir más allá del escenario: se desplaza hacia la comunión. Resulta profundamente emotivo ver a los fans de diferentes partes del mundo —da igual si la cámara está en Seúl o en un Wembley abarrotado— llorando y dejándose la garganta, uniendo en un mismo plano a los nostálgicos que crecieron con el Britpop y a una marea de adolescentes que descubren ahora esa liturgia.

El momento cumbre del documental llega sin duda en São Paulo. Allí, no falta en la cinta el emotivo y especial homenaje a Gary "Mani" Mounfield, quien tristemente falleció durante el transcurso de la gira, al dedicarle la banda una estremecedora versión en vivo de "Live Forever". Es en ese instante, con todo un estadio coreando al unísono, donde se conecta la pasión global con el legado más puro y ruidoso de Manchester. Un tributo gigante para un viaje que no termina aquí, ya que el grupo ha confirmado de forma masiva que vuelven a la carretera de cara a 2027, año en el que volveremos a ser testigos, o al menos los más afortunados, del progresivo rejuvenecimiento de Bonehead.

Dallas Burrow: “Modern Day Vagabond”


Por: Kepa Arbizu. 

Cuesta encontrar un solo aspecto, sea íntimo o artístico, en Dallas Burrow que no parezca guionizado para encarnar el prototipo de músico country texano, al que por no faltarle, no lo hace ni su propio nombre, en referencia a una de las principales metrópolis de dicho estado. Lo que podría ser una inanimada confluencia de clichés y tradiciones mal entendidas, en su caso se convierten en una seña absolutamente identificativa y destino para un sobresaliente talento artístico. Posiblemente esa capacidad de parecer un songwriter de sombrero calado y narrativa campestre, pero sobre todo serlo, es propiciado -en buena parte- por un arraigo familiar conectado directamente con ilustres de la escena. Porque la amistad de su progenitor con Guy Clark o sobre todo Townes Van Zandt, al que le unía un “juramento de sangre” verídico, no han supuesto solo una sucesión de fotos e historias -algunas embalsamadas en juergas nocturnas y vapores etílicos- legadas a su hijo, sino abrirle las puertas al conocimiento de esos escritores de canciones que, casi desde la misma ubicación en la que se encontraba él, fueron capaces de convertir ese paisaje local en un universo atemporal y emocionalmente inmortal.

Son esos parámetros inspiracionales, tanto creativos como sociales y/o familiares, los que de manera más o menos explícita han conducido la carrera de este compositor, una discografía dispuesta a rastrear bajo su propio olfato todas aquellas huellas que se agolpaban a su alrededor. Un diálogo con ellas que tenía que ser igual de sincero en su preservación de la tradición como en la infiltración en la misma de su propio y distintivo idioma. Una dicotomía que si en su anterior álbum, “The Way The West Was Won”, se había conjurado para revisar los libros de historia sonora y adaptar viejas canciones vaqueras, su actual trabajo resulta su némesis en cuanto a concepto, instaurando en el presente, y bajo sus propias vivencias, un acervo rítmico del que se sirve para exhibir su particular definición y traducción de lo que supone a día de hoy para él ese sentimiento de pertenencia. Unas premisas que delata la misma presentación del álbum, desde la clásica morfología de su portada hasta, sobre todo, un título, “Modern Day Vagabond”, que no deja ninguna duda acerca de una declaración de intereses por hacer caminar a sus viejas botas por rutas recién asfaltadas.

Cada capa que descubramos, o cortina que descorramos, a la hora de sumergirnos en este disco nos va a mostrar renovados motivos para entender y ampliar el espíritu localista que aguarda en la naturaleza de estas composiciones. Valga como ejemplo más representativo la elección de un plantel de colaboradores nutrido de representantes -actuales y añejos- de la escena texana, rotunda reafirmación del sentido identitario que persigue el concepto global del álbum. Como si de un memorándum, en el que también participan los productores Mike McClure y Adam Odor, dispuesto a glosar algunos de los nombres que han escrito y escriben el relato musical de ese territorio se tratase, el resultado es un trabajo manufacturado casi en exclusividad entre los límites de dicho estado. Un mapa vallado por una ruta geográfica muy concreta poseedor, sin embargo, de una vocación por trascender fronteras cuando se trata de apelar a la sensibilidad y a las comunes incertidumbres exhaladas por cualquier corazón perteneciente a la raza humana.

Si para baremar la calidad de un disco las aptitudes de su tema introductorio significan un termómetro fiable, el firmado por Dallas Burrow, para más señas homónimo, rebosa talento y sentimiento. Dos variables de residencia perpetua en el autor pero que aquí se circunscriben a un entorno, si cabe, más intimista y de un rango expansivo todavía mayor. Porque ese “moderno vagabundo” que va a transitar por este repertorio tiene su punto de salida en un medio tiempo de melancólica intensidad al que su cortejo instrumental le otorga, además de un imponente sesgo folk y una vinculación con Robert Earl Keen, el empuje necesario para mimetizarse con esa lírica trashumante. La condición de eterna piedra rodante del músico, de la que nunca parece abdicar, ahora está llamada a convivir con una vida familiar que demanda estabilidad. Dos extremos en apariencia difíciles de conjugar pero que en este disco se transforman en la envergadura desplegada por ese bamboleo escogido, y disfrutado, como norma existencial del presente.

Aunque pueda parecer paradójico dada la realzada exaltación lugareña que habita en este disco, su formulación sonora es mucho más dinámica y dúctil de lo que esa naturaleza pudiera imponer. A pesar de ello, no hay que olvidar que nos encontramos ante un álbum texano y que como tal tiene al country clásico como eje vertebrador de su sonido, unos ritmos que serán sobre todo en “Memories” donde asume su raíz más tradicional, llenando el campo de huellas de Willie Nelson o Guy Clark. Entre reflexiones existenciales y su lógico sustento en una elegante profundidad sonora, “Let it Shine” interrumpe esa gravedad haciendo un llamado para desfogar energías en un baile en el granero, destino lúdico repleto de un alma comunitario que choca, en su formulación, con la preciosa -y a ratos rabiosa- balada a piano “Miracle”, dibujada con paisajes de desoladora naturaleza humana, o incluso con el protagonismo asumido por el introspectivo recitar que capitaliza “Whole Different Angle”. El carácter cinético que inunda el concepto del disco también va a sugerir, con la aparición de diversas piezas, que incluso los paseos dados entorno al porche de su granja se van a extender más allá de los lindes donde la hierba crece tupida y verde.

Precisamente serán esos devaneos por rutas donde el hogar se difumina perdiendo su silueta más ortodoxa, cuando emerja el detonante que convierte en tan especial a este trabajo. Lejos de alquimias arriesgadas o pruebas con destino único al contenedor de excentricidades, el maridaje con el soul asume tanto esa ilustre biografía que han escrito artistas como John Prine, al que parece encomendarse en una de las piezas claves del repertorio, una “Full Circle” que en su papel de resumen biográfico aflora esa voz levemente rasgada asumiendo toda su sensibilidad, como ejercicios de vaporosa consistencia (“No Problem”), más cerca de contemporáneos como Bonnie 'Prince' Billy, o incluso entregarse sin ambages a un jazz-funk que acompaña a “All I Want Is You” hacia un estado de aterciopelada lubricidad. Aptitudes sensoriales que cuando se enuncian desde un terreno más cercano al rock, tendiendo lazos con Garrett T. Capps, Charlye Crockett o Hayes Carll, lo hacen en busca de rugosidad y crudeza, retratando paisajes escarpados donde los violines de “Oldest Secret” suenan como truenos amenazantes en medio de un terreno desértico mientras que son las percusiones las que laten contundentes en “Old Time Revival”. Ceremonias de la incertidumbre, y del bello estremecimiento, que en “Underdog” se convierten en un apocalipsis eléctrico declamado por boca de un predicador herido de melancolía.

Para un disco que representa un constante viaje de ida y vuelta, mientras nos regala paisajes sonoros extraordinarios, tiene un sentido muy lógico que su recorrido se cierre con un regreso al origen. Y ahí, se encuentra Townes Van Zandat, figura en el árbol genealógico de Dallas Burrow pero también, por supuesto, epicentro inspiracional de su música. Un homenaje, en forma de versión que además adquiere todavía más significación al tratarse de “Rake”, aquí formulada bajo un rango vocal más parecido a Richard Thompson, y su historia del fulgor perdido por un crápula libertino. Porque “Modern Day Vagabond”, además de un sobresaliente trabajo, es precisamente eso, las vivencias de quien ha construido su mundo entre hoteles, giras y escenarios a los que ahora ha añadido un trascendente nuevo punto en el itinerario: una vida familiar. Dallas Burrow no ha dejado de acumular en sus votas de cowboy el barro del camino, pero al contrario que en épocas pasadas, ahora, cuando las deja en el umbral de su hogar, paradas, él sigue viviendo.

Fontaines D.C.: “Dopamine Chamber”


Por: Juanjo Frontera. 

¿Son Fontaines D.C. la banda de la década? En términos rock, no hay duda de que los irlandeses han definido (y redefinido constantemente) el sonido de su generación a base de una colosal colección de álbumes, a cada cual mejor cincelado, a través de los cuales han dibujado una evolución que jamás se ha asentado en la comodidad de ceñirse a un sonido determinado. 

Si con "Dogrel" (2019) firmaban un debut situado entre la angustia post-punk y la poesía existencialista, con "A Hero’s Death" (2020) jugaron a la introspección y coqueteaban con la oscuridad. Con el tercero, "Skinty Fía" (2022), reivindicaban sus raíces irlandesas ante la añoranza del exilio, pero fue con "Romance" (2024), con el que de verdad dieron el giro de timón que terminó de situarlos en la cima. Una trascendente colección de himnos al principio criticada por ciertas voces que esperaban más guitarras, pero que en tan solo dos años de existencia se ha convertido ya en el clásico instantáneo que merecía ser. 

"Dopamine Chamber" llega en un momento delicado. Tanto a nivel social, situado en uno de los momentos más convulsos de las últimas décadas, como a nivel artístico, con la difícil papeleta de dar continuidad a una obra tan portentosa como la que hemos descrito. Ellos resuelven la ecuación sin despojarse por completo del traje que vestían en "Romance" -hasta la portada guarda similitud- pero esos sintetizadores salidos del congelador que encontramos en la inicial “Six shot morning” ya nos advierten de que todo sigue ahí, pero nada es lo mismo. No en vano vuelve a producir James Ford, mago del sonido dark synth de trabajos como "Ultra", de Depeche Mode. 

Este comienzo fantasmal en que la voz de Grian Chatten, más personal que nunca, parece sobrevolar ese cementerio en que se han convertido nuestras vidas, teledirigidas hacia la mentira vacía de la búsqueda de la felicidad rápida en la era digital, anticipa lo que parece ser el tema central de "Dopamine Chamber". Un álbum que no abandona fácilmente ese tono gélido inicial. Lo continuamos apreciando en la preciosa “Marianne”, otra de esas manifestaciones de pop melancólico que dan muestra de la rotunda capacidad para construir singles perfectos que tiene esta banda. 

“Mimesis” acelera el tempo a base de un bajo machacón sobre el que las calibradas capas de guitarras y demás arreglos (mucho sintetizador y coros) van desarrollando esa atmósfera entre épica y desgarradora que, de nuevo, le deja a uno con la boca abierta. A partir de ahí ya es imposible no pegar los oídos: “Demolition” es eso, demoledora y conmovedora a la vez; en “Tongue” las diferentes texturas -con ese piano tan bien situado que suena en el parón que viene antes del apoteósico desenlace- que juegan unas con otras sin estorbarse vuelven a mostrar un derroche de imaginación que es constante en todo el disco. El sonido es absolutamente monumental, pensado al milímetro para que nuestra atención nunca se desvíe. Ni siquiera puedes hacerlo cuando la cosa se pone más intimista y desnuda de pirotecnia sonora, como en “One Man”. 

La parte final del álbum es, sencillamente, alucinante. Empezando por la gran protagonista del disco: “Where Is Gone?”, que contiene la sorprendente unión de estos irlandeses -entre los que se encuentra el guitarrista Carlos O’Connell, medio español y criado en Madrid- con la actual reina de la música global, la catalana Rosalía. Un dueto que recuerda mucho, por lo cinematográfico y romántico, a los de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en los sesenta o también los que perpetraron Isobel Campbell y el añorado Mark Lanegan no hace tanto. Y en todo caso, otra pieza del puzle que es esta siempre sorprendente banda, que una vez más demuestra ser totalmente inclasificable. 

El trío final quita la respiración: “You miss me” es probablemente la canción más perfecta del álbum, la que más aspira a ser considerada el single por el cual se les recuerde y que representa, además, a la perfección el discurso de este trabajo, con su pequeña y desgarradora historia sobre la toxicidad de la dependencia emocional, tan desgraciadamente todavía en boga estos días. Completan la ecuación “Japan”, que guarda pretensiones de himno pero al final perdura como una lección magistral de cómo hacer pop en el siglo XXI, tanto como la final, “Intimate”, que se las arregla para asumir la compleja tarea de despedir una sucesión tan impresionante de composiciones. Su ambiente opresivo, su contenido muro de ruido, su obstinación por reconectar con los Fontaines DC del principio, constituye el broche final perfecto para el que es, seguramente, el mejor disco que puede fabricar la mejor banda rock de hoy en día.

Teenage Fanclub + Euros Childs: La intensidad de una buena melodía


Sala Razzmatazz, Barcelona. Sábado, 17 de octubre de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Menudo octubre llevamos de giras y conciertos, estos días están pasando por nuestras salas y nuestros auditorios un montón de bandas relevantes en el ámbito del pop-rock: Mercury Rev, Strokes, Fontaines DC, Lemon Twigs, Band Of Horses...o nuestros protagonistas, Teenage Fanclub. Que nadie lo olvide, a pesar de tener la baja de una de sus patas (el talentoso Gerard Love), siguen siendo una formación importante a tener en cuenta más allá de revivir su época dorada. Muchas voces son las que rechazan sus últimos trabajos, como el flamante “Do Not Dare To Dream”, lo cual me parece injusto. Cierto que comparándolo con sus primeros trabajos salen perdiendo de goleada, pero en ellos siempre encontramos esas melodías, esa instrumentación que año tras año han ido puliendo, y un pop luminoso con denominación Glasgow. 

Sin mayores expectativa muchos acudimos a una Sala 2 del Razz plagada de nostálgicos del indie de los 90 que abrieron boca con el teclista de la banda, el galés Euros Childs, quien en solitario y con el único acompañamiento de su teclado entretuvo con sus canciones. Y es que Euros Childs es un prolífico músico que muchos conocerán por ser el líder de Gorky's Zygotic Mynci pero que desde el año 2006 ha desplegado una carrera en solitario con prácticamente un disco por año (así que hagan sus cálculos), el último de los cuales es “A-Pop” del año pasado del que interpretó las canciones “Happy Coma” y “My Colander”, en medio de irónicas bromas y una inquietud por seguir con el horario pactado (sacó varias veces su reloj del bolsillo) que demostraron la autenticidad del tipo. Sus arpegios de piano, sus muecas y su buena voz fueron un buen aperitivo del plato principal que lo presentó a un segundo plano en el escenario pero pletórico en las segundas voces y en los acompañamientos y solos a los teclados. Euros está con los TFC desde el 2019 y parece que ha conectado a la perfección con ellos además de darles nuevos matices sonoros.

Junto a él entraron el batería Francis Mc Donald (también mánager de Camera Obscura), el bajista Dave Mc Gowan, al que volvíamos a ver tras su paso en verano a bordo de los Belle & Sebastian, y los fundadores Raymond Mc Ginley y Norman Blake , quienes llevan el peso de las voces y de las guitarras. Para comenzar sonó “It’ s All In Muy Mind”, de uno de los discos mas apreciados por la banda y a veces olvidado por los fans , “Man-Made” (2005), aunque fue mas aclamada la que le siguió, el clásico “About You”. A partir de aquí el directo alternó sus éxitos añejos junto a nuevas canciones, sin que desentonaran unas de las otras. De las nuevas destacaría los cambios de “Tomorrow People”, la melodía azucarada de “There Was You” y la brillante pieza pop “Day In The Sun”, que seguramente se quedará en los setlists del futuro, simple. Pegadiza y optimista como suelen ser los propios Ray y Norman.

El quinteto sonó en todo momento intenso y compacto con una batería poderosa y unas guitarras abrasivas como siempre, demostrando que a pesar de los años se puede ofrecer un concierto potente de power pop como si tuvieran veinte años. Es la forma en la que aparecieron gemas como “I Don’ t Want To Conrol Of You”, “What You Doing To Me”, “I’ m In Love”, “Neil Junk” o la mayestática “The Concept” con esos coros memorables que rezan “I Did’ nt Want To Hurt You Oh Yeah” y ese desarrollo instrumental final con las guitarras a toda mecha. Con la misma caña que le metieron a la que cerró el bolo, “Everything Flows” de su disco de debut “A Catholic Education” (1990) con la que volvimos a sus orígenes.

Está claro que a pesar de que salieron enormes temazos echamos de menos muchas de nuestras canciones favoritas de la banda – básicamente las que llevan la firma de Gery -, como también sobró alguna que otra un poco tediosa e insustancial. Pero la realidad es que es un gozo poder seguir viendo en directo los formidables restos de esa banda que se codeó en su día con Nirvana y ser testigos de cómo aún se mantienen poderosos a las guitarras, harmoniosos a las voces e intensos a pesar de casi no interactuar con el público en forma de parlamentos o bromas. Los escoceses han sabido seguir tras el paso de los años y han querido reinventarse a su manera manteniendo intacto el legado de la que fue una de las mejores formaciones surgidas en la última gran década del rock.

The Lemon Twigs + Mod Lang: Jóvenes clásicos


Sala Paral·lel 62 Barcelona. Jueves, 15 de octubre de 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

En apenas dos años los Lemon Twigs han pisado los escenarios barceloneses en cinco ocasiones. Un periodo muy corto en el que han publicado dos álbumes como banda y uno en solitario de Brian. Ello supone un ritmo de trabajo que sólo permite el fervor de la juventud, pues recordemos que los hermanos D’ Addario, a pesar de tener seis disco de estudio publicados a sus espaldas como banda y estar en circulación desde 2015, no alcanzan la treintena. Y con esa velocidad de crucero es la que afrontan una carrera que por el momento no podemos calificar de otra forma que de sobresaliente. Excelentes multinstrumentistas y compositores inigualables, son únicos en su especie dentro del panorama musical actual.

Eso es algo que a muchos veteranos amantes del rock clásico no se les ha escapado por lo que decidieron acudir a la Paral·lel 62 para poder gozar de sus canciones y en especial de las de “Look For Your Mind”, ese último disco que bebe de forma directa de fuentes como los Beatles, Beach Boys, Turtles, Byrds y, en general del pop de los años sesenta. Tras haberse inspirado en el power pop de los setenta, parece que en los últimos años tiran hacia la década anterior, captando a la perfección las estructuras sonoras, las voces y los instrumentos de bandas como las citadas en un momento actual en el que el destino del rock parece algo desorientado.

Pero antes de ver al cuarteto que forman los geniales hermanos Brian y Michael D’ Addario, junto con ese pseudo-Slash llamado Reza Martin (batería, guitarrista y bajo), y Dany Ayala (teclados y bajo) tocó disfrutar brevemente de esa joven banda que se han traído para la gira llamada Mod Lang. Un cuarteto venido desde Detroit que explora como pocos el power-pop al que se nota que adoran a bandas como los Flamin' Groovies, Badfinger o Big Star. Presentando su disco de debut de este año, “Borrowed Time”, Antonio Keka y Alex Belfie se alternaron las voces y los solos de guitarra mientras la sólida sección rítmica iba a cargo de Ava East (bajo y voces) y Ben Taber (batería). Con temas como “In Advance”, “TV Star” o “What I Can’ t Have”, llenos de voces, ritmos bailables y guitarras afiladas, si bien se nota que no inventan nada, su pop poderoso es delicioso a espera que la banda se vaya compactando a medida que vayan rodando y fogueándose en giras como la actual que les ha llevado por nuestro país.

Pero los actores principales de la noche eran los hermanos D’ Addario y sus canciones, en un recital que se abrió con “My Golden Years” para encender a los espectadores, un hit que seguramente apareció demasiado pronto, lo mismo que “In My Head” y “The One” , esta última la única que tocaron del que posiblemente es su mejor álbum (y espero no ser controvertido) “Songs For The General Public” (2020). Pero su directo iba por otros derroteros, sobre todo por los que marcan su nuevo material, ya que del último disco interpretaron hasta 11 de las 14 canciones. Son esas piezas de orfebrería pop sixties como la aguerrida “Look Fr Your Mind” con ese toque Byrds, el sunshine pop de “2 or 3”, la "beatliana" “ I Just Can’ T Get Over Loosing You”, el medio tiempo cristalino “Fire And Gold” o , mi favorita, el rock’ n roll Beach Boys “Bring You Down” con el que cerraron de forma flipante el primer set.

Maravillosas de nuevo esas rotaciones en los instrumentos que hacen gracias al cual vemos lo bueno que es Michael a la batería o Reza a la guitarra y bajo o lo gran teclista que es el discreto Dany. Y es que a pesar de lo jóvenes que son, se nota lo buenos músicos que son y las tablas que tienen encima del escenario, ya sea cantando segundas (y terceras) voces o pegando esos saltos guitarra en mano a lo rock star. 

Para los bises, Brian solo con la guitarra acústica en mano para silenciar a la audiencia con su vozarrón y su habilidad con el punteo de la mano de una sentida “Joy”, la estrenada en nuestro país “She Flies Through My Dreams” de la que olvidó la primera estrofa y tuvo que reiniciar, y la deliciosa “Corner Of My Eye”. Con la banda al completo el cierre lo puso la rockera “Rock On” que demostró lo buenos que pueden ser si se meten de lleno en el rock’ n roll clásico (ojalá en el futuro un disco entero así) y la titánica “How Can I Love You More?” con ese arranque tan "beachboyero" y ese dessarrollo tan épico, un final ideal que no fue porque hubo un segundo bis tras el ferviente clamor del público que se sació con la lejana “Foolin Around”.

Viva la hermandad: Entre León Benavente, Dorian y el “último verso” de Love of Lesbian


Espacio Zity, Zaragoza. Miércoles 14 de octubre de 2026 
Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Las despedidas duelen. Sabíamos de antemano que iba a ser así, pero a pesar de ello no podíamos faltar a la gira de “El Último Verso” de nuestros hermanos Love of Lesbian. En el mismo escenario del Espacio Zity de las Fiestas del Pilar zaragozanas se dieron cita también León Benavente y Dorian para cerrar el cartel más indie-rock de estos pilares, en una especie de mini festival montado para la ocasión en la carpa de conciertos más grande de Zaragoza. Cinco horas sin parar repartidas entre estas tres grandes formaciones del rock patrio. Todos ellos dando los últimos coletazos a sus giras presentes. Los “leones” antes de dar el salto a México donde terminarán el viaje de su “Nueva Sinfonía sobre el Caos”, Dorian en su penúltimo envite de “Futuros Imposibles” previo a su encierro para dar forma a sus próximas canciones, y los de Santi Balmes en la recta final de su gira de despedida por tiempo indefinido, ya que, como ellos mismos han manifestado, necesitan parar de verdad para volver a reconectar con el espíritu de esta singular formación.

La noche comenzó con León Benavente. La banda, unida inseparablemente a esta ciudad inmortal gracias a su bajista Edu Baos, ofreció uno de sus intensos conciertos en los que la incitación, el descaro y los vatios se dieron nuevamente la mano en un abrazo intenso con un público entregadísimo desde el primer momento. Abrieron con la muy ravera “Úsame/Tírame”, en la que se dejó notar la mano del último fichaje del grupo para sus conciertos, el carismático Martí Perarnau IV, que disparó secuencias y bases con gran acierto, sumando siempre a la intensidad de los cuatro leones, que se despacharon a gusto con “A la moda” y “Amo” antes de que sonara el primero de sus grandes himnos, el colosal “Ánimo, Valiente”. El punch electrónico no bajó ni con la irónica “Mítico” ni con la supervitaminada “Baile existencialista”, y su brillo más rock, en el que dejaron que sus guitarras marcaran la pauta, se percibió con gran maestría en “La Ribera”.


Concedieron algo de espacio al pop con “La Aventura” y nos condujeron por la senda del peligro a través del pulso de bajo más intenso y emocional en lo que va de siglo con “Ser Brigada”, una auténtica apisonadora en directo por los siglos de los siglos. El festín particular del grupo capitaneado por Abraham Boba, los 163 cm más carismáticos de nuestra escena, se desató en la recta final de su actuación con su ya imprescindible “En el Festín”, con su clásico digno del mayor caos armónico “Gloria”, y con la provocación realista y señera de “Ayer salí”, en la que dejamos que nuestros pies se separaran del suelo en un nuevo alarde de cotidianeidad mística regada de la electrónica más enérgica que podemos presenciar en este momento en nuestro circuito. León Benavente son inimitables, una bomba. Sus directos son los más potentes y desafiantes que vamos a encontrar. Absolutamente necesarios. Porque presenciar uno de sus conciertos es una experiencia vital inconmensurable. Una sensación de subidón insustituible y tremendamente sanador. Una vez más (y no me cansaré nunca de decirlo) estuvieron inmensos. Un bolo irrepetible en el que decido quedarme con la cara de una espectadora que estuvo junto a mí durante el concierto con la boca abierta todo el tiempo, sabiendo que estaba viendo algo único mientras descubría por primera vez a este grupo en directo. La expresión del impacto y el flechazo instantáneo hecha realidad. No hay nada comparable, y ese rostro que se me quedará grabado para siempre lo decía todo, poniendo palabras a la sensación única de vivir un concierto de los “leones”.

Dorian también dejarían testimonio de su amor por esta ciudad (que siempre les ha acogido con los brazos abiertos) en su concierto, que cerró la noche en el Zity. Los catalanes presentaron un repaso muy acertado a sus clásicos en la recta final de una gira que les ha llevado, como tantas otras veces, a infinidad de festivales de nuestro país. No hubo tiempo para aburrirse, a pesar de su pose más bien estática entre las grandes pantallas y los alzadores de su escenario, pero Marc Gili se nos metió en el bolsillo de nuevo gracias a canciones tan potentes y bien escritas como “Los amigos que perdí”, “Verte amanecer” o “El temblor”. Lisandro Montes, o el “Chico Biónico”, como lo llamó su jefe de filas, removió el escenario agitando a sus fieles en “Vicios y Defectos” o la reivindicativa “Dual”, y antes de terminar su particular encadenado de hits nos sedujeron con una versión más serena de “A cualquier otra parte” o una “Materia Oscura” que terminó derivando en el “Bailando” de Alaska. Una “Tormenta de Arena” alargada y efectista puso el broche a una actuación correcta, con gancho, pero quizá demasiado encorsetada, y eso que podría decirse que vimos una versión de Dorian más disfrutona que de costumbre.

Pero en lo que de verdad quería detenerme, dentro de este tour de force emocional en medio de los Pilares, era en la despedida de uno de los grupos más auténticos y personales de los últimos veinticinco años. Me estoy refiriendo a Love of Lesbian y su gira “El Último Verso”, que aunque fueron programados en mitad de la velada, para todos los presentes era el plato fuerte de la misma. El nombre de la gira lo dice todo y las propias declaraciones del grupo han dejado claro desde antes de verano que estos conciertos iban a ser los últimos por mucho tiempo. La banda necesita un respiro, una reconexión. La necesidad de tocar tierra para volver a empezar de nuevo si el cuerpo se lo sigue pidiendo. Es cierto que desde su regreso tras la pandemia con “V.E.H.N” no han parado ni un momento, pues encadenaron la gira de aquel disco con la grabación de su último largo “Ejército de Salvación” y siguieron sumando fechas por toda la geografía española (y también especialmente en México) sin respiro. Yo relaciono esta necesidad de parón con su actividad frenética. El deseo de tomar aire para no repetirse o accionar el piloto automático dejando su discurso más vacío. Y eso no lo quieren ni ellos ni sus fieles, que siempre han visto a la banda darlo todo. Es un “o te entregas hasta el fondo o lo dejas”. Sinceramente creo que esta parada será temporal, que Love of Lesbian solo están tomándose algo de tiempo para buscar inspiración y no traicionarse a sí mismos dejándose llevar por la inercia. Es un gesto valiente a la par que necesario tras tantos años en la brecha. Pero dejémonos de disertaciones e interpretaciones personales. Lo del pasado miércoles en el Espacio Zity fue una auténtica celebración. Un derroche de energía que nos permitió volver a emocionarnos con las canciones de la banda.

Balmes comenzó con calma pero mucho sentimiento entonando la directa “Ejército de Salvación”. Desde los primeros instantes comprobamos que la gran pantalla del fondo de escenario iba a ser tan protagonista como el propio grupo, proyectando esas frases de la canción citada que se nos quedaron grabadas, y permitiendo ver en primer plano las expresiones de todos los miembros de la banda, que se mostraron gran parte del tiempo visiblemente emocionados. Cuando Santi se colocó la chistera del mago que nos transporta hasta la época del “Poeta Halley” se encendió la mecha y nos llevaron muy lejos con “Cuando no me ves” y “Bajo el Volcán”, momento en el que presentaron el espectáculo que todos estábamos presenciando como la despedida que ya sabíamos que veníamos a ver, pero con un agradecido júbilo por montera que no iba a empañar de lágrimas la velada. Más bien lo contrario. El concierto se iba a convertir en inolvidable por la energía que nos iban a transmitir y la celebración eufórica en lugar de melancólica. En las pantallas apareció Rigoberta Bandini para dar la réplica a Balmes en “Contradicción”, pero resultó más épica “¿Qué vas a saber?”, aunque no estuviera Amaral, por arriesgarse con un arreglo vocal único que le hizo ganar singularidad al ya de por sí gran tema. 

Si alguno iba a sentir como se le encogía el pecho sería con “1999” y ese ritual catártico que siempre desprende la mítica canción con la que los lesbianos dieron su particular salto de gigante. Nos volvió a poner los pelos de punta, como cada vez que vuelve a nuestra cabeza ese leve toque de piano que la conduce, pero rápidamente cambiamos de tercio hacia la potente melancolía de la más electrónica “Belice”, en la que Balmes volvió a centrar el protagonismo con su solo a las teclas en la parte final. Y es que quizá el resto de los componentes de la banda quedaran más opacados por el torrente expresivo de su frontman. Tal vez ellos mismos le cedieron la carga emotiva de forma premeditada. Tal vez el resto preferían pasar más desapercibidos, sin alardes, y que fueran las canciones las que hablasen. Jordi Roig permaneció más estático, como casi siempre, Oriol Bonet se mostró comedido desde la batería, pero más chocante resultó encontrar a Julián Saldarriaga tan discreto cuando siempre se muestra locuaz. Será el cansancio acumulado o las ganas de echar el freno. El caso es que esto no provocó ningún daño en el resultado final. Todo salió rodado, pero tal vez hubiera algo de pesar en el grupo. 

“La Champions y el Mundial” se vivió como una celebración copera y con “Me amo” e “I.M.T” sacaron su lado más canalla, aunque la palma se la llevó el momento “chungo chungo” de la mítica “Algunas Plantas”, el mejor reflejo que se haya hecho nunca de un “viaje” de maría en la escena rockera, aunque eso ya lo sabemos todos. “Incendios de nieve” nos hizo levantar las manos al aire mientras el público se convertía en protagonista en la enorme pantalla. Un mar de brazos arriba mientras coreaban al unísono convirtió a éste en uno de los momentos más celebrados de la velada, junto al paseo que Balmes se dio por las primeras filas agarrando fuertemente las manos de muchos afortunados mientras les cantaba “La Hermandad” literalmente al oído (no puedo evitar compartir por aquí que yo fui uno de esos afortunados).

“Allí donde solíamos gritar” vino acompañada de un mensaje muy necesario en estos tiempos tan convulsos alejando la honradez y la inteligencia del auge fascista, mientras a modo de desahogo, volvíamos a aquellos bancos en los que escribimos los versos de “Heroes”. Imágenes que todos hemos hecho nuestras en más de una ocasión y que esta vez sabíamos que costaría volver a ellas, pero lo hicimos con pasión, todos al unísono. Los siete músicos en escena que son desde hace unos años Love of Lesbian se fundieron en uno con las diez mil almas que se dieron cita en el gran escenario del Zity. Todos fuimos uno allí donde esperamos volver a gritar. Ya he dicho que hubo mucha conmoción en el ambiente, pero mezclada con una enorme vitalidad, como la que nos llevó al cielo con ese “Fantástico” convertido en aullido colectivo y en la que pudimos escuchar atrevidos extractos de “Lobo hombre en París”, “Ritmo de la Noche” y “Amante Bandido”. El humor que no falte.

Si me hubieran preguntado, habría cerrado la noche con alguna ausencia que para mí es clave en la carrera de la banda, como “Planeador”, “Universos Infinitos” o “Los Irrompibles”, pero la que no podía faltar era “Club de fans de John Boy”, y con ella pusieron el broche. Fuimos por última vez los raros del concierto mientras Love of Lesbian se reencarnaban en el telépata de Dublín. ¡Cuántas veces hemos gritado con orgullo ser fans de John Boy! ¡Cuántas veces nos han hipnotizado con su verso letal estos prestidigitadores de la emoción! Eso fueron Love of Lesbian de nuevo. Así quedarán en nuestro recuerdo mientras se piensan si seguir rodando. Un recuerdo que permanecerá intacto entre la energía vitalista y la sincera hermandad. Nos quedamos huérfanos, pero orgullosos de haber formado parte de esto, de ser el “ejército de salvación” de la banda más grande capaz de generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna. El tiempo se ha parado en 2026, que 1999 queda muy lejos ya. Mientras tanto, os estaremos esperando.