Mumford & Sons: "Prizefighter"


Por: Javier Capapé. 

En el último año, Mumford & Sons han entregado dos de sus más grandes obras. Después de experimentos algo menos convincentes y de la salida de Winston Marshall para convertir la banda en trío, nos sorprendieron con “Rushmere”, y en menos de doce meses nos entregan el que puede ser su mejor disco hasta la fecha. Al menos a la altura de su sorprendente debut lanzado hace ya más de quince años. Aunque, ¿por qué no? Me voy a lanzar y afirmar que es lo mejor que han hecho en su intensa carrera. “Prizefighter” es una colección de canciones emocionantes que van a la esencia, al menos es más. Atemporales. De las que perduran. Buscan conmover con los elementos justos, optando más por las guitarras acústicas que por los banjos que antes aglutinaban la mayor parte de los riffs de sus canciones, pero suenan más puras y convincentes. Sin la explosividad que aportaban sus trazos más épicos, pero alcanzando cotas muy altas al simple calor del fuego. Este LP rezuma folk por todos sus poros, potenciando su vena más country. “Prizefighter” no decepciona en ningún momento, no baja el listón, ni siquiera aún saliéndose de los cánones de duración de estos tiempos al entregar hasta catorce canciones, aunque por más que busque, no encuentro ninguna de ellas que sobre.

Marcus Mumford, Ben Lovett y Ted Dwane, se adentran para esta ocasión en terrenos más serenos, por momentos sombríos, pero muy bien asentados en la raíz americana. Esto es algo en lo que habrá tenido mucho que ver Aaron Dessner que, como productor cada vez más reclamado entre artistas que buscan cierto toque de experimentación sin perder las texturas folk para dar color a sus trabajos, ha impregnado de este espíritu más orgánico a las nuevas canciones del trío. Además, participan también varios invitados que otorgan a algunos de los temas un punto de novedad que se sale de los cánones más habituales que nos confiere la voz de Marcus. Desde Chris Stapleton, con un color más áspero, a Gigi Pérez y su toque más dulce. También participa Gracie Adams, en una de las baladas más desnudas y emocionantes del lote, y Hozier, que aporta unos breves pero certeros versos al que fuera el primer adelanto de este disco, que se fundió con la gira de presentación del anterior. Y es que la última gira de Mumford & Sons fue más bien una celebración de la vuelta del grupo inglés tras un tiempo de reposo, en la que entraron varias de las canciones de este “Prizefighter” como adelanto conviviendo a la perfección y sin fisuras con las ya conocidas de la banda, como si fueran nuevos clásicos a pesar de no haber sido lanzadas todavía en ese momento.

Sin demasiadas novedades estilísticas con respecto a su inmediato predecesor, pero acertando de lleno, “Prizefighter” trae un nuevo brío a la banda desde su abierta intimidad, que se pone de manifiesto desde los primeros acordes de la delicada “Here”. Sostenida con un rasgueo de eléctrica contenida y una base marcada por la batería (que no aparecerá en muchos más momentos del álbum), mantiene un medio tiempo sin llegar a subir como en muchos de sus temas más épicos, pero conservando los elementos que siempre han caracterizado al grupo. Stapleton le da un aire al más puro estilo del medio-este americano con su voz más rasgada, convirtiendo este acercamiento al country en uno de los pilares en los que se asientan el resto de canciones. “Rubber Band Man” posee leves toques de banjo hasta conducirla a un estribillo más épico, pero con lo justo, tan solo se va al margen por la aportación del irlandés Hozier, que alumbra los escasos versos de los que se ocupa.

“The Banjo Song”, otro de los adelantos del disco al igual que el tema previo, tiene banjo, ¡cómo no!, pero no explota. Se contiene y son los vientos de Benjamin Lanz los que le aportan fuerza en su estribillo por encima del instrumento que da nombre al tema. “Run Together” es quizá la más pop de todas, la que conecta directamente con sus éxitos más reconocibles, los que les llevaron a la gloria a principios de la pasada década, al igual que ocurre con “Stay” (gran trabajo de Andrew Barr en la batería) o “Begin Again”, muy épica y con un fantástico riff que se mantiene de fondo tras el estribillo hasta que la canción explota con la presencia de las guitarras eléctricas más contundentes (otra de las pocas veces que se dejan escuchar en el disco). Sin embargo, y a pesar de estos temas más directos y evidentes, es en las distancias cortas donde más gana este “Prizefighter”, como ocurre en la canción titular, donde las guitarras parecen sonar al calor del fuego (o del mechero que se vislumbra en su título), representando el espíritu contenido del disco. Un single atípico, pero por eso mismo más logrado. Además, si escarbamos en él, encontraremos el suave aporte de Justin Vernon. Increíble. 

 “Alleycat” es ardiente a la par que suave y en ella destacan esas programaciones que lo dominan todo, pero parece que no estén, que pasen de puntillas. Un trabajo maestro de James McAlister, que además ha participado como ingeniero de grabación. Suave es también “Icarus”, a pesar de apoyarse en bastantes más programaciones rítmicas de las que aparenta, en la que la cantautora de Nueva Jersey, Gigi Pérez, intenta aportar algunos giros vocales que la lleven a otro lugar (algo de góspel), pero sin alejarse del tono general que mantiene el conjunto. Por contra, “Badlands”, con el sedoso aporte vocal de la joven Gracie Adams, es una de las pocas conducidas por el piano de Lovett mientras las voces permanecen casi todo el tiempo al unísono. Recuerda a “folklore”, el otoñal álbum de Taylor Swift también producido por Dessner. Magnética y evocadora. Una canción simple, pero preciosa. Y en esa misma línea, que nos lleva a los momentos más lúcidos del grupo, está “Shadow of a Man”, como si volviéramos a lo mejor de su debut, al origen de todo.

Pero aún nos queda lo mejor. Las que calificaría como las tres gemas del maravilloso renacer de la banda. Primero habría que señalar “Conversation with my Son (Gangsters & Angels)” que se mueve con lentitud pero buen paso. La acústica es la que dibuja el paisaje en lugar del banjo, con un suave desarrollo dividido en dos partes. En la primera son los coros de Amelia Meath los que apoyan la tremenda labor en las guitarras principales de Dessner, ya que Marcus se encarga solo de la voz principal y algún pequeño arreglo de mandolina. Y en la segunda parte cargan con la épica en un final que se extiende entre las cuerdas y el apoyo de los sintetizadores. Es absolutamente demoledora y quizá por eso la empleaban como cierre de los conciertos de su gira, como avanzando todo lo que estaba por venir en este disco. Después señalaría “I’ll Tell You Everything”, con poco más que una guitarra apoyada en unas bases de fondo sutiles y las cuerdas de Rob Mosse, que arreglan levemente el tema, como el piano de Lovett, que casi solo se intuye. Mosse además, está presente en todos los momentos en los que escuchamos violines o violas, pues es él quien se encarga de todos estos arreglos, que también destacan en la última que quería señalar, que es además la que cierra el disco. Estoy hablando de “Clover”. Me dejó sin palabras desde el momento en que la descubrí. De lo mejor que les he escuchado nunca.

Es difícil describir todo lo que me provoca este disco desde que lo escuché como entidad el día de su lanzamiento. Los arreglos vocales (tremenda labor de Ted y Ben fundidos con un Marcus en estado de gracia), las acústicas más limpias y refinadas, las programaciones que soportan el peso cual colchón de base, las delicadas cuerdas… Enciende la mecha y quema, pero no duele, más bien cauteriza y nos muestra la delicadeza de cada surco que recorre nuestra vida. Un canto imperecedero. Un disco que trasciende y que nunca envejecerá. Una obra maestra.

 

Dura Calá: “Somos unos macarras haciendo música”


Por: Javier González. 

Fotografías: Madarli.

El buen rock destilado en la selva de asfalto que crece a orillas del Manzanares siempre ha tenido un componente callejero, visceral y macarra. Muchas son las formaciones que han dado forma a dicho estilo, recordando en un rápido ejercicio a nombres mayúsculos como los de Cucharada, Leño, Ramoncín o Burning, bandas y solistas que abrieron un camino posteriormente recorrido con gran acierto y personalidad por otras como Gabinete Caligari y Los Enemigos, ampliando con su legado una vereda fértil que hoy día parece seguir generando nuevos proyectos que desde un personal discurso buscan perpetuar una extirpe que ya abarca varias décadas de historia. 

Si en estos últimos tiempos desde estas páginas hacíamos un hueco para hablar de bandas jóvenes como BRAVA y Los Jaleo, hoy nos toca ocuparnos de otros paisanos, vecinos ilustres del foro como Dura Calá, proyecto formado por viejos secundarios del panorama quienes semanas atrás editaron su primer trabajo, “¡Ay!”, una buena colección de canciones en las que juegan con acordes tomados del flamenco, entremezclados con blues y rock, dando forma a un universo dramático, oscuro, canalla y carcelero, donde también hay hueco para los corridos mexicanos y la cumbia, mostrando una baraja de cartas más que llamativa, capaz de encerrar muchos ases bajo la manga. 

Desfilamos entre castizos y orgullos por la Albufera de Vallecas para encontrarnos con Kash, vocalista de la banda, para que nos hable un poco más de cerca de esta auténtica sobrada cheli, repleta de espíritu y alma cañí llamada Dura Calá

Vayámonos a la noche de los tiempos si te parece. Dura Calá es un proyecto formado por una serie de nombres con sobrada experiencia que ya han militado en distintas bandas dentro del panorama estatal. ¿De dónde venís cada uno? ¿De qué forma sentís la necesidad de juntaros para dar forma a un proyecto tan particular como este? 

Kash: Nosotros somos mercenarios, llevamos muchos años de un lado a otro, tocando en otros proyectos. Llegó un punto en que nos generaba satisfacción económica, pero artísticamente no nos llenaba. Todo empezó como broma, me puse a trastear con unas referencias cercanas al folclore, ya que nos gusta mucho el flamenco, unido con un poco de rollo bluesero y rockandrolero. Grabé una demo guarra que le pasé a Dani, el batería, al que había conocido en otros “proyectos mercenarios”, y me dijo “habría que montar una banda porque mola que te cagas”. Entre broma y broma, lo montamos. Se lo seguimos enseñando a otros colegas del mundillo y se quisieron sumar al proyecto, formándose la banda. Todo fue producto de una casualidad bastante chula. 

“Nos hemos permitido investigar con escalas flamencas y ritmos rumberos, mezclándolas con herramientas más cercanas al rock clásico” 

La banda tiene una forma de escribir que oscila entre la poética callejera que no esquiva temáticas crudas y el amor romántico, mientras que musicalmente la paleta de sonora sabe moverse entre el rock afilado y otras sonoridades más tradicionales e inclusive por momentos festivas, tal y como mostráis en “Macarena”. ¿Cómo de complicado es unir tantos universos en un solo disco? 

Kash: Creo que hemos encontrado el sonido más que buscarlo. En mi caso soy compositor y por primera vez me deje fluir para ver qué pasaba, quería llegar a un punto que me molase, encontrarme cómodo con las letras que nos representasen en el lenguaje, sin rimbombancias extremas, ni querer pintarnos de otra cosa. Al estar más acostumbrados a componer rock and roll, stoner y blues nos permitimos investigar con escalas flamencas y ritmos rumberos, mezclándolas con nuestras herramientas más cercanas al rock clásico, cuando descubrimos que nos molaba, sentimos que aquello nos representaba. 

Vosotros definís el sonido de la banda como “Macarreo madrileño”, una etiqueta que os acerca al cine quinqui, representado por nombres como José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia, y a otras bandas de dicho universo, cuyo primer nombre citaría a los insignes Burning, aunque musicalmente pienso que os movéis en otros parámetros. ¿No tenéis cierto miedo a que el término acabe pesando mucho y condicionando a la banda?

Kash: El término surgió porque nos preguntaban qué estilo hacíamos y al haber tanta amalgama, como bien has comentado tú, que no nos atrevíamos a decir uno concreto. Quizás si digo rock, algún seguidor del rock clásico nos diga que no. Por nuestro respeto al flamenco nunca diríamos que lo es, pero si lo dijéramos nos dirían “estáis flipados”. Finalmente, nos dimos cuenta que éramos unos macarras haciendo música y de Madrid, así que “Macarreo madrileño” está bien para que la gente lo escuche y saque su propia conclusión. No queremos que nos limite ni pese. Es una descripción amplia sobre algo que nos hace sentir cómodos. Se puede ver como que nos limita, pero, al contrario, mientras que lo que saquemos nos mole y tenga el punto macarra, seguirá valiendo. Nuestro objetivo es hacer lo que nos mola, cuando y como nos mola. Creemos que es un concepto guay que no nos obliga a cumplir ninguna expectativa concreta. 

“Nuestras historias están basadas en lo que nos ha pasado y hemos vivido” 

Os habéis dado cuenta que alrededor de las canciones que conforman vuestro debut, “¡Ay!”, sobrevuelan las sombras de “la trena” y “la muerte” de la misma forma. ¿A qué se debe? 

Kash: Creo que nuestras historias están basadas en lo que nos ha pasado y hemos vivido. La muerte es un tema recurrente, se trata de un miedo principal, sobre todo si llevas cierto tipo de vida lo ves más de cerca. Hemos tenido amigos y experiencias que nos han llevado a plantearnos estos temas. Y con la trena pasa lo mismo. Hemos tenido la suerte que hemos acabado haciendo música, algo mucho más sano. Al final siguen siendo temas que nos han llamado, ya que, por un caso u otro, nos han tocado de cerca. Escribimos sobre lo que sabemos y conocemos. Nunca fue buscado, pero es cierto, son dos temas principales del disco. 

“Madrid es una ciudad que te da todo y a la vez te lo quita” 

“La Condena” habla de Madrid como la capital de la farra, pero también comentáis textual que las “almas en pena cumplen la condena de vivir aquí”, vuestra particular adaptación del “Madrid me mata”, entre rock cañero y amagos de pasodobles. ¿Echáis de menos la antigua visión más canalla y callejera de la capital? 

Kash:
Creo que sigue estando, según a quién preguntes Madrid no ha cambiado tanto. Hay tanta gente que adora Madrid como aquella que lo odia. Es una ciudad que te lo da todo y te lo quita, sobre todo en función del día, las decisiones que tomes o la suerte que tengas. No es que hubiera un deseo de reivindicación expresa, pero sí que es cierto, como te decía antes, que es parte de lo que nos sale hablar, puesto que son historias cercanas y que nos han tocado. 

“En Vallecas las cosas se ven y no se esconden”

Vaya pasada de canción y que vacilona resuena “Tío Pepe”, donde acabáis desembocando en La Albufera de Vallecas, un barrio hacia al que sentís una especial vinculación. ¿Por qué? 

Kash: Hemos echado mucho tiempo en Vallecas. El batería sigue residiendo allí, personalmente pasé mucho tiempo en el barrio, lo sigo considerando casa. Es un sitio donde, a diferencia de otros barrios, salvando excepciones, claro está, las cosas se ven y no se esconden. La mayoría de estas historias vienen de un período que pasamos allí y nos gusta ponerlas en el contexto, aunque no hagamos referencias a calles concretas ni personas. 

Otro tema muy crudo que habéis creado es “Fuego y Cristal”, una dura historia de extrarradio sobre adicciones y vidas en la penumbra de las drogas, que toca muy dentro a todos los que nos hemos criados a las afueras de cualquier urbe. 

Kash: Si la escuchas, parece una película de Eloy de la Iglesia, que decías tú antes. Es un tema que me toca bastante, está basado en una historia que viví de cerca. Personalmente, pensaba que esto eran movidas dejadas atrás en los ochenta, pero un día te das cuenta que le ocurre a alguien que está a tu lado, entonces ves que es un problema latente, aunque no sea tan sonado. Es un homenaje a una persona que por fortuna sigue entre nosotros. Es un tema que nos tocó de cerca y así salió. 

Vuestra amplia paleta sonora tampoco le tiene miedo a mirar al otro lado del Atlántico, algo muy potente en canciones como “La Suerte”, de las mejores del álbum, por cierto, donde hay sonidos cumbieros y un imaginario lírico que retrotrae al universo mexicano. ¿Cómo surgió un tema de estas características? 

Kash: Hay una cosa que nos mola mucho decir sobre Madrid: “todo lo que mola de aquí no es de aquí”. Es una gran urbe donde coincide mucha gente con influencias muy diversas. Al final en un barrio de Madrid puedes oír chotis, cumbia, pero también a Camarón conviviendo con Metallica. Es música con la que nos hemos criado y también nos gusta el corrido mexicano que se acerca a las historias que nos gusta contar. Nos apetecía explorar esta vereda. Nos gusta experimentar con músicas que nos gusten, somos muy eclécticos. Vamos probando y si la cosa cuadra, no le damos muchas vueltas. En nuestro caso, si lo sentimos auténtico y nos suena bien, tiramos sin miedo. 

“Al leer el poema “Reyerta” pensé qué estaba escrito para nuestro universo” 

En “Reyerta” hacéis vuestro un poema del maestro Federico García Lorca, hablando de un duelo de navajas que personalmente, pese a ser decididamente más cañera, me recuerda a “Tango”, una composición de una temática similar, que no igual, de los enormes Gabinete Caligari. ¿Qué os llama tanto la atención de esta lírica castiza, cañí y oscura de una España tan rural y cañera? 

Kash: Supongo que en los ochenta estaba más al orden del día, en las noticias aparecían más este tipo de historias. Nosotros no vivimos los ochenta, pero por contexto, tras leer y ver, parece que era más común. Ahora me estoy leyendo “Macarras Interseculares”, el libro de Iñaki Domínguez, y creo que entre Madrid y Nueva York en los ochenta con los “Warriors”, no hay mucha deferencia. En aquel momento estaba revisitando “Romancero Gitano”, al leer el poema “Reyerta”, pensé que estaba escrito para nuestro universo. Nos ha tocado ver cosas parecidas en el Puente de Vallecas y nos surgió una sensación de cercanía ante un poema más antiguo, pero no desfasado. Hay una parte muy gráfica, donde llega la Guardia Civil y vienen a decir “son los de siempre, ni lo miramos”. Tiramos de otra broma al ponerle música, funcionaba y para adelante. 

“Como influencias te citaría a Pata Negra y Veneno” 

Por cierto, ya que hemos citado Federico. ¿Qué otros autores de nuestra lengua, ya sean músicos o poetas, forman parte de vuestro imaginario? 

Kash: Bueno, realmente la banda somos seis miembros, así que imagino que cada uno te comentaríamos nombres distintos. Lorca por supuesto, que me flipa. El flamenco ha bebido mucho de él. Soy muy fan de la ficción. Me gustan autores que se separan de este universo como Carlos Ruiz Zafón, que ya ves tú que tiene que ver, pero tiene mucho de poético. En cuanto a grupos te citaría a Pata Negra y Veneno, para nosotros fueron precursores del rollo que hacemos. Mezclan folclore con influencias de fuera. Si escuchas el primer disco de Veneno, que en su día pasó casi desapercibido y hoy es mítico, toda una referencia. Se ve que mezclaban el flamenco con el “Animus” de Pink Floyd. Sus letras se mezclan entre cachondeo y sus movidas, dejando la enseñanza de que no hay que tomarse las cosas tan en serio, algo que nos gusta bastante. Nos alejamos de lo solemne por algo real. 

¿Qué grado de cercanía sentís hacia otros proyectos como los de DMBK o nuestros paisanos de BRAVA y Los Jaleo? 

Kash: Conocemos a BRAVA y Los Jaleo, son directamente hermanos. Nos flipan. Con Los Jaleo compartimos local y proyectos a parte. Cuando arrancamos con esta movida, hablamos con ellos para tomar una cerveza, queríamos comentarles que nos veíamos en el mismo universo, que no había bandas así en Madrid y que molaría juntarse para hacer cosas. Me parecen exponentes muy guapos de una imagenería propia y auténtica. Los Jaleo nos flipan. Los Derby también nos gustan, fueron una de las razones principales por las que empezamos esto. A día de hoy, son una banda que sale de los huevos, como quiere y suena así, se les ve reales y funcionan pareciendo reales. Uno de nuestros sueños es tocar con ellos. Es increíble lo que hacen. Nos quitan el miedo sobre qué hacer y qué no. 

“Lo que antaño era mainstream, hoy es nicho” 

Abogáis por unas letras y una estética de otro tiempo, sobre todo en las referencias que manejáis. ¿Qué pensáis de la música que hoy en día consume la gente en su mayoría? 

Kash: A nosotros nos puede gustar más o menos, en nuestro caso menos, pero siempre ha sido así. Es una conversación recurrente en la banda. Si observamos la historia de la música, la pasta se pone en aquello que devuelve la inversión a la industria. En los ochenta el rock daba pasta y salían miles de bandas haciendo lo mismo, ahora pasa por otros estilos. Todos hemos pasado por distintas fases. Ahora pensamos que hay de todo y enriquece en ciertos aspectos. Es igual de válido. Nos puede dar pena, nuestras influencias y estilos van por otro estilos, que quizás no nos queden lejos. Nosotros en “Matadora” nos hemos acercado a la cumbia. Esto es lo que hay, no queda otra. Es algo natural. Lo que antaño era mainstream, hoy es nicho. No podemos controlarlo, por desgracia. 

Vuestros dos primeros bolos en Vallecas generaron un revuelo inusitado. ¿Cuál creéis que puede ser el encaje de Dura Calá en el peculiar universo de la música de nuestro país? 

Kash: Dimos un par de buenos bolos en “Godfather”. Estamos encantados. Era algo que no nos planteábamos para un primer concierto, creíamos que vendrían nuestros quince colegas. Quizás tenga que ver con que a nuestro batería le gusta más la noche que al camión de la basura, fue poniendo las demos por donde salía. Hubo cierto boca a boca y a la gente le ha molado. Al menos la que llenó el “Godfather”. Seguimos encajándolo. Estamos muy agradecidos. Nos ha dado un refuerzo positivo para hacer lo que nos gusta y que la gente siga llenando las salas por donde pasemos. 

¿Qué perspectivas tenéis de gira para los próximos meses? 

Kash: Estamos empezando a salir de Madrid. Nos sorprende meter cincuenta personas en otras provincias. Llevamos muchos años currando de esto. Sabemos que hay que ir con cabeza y somos conscientes que toca picar piedra. De momento nada ha salido a pagar. Este veranos tocaremos en festivales pequeños con toda la solana. Después del verano seguiremos recorriendo salas pequeñas y metiéndole curro para que sea lo que tenga que ser. El único concierto que podemos anunciar es el Centenera Rock en Cáceres. En noviembre iremos más al norte también por salas. No podemos anunciar cosas más concretas hasta que lo hagan los organizadores. 

Mil gracias, Kash. Lo hemos pasado fantástico hablando contigo. Seguiremos la pista del “macarreo madrileño” de Dura Calá. 

Kash: Ha sido un placer. Muchas gracias por el espacio.

“Haz ruido mientras puedas”, de Drugos. "Hijos del trueno" y del rock.


Por: Guillermo García Domingo.

No podíamos pasar por alto el gran aldabonazo con el que llamó nuestra atención Drugos en el mes de enero, bajo el título “Haz ruido mientras puedas”. Drugos es una banda de rock formada en Gijón y asentada en Madrid, integrada por Jano (voz y guitarra), Luis (guitarra), Nacho (bajo) y Ale (batería). Hace aproximadamente un año, en la sala madrileña en la que actuaba Bendita Calamidad, quedé hechizado bajo el influjo de Jano Diaz y su guitarra, que por aquel entonces se pusieron al servicio de las bellas canciones de la cantautora Fátima Fuster.

Drugos representa el rock sin disimulo, faltaría más. Por una doble vía, la de las letras desprejuiciadas de las que hace gala el rock juvenil (y el protopunk), y en la otra vertiente, la predominancia de las guitarras eléctricas y la rítmica a todo gas.

La pervivencia del rock resulta extraordinaria después de 75 años. ¿Alguien conoce el secreto? Es algo probablemente visceral, todavía sin dilucidar definitivamente. Pero el rocanrol conserva su esplendor “en la hierba” (y en el escenario), aunque su edad ya no es la de los adolescentes que lo encumbraron, sino la de un provecto anciano. 

El protagonismo de la guitarra solista de Jano está presente, por fortuna, en todas las canciones. Sobre todo en aquellas en que la banda avanza con toda la artillería eléctrica: “Dejarlo estar”, “M. Pombo”, en la que destaca su letra mordaz, muy apegada a la realidad social madrileña y su “alta suciedad”, como diría Calamaro, y“Treinta monedas”, realmente atronadora e irresistible. “No queda tiempo” flirtea con el funk con sobrado éxito, la voz de Jano francamente reconocible sale victoriosa del reto melódico. 

En los mejores discos de rock siempre hay una balada destacable, y en éste tampoco podía faltar, con ella empieza la cara B y se denomina “Las amapolas”; la “pedal steel guitar” de acompañamiento está espléndida en manos de Nacho Mur (de La M.O.D.A .), quien además es el productor de este disco que cuenta con una portada fantástica, psicodélica. “Como el trigo” es un oscuro tema verdaderamente bizarro, en el que la fuerza de la letra y la propia música se retroalimentan. Es uno de los temas imprescindibles del segundo disco de Drugos. El siguiente corte sigue la misma estela fluvial del vapor del blues: “Me han cortado la luz”, es un sobresaliente manifiesto vital en el que las heridas emocionales y la vulnerabilidad se convierten en un motivo suficiente de autoafirmación. A ver si toman nota los matones fascistas que andan por ahí, fuera de control. A tenor del carácter del mensaje, éste sólo podía abrirse paso a través del género más desgarrador y verdadero que existe. Se hace demasiado corta. “Ya no hay nadie” convoca al espíritu de Springsteen y esos temas vibrantes que con tanto acierto adopta el de Nueva Jersey. Mientras que la particularidad de “No hay prisa” es precisamente su lentitud y que, en su primera parte, el piano, en lugar que las omnipresentes guitarras, guía el recorrido inicial de la canción. Durante la segunda parte a Drugos le puede su ineludible inclinación por las guitarras. El coro final es lo más apropiado para cerrar este excelente trabajo, con el que seguro que esta banda convence a los que todavía no se han enterado de quiénes son Drugos y qué son capaces de hacer. 

Al contrario que el dios bifronte Jano (así se llama el proteico guitarrista y vocalista de la banda), Drugos no debería mirar en dos direcciones: solamente debería dirigirse decididamente hacia el horizonte del rock, quien escuche este disco entenderá a qué nos referimos.

Suzanne Vega, un pedacito de Nueva York


La Paloma, Barcelona (Festival Mil·leni). Sábado, 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà.

Hacía más de veinte años que no acudía a La Paloma, la mítica sala de conciertos y baile situada en pleno barrio del Raval de Barcelona. Fundada en 1903 (cerró en 2007 y reabrió hace apenas tres años), tiene la etiqueta de ser la discoteca más antigua de Europa. Es algo que uno puede comprobar viendo sus paredes y lámparas, pisando su suelo, y respirando ese entorno bucólico en el que a uno le viene en mente aquello de que “tiempos pasados siempre fueron mejores”. Pero estamos en el año 2026, y a pesar de que son malos tiempos para el mundo, aún nos queda ese refugio inexpugnable que es la cultura.

La cita en cuestión era la visita de la gran Suzanne Vega, quién venía a presentar su último disco del año pasado “Flying With Angels” y a repasar su cancionero clásico. Inmejorable plan para los amantes de la mejor canción de autor. Ahora tiene 66 años pero todos la recordamos cuando lo petó con su segundo álbum “Solitude Standing” (1987) con apenas 28 años, reviviendo la tradición de los sesenta y setenta de los cantautores en una época en la que los pop stars (llámense Madonna, Prince o Michael Jackson) cortaban la pana. Ella nos proponía un pop -folk cargado de poesía, dulces melodías y melancolía. Llegaron los Grammy, la fama y las giras por todo el mundo, pero ella nunca dejó de ser fiel a sí misma, a sus orígenes y a su arte. Han pasado los años y su carrera nos ha regalado coherencia y grandes momentos, y afortunadamente la tenemos en plena forma y capaz de seguir creando grandes canciones.

Es lo que sabía ese público de mediana edad que abarrotaba la sala para ver a la diva neoyorquina en plena acción. Y la verdad es que no defraudó lo más mínimo. Con un formato arriesgado en el que sólo se acompaña por el guitarrista irlandés Gerry Leonard - ojo que este tío también ha tocado con Laurie Anderson y Rufus Wainwright pero sobre todo tiene el mérito de ser el guitarrista de referencia de David Bowie de su última etapa – y puntualmente por la joven violonchelista Stephanie Winters; el directo funcionó muy bien y creó un ambiente que nos transportó a una sala del mismísimo Greenwich Village

Con una entrada en la que se puso el sombrero de copa, la cantante y su escudero abordaron “Marlene On The Wall” de su homónimo debut, a la que le siguieron otras como la experimental “99.fº”, la preciosa balada “Gypsy” dedicada a su primer amor de verano o esa oda al pacifismo que es “The Queen And The Soldier”; piezas lejanas y clásicas presentadas de buen comienzo para que “todo el público se quitara la ansiedad antes de tocar las nuevas”. Unas nuevas que acabaron apareciendo: la pieza que titula el último disco que trata sobre esos ángeles que nos ayudan y empujan a tener valor ante las adversidades y ese medio tiempo titulado “Speaker’s Corner” que defiende el derecho a expresarse y a la diversidad, en unos tiempos difíciles como los que vivimos con el dictatorial Donald Trump, al que quiso reprochar ante el fervor de la audiencia. 

La gala siguió elegante y misteriosa, con Suzanne ataviada con un traje chaqueta y una camisa de topos y alternando su guitarra acústica. A su lado Gerry con su mechón rojo y su look new wave abordando la guitarra eléctrica con grandes solos y llenando los espacios como si detrás hubiera una banda. También la joven Steph con un outfit muy ochentero a lo Cindy Lauper dando lecciones de cello. 

Uno observó que el acercamiento del concierto se repartió entre una parte inicial más íntima y, por decirlo de algún modo acústica, con otra parte central y final más aguerrida y rockera, electrizante quizás. Entre medio unos parlamentos de la Diva que dieron ese formato de Stroyteller tan propio de la vida cultural alternativa en la Gran Manzana. Con muchos momentos defendiéndose en castellano – nos recordó que la crió una abuela de Puerto Rico y que por eso habla el idioma – narró sus aventuras adolescentes, amoríos, su relación con la música de Leonard Cohen, su amistad con Lou Reed y su encuentro y charla con su ídolo Bob Dylan cuando le hizo de telonera. La calma que desprendía, la cercanía y el sentido del humor omnipresente, hicieron del encuentro un entorno mágico y especial.

Pero todo lo bueno se termina, algo que nos dimos cuenta cuando nos regaló la sensacional “Luka” con un primer verso cantado en castellano o cuando sonaron los sámplers de la archifamosa “Tom’s Diner”. Fueron el cierre antes del doble bis en el que se atrevió con una versión de ese retrato de los bajos fondos de su New York, “Walk On The Wild Side”, y cuando quiso que sonara ruido en el escenario gracias a “Blood Makes Noise”. El segundo bis, incialmente iba a ser una sola canción pero por insistencia de los fans añadió una memorable “In Liverpool”, el cierre no podía ser otra que “Rosemary” (tomillo en inglés) compuesta en tierras granadinas con la que busca dejarnos el aroma y el recuerdo de un concierto una vez apagadas las luces. ¡Mágica!

Los Berrinches: Catálogo de rock subterráneo


Sala Ambigú Axerquía de Córdoba. Sábado 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

De una reunión de amigos, improvisada y sin otras expectativas que las de pasárselo en grande tocando y gozando algunos de los clásicos subterráneos que ayudaron a construir las discotecas respectivas, proviene una banda circunstancial y atípica llamada Los Berrinches. No busquen discografía ni adelantos de futuros trabajos en Spotify, pues ni siquiera han pisado juntos un estudio de grabación ni intentado incursión alguna en ellos. Sin embargo, si repasan el historial de estos cinco magníficos del rock granadino verán que incluso salvan barreras generacionales y ocupan un espectro magnífico de influencias en las generaciones posteriores que han hecho, como hicieron ellos en su momento, a la capital nazarí el epicentro de un seísmo que aún hoy sacude a buena parte de la producción nacional. 

Hablamos de rock and roll, sí, pero podríamos igualmente hablar de estirpe, dedicación y entrega. Sólo por ver a Banin Fraile salirse del guion habitual que sigue cuando toca y graba con Los Planetas o se sumerge en las quebradizas aguas de la electrónica inteligente con Los Pilotos ya merecería la pena seguirles el rastro. Claro que si atendemos al lineup de la banda, nos topamos con la guitarra maestra de Juan Codorniú, artífice de algunas de las mejores páginas de la escena como teniente y mano derecha del capitán Antonio Arias en Lagartija Nick, después de romper esquemas y abrir afluentes con los añorados Valparaíso; o a Monago Tornado, responsable de mil noches de música y buenos alimentos al frente de otro imprescindible de la noche granadina, el Tornado Rock and Roll Club y mente preclara del punk underground como miembro fundador de Los Harakiri (si escuchan su primer y único disco entenderán por qué es un preciado objeto de deseo), secundado por Ángel Doblas otro pionero del punk local, y quienes recuerden a TNT también entenderán muchas cosas, al margen de su puntual participación como bajista en un tramo de la primera trayectoria de 091. Y si alguien aún no le ha puesto cara al enmascarado del fondo que suele tocar los tambores con Pelomono detrás del diminuto pero enorme Pedro de Dios, ahora tiene la ocasión de comprobar sus poderes a bigote y boina descubiertos. Se llama Antonio y siendo el más joven del lote impresiona su destreza, demostrada en proyectos puramente lúdicos como El Osombroso Y Sonriente Folk De Las Badlands y Los Primos, donde se adapta a los modos del blues, el folk y el rock de palos y piedras sin complejo alguno. Los currículos están sobre la mesa, ya sólo faltaba que el público de la sala Ambigú Axerquía viera y escuchara cómo juega sus cartas una super banda de estas características. Las bazas, es obvio decirlo, son casi siempre ganadoras sin necesidad de órdagos ni despistes improcedentes.

Desde la realeza psicodélica de mediados de los sesenta, revisada en “Reverberation” de los 13th Floor Elevators, hasta las maneras rock noventeras de Redd Kross en “Anna’s gone”, el abanico espacio-temporal de esta ilustre alineación se pasea en los prados lisérgicos transitados por Love en “7 and 7 seven is” o The Long Ryders en “I want you bad”. Para que las costuras punk de algunos de sus miembros queden en evidencia recurren al “Lonely boy” de los Sex Pistols o a una enfurecida “I wanna destroy you” que The Soft Boys arrimaron al power pop de Big Star (“September gurls”, por ejemplo, es otra titular indiscutible) y The Beat, con las guitarras echando fuego en “Don’t wait up for me”. Al festín añaden guindas a la sazón necesarias para entenderlo todo: “Can’t hardly wait” de The Replacements, “Surrender” de Cheap Trick, “Starry eyes” de The Records, “Father’s name is dad” de Fire –banda de dudosa localización en tiendas especializadas-, “Social end product” de The Bluestars o “Call off your dogs” de Droogs, otros que tal bailan. 

El menú suena coherente y condimentado con las mismas especias para el tramo menos subterráneo, protagonizado por “Femme fatale”, “Blood & roses”, “Russian roulette”, “Just what I needed”, “Modern love” y “Heaven” y sí, con los nombres de la Velvet Underground, The Smithereens, Lords Of The New Church, The Cars, David Bowie y The Psychedelic Furs subrayados en su agenda. Se podría escribir una enciclopedia con un set list como este, y Los Berrinches no necesitarían venderla puerta a puerta para quedarse sin existencias en el catálogo. Dejarían como fondo de stock otros artículos de lujo como “Motorbiking”, una joya de brillo eterno escondida en el decálogo del siempre minusvalorado Chris Spedding; el diamante bien pulido de “In the city”, extraído de los cajones abiertos de los imprescindibles The Jam; o un “Neat neat neat” contradictoriamente ensuciado por The Damned en su día. Ahí es nada, señoras y señores. 

Y podrían volver en cualquier momento si no fuera porque este, si nos atenemos a lo contado por ellos mismos, tiene todas las papeletas para convertirse en su último bolo, al menos a medio plazo. Demasiados frentes abiertos nunca deberían ser obstáculo para la diversión conjunta, y veremos si lo ocasional deja de estar reñido con lo habitual. En el escenario, la primavera sonaba igual de bien que lo hacía la primera vez que escuchamos cada una de estas canciones. La empatía con músicos como estos es una de los motivos de nuestro bienestar.

Suede: la gran remontada


Sala Razzmatazz, Barcelona (Cruïlla Hivern). Miércoles, 25 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Los fans del mejor pop teníamos aún reciente el paso de Morrissey por nuestro país y las buenas sensaciones que dejó en lo musical, dejando al margen el desplante a los seguidores valencianos que tanta polémica generó. Justo después llegaron a nuestras salas uno de sus herederos naturales en el liderazgo del pop británico: los londinenses Suede.

Sabíamos que en su concierto de Madrid, Brett Anderson había terminado muy justo de voz. Aun así, habían sacado adelante un setlist de 20 canciones, repasando sus dos últimos trabajos junto a sus éxitos más destacados. Para el concierto de Valencia, redujeron el repertorio a 17 temas, centrados en hits de sus cuatro primeros álbumes, con la inclusión de dos piezas del reciente “Antidepressants”.

Con esas dudas encarábamos la primera de las dos visitas de la banda a Barcelona este año - la segunda tendrá lugar el 9 de julio en el marco del Festival Cruïlla-. Así pues, si tienes la voz tocada y no puedes ofrecer un concierto completo, ¿qué haces? ¿Lo cancelas para recuperarte y continuar la gira? Ellos no son “Mozz”. ¿Aplazas? Complicado, con una gira europea apretadísima. Lo que finalmente sucedió el pasado día 25 fue que asistimos a una de las mejores remontadas musicales —permitid el símil deportivo— que uno es capaz de recordar. Porque Brett y los suyos (en realidad, Brett al frente) cogieron el toro por los cuernos y ofrecieron un concierto memorable, de los que permanecen durante mucho tiempo.

Desde las iniciales “Turn Off Your Brain and Yell” y “Antidepressants”, el directo estuvo cargado de energía pura, entusiasmo sincero y una vitalidad desbordante. Esas fueron, precisamente, las grandes virtudes del show. Pasará tiempo hasta que vuelva a asistir a un concierto con semejante intensidad. El nivel de profesionalidad, la entrega personal, la humildad y el respeto al público mostrados por Brett, unidos a su capacidad para movilizar y encender a la audiencia, son difíciles de encontrar. Tras leer este último año sus libros "Mañanas negras como el carbón" y "Tardes de persianas bajadas", donde el cantante se desnuda emocionalmente, su actuación logró robarme el corazón aún más, si cabe.

Pero vayamos al grano: además de Brett, el bajista Mat Osman, el batería Simon Gilbert, el guitarrista Richard Oakes y el teclista Neil Codling llevan tocando juntos desde 1996. Y se nota, porque el poderío y la coordinación musical rozan la excelencia, desde la contundente base rítmica hasta los solos electrizantes de Richard o los teclados portentosos de Neil.

Muy pronto se dejaron ver clásicos como “Trash”, que hizo saltar a los dos mil espectadores que llenaban la sala Razzmatazz (con entradas agotadas poco después de salir a la venta), galvanizados por un frontman que no dejaba de incitar al público: saltaba, bailaba, lanzaba el micrófono por los aires o se subía a los amplificadores. Con esa actitud mantuvo el pulso durante todo el concierto, pidiendo ayuda al público mientras la voz le fallaba y bajando hasta en cuatro ocasiones para cantar entre móviles y brazos alzados; recursos perfectos para sostener la efervescencia del bolo.

Así fueron cayendo “Animal Nitrate”, mientras agitaba el cable del micro como si fuera un látigo; “Filmstar”, coreada con fervor; una explosiva “Can’t Get Enough”; o la inesperada balada “Europe Is Our Playground”, single de "Sci-Fi Lullabies" (1998), aquel doble recopilatorio de caras B publicado tras el éxito del “Coming Up”, que demostraba la enorme capacidad de la banda para componer grandes canciones. Lo mismo que han vuelto a evidenciar en sus recientes y sorprendentes álbumes "Antidepressants" (2025) y "Autofiction" (2022), con temas como la potente “Personality Disorder”, la emotiva “She Still Leads Me On” —dedicada a la madre del cantante— o la preciosa “June Rain”.

Para la recta final, una cascada de hits: la melódica “Everything Will Flow”, las primerizas “So Young” (con su mítico “let’s chase the dragooon”) y “Metal Mickey”, antes de cerrar con el himno “Beautiful Ones”, que cantamos a escasos metros del vocalista, de nuevo perdido entre la multitud. En los bises, “Saturday Night” puso el broche, diluyéndose entre las voces de un público que empujó al cantante a cerrar el concierto por todo lo alto.

Miguel Ríos: mientras el cuerpo aguante


Sala Mozart del Auditorio, Zaragoza. Miércoles 25 de marzo de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 
Fotografía de cabecera: Samuel Algás. 

Ahora sí que sí. La última edición de Inverfest en Zaragoza, ya más que consolidada como referente en el calendario de invierno de la ciudad, llegó a su fin. Y lo hizo con uno de nuestros valores seguros. Miguel Ríos recalaba en la sala Mozart del auditorio maño para presentar su más reciente disco de título premonitorio, ese "Último Vals" que suena a recapitulación y despedida. Pero no solo venía a presentar sus nuevas canciones, también lo hacía para reencontrarse con un público fiel que, sin buscar una despedida con el músico granadino, sabe que cualquiera de estos conciertos puede ser una buena oportunidad para decirle adiós. Aunque no nos confundamos. Miguel Ríos no va a volver a decir que ésta es su última gira. Algo que ya dijo hace ahora quince años y, como ha podido comprobarse en varias ocasiones, no ha sido así. Miguel prefiere seguir en el ruedo y celebrar cada día, porque sobrepasar los ochenta sin abandonar el rock es en sí mismo una forma de encarar la vida con la mejor de las intenciones. Así que dejemos atrás las connotaciones que primero nos vienen a la cabeza al escuchar eso del "último vals" y permitamos que el rock and roll mande, ese que tan bien encabezó nuestro protagonista con su "Rock & Ríos" o "Rock en el Ruedo", por citar sólo algunos referentes ineludibles.

La presente gira, que arrancó en elegantes teatros de nuestra geografía en los últimos meses del pasado año, llegaba a Zaragoza suficientemente rodada, con una joven banda (entrada en años, sí, aunque es inevitable verla joven al rodear al gigante granadino) de actitud desprejuiciada y virtuosos de los ritmos negros que unen blues y rock. Los "Black Betty Boys", dirigidos por el siempre solvente José Nortes, fueron de menos a más, siempre con buen tino y certeras formas, aunque en esta ocasión, el sonido de la excelente sala del auditorio no fuera el más acertado, por lo que nos perdimos algunos matices que quedaron emborronados por momentos al rebotar entre las majestuosas paredes, más habituadas a las grandes orquestas que a las bandas apoyadas en unos cuantos watios de más. La voz de Miguel también se vio perjudicada por este efecto que opacó el sonido en gran parte de la noche, pero a pesar de ello se impuso su buen hacer y sus infinitas tablas, que consiguieron no enturbiar la velada mucho más allá del tibio arranque de la mano de "Bienvenidos".

Las canciones fueron casi tan protagonistas como los soliloquios a tenor de las mismas. Ríos se mostró muy suelto con las palabras, entre las que no faltaron ni críticas a la nueva política y el sinsentido de la guerra, ni proclamas ecologistas, sin olvidarse de los recuerdos de sus inicios o sus momentos más explosivos con aquel lleno en la Romareda que asustó a más de uno por ser conscientes en ese mismo momento del tiempo transcurrido. Pero no estábamos reunidos para traer con nosotros a la nostalgia. El concierto era la mejor excusa para celebrar que estábamos vivos (a pesar de los dolores repartidos por todos los huesos) y para disfrutar de la gracia del rock and roll, bien en sus formas más clásicas o vestido de blues o swing si la ocasión lo necesitaba. Y es que con una banda tan versátil como la que rodea al maestro (en varias ocasiones cambiaron sus instrumentos sin perder una pizca de solvencia) todo es mucho más fácil. 

Entre los temas que fueron sucediéndose dominó un claro repaso al cancionero que mejor ha definido al rockero más veterano de la piel de toro junto con alguna perla más reciente que convivió sin dificultades entre los clásicos. La emotiva "Oro irlandés" fue un buen ejemplo de ello, al igual que "Si pudiera parar el tiempo", donde inevitablemente a todos nos vino a la mente el paso inexorable de las agujas del reloj que pesan, pero de las que aún podemos sacar momentos irrepetibles, como el de esta misma velada descrita. Porque sabemos que junto a Miguel Ríos nos quedan menos momentos de los que podamos esperar (una vez celebrados los cuarenta años del "Rock & Ríos" no se puede subir mucho más), pero no por ello menos intensos.

No faltaron tampoco algunos de sus clásicos más serenos (para los que se acompañó de una butaca en la que descansar) como "No estás sola", "Vuelvo a Granada" o "El Río", en los que el público se entregó, pero junto a estos hubo otros menos esperados e igual de oportunos como "No es la tierra, estúpido, eres tú" o "Todo a pulmón", en la que Miguel nos regaló la mejor interpretación vocal de la noche. Con las premonitorias "Año 2000" y "Generación Límite" volvió a demostrar que fue un adelantado a su tiempo, encajando de forma inapelable después de tantos años habiendo cruzado el umbral del siglo XXI. Y una vez más nos invitó a vivir durante unos minutos la experiencia de vivir en la carretera (algo que claramente le tiene enganchado) con "El Blues del Autobús", en la que se sumó a la banda Ramón Arroyo de Los Secretos, mostrando otro punto de veteranía y buen hacer con su guitarra en el escenario.

A pesar de que Luis Prado, teclista de la banda, tomara las riendas vocales para dejar descansar por un momento a Miguel interpretando la irónica "Estoy gordo", el concierto estaba llegando a su recta final, que afrontarían en un gran crescendo guitarrero tomando prestada "Insurrección", del Último de la Fila, o el clásico de Moris, "Sábado a la noche". Entre éstas, las más vertiginosas "Los viejos rockeros nunca mueren", "Rock and Roll Boomerang" o "El rock de la cárcel" encadenadas pusieron a todo el mundo en pie. Ya solo quedaba despedirse por todo lo alto con una de sus canciones más logradas y celebradas, la eterna "Santa Lucía", junto a ese broche de oro antibelicista que fue "Himno a la alegría". Una composición eterna que trasciende todos los tiempos que esta vez estuvo precedida de esa plegaria (llamada sencillamente "Oración") escrita por Luis García Montero y convertida en canción por el propio Miguel Ríos hace más de veinte años, que nos puso a todos el corazón en un puño. La mejor forma de cerrar una noche para atesorar entre nuestros recuerdos más vívidos del rock.

No sabría decir si esto fue una despedida o simplemente un hasta luego, pero nos dejó a todos más que satisfechos por presenciar un encuentro más con un músico que no ha perdido ni un ápice de su carisma. Un músico por el que por supuesto que pasan los años, pero no pesan. Porque su eterno espíritu combativo no descansa, pide más cuerda y sigue haciendo única cada canción que afronta con la intención que nació en aquella lejana noche de verano y que aún a día de hoy sigue presente entre nosotros por muchas noches más. No es momento de concedernos el último baile mientras la fuerza del mismísimo Chuck Berry siga fluyendo por sus venas y, afortunadamente, como dice en su canción, "mientras el cuerpo aguante y el swing arda por dentro" parece que el jefe no tiene intención de echar el cierre al garito.