091, forajidos eléctricos en el baile de la desesperación


La Riviera, Madrid. Sábado 14 de febrero de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotografías: David Barranco. 

Todo comenzó como si de un western de la factoría Sergio Leone-Ennio Morricone se tratase, como no podía ser de otro modo. Introducción instrumental y luces que se desvanecían, mientras de fondo iban apareciendo cinco siluetas curtidas, embutidas con ropajes en los que predominaban las tonalidades negras, colocándose y buscando dominar sus instrumentos, mientras abajo, a pocos metros del escenario, una Riviera a reventar esperaba a que diera inicio un show de lo más esperado por un público venido desde distintos puntos de nuestra geografía, reunidos en la madrileña sala con el único objetivo de disfrutar en directo del arranque de gira del mejor grupo granadino de la historia: 091

Los cero demostraron desde el inicio que juegan en otra liga en lo que a simbolismo y letras se refieren, arrancaron con “2000 locos”, quién sabe si haciendo un guiño y jugando con el aforo que roza el recinto capitalino, enardeciendo a su público, a aquellos que mantuvieron el fuego sagrado de la banda vivo en su ausencia y que ahora, maniobra de resurrección mediante, siguen ahí, tras las huellas de los nazarís, predicando la palabra y balanceándose en el alambre al ritmo de sus gloriosas tonadas. Continuaron como una apisonadora, tónica que mostraron durante toda la noche, cantando a los reyes que no reinarán en “Zapatos de piel de Caimán”, con versos tan ejemplificantes como aquellos que dicen “lo tendréis, sí, todo a vuestro alcance, pero nada os pertenecerá”, algo que anticiparon hace demasiados años, antes de que el capitalismo salvaje destrozara todo a su paso, dejando clara su faceta más visionaria. 

Nos trajeron a su glorioso presente de la mano de la bella y crepuscular “No tiene sentido escapar”, el arrebato punk de la malencarada “Nadie quiere oír tu llanto” y el peligroso blues pantanoso “Dormir con un ojo abierto”, extraídas todas ellas del actual “Espejismo Nº9”, que con tanto acierto como parabienes reseñó en estas páginas días atrás nuestro compañero Kepa Arbizu, para cerrar la tanda con una muy celebrada “El baile de la desesperación”, donde la potente base rítmica de Jacinto Ríos al bajo y Tacho González en la batería daban sustento a unas guitarras furiosas y vibrantes, capitaneadas por el maestro Lapido y el nuevo fichaje, Víctor Sánchez, quien se estrenaba en directo con la banda, cumpliendo el sueño adolescente de tocar con la mejor formación de su provincia por fin, su cara durante toda la velada lo delataba. 

El intercambio de clásicos por novedades continuó funcionando con equilibrio gracias a “Ven vestida de nube”, una delicada tonada con la que demostraron que si en la rotundidad pocos les igualan también saber moverse y bailar con tino entre pequeños matices, y “Algo parecido a un sueño”, apelando a lo onírico tan presente en la prosa “lapidaria”, defendida con prestancia vocal y toda la chulería del mundo por José Antonio García, cuyo magnetismo y carisma permanece intacto, sin necesidad de alardes ni rastro de histrionismo, puesto que solo su presencia, estética y forma de moverse dan para convalidar un máster en “rock and roll actitud”. 

Perteneciente a “La otra vida”, rescataron la muy buena “Leerme el pensamiento”, a la que siguieron “Un hombre con suerte”, brutal cómo sonaba ese wah-wah, y la cañera “Sigue estando de nuestro lado” que celebramos con alegría, mientras repetíamos su letra a voz en grito. 

Nos pusieron el nudo en la garganta desde los primeros acordes de “Cómo acaban los sueños”, una de las mejores letras de la factoría de los cero, aderezada por una melodía frágil que se deja guiar entre la soledad, el simbolismo y la más pura crudeza, a punto estuvimos de estallar cuando llegó su punto culminante, solo recordar el fraseo de José Antonio eriza el vello; a continuación sonó la revolucionaria “Antes de que salga el sol”, demostrando que las novedades de éste último trabajo son tan buenas que no desentonan entre sus imperecederos clásicos, porque tras ella lo que vino fue una incesante lluvia de temas míticos que dieron paso a un estallido que arrancó con “La noche que la luna salió tarde” y “Otros como yo”, poco que añadir al respecto de las mismas que no hayamos dicho ya. 

Fue entonces cuando Lapido nos regaló su ya mítica entradilla en falso, señal inequívoca de que una vez íbamos a subir a lo más alto de “La torre de la vela”, convirtiendo el recinto madrileño en una pista de baile repleta de actitud y corazones destrozados, antes de que las guitarras rugieran feroces con “La calle del viento”, con la que dieron por finalizada la primera tanda de la actuación. 

Pasados apenas unos míticos José Antonio y José Ignacio volvieron a aparecer sobre las tablas, parapetados tan sólo por armónica y guitarra acústica respectivamente para atacar una desnuda y emocionante adaptación de “La canción del espantapájaros”; ya con todo el grupo sobre el escenario sonó una imperial “Este es nuestro tiempo” y una fulgurante “Huellas”. 

Nos dejaron una semillas de esperanza con la genial “Esta noche”, antes de vestirse de nuevo con sus galas más punk y echar un vistazo atrás para preguntarnos “Qué fue del siglo XX”, regalándonos no solo una colección de imágenes de lo más imponente, sino también una interpretación llena de alma y virtuosismo, fue la penúltima canción en sonar antes de que Lapido buscara con la mirada a Tacho, señal inequívoca de que cerrarían con “La vida que mala es”, con la banda disfrutando a tope y cantando a pleno pulmón aquello de “eeeeeee La vida… eeeee que mala es” a coro con el respetable, mientras el Pitos se contoneaba de un lado a otro del escenario antes de dictar sentencia: “Dios aprieta, pero no ahoga/sé que esa es la verdad/ nos ponen suave el nudo en la soga/ nos dejan abierta la puerta de atrás/ me lo digo la mujer del dueño donde iba a trabajar/ tú, como tu padre, nunca fuiste bueno/mal trigo, mala harina, mala harina, mal pan”, segundos antes de dejar el micro abierto para que “2000 locos” dieran su réplica en una sola voz “Que mala es, que mala es, que mala es….ueeeeeeeeee”. 

La ovación para la banda fue cerrada, rotunda y totalmente merecida; los cero, tan parcos en palabras como es habitual, lo decían todo con sus caras de satisfacción, agradeciendo la fraternidad, vehemencia y militancia de un público que siempre ha tenido a los granadinos como una de sus bandas de cabecera, sabedores de la calidad existencial que encierran sus textos, la sinceridad de una propuesta sin fisuras en lo musical y la autenticidad y actitud a prueba de bombas, modas y otras trampas dentro de la industria con que siempre se han guiado estos forajidos eléctricos durante décadas. 091 llevan cuarenta años poniendo música al baile de la desesperación, tomándose su labor con la misma ilusión, seriedad y calidad con la que un día nos enamoraron para siempre, algo que nunca podremos agradecer como merecen. Su música, imperecedera y mayúscula, es parte de nuestra banda sonora vital, ligada a momentos únicos y a personas que llevamos en el corazón, algo que solo consiguen hacer los más grandes, categoría que, por supuesto, los cero ocupan con absoluto mérito.

Un vendaval llamado Jeff Tweedy


Sala Paral·lel 62, Barcelona. Jueves, 12 de febrero de 2026 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Siempre que hay una gira de un músico o banda internacional por nuestro país que me interesa, me cuesta mucho estar desconectado de las redes sociales para evitar caer en el peligro del spoiler y, sobre todo, para evitar llegar al concierto condicionado. Todo pasa por no leer las crónicas de los conciertos de las otras ciudades, aunque me resultan inevitables las valoraciones de algunos contactos míos que ya han podido gozar del directo esperado. Justo esto fue lo que me pasó en la gira española de Jeff Tweedy , que finalizó en Barcelona el pasado jueves 12 de febrero, a la que llegué tras leer múltiples elogios de sus conciertos en La Coruña, San Sebastián y Madrid, lo que no quise que predeterminara mi asistencia en la cita de presentación de su sorprendente triple álbum “Twilight Override” en la Sala Paral.lel 62 de Barcelona. 

Todavía reciente el recuerdo del concierto de junio del año pasado de Wilco en el Poble Español, en el que Tweedy capitaneó a su legendaria banda para desplegar sus grandes éxitos y demostrar su poderío instrumental, en esta ocasión, la presencia del músico de Chicago era en sala y con una formación de acompañamiento que incluye a sus hijos Spencer Tweedy (batería) y Sammy Tweedy (voces, teclados y sintetizadores), junto a tres nombres de la nueva escena de Chicago como son Sima Cunningham (bajo y voces), Macie Stewart (violín y voces) y Liam Kazar (guitarra), cinco veinteañeros con mucho talento y profesionalidad al los que Jeff llama sus “chicos”, y a los que visto el resultado dirige a la perfección dejándoles sus propios espacios de desarrollo.

Pero antes de todo pudimos gozar un breve set a cargo de la propia Sima Cunningham , quien sola con guitarra eléctrica en mano desplegó su imponente vozarrón para exhibir las canciones del que es hasta la fecha su único trabajo, “High Roller” (2024), evocando cierto magnetismo propio de nombres como Jeff Buckley o Laura Nyro. Temas como “Nothing” llenaron la sala sin ningún soporte a excepción del momento que compartió escenario con su compañera Macie en un bonito juego de voces y guitarras.

Interesante aperitivo de lo que veríamos las siguientes dos horas: hasta veinticinco canciones a cargo de un sexteto que se mostró compacto y pluscuamperfecto, dando la sensación de ser una banda que llevan años juntos tocando, cuando la realidad nos revela que es la banda del proyecto personal de Jeff. Un proyecto, por cierto, que está creciendo muchísimo hasta el punto de que el pasado año eclipsó su formación de referencia. Y es que el triple disco “Twilight Override” y sus 30 canciones traen de todo y bueno, profundizando en un universo sonoro personal que el líder de Wilco nos ha ido regalando a lo largo de los años y que sigue sorprendiéndonos y atrapándonos aún hoy en día.

Ese fue precisamente el eje de un concierto que, al igual que el de Madrid, se centró en su último trabajo y en sus canciones en solitario, a diferencia de los conciertos de Donosti y A Coruña en los que apareció solo sin banda y en los que mayoritariamente desplegó sus éxitos con Wilco, con presencia de sus otros proyectos. Pero a decir verdad, dio igual que la banda no interpretara los éxitos de la que es sin duda una de las mejores formaciones de los últimos treinta años, porque con las nuevas piezas el concierto despegó muy alto.

Con un arranque a cargo de cuatro temas que coinciden con los cuatro primeros del nuevo álbum, el bolo nos metió de lleno en esa intimidad que logra evadirnos de toda realidad. Hablamos de la delicada y mística “One Tinny Flower”, de los coros maravillosos de “Caught Up In The Past”, de la taciturna “Parking Lot” y de ese medio tiempo country tan fenomenal llamado “Forever Never Ends”. Otras del “TO” que sonaron fueron “Stray Cats In Spain”, según Jeff basada en un hecho real, o la reivindicativa “Feel Free”. Preciosa me pareció la acústica “Having Been Is No Way To Be”, del disco “Warm” (2018), del que si no fallan mis cálculos fue la única que sonó. De su anterior “Love Is The King” (2020) se dejaron ver la folkie que titula el disco y la popie “Gwendolyn”, con esa guitarra rítmica tan deslumbrante.

Todo ello nos hizo transitar de momentos vibrantes con solos de guitarra del frontman, hacia instantes más etéreos o frágiles en los que los instrumentos nos llevaban a volandas, o en otros en los que las descargas electrizantes resultaron auténticas locuras. Son las subidas y bajadas de ese universo de las canciones que este tipo de 58 años nunca deja de componer. Como ese divertido homenaje a uno de los grandes genios del rock de todos los tiempos titulado “Lou Reed was My Babysitter”, cuyo estribillo reza “rock 'n' roll is dead, but the dead don't die”, acompañado por unos aullidos que fueron el clímax final del set antes de unos bises que nos trajeron a Tweedy solo a la guitarra para abordar la propia “Twilight Override” y una sorpresiva “Spanish Bombs”, de los Clash, que fue la versión que tocó en este concierto. 

Muchos recordarán el pasado 12 de febrero como la jornada de las restricciones de movilidad en Catalunya ante la amenaza de fuertes vientos; el día en que los niños no fueron al colegio, en que muchas empresas impusieron el teletrabajo y en que la ventada dejó árboles caídos, semáforos arrancados y miles de desperfectos. Yo, en cambio, lo recordaré como la noche en que este genio llegado de la “Windy City” desató en Barcelona otro vendaval muy distinto: uno cargado de emociones, electricidad, sensibilidad y pasión. Colosal.

Rubén Pozo, el pirata 50town


Sala Rock and Blues, Zaragoza. Viernes, 13 de febrero de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Resulta difícil no tomar notas en un concierto del que pretendes dar fe y convertirlo en justa crítica, pero volver a encontrarme con Rubén Pozo después de unos años bien merecía una disposición adecuada y atenta. Con los oídos bien abiertos y sin interferencias. A pesar de la intención inicial, era importante dejar testimonio en forma de instantáneas robadas al vuelo o de breves apuntes que intentasen plasmar la emoción desprendida por la grasa del rock imperecedero y el buen hacer de nuestro querido pirata, habitual en estas páginas y muy apreciado por todos los que formamos la familia del Giradiscos.

Con la sintonía de la "Pantera Rosa" los Chicos de la Curva tomaron posiciones y la sala Rock and Blues al completo ovacionó con mucho cariño al bueno de Rubén nada más poner un pie en el escenario y lanzarse con la base contundente de "Efímero". Sin darnos un mínimo respiro enlazaron con ese himno cargado de buena vibra como es "Estamos como queremos" y comprobamos como Rubén se siente más cómodo que nunca y destila elegancia con esta banda que le arropa. "Pelos de punta" nos llevó hasta los años de Pereza sin perder ni una pizca de su intensidad canalla y pudimos constatar como encaja a la perfección con sus más recientes criaturas como "Fuera de Quicio". Canciones que se encuentran en el que quizá sea su mejor disco, y no tanto por su madurez, sino por mostrar con más credibilidad que nunca su descaro rockero. Pero no todo iba a ser "50town" y así vimos como todo su público recibía con los brazos bien abiertos canciones que ya se han convertido en clásicos para sus fieles, como ese "Rucu Rucu" que sonó a gloria. 

"Gracias por elegir Aerolíneas 50town. Esperamos que el vuelo sea de vuestro agrado". Con esas palabras nos invitó a formar parte de una noche sin freno a orillas del Ebro. Una ciudad, esta de Zaragoza, a la que Rubén le tiene mucho cariño, por eso admitió que era un verdadero placer y honor tocar aquí, ya que en su corazón va una parte del barrio de Torrero de la capital aragonesa.

En "Dispárame" sentimos ese flechazo como a fuego lento, y en su parte central Rubén se creció con un solo con mucho estilo, más Keith Richards que nunca, y en ese estado sostenido arremetió a continuación la muy oportuna "Tonto de tanto r'n'r". Rubén presentó muchas de las canciones que forman parte de su último disco, y abordó la que le da nombre reconociendo que a dos años de cumplir los cincuenta le dio palo eso del "cincuentón" y tiró del hilo hasta dar con estas canciones. Ahora parece que ya no le da palo, que disfruta de este dulce momento, y con la calma que se avista en su horizonte cargado de vida nos sumergió en esa canción tan honesta y sentida, sin duda una de las más emocionantes de su cancionero.

"La chica de la curva" nos entregó su toque "dylaniano", con doble armónica incluida, y en ella aprovechó para presentar a esta solvente banda que le acompaña, cuyo nombre relacionamos con esta misma canción. Charly Bastard con su guitarra punzante, nos regaló un solo con actitud cercana a la del mismísimo Slash, Ángel Herranz marcó la pauta con su bajo bien asentado al igual que en el resto del concierto donde lo sentimos siempre sólido, y el imprescindible Loza, al que algunos conocemos por ocuparse también de las baquetas en Sex Museum o Corizonas, nos sorprendió con un vibrante final, que sirvió para dejarnos muy arriba y así recibir de buena gana toda la chulería y potencia que rezuma "El puto amo".

"Grupis" sonó, como siempre, muy "stoniana", y "Margot" volvió a dejarnos en éxtasis, como si se tratara del cénit de la noche, con un desarrollo en las guitarras que nos hizo recordar el sonido punzante y la distorsión de Tom Morello. Literalmente quedamos en estado de shock. Por eso, tras tanta intensidad, los músicos nos brindaron una "Chavalita" más suave antes de despedirse. 

No podía haber llegado el final. Todo había pasado demasiado rápido. Por eso respiramos aliviados cuando la banda volvió con Rubén reivindicando la alegría de "cantar" con una de las canciones más ligeras de este "50town". Nos recordó que "el que canta su mal espanta" y eso es lo que hicimos con toda la fuerza que nos quedaba tanto en ésta como en su clásico "Madrid". Una canción legendaria que lleva el nombre de su ciudad, pero que todos podemos hacer nuestra. Mi rincón favorito de Zaragoza, en este caso, estaba siendo la sala Rock and Blues, de donde nadie quería retirarse, y menos teniendo a esta banda haciendo grande el rock más puro y certero, el que no busca grandes efectos sino la verdadera esencia que nos mueve a todos los amantes de este género eterno. Por eso, alargaron su fantástico "T Rex" gracias a la entrega de un público que disfrutó hasta el último acorde lanzado desde la telecaster de Rubén, que se contoneó por todo el escenario como ese T Rex del experimento, protagonista de la canción. Versos que todos cantamos una y otra vez intentando que no se extinguiera la noche. Porque aquí está de nuevo Rubén Pozo. Imbatible, invencible, seguro de sí mismo, feliz con sus cincuenta y haciéndonos más felices a todos con sus canciones. Pero, aunque no lo supiéramos, aún quedaba lo mejor de la noche. Rubén bajó del escenario, saludó y se mezcló entre todos los que supieron esperarle, regalándonos todo su cariño de forma sincera entre amenas conversaciones, copas compartidas y sabiduría callejera de alma rockera.

Løse: “Løse”


Por: Javier González. 

Cuando a principios de diciembre tuvimos la oportunidad de escuchar “Hay un hueco en algún sitio”, el primer single de presentación de Løse, la nueva aventura en formato banda de Diego Vasallo, nos invadió una sensación de desubicación absoluta; los teléfonos y grupos de Whatsapp ardían literalmente comentado la noticia, había unanimidad en los comentarios donde todos nos mostrábamos maravillados por el aspecto rockero, directo e intencionadamente peligroso con que asomaba su adictiva melodía, donde el regusto a sonidos setenteros barnizados de glam y protopunk impregnaban con fuerza una composición que anunciaba un disco mayúsculo al que teníamos ansia por enfrentar como pocas veces nos ha pasado en casi veinte años de andadura como web. 

Sensación confirmada días atrás cuando pudimos saborear la totalidad de un minutaje impoluto y colosal, plagado de atmósferas sinuosas, amenazantes en su crudeza y secundadas por una torrencial vertiente lírica llena de imágenes escritas casi en primera persona que avanza decidida sin red de seguridad, ajena a los estribillos coreables y a los trucos para “engañar bobos”, rubricadas con tanta vehemencia como sabiduría en las manos de un Fer García, co-productor del álbum junto a Vasallo, que aporrea las cuerdas de su guitarra violentamente, para elevar la fuerza de unas composiciones alejadas por pura convicción del minutaje estándar de las canciones pop que imperan en estos tiempos vacíos y en las que también es notable el trabajo de banda que aportan Oriol Flores, batería, Xabi Arratibel, hiper presente con su bajo retumbón, y las atmósferas inquietante en la mejor tradición de las “murder ballads” de Germán San Martín, encargado pianos, sintetizadores y órganos. 

Siete canciones, ¡tan solo siete!, pero que golpean con muchas ganas y brillan con luz propia, pese a las ya mencionadas sombras oscuras que recorren la producción de estos cortes, algo fácilmente rastreable desde la inicial “Pétalo en el aire”, interesante desde su apertura entre el ruidismo y el ambient para mostrar diversas caras en sus casi diez minutos de continuo crecimiento, donde Vasallo y su voz más arenosa ajustan cuentas con la vida en una letra desbordante, continuando con la ya mencionada “Hay un hueco en algún sitio”, uno de los mejores singles de adelanto de nuestro país en los últimos años, nocturna, urbana, atrayente y peligrosa en sus veleidades punks más neoyorkinas, tan adictiva como la heroína y tan bella como un poema.

Respiramos profundo ante de enfrentarnos al down tempo que supone “Con esta luz que nace”, un blues nocturno de carreteras secundarias que se abre casi como un mantra en busca de un góspel repleto de fe, y “Nuestro cielo al alcance de la mano”, la más lourrediana de todas en cuanto a cadencias, donde sorprendentemente nos encontramos a un Diego de lo más optimista y crítico con el devenir humano; nos sorprende la suciedad distorsionada de “Cose mis heridas”, puro rock crudo de guitarras con dosis de sensualidad que la aproximan al glam con una letra que formula preguntas y juega en la cuerda floja del amor. 

En “Zona de sombras” se busca una cierta épica blues dramática, asimilando el legado del mejor David Bowie setentero, aquel que deslumbraba en temazos como “Suffragete City”, ensuciando con el paso de los segundos el sonido de las guitarras, pero dejando un regusto dulce en el paladar, y cerrando con toda una declaración de intenciones como “No me cuentes nada que no quiera saber”, un folk de poso tenso y denso que cierra a las mil maravillas uno de esos trabajos que desde ya se postula para aparecer en las listas de lo mejor del año dentro del ámbito estatal. 

“Løse” es un álbum mayúsculo, capaz de seducir desde su primer y sorprendente single hasta su último acorde. Aquí no hay un detalle al azar, algo que se nota. Las grandes canciones funcionan a las mil maravillas, sin concesiones comerciales, buscando un sonido orgánico, de vieja banda, que sabe lo que se trae entre manos, regalando un minutaje del que en círculos más o menos minoritarios se debería seguir hablando en términos elogiosos dentro de muchos años. Ya si acaso en otro momento hablaremos de lo que ha hecho Diego Vasallo a lo largo de su trayectoria solista, que ahora abandona momentáneamente con todo el derecho y merecimiento del mundo, más si cabe cuando esta parada sirve para regalarnos uno de los mejores álbumes de esta tercera década del todavía incierto siglo XXI.

Ilustres Principiantes: Siempre Tigre



Siempre Tigre es una banda que nace recientemente en 2025 en la provincia de Alicante con un estilo reconocible que bebe claramente del rock, pero marcado también por la influencia del pop y otros géneros y sonidos del panorama musical actual. Prueba de ello son los estribillos enérgicos y letras sencillas pero cargadas de fuerza de sus canciones, que suelen convivir con melodías pegadizas o ritmos más bailables. Y todo ello envuelto por una producción moderna y actual. Entre sus influencias encontramos a bandas como The Hives, Biffy Clyro o Sexy Zebras. 

El 11 de Julio del año pasado se lanza su primer single, titulado "Ben Affleck", con el que la banda irrumpe con una estética marcada por unos pasamontañas que cubren los rostros de sus integrantes, combinada con una imagen elegante y desenfadada. Desde esa fecha, la banda ha ido publicando de manera continuada todos los adelantos que forman su primer EP titulado también “Siempre Tigre” y que se publicó el pasado 23 de enero coincidiendo con la publicación del último single que lleva el nombre de “Otro Big Bang”.

Paralelamente, Siempre Tigre debutó en directo el pasado 11 de octubre en “Ciudad Oasis” formando parte la programación del Oasis Elche Music Fest organizado por Producciones Baltimore. Posteriormente, el 22 de noviembre, hicieron en Madrid y junto a Nuevo Berlín el que fué su primer concierto antes de presentar oficialmente su primer EP el pasado 7 de febrero en Madrid, y el próximo de 27 de Febrero en Sala Stereo de Alicante.

El primer EP de siempre Tigre, autoproducido y grabado por Luis J. Montoro, cuenta con 5 canciones. Y aunque el transcurso de los temas va sumando nuevos matices y variedad a este trabajo, en ellos podemos encontrar estribillos potentes, melodías pegadizas y letras sencillas y directas que, al igual que sus vídeos (llevados a cabo por Miriam Ruiz), suelen tener la noche como escenario principal. Este será el caso, principalmete de “FM”, “Ben Affleck” y “Miénteme”. “Para no volver a hablarte”, en cambio, nos ofrece la cara más emocional del EP, donde la banda nos sorprende con un tono más melancólico y una producción más actual. Finalmente, “Otro Big Bang” da un toque de fiesta y buen rollo capaces de contagiar y animar a cualquiera, y perfecto para completar este primer trabajo de Siempre Tigre.

Rafael Amador, ya es, para siempre, libre como el viento


Por: Guillermo García Domingo. 

Lo primero que hice al conocer la triste noticia del fallecimiento de Rafael Amador hace dos días fue ir a buscar las cintas de casete de Pata Negra que pusieron mi vida del revés a principios de los noventa. Me topé con la música extraterrestre de los hermanos Amador cuando se habían separado o estaban a punto de hacerlo, y el talento de Raimundo en solitario empezó a llamar la atención de todos por culpa de su compadre Kiko Veneno. Su fama de guitarrista tan extraordinario como poco convencional llegó a los oídos incluso de B.B. King. Por desgracia solamente he encontrado la cinta de “Inspiración y locura”, el penúltimo disco que firmaron juntos. En la carátula aparece Rafael como un orgulloso patriarca gitano. Ahora que cada vez más gente aspira a vivir en una nación homogénea de una sola identidad en la que no tiene cabida la diversidad, conviene recordar que el nuestro ha sido siempre un país mestizo culturalmente. El mito de la pureza eterna además de ser insidioso, no tiene ningún aval histórico. Pata Negra es el antídoto contra la ponzoña de la pureza.

Lamentablemente los prejuicios que contra los gitanos sembró hace no tanto el franquismo siguen enraizados en la sociedad española. Por eso es de recibo recordar que Rafael Amador, que en paz descanse, pertenece a un pueblo (hay aproximadamente 750.000 ciudadanos gitanos en España) que ha contribuido de una manera fundamental al desarrollo social, artístico y cultural de nuestro país, y también del continente europeo. Suscribo lo que afirmó el escritor alemán Günther Grass en su “Discurso de la pérdida”: “Dejad ya de una vez, como hacéis siempre, de arrojar a los gitanos al camino. Podrían ayudarnos mucho, irritando un poco nuestro acrisolado orden”.

Le debo a Rafael (y a otros/as artistas de su pueblo) la gloriosa alegría y el exultante gozo que Pata Negra propició en mi vida juvenil. Ellos supieron no solo sobreponerse a la marginalidad, sino que se enorgullecieron de ella, porque gracias a su vida suburbial podían disfrutar de una libertad que para sí quisieran los demás. Hicieron brillar el barro del barrio (de las 3000 Viviendas en Sevilla). Porque del barro nos hizo la divinidad, según el Génesis. Entre el barro viven las “Ratitas divinas”, así es como se titula una de sus inolvidables canciones.

La identidad quinqui cuestiona la legitimidad que el Estado se arroga a la hora de burocratizar y controlar nuestras vidas hasta límites insospechados, y que no han dejado de ampliarse utilizando toda clase de pretextos. Y los gitanos han dado muestras de su pertinaz negativa a someterse. “Libres como el viento”, rezaba la canción del Lebrijano, sobre la trágica historia del pueblo romaní. Precisamente Rafael Amador destacaba por su rebeldía musical, que causaba la incomprensión de los más puristas entre los suyos, y desconcertaba a los extraños, que no sabían de dónde había salido el disco “Veneno”, que Kiko y los hermanos Amador realizaron en 1977. En el mundo anglosajón aterrizó una nave llamada “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, conducida por un marciano. En Sevilla aterrizó, en plena Transición, otro ovni llamado “Veneno”. Rafael también fue invitado a participar en “La leyenda del tiempo” de Camarón de la Isla, ¿os suena? 

Las cintas que he echado en falta son, la de “Guitarras Callejeras”, un “festín guitarrero”, como lo describe con acierto Fermín Lobatón, y que no puede ser clasificado de ninguna manera. Hay que escucharlo, cantarlo y bailarlo en trance, y nada más. La segunda es, por supuesto, el “Blues de las fronteras”, uno de los mejores discos de la música popular española. Y por último, no sé las veces que escuché la cinta del concierto que grabaron en la sala Zeleste de Barcelona. Uno de esos directos que pueden hacer que la vida de un chaval cambie para siempre. Todos ellos fueron publicados bajo el sello de Nuevos Medios y Ricardo Pachón, quienes se dieron cuenta de que no podían dejar escapar a unas figuras como Rafael y Raimundo. Mercury/Polydor, por el contrario, no les entendieron. Y uno puede llegar a comprenderlo. Los hermanos tenían su amor propio, según me cuenta una fuente que no puedo desvelar, y solían exigir persuasivamente sus “royalties” insinuando la “cheira” que asomaba por encima de sus pantalones de campana. Con las discográficas extractivas había que actuar así. Tuvieron menos éxito que los Ketama, con permiso del malogrado y genial Ray Heredia, con quien Rafael se ha reunido, pero su idiosincrasia suburbial los llevó por otros derroteros menos comerciales y más estimulantes.

Yo no soy creyente, pero supongo que Rafael adoptaría esa religiosidad gozosa de la que hacen gala los gitanos, así que espero que el dios de los suburbios te tenga en la gloria, Rafael. Seguro que Camarón intercederá para que así sea.

MIKA: “Hyperlove”


Por: Nuria Pastor Navarro. 

“Vístete para el mundo que quieres ver y sé la persona que quieres ser, por dentro y por fuera”, declara el locutor de MIKA FM, la emisora de radio ficticia que vertebra el nuevo trabajo de, valga la redundancia, MIKA. Esa simple frase encierra la esencia, el sentido y el deseo del artista, que lleva plantando esa potencia personal desde sus comienzos hace ya veinte años. El amor, la rebeldía, la autoexpresión, el color: todo se condensa en “Hyperlove”.

Nacido en Beirut de padres americano-libaneses, Michael Holbrook sobrepasa por poco los cuarenta años, pero ha hecho de (casi) todo. Apariciones en las televisiones italiana y francesa, presentación de Eurovisión, bandas sonoras de cine, colaboraciones con la Ópera Real de Versalles y hasta coach del programa español de “La Voz”. Ha ganado varios World Music Awards, fue nominado a un Grammy y galardonado con la Orden Nacional del Mérito del Líbano. Y además… ¡Hace música! Su complicada infancia y convulsa adolescencia fueron el punto de origen para sus dos primeros álbumes: “Life In Cartoon Motion” (2007) y “The Boy Who Knew Too Much” (2009). Con una estética imaginativa y colorida, ambientada en un mundo animado, MIKA lanzaba sus ingeniosas posiciones sobre los temas sociales que le preocupaban. Ya desde entonces dejaba clara su personalidad y la fuerza con la que defiende la música como un lugar seguro en el que poder ser uno mismo.

Desde esos álbumes que suenan a adolescencia de los tempranos 2000, sus trabajos han ido ganando en madurez sin dejar de lado su marca personal. Tras “The Origin of Love” (2012) y “No Place Like Heaven” (2015), MIKA regresaba en 2019 con un guiño a su verdadero nombre. “My Name Is Michael Holbrook” recogía su trayectoria anterior con una elegancia nueva, y cuatro años después consolidaba su acogida internacional con el álbum en francés, y homenaje a su madre, “Que ta tête fleurisse toujours” (2023). Queda claro que MIKA es una persona activa que no permite que los años le resten ganas de crear arte, y por ello recién iniciado este 2026 nos trae “Hyperlove”.

Un total de doce canciones, junto a tres interludios que presentan a un locutor parloteando animadamente en una fantasiosa emisora de radio sobre la sociedad actual, conforman el álbum. Si bien no llega a ser innovador, resulta igualmente agradable: MIKA sigue su línea habitual, esta vez con un toque más discotequero que se deja oír en temas como “Modern Times” o “All The Same”.

En general, todas las canciones gozan de ritmos animados y bailables, dejando como excepción el lirismo de “Hyperlove”, que abre el disco planteando el amor como un enigma en si mismo. El pausado piano y los ya míticos agudos del cantante dejan paso al aire fiestero y rebeldillo de las siguientes pistas, todo cohesionado a través de la línea temática centrada en el afecto de mil formas diferentes: la dificultad del amor moderno, el consecuente refugio en la música, el amor oculto, las roturas de corazón…

La estructura es también muy sólida: cuatro canciones, un interludio, y así se repite hasta dejar huérfana la última pista del álbum. No se perciben ni bajadas ni subidas, sino que una vez que MIKA te ha introducido en su pequeño mundo te mantienes en un agradable viaje a velocidad de crucero, sobresaltándote de curiosidad cada vez que escuchas la profunda voz de los interludios y volviendo a bailar unos segundos más tarde.

Entre los doce temas, cautivan especialmente algunos como “Nicotine” y su pegadizo estribillo, “Eleven” —que tanto recuerda a las canciones de Modern Talking— o “Inmortal Love”, que cierra el ciclo con un mensaje directo: el amor nos transforma una y mil veces.

Como en sus trabajos anteriores, MIKA nos tiende la mano y nos invita a reflexionar a través de su reconocible voz sobre nosotros mismos y todo aquello que nos rodea. Nos insta a cuestionarlo todo, a defender a capa y espada a nuestro verdadero ser y, ante todo, a no escondernos nunca. Quizá suene simple, pero para este ecléctico artista el amor es la respuesta a todo, e “Hyperlove” es el manifiesto que lo prueba. Como declara en “Excuses For Love”, a él ya no lo quedan excusas para pasar del amor… quizá deberíamos intentarlo nosotros también.