Eneida Fever: "Creo que parte del éxito del Magic in the Air fue no limitarnos a canciones antiguas, sino dar esas pinceladas modernas y mezclar estilos"


Por: Àlex Guimerà.

Tres décadas después de que una joven Eneida Fever decidiera transformar sus madrugadas en un refugio para los seguidores del universo "Sixties", The Magic in The Air Club vuelve a demostrar por que es una pieza imprescindible en el mapa sentimental de la Barcelona musical. Lo que empezó una noche de otoño de 1996 en la legendaria Sala Magic del Born se convirtió a lo largo de más de diez años en una auténtica trinchera sonora y plural. Por el escenario y la cabina de DJ pasaron nombres internacionales como Bronco Bullfrog, The Woggles o Frank Popp, además de bandas y figuras nacionales indispensables como Sidonie, Elephant Band o miembros de Los Flechazos y Rinôçérôse. Un cruce de caminos donde convivieron en perfecta armonía el soul, la psicodelia, el beat, el funk y el pop más aperturista, siempre con la mirada puesta en la década de los sesenta.

Ahora, para conmemorar este 30 aniversario tan especial, el club desvela una programación a la altura de su legado. La celebración arrancará el viernes 16 de octubre, con una Warm-Up Party de entrada gratuita en Casa Sidral. Esta primera cita estará amenizada por las sesiones de verdaderos veteranos y DJs vinculados a aquella movida, como Tormento, DJ Leperico y Adrià Gual, ideales para ir calentando motores. El plato fuerte llegará el sábado 17 de octubre en la Sala Upload. Para esta segunda jornada ya se habían anunciado la presencia de los franceses The Falken's Maze junto a Los Retrovisores, y justo se acaba de confirmar la tercera banda que no podía ser otra que los mismísimos Sidonie. Además, la velada contará con una alineación de DJs estelar encabezada por figuras de la talla de Eddie Piller (Acid Jazz Records), Roch "Da Mod" Vidal, Miguel Velacoracho, Carles Armengol, Belle de Jour y, por supuesto, los DJs originales de la casa: Edu Domingo, Marc Argenter y la propia Eneida Fever.

Un buen motivo para charlar con su impulsora, Eneida Fever, con quien echamos la vista atrás para recordar cómo nació este hito del underground barcelonés y repasar la historia de un espacio que no solo creó clubbing, sino una auténtica comunidad. 

Tenías apenas 19 años cuando impulsaste Magic in the Air. ¿Qué te llevó en 1996 y a esa edad tan joven a crear un espacio dedicado a los sonidos de los años 60 en plena década de los 90? 

Eneida Fever: Empecé porque mi hermano mayor, que me lleva ocho años, era mod y escuchaba muchísima música. En casa me machacaba mucho con eso, así que desde muy pequeña me empezaron a gustar los años 60; escuchaba sus discos y leía sus fanzines. A partir de los 16 años empecé a ir a Barcelona y me escribía con otro mod de allí, Alberto Valle, que también hacía un fanzine. A raíz de esto encontré a mi grupo de gente más afín. Yo soy de Sant Cugat y allí lógicamente no existían los mods, así que tenías que ir a la gran ciudad a buscar a tu gente.

Empezamos a ir a fiestas y a conciertos, sobre todo a la Sala Magic, que era el lugar del circuito por donde pasaban todas las bandas Sixties. Cuando acababan los conciertos, la música de la sala pasaba a ser de los 70. Aunque el corte no era tan bestia, te quedabas con ganas de seguir la fiesta. Recuerdo haber ido con mi pequeña maletita de singles a pedirle al DJ si podía poner tres o cuatro temas. Hasta que al final me lo planteé en serio, fui a hablar con Javi de la Sala Magic y le dije: "Mira, me llamo Eneida, tengo esto en mente: quiero hacer una sesión una vez al mes, traer una banda de fuera o nacional y luego pinchar". Me vio tan jovencita y con tanto morro que apostó por mí. Me dio un sábado al mes con la condición de "tú taquilla, yo barra". Así de fácil fue. En octubre acababa de cumplir los 19 años, la verdad es que viéndolo ahora es bastante impresionante. 

¿Cómo recuerdas la escena nocturna general de Barcelona a mediados de los 90? ¿Veías un vacío claro? 

Eneida Fever: No, la verdad es que había una evolución tremenda. Cada fin de semana teníamos actividades: si no eran fiestas, eran conciertos. Nos movíamos muchísimo y dentro del circuito mod todo el mundo estaba informado de lo que se hacía. Además, coincidió con la época del britpop, por lo que se mezclaba la gente que escuchaba pop actual muy ligado a los 60 con los de la escena tradicional. Luego empezó la época del clubbing en Barcelona; recuerdo que cuando acabábamos el Magic in the Air nos íbamos al Nitsa a bailar tecno. Había mucho compañerismo entre las distintas escenas. Hacíamos la ruta: CBGB, Magic, Apolo, New York... Había muchísima actividad, cada fin de semana era salir. 

El nombre del club viene de la Sala Magic, pero ¿recuerdas cuándo se te ocurrió la idea concreta del nombre?

Eneida Fever: Quería que la palabra Magic estuviese porque era el nombre de la sala, pero que a la vez se relacionara con los años 60. El nombre viene por la canción Magic in the Air del grupo The Attack. De hecho, ahora que Munster Records/Groovie Records celebra su aniversario, ha reeditado esa canción en single y en la fiesta vamos a sortear tres copias. 

Justo te iba a preguntar si había alguna canción o grupo que fuera el símbolo del espíritu del club... 

Eneida Fever: ¡Pues ya la tienes! The Attack y su Magic in the Air. 

El club ha sido un referente de los sonidos mod, garage, soul y psicodelia de los 60. ¿Hubo alguna evolución en la selección musical a lo largo de los años sin perder la esencia? 

Eneida Fever: Sí, de vez en cuando metíamos canciones de la época moderna. Habíamos pinchado a Kula Shaker, algo de Stone Roses o el remix superpsicodélico de Kelly's Heroes de Black Grape. Mezclábamos música actual con los años 60. Creo que parte del éxito del Magic in the Air fue no limitarnos a canciones antiguas, sino dar esas pinceladas modernas y mezclar estilos. No éramos un club exclusivamente de garage; también poníamos discos de soul o northern soul. Íbamos jugando con todo. 

Tras años de noches pinchadas y conciertos, ¿cuál es el recuerdo más surrealista o emotivo que guardas? 

Eneida Fever: Recuerdo una vez que volvía en verano para la primera fiesta de septiembre y la banda contratada me dejó colgada a última hora. Tuve que buscar sustituto a toda prisa y llamé a Marc de Sidonie, que en esa época eran un cuarteto y hacían psicodelia densa. Aceptaron superrápido. Hice un cartel nuevo con una foto de George Harrison haciendo un gesto y Marc estaba felicísimo. Lo recuerdo con mucho cariño.

Otro momento fue cuando trajimos a Bronco Bullfrog, una banda inglesa. Hicimos un sold out absoluto. Hice algo que ningún promotor hace: darles más dinero del pactado porque pensé que se lo merecían. El mánager se quedó flipando. Javi, el del Magic, me dijo: "Esto no se hace, los acuerdos son acuerdos", pero yo me quedé muy satisfecha. Había sido un éxito y la banda era parte de ello. 

Muchos clubes nocturnos son efímeros, pero el vuestro ha creado una comunidad entre distintas generaciones. ¿Cuál crees que es el verdadero impacto de Magic in the Air? 

Eneida Fever: El impacto fue esa mezcla de estilos que abarcó a un público más amplio. Además, la gente ligada a la escena mod/sixties de esa época luego ha seguido en la industria musical haciendo cosas muy potentes. Por ejemplo Xoel López comenzó con nosotros tocando con su segunda banda Elephant Band, o la periodista de El País Mònica escudero quien había pinchado allí. Los de Sidonie venían al Magic in the Air, los Dorian venían, Dani Poveda (director del Vida Festival) venía y tocó allí, Robert Grima (director de Live Nation) o César Andión (que fue mánager de Deluxe). La gente que salimos de esa escena hemos aportado un sentido crítico muy enriquecedor a la industria. Magic in the Air unió a gente de distintas escenas, desde el britpop hasta la electrónica. 

Al margen del impacto en Barcelona, ¿crees que ayudó a tender puentes culturales a nivel internacional o con otras ciudades? 

Eneida Fever: Sí. Yo hacía un fanzine en inglés llamado Fever (de ahí mi apodo, Eneida Fever) y lo enviaba por toda Europa. Mi misión era informar fuera de nuestras fronteras sobre lo que pasaba aquí: festivales, lanzamientos, conciertos, catálogos. Fui de las primeras en salir a pinchar fuera en una época en la que la gente no viajaba tanto porque ir a Londres era carísimo. También vendía casetes en festivales internacionales; hacía unas llamadas Olé Tapes, con temas de grupos españoles de los 60, y en los festivales de Italia se vendían como churros. 

A raíz del club también surgió un sello discográfico con el mismo nombre. ¿Cómo se gestó? 

Eneida Fever: Lo del sello realmente no va tan ligado al club, sino a la agencia Fever Productions. Veíamos que teníamos bandas a las que hacíamos la promo pero no tenían respaldo discográfico. Por eso, junto con Pablo, creamos el sello. Le puse el nombre Magic in the Air simplemente porque me encantaba cómo sonaba, pero funcionaba de manera independiente al club. 

Para la celebración del 30 aniversario habéis preparado eventos en salas como Upload y Casa Sidral. ¿Cómo habéis concebido la programación?

Eneida Fever: Quería que hubiese una conexión entre lo que fue el club y la actualidad. Por eso he traído bandas como Los Retrovisores, que son de la generación posterior y no vivieron el club porque eran niños. Me hacía ilusión esa conexión con bandas que podrían haber tocado en el Magic in the Air pero que en su día no existían. Además, ¡Laura, la nueva saxofonista de Los Retrovisores, nació en el 96! En cuanto a DJs, quería a gente mítica que pinchó en el club, como Eddie Piller (capo de Acid Jazz Records), que es el DJ de fuera que más veces pinchó allí, o Miguel Vera Colacho de Madrid. Y a la vez, invitar a gente que nunca pinchó en la época, como Tatiana (Belle de Jour), para hacerlos partícipes. 

Cuando llegue el día del evento, ¿qué sentirá la Eneida de hoy al reencontrarse con toda esa gente?

Eneida Fever: Estoy muy emocionada. Antes no me ponía nerviosa al organizar las fiestas, pero ahora es un formato más grande con muchas bandas y DJs, así que hay mucho trabajo de producción. Es un reencuentro para celebrar lo bien que lo pasamos. En el 96 no había móviles ni internet tal como lo conocemos hoy; trabajábamos con otra ilusión y quiero revivir eso. Vendrá gente de fuera de Barcelona y de España. ¡De hecho, hoy me llegan las camisetas del aniversario! Cumplir tres décadas es un hito. 

¿Tenéis pensado darle algún tipo de continuidad al club o se quedará en citas puntuales? 

Eneida Fever: El club como tal duró unos 10 años, aunque ha dejado una marca muy profunda. Mucha gente me propone darle continuidad ahora con el 30 aniversario, pero creo que es mejor mantener ese buen recuerdo y cerrarlo aquí. Quizá hagamos un 35 o un 40 aniversario... ¡si llegamos vivos! 

Por último, si pudieras dedicarle unas palabras a la gente que pisó la pista de baile a lo largo de esos años, ¿qué les dirías? 

Eneida Fever: Les diría que muchísimas gracias por todo el apoyo y el cariño. Al anunciar esta fiesta me he dado cuenta del impacto que tuvieron aquellas noches en tanta gente. Pasaron infinidad de DJs y bandas fantásticas, pero nada habría sido posible sin el público. Esta fiesta es un homenaje a todos ellos y a lo que construimos juntos. Me hace muchísima ilusión volver a verlos a todos en la pista.

Sick Buzos emergen gracias a un nuevo disco homónimo de otro mundo


Por: Guillermo García Domingo. 

Las profundidades abisales del agua permanecen como el único lugar inexplorado del planeta. Solamente la poderosa imaginación de Jules Verne se ha atrevido a aventurarse en ellas. Aunque después de escuchar el último disco de Sick Buzos uno llega a dudarlo.

No hay nada, por extravagante o inusitado que sea, que no haya sucedido en Sevilla. Esta ciudad andaluza es el mundo entero en miniatura. Hace casi treinta años, cuatro buzos salieron de las profundidades (¿del Guadalquivir?) con un disco que depositaron en tierra firme. Muchos se acercaron a escuchar esa rareza salida de las aguas que además no se entendía del todo bien, y no solo porque los temas estuvieran en otro idioma, la extrañeza de “Introducción en blanco y negro” no dejó indiferente. Sin embargo, los buzos volvieron a ocultarse, al menos, como banda, ya que todos ellos por separado han seguido estimulando el underground sevillano, en la música y en otras disciplinas, porque debajo de la escafandra se encuentran las personalidades de nada menos que Javier Neria y Chencho Fernández. Ante este último, con permiso de Neria, instrumentista extraordinario, y de la Macarena, esta revista acostumbra a prosternarse. Los “chenchistas” salimos en procesión cada vez que Chencho se manifiesta. No somos de hostias, ni de darlas, ni de recibirlas, pero sus canciones son sacramentos para nosotros; cada uno de los tres discos son el antiguo, el medio y el nuevo testamento respectivamente. Dicho esto, Sick Buzos, como este disco pone de manifiesto, tiene entidad propia y ha firmado uno de los mejores discos del año, que casi nos perdemos por culpa del inoportuno verano infernal y la discreción del grupo. En esto también demuestran que pertenecen a otro mundo, alejados de la parafernalia grandilocuente que se gastan otros que después no tienen nada que ofrecer.

A lo largo de los años estos buzos se han dejado ver de vez en cuando y siempre sin avisar. Ahora, en cambio, han emergido en serio, de cuerpo entero con las aletas incluidas, aunque sin la presencia de la bajista y fotógrafa Concha Laverán que no forma parte del grupo desde finales de 2024, y protagonizan “un nuevo debut”, tal y como sostiene con razón la primera canción de este genial disco publicado en mayo. Han reunido material grabado de los noventa y temas compuestos para esta feliz ocasión; la mayoría están escritas y cantadas en el español de Chencho, ya que su “fraseo” habría que catalogarlo como una lengua aparte. También hay tres canciones en inglés. 

El disco no podía empezar de otra manera: las notas inquietantes de “Un nuevo debut” ensombrecen el aire de la canción. Las señales de colapso que el mundo envía nos obligan a pensar que no está lejos la hora de comenzar de nuevo; la voz de Chencho viene de muy lejos para comunicarnos la aciaga noticia y explica a su manera, además, por qué los buzos han decidido regresar del mundo acuático al que pertenecen. Y de paso advertimos que no son los de antaño, han adquirido saberes arcanos sobre el oficio musical allí donde los rayos de la luz no alcanzan.

Si el glam rock pudiera reencarnarse en algún sitio, elegiría Sevilla y se encapricharía singularmente de los Sick Buzos. Aunque los protagonistas de los temas y sus movidas son autóctonos, no acontecen en las callejones de Nueva York o en los rincones más sórdidos del CBGB, ni falta que hace. “Antoñito” vive (y muere) en una barriada sevillana, y “Fani”, por mucho que viaje de aquí y para allá solamente puede pertenecer a esas calles, las de la Alameda sin ir más lejos.

“Un miércoles absurdo” es, indudablemente, de la escuela de Chencho. Demuestra que en la mesa de una tasca sevillana un tipo puede albergar pensamientos existencialistas como lo haría un filósofo sentado en Deux Magots de París. “Eh, tú” y “Fani” son la artillería pesada para convencer a los indecisos. Chencho ha nacido para componer e interpretar estas canciones, como ha demostrado con creces en su trayectoria en solitario. “Eh, tú” lleva dentro la herencia de “Una buena noche”, con esto está dicho todo. Ambas son mellizas, no llegan a ser gemelas. En la primera, la guitarra de Neira siempre va a la zaga de Chencho, haciendo un pespunte impecable. “Fani” y su contemporánea odisea habrían sido muy bien recibidas en el repertorio eterno de Burning. Es deliciosamente extensa, porque ya deseaba Cavafis que el viaje fuera largo. 

“Criatura” es hermosa hasta rabiar y está dedicada a un pequeño ser humano que empieza su camino, aunque todavía de la mano de sus progenitores, a quien le tocará crear algo nuevo, sus propias criaturas, ese es nuestro destino. Lou Reed no parece muy predispuesto a este tipo de concesiones. Bob Dylan, tan hosco, tampoco lo parece y compuso “Forever Young”, sea como sea, apuesto a que el príncipe oscuro de New York (y a continuación cada uno de los miembros de la Velvet) les darían un beso en la frente a los creadores de esta composición tan afín a ellos. 

Entre las primeras canciones y las últimas hay un parteaguas instrumental que deja sin aliento. “No sé” es un corte propio de la década de los noventa, los años que vieron nacer el primer trabajo de Sick Buzos. La banda empuja y levanta una ola de sonido infranqueable, las guitarras y los demás instrumentos regurgitan el sonido de mil gaitas que se han tragado previamente. La elegante “Lamborghini girl” tampoco resultará extraña para aquellos que alucinaron con “Introducción en blanco y negro” (1997).

Las últimas canciones en inglés son las que de forma congruente adoptan un tono más psicodélico, y en el que comparecen sonidos sesenteros reconocibles, asumidos con una naturalidad asombrosa. En la larguísima, o corta, según se mire, si tenemos en cuenta lo formidable que es, “Icy, I love you”, Chencho, cual chamán, nos guía hasta el desierto para que seamos testigos de la ceremonia iniciática de Javier Neira y su guitarra. Un desierto que podría ser el que recorrió Jonathan Wilson en su ópera prima, “Gentle Spirit” (2011). Salvo excepciones este es el modus operandi del disco. La voz de Chencho, que cuando la canción lo requiere llega a musitar o murmurar, siguiendo el ejemplo de los trovadores franceses a los que el cantante sevillano admira devotamente, con ese estilo hacia adentro que patentaron Pepe Risi o Urquijo, hace que te concentres totalmente en ella y en la historia que te cuenta, mientras las guitarras de Neira mueven el péndulo de un lado a otro, siempre con idéntica cadencia, hasta que estás a su merced y ya no eres dueño de tu voluntad, dejándote llevar. En resumidas cuentas, son sesiones de hipnosis, no hay, en absoluto, giros efectistas, ni impostados solos de instrumentos. 

Al parecer, las ondas de presión, que, en definitiva, hacen posible que oigamos el sonido, se transmiten mejor y a mayor velocidad debajo del agua. De veras que este disco contiene, a tenor de lo bien que suena, música grabada en esas condiciones submarinas, aunque todos sepamos que la grabación se hizo en Dos Hermanas y los culpables son los dos productores y músicos originales de la banda, y el técnico o mago, Fernando Zambruno, sin olvidar a los demás “buzos” imprescindibles, Jaime Neria (batería), Álvaro Joya (bajo), Pedro Domínguez (órganos y piano), Alberot Pielfort (viola). El resto corrió a cargo de Happy Place Records.

Los Sick Buzos, en contra de lo que dice su nombre, están en un estado de salud musical inmejorable. Nos hacemos cargo de que viven entre dos mundos de modo que seguramente volverán a sumergirse. Lo que importa es que regresen acompañados de una colección de canciones como ésta que hemos reseñado.

Phoebe Bridgers: “Lost Weekend”


Por: Juanjo Frontera. 

A veces utilizamos demasiado a la ligera la palabra “silencio” al referirnos a períodos largos de tiempo transcurridos entre un disco y otro de un determinado artista. En el caso de Phoebe Bridgers, una de las más importantes figuras surgidas en entre el nuevo folk, esa palabra es a todas luces inservible, puesto que los seis años transcurridos entre su anterior -y enormemente celebrado- trabajo, "Punisher" (2020), y este "Lost Weekend" que nos ocupa, han sido de lo más ruidosos. 

Durante ese tiempo la californiana ha participado en una celebérrima súper banda -boygenius, juntoa a Lucy Dacus y Julien Baker-, girado incansablemente a lo largo y ancho del mundo, recibido cuatro Grammys (tres junto a boygenius y otro por su colaboración con SZA en “Ghost in the machine”), colaborando con Taylor Swift, a la cual también teloneó durante su The Eras Tour, iniciando su carrera como actriz en la película "Primetime" (Lance Oppenheim, 2026) y, ya en lo personal, ha tenido que lamentar el fallecimiento de su padre y una ruptura sentimental con el actor Paul Mescal de la que ha sobrevivido a través de un sonado noviazgo con el cómico Bo Burnham

Como verán, el título de "Lost Weekend" (fin de semana perdido) suena poco menos que irónico ante tan frenética actividad, pero lo cierto es que Bridgers también encontró espacio durante todo ese tiempo para la introspección, para buscar dentro de sí la sanación de todo el follón que había entorno a ella. De hecho, “The outside”, el tema inicial -en el que aprovecha para distanciarse notablemente de su sonido anterior, empleando vocoder- habla de cómo sintió que su mente dejaba su cuerpo y contemplaba “desde fuera” a su yo corpóreo haciendo crowd-surfing en un concierto en Ohio

Toda esa fama y reconocimiento de la noche a la mañana, la pérdida de su padre y el duro final de su relación con su anterior pareja, parecen ser los ejes sobre los que pivota este nuevo repertorio de canciones de una autora que parece tocada con la varita del éxito. El disco debuta en el número 1 en UK y en el 2 en EEUU, con unas críticas que lo sitúan ya entre los discos del año. Ya sabemos que todo esto se sobredimensiona mucho, pero si convence tanto y de forma tan inmediata, algo tendrá que estar haciendo bien esta mujer que con tan sólo 31 años ya ha visto la cima del mundo. De hecho, podría decirse que este es el disco que ha hecho para que la acompañe al descenso a tierra firme. Como decíamos, un ejercicio de catarsis personal, de introspección, que pivota en torno a los tres ejes vitales que antes hemos mencionado: la pérdida de su padre, a quien está dedicado este disco y canciones como las brumosas y desarmantes “Still standing” o “Lost weekend”; por otro lado, su separación de Paul Mescal, al que dedica “The governor’s waltz”; y, por último, el esperanzador inicio de su relación con Bo Burnham, al que menciona específicamente en el tema “Kill me”.

Pero sobre todo eso pivota, inevitablemente, todo ese proceso de asimilación de la fama, del inevitable ruido ensordecedor que provoca todo lo que conlleva y de la necesidad de abrazar el silencio para encontrar equilibrio en el caos. Por eso este es un trabajo tan bien calibrado y cuidado al máximo. En su creación ha contado tanto con colaboradores habituales, como Tony Berg, Ethan Gruska, Christian Lee Hutson y Marshall Vore, como con sus compañeras de banda Lucy Dacus y Julien Baker, así como otros amigos músicos como Connor Oberst y Blake Mills, pero también con nuevos nombres de mucha relevancia: los últimamente omnipresentes Alex G y Jack Antonoff, el primero co-produciendo varias pistas y el segundo haciendo las veces de ingeniero y programador. 

El sonido resultante es muy tendente a la atmósfera intimista y misteriosa, en una clara invitación a la intimidad, pero aún así Bridgers es lo suficientemente inteligente como para no dejar de lado opciones de gancho comercial como la estupenda “Lost boys”, colocada sabiamente como segunda canción. La misma función cumplen “Bobby”, “I can’t wait” o “Never going back!” que disipan algo la bruma que impera en un conjunto que de esta forma resulta mucho más cohesionado y digerible. 

Los inicios en el folk de Bridgers han dado, a lo largo de este “fin de semana perdido”, un claro giro hacia la experimentación. Las guitarras acústicas, dobros y banjos cohabitan de esta forma con programaciones electrónicas, vocoder, samples y unos arreglos imaginativos y sutiles, pero muy bien desplegados que hacen de este un disco especialmente cohesionado y, digámoslo ya, brillante. Un regreso por todo lo alto y uno de los álbumes, de paso, más estremecedoramente sinceros de lo que va de año, que se dice pronto.

The Strokes: “Reality Awaits”


Por: Nuria Pastor Navarro. 

Te levantas, vas a trabajar, te acuestas. Te levantas, vas a trabajar, te acuestas. Te levantas y repites una y otra vez lo mismo; los mismos pasos, los mismos “tic-tac” en la maquinaria mecánica y pesada que se ha vuelto la sociedad. Injusticias, contradicciones, absurdeces. La obediencia se premia, y lo demás… Ya lo sabemos. Vivimos como un caballo desbocado que lleva a su jinete hacia lo desconocido. ¿Huye o se dirige deseoso hacia algo particular? Los Strokes han vuelto, y dejan la respuesta a esta pregunta en nuestras manos.

Desde su debut allá en 2001 con “Is This It” estos chicos han dado que hablar. Salidos de un pequeño apartamento de Nueva York con la voz de Julian Casablancas como bandera, pronto empezaron a atraer miradas. Temas como “Last Nite” o “Someday” fueron aclamados, celebrados y escuchados como la nueva gran revolución del rock indie. Para entonces, todas las bandas querían ser como los Strokes. La fiebre fue bajando a medida que lanzaban nuevos discos a lo largo de los años, hasta que volvió a subir en plena pandemia. “The New Abnormal”, lanzado en 2020, se vivió como una especie de resurrección épica. Un regreso que quizá nadie esperaba así y que pronto quedó marcado en los grandes hitos de la banda. Un disco difícil de superar, con canciones como “The Adults Are Talking”, cuyas guitarras parlantes y confusión de juventud cautivaron a público y crítica a partes iguales.

Quizá esta sea la razón por la que su séptimo álbum, “Reality Awaits”, haya sido tan difícil de encajar para algunos seguidores. La expectación había crecido como una burbuja, destinada a estallar sin dejar rastro con el lanzamiento de los dos primeros sencillos, acusados de abusar del auto-tune. Y sí, es cierto que “Going Shopping” y “Falling out of Love” recuerdan bastante a aquel Casablancas cantando para Daft Punk en “Instant Crush”, o a su proyecto paralelo The Voizd, pero probablemente hayan sido vapuleados en exceso. Si bien no suenan como mucha gente se esperaba, tras la primera oída y un poco de reflexión no son malas canciones.

Con más o menos decepción por parte del público, el álbum comienza con “Psycho Shit”, uno de estos temas que escalan poco a poco hasta reventar. Inquietante, algo oscuro, pero directo a lo que quizá sea el quid de la cuestión para los autores. “Only my beloved songs will define me / Can you be more than what you say?”. Entre tétricas críticas sociales y las clásicas ironías del grupo, los Strokes plantan una semilla que crece a lo largo del álbum. Y es que puede que eso sea todo: estas son mis canciones, las hago como quiero; mi música cambia cuando yo también cambio. Y eso no está mal.

Tras la obertura de “Psycho Shit” se suceden otros ocho temas que hacen del disco un viaje compacto, no muy extenso, que explora cuestiones como la decadencia moderna, la libertad o la propia historia de la banda. “Dine N´Dash” toma el testigo, mostrando también texturas tétricas —con algo menos de auto-tune esta vez— y acercándose más a esa “esencia Stroke” que quizá esperaba escuchar el público mayoritario.

La lista sigue con “Lonely in the Future”, canción que desde el comienzo reivindica el pequeño gran hueco de la banda en el panorama musical. “Ya hice eso hace años, cuando era un niño”, declara Casablancas, aludiendo a todos aquellos que tomaron referencia del grupo sin, al parecer, acreditarlos correctamente. Una llamada de atención, un “hey, nosotros inventamos aquello que tanto os gusta”, un vistazo a la historia de los Strokes con puya al crítico Anthony Fantano incluida. Y puede que uno de los mejores temas del álbum. Continúan la apedreada “Falling out of Love”, melancólica y retocada, y “Going to Babble On”, algo más animada. Después podemos escuchar “Going Shopping”, single que encendió la mecha de la duda entre aquellos primeros fans que dieron al play hace algunos meses. Y sí, voz e instrumental están bastante tratados, pero si logras escuchar más allá de eso encuentras un tema que, en realidad, no es tan malo. Es pegadizo, colorido y desde luego nada desagradable para los oídos de aquellos que consiguen olvidarse del dichoso “debate auto-tune”.

El ritmo baja con “Liar´s Remorse”, de nuevo oscuro, pausado y sobrio. La reflexión sobre el conformismo, la obediencia y los tiempos actuales no suena mal en manos de estos chicos, aunque sí que es cierto que el tema se acaba haciendo algo repetitivo a lo largo de los casi cinco minutos que dura.

“The Fruits of Conquest” va anunciando el cierre, con ritmo y voz más fuertes, algún que otro falsete y un aire más atrevido. Y llegamos finalmente a la pista número nueve: “Tyrants of the Mellow Moon”. Esta suena a despedida, siendo la carta y quizá explicación (¿por qué tendrían que dar ninguna?) hacia fans, crítica y quién sabe qué más. “Here we are for the final time / And I hope you say that I made you laugh / Oh, I tried to make things right / Though it´s hard maybe I can, for just one night”. Poco más se puede decir.

Y entre sonidos tétricos y palabras algo crípticas, el álbum termina. Desde luego, “Reality Awaits” es un viaje curioso. Un resultado que puede que no fuera el deseado o esperado por muchos seguidores, pero que tampoco es tan terrible como se le ha pintado. Los Strokes han elegido este estilo para su trabajo, ¿y qué? Más allá de voces o guitarras robóticas podemos disfrutar de buenos temas y reflexiones interesantes. La realidad espera. ¿Huyes o la persigues? ¿Amenaza o esperanza? Está en tus manos. En definitiva, quizá hagan falta más discos como este. Que descuadren, que se salgan de lo esperado. Que interrumpan la corriente y se sepan exponer a críticas. Sin ser blanco ni negro, y solamente ser. Esperar un eterno statu quo es un poco absurdo. Los artistas cambian, y su arte cambia con ellos.

Brandon Flowers: "Thrasher"


Por: Javier Capapé. 

No es que The Killers hayan estado en un segundo plano en el último año. Para nada. Ellos mismos fueron los encargados de actuar en la final de la Champions el pasado mes de mayo (al estilo del intermedio de la Super Bowl del que también han sido barajados como protagonistas), y antes de ello habían pasado por multitud de festivales americanos. Sin embargo, en el verano su actividad cesó por un tiempo para dejar que su vocalista tomase todo el protagonismo, aunque no hay que negar que él es el responsable último de que su grupo se mantenga en pie a estas alturas. Probablemente sin el empeño de Flowers, The Killers ya no existirían. Su actividad principal son las giras (discos nuevos no lanzan desde 2021) y el engranaje resiste por la popularidad de su frontman, ya que del resto no se prodigan demasiado sus bondades. Pero Flowers ha querido desmarcarse de lo que produce para su grupo y se ha aventurado a lanzar un nuevo disco en solitario que se acerca a la raíz de su extenso país. Demasiado purista para The Killers quizá, por eso mismo ha preferido hacerlo bajo su propio nombre ya que, sin duda, se desmarca del estilo de su banda madre.

“Thrasher” es un disco de country. Así de claro. Un western en forma de canciones que no rehuye de ninguno de sus tópicos. Más bien los abraza y refuerza. Por momentos parece que Flowers quiera acercarse al “Nebraska” de su admirado Springsteen, pero lo que consigue es aproximarse a su manera de retratar la sociedad estadounidense, pero algo falto de credibilidad (no está tan cerca de esa clase media que tan bien reflejaba el de New Jersey) y con un sonido en el que la crudeza deja paso a la querencia pop teñida de su particular barniz country. Es transversal a toda su carrera con The Killers, porque en sus ramalazos pop rock nunca olvidaron de dónde venían, y por eso mismo suena convincente, pero no es un disco de “americana” que destile la mezcla justa de hondura y frescura que pudiera pretender. Sería más acertado decir que es un apañado juego de estilo que se recrea en demasiados clichés que en boca del natural de Las Vegas no terminan de creerse “a pies juntillas”.

Algo de este espíritu ya estaba en “Pressure Machine”, sobre todo en lo que a historias de personajes del medio oeste americano se refiere, pero en “Thrasher” hay mucha más crudeza y, si se quiere entender así, un toque mucho más purista. La voz e intención de Flowers suena como en sus mejores momentos, ahora con un plus de hondura que atrae, aunque en su intento de no salirse de los cánones del country quizá se exceda. Ese es su hándicap, no permitir que se salga de ese patrón tan concreto, y en esa obsesión que gira en torno a estas diez canciones termina patinando en algunos, aunque contados, momentos.

La apertura con “Does it ever cross your mind?” nos ofrece las coordenadas imperantes para todo el viaje. Guiado con la producción de Shawn Everett y Jonathan Rado ningún detalle se les escapa. Desde el fantástico pedal steel de Bruce Bouton, que no dejará de escucharse durante todo el largo, a la armónica de Charly McCoy, que destila profesionalidad y estilo. Esta canción es puro country con deje clásico, algo que ocurre también con “One of us”, donde parece que Flowers nos haya convidado a una pinta en un prototípico bar del medio oeste, resaltando, en este caso, el sonido de la mandolina.

“Miss America” o “Angel” destacan por ajustarse al canon country con lo mínimo, aunque pueden llegar a resultar algo largas. En ellas se mezclan las historias de perdedores del estilo de Springsteen con la pureza de lo básico del country. La primera es más del estilo de “Nebraska”, como ya señalaba antes. No necesita apenas nada más allá de unos arreglos mínimos de pedal steel. En la segunda, sin embargo, destaca el violín de Maxwell Karmazyn y la armónica de McCoy, y desde la segunda estrofa la anima levemente la contundencia de una de las baterías más potentes del lote, que le hace remontar y sonar más incisiva e incluso le permite que entre hasta un solo de eléctrica. Puede que “Angel” sea la más redonda en espíritu e intención, definiendo bien todo el disco, aunque para esto también encontramos “Tiger's Blood”, una balada sugerente que casa mejor con el currículum de Flowers, pues mezcla el western con el pop cercano a la épica de su banda.

El que fuera su primer adelanto, “Plans”, suena redondo, aunque sin salirse del molde general de este “Thrasher”, demasiado contenida, algo que la asemeja con “In a Heartbeat”, con Flowers casi recitando, sereno, pero con un estribillo intenso y un pedal steel conmovedor, como si la hubieran parido en el mismo Nashville. En contraste podemos quedarnos con “Paradise”, donde su característico riff acústico le hace empezar con muy buen pie, convirtiéndose en la más enérgica o desenfadada del conjunto. Si pensamos que nada podía salirse por la tangente, aún podemos encontrar alguna sorpresa como “The Red Ground”, un corrido singular donde Los Camperos de Jesús Chuy Guzmán le dan el aire mariachi para unir Estados Unidos con México, otorgando una singularidad al tema que nos hará agudizar la atención.

Solo nos queda concluir con “An American Dream”, donde el armonio le da empaque desde el comienzo y el piano honky tonk anima su segunda mitad, poniendo el toque de distinción la batería de Ronnie Vanucci, que irrumpe al final para cerrar con épica (ayudado por los coros y las cuerdas) y poner el broche a este ejercicio de estilo con el que se ha atrevido Flowers. 

La nómina de colaboradores para hacer de este “Thrasher” un disco cien por cien “americana” es extensa y excelsa. Desde los citados productores Shawn Everett y Jonathan Rado (también al bajo) a los coros de Kiley Phillips, Margo Price, Maureen Murphy, Jake Blanton y Jed Jones, junto a los citados Bruce Bouton al pedal steel y Charly McCoy a la armónica. Las guitarras que definen el carisma principal del conjunto (generalmente acústicas) corren a cargo de Dave Rawlings, Todd Lombardo, Taylor Goldsmith, Laur Joamets y Jeremías Fetzer, mientras que las teclas del piano y órgano se las reparten entre Bobby Ogdin y Steve Nathan. De la batería y percusiones se encargan Griffin Goldsmith y Sam Bacco respectivamente, poniendo el toque refinado las cuerdas a cargo de los hermanos Karmazyn. Muchos de ellos son nombres de sobra conocidos en la escena country de Norteamérica y, sin duda, han hecho de este disco un trabajo auténtico, pero lo que todavía nos sorprende es que Brandon Flowers haya llevado al extremo esa obsesión por sus raíces, que haya prescindido del pop (aún sabiendo que es lo que realmente domina) para rendir un homenaje a la música más profunda de su extenso país.

Todos sabemos que de la unión del country y el blues nació el rock and roll, que de Estados Unidos hemos mamado la música que más nos mueve en el viejo continente reimaginada por los músicos británicos de los sesenta como los Beatles y los Rolling Stones, pero lo que ha hecho el eterno líder de los Killers ha sido ir un paso más atrás, buscar entre el polvo del desierto y la emoción de los personajes hastiados de la crudeza de ese inmenso y enigmático paisaje de la América profunda. Y desde allí, desde el lejano country de raíz, ha intentado acercarse a la música popular que siempre le ha definido. Eso ya de por sí es un logro. Conseguido o no con este “Thrasher”, bien vale nuestra atención más allá de la curiosidad y la crítica fácil. Brandon Flowers ha sido valiente y ha necesitado publicar este disco al margen de los Killers, algo que no había igual con sus anteriores incursiones en solitario, pero que ahora cobra todo el sentido.

Pablo und Destruktion: “El futuro está en las minorías”


Por: Javier González. 
Fotografía interior: Pablo Trenor Allen.

Pablo und Destruktion vuelve a vestirse de actualidad para seguir agitando las conciencias más acomodadas. Y lo hace por partida doble, puesto que esta vez la propuesta no llega solo a través de los altavoces, sino también desde las páginas impresas. 

El ácrata asturiano dobla apuesta en su defensa de la faceta creativa. De un lado con el lanzamiento de su último libro, “Música de carne. Pop, seducción y sacrificio”, un ensayo que expande su particular universo, analizando la mutación de la canción desde su génesis y primera función como búsqueda del éxtasis místico ancestral hasta la victoria de los oscuros mecanismos digitales actuales, en un sesudo desarrollo que no dejará indiferente a posibles lectores no por lo agudo de sus planteamientos ni por el exhaustivo nivel de investigación que muestra.

A ello debemos añadir un paso más en su compromiso artístico, tan profundo y arriesgado que le sitúa en la primera línea del frente de batalla, puesto que el artista ha decidido ahora tomar el control total de la narrativa, fundando su propio sello musical, “Trovadoro”, con el que pretende abrir un espacio de resistencia desde el que promete seguir editando trabajos, sin filtros ni intermediarios. 

Hablamos con él sobre la gestación de este nuevo artefacto literario y los desafíos de levantar un proyecto para creadores libres e independientes en los tiempos de la dictadura del algoritmo. Acompáñanos en esta charla donde el ruido, lo sagrado, la palabra y la independencia más feroz se dan la mano. Vamos, seamos hermanos y herejes, tú y yo.

Hace unos meses editaste “Música de carne, pop, seducción y sacrificio”, tu segunda referencia en el mercado. ¿Cuándo y por qué comenzaste a escribir este libro? ¿De qué forma surgió la oportunidad de editarlo con la gente de “Liburuak”? 

Pablo:
Fue un encargo que me hicieron en verano de 2025. Alfonso Santiago de Last Tour, que cobija Liburuak, me pidió un ensayo de temática libre sobre pensamiento crítico. Le conozco desde hace años y nos llevamos bien precisamente porque somos muy diferentes y muy cabezones, cada uno con lo suyo. Hemos discutido bastante sobre temas más industriales o políticos y supongo que él creía que el ensayo iría por ahí, pero mi interés realmente estaba en estos temas y sobre eso ha ido.

“Internet supone la sustitución técnica de la dimensión espiritual” 

En el mismo planteas que el pop digital funciona actualmente como una herramienta de control masivo. ¿En qué momento de la historia dejó la música de ser vista como una conexión espiritual para convertirse en un sedante tecnológico? 

Pablo: Pues es un proceso que lleva siglos, por eso hago un repaso cronológico en el libro, pero evidentemente la creación de medios de comunicación de masas y especialmente de Internet, que en gran medida sustituye a Dios dadas sus cualidades: omnipresencia, omnisciencia y vínculo de vínculos. En concreto sustituye a una noción de lo divino que se ha llamado durante milenios pneuma universal, mi hipótesis es que Internet es la sustitución técnica de esa dimensión espiritual. 

¿Qué ha perdido el hombre al dejar de considerar la música como algo elevado, que casi nos conectaba con la deidad, en virtud de una escuchas sin emoción, ni conexión emocional y puramente de consumo? 

Pablo: La capacidad de asumir la existencia de lo divino, tanto fuera como dentro de uno y, sobre todo, los designios de la Providencia. 

“El mundo se devora a sí mismo para mantenerse con vida” 

En la era de “lo instantáneo” y “el streaming”. ¿Quién se está sacrificando realmente en la industria: el artista, el público o la propia música? 

Pablo: El artista se sube al altar sacrificial, por eso adquiere poder, y hace el juego de ser sacrificado. Y muchas veces, en espíritu, lo es. En general el mundo se devora a sí mismo para mantenerse con vida, por eso en mi defensa del apocalipsis hay cierto optimismo: “show must go on, caiga quien caiga”. 

¿Crees que hay alguna forma de volver a encauzar a la música con su estado original? 

Pablo: Creo que siempre se ha mantenido ese estado original, pero cada vez es más minoritario. La cultura de masas no casa con la música como acto de unión con lo divino, hay demasiadas anclas a tierra. El futuro está en las minorías. 

“Corremos el riesgo de hacer las canciones desde la hoja de subvenciones de turno o de la tendencia algorítmica” 

Desde el punto de vista del creador real, aquel que sigue creyendo en el poder transformador de las canciones. ¿Cómo afecta la deshumanización a la hora de componer canciones de amor o protesta? 

Pablo: Se dirigen desde el poder esos amores y esas protestas. Y se corre el peligro de no hacer las canciones desde el corazón, sino desde la hoja de subvenciones de turno o de la tendencia algorítmica que toque. 

“Queremos que “Trovadoro” sea una pequeña orden de caballería para cantores sentimentales” 


Has fundado el sello “Trovadoro” como una plataforma libre de autoedición. ¿Es éste el único camino para mantener no solamente la libertad, sino también la dignidad? 

Pablo: Me editaré, pero editaremos a otros artistas y cuento con la ayuda de varias personas para la tarea. Queremos que el sello funcione a nivel comercial, pero sobre todo que sea algo así como una pequeña orden de caballería para cantores sentimentales, que no se pierdan las canciones conmovedoras, algo que en el underground no abunda, ya que hay una fascinación por la tecnología ruidosa que no lo facilita, y en el mainstream se pervierte con melodramas inverosímiles. Queremos hacer un sello bueno, bello y verdadero. 

El nombre es una alusión clara a la figura del trovador clásico. ¿Cuál es la principal función social y política de un músico que se define a sí mismo de esa manera en el siglo XXI? 

Pablo: Tender un puente entre los corazones y las cabezas de su audiencia, básicamente. 

“En las pequeñas audiencias está nuestro oficio y libertad” 

¿De qué forma se puede hacer sostenible económicamente un proyecto artístico basado en la autoedición y el cooperativismo local sin pasar por los aros de la gran industria del patrocinio de marcas? 

Pablo: Con mucho oficio, que no nos falta. Esa pregunta ya la tenía los viejos trovadores libres cuando veían a los bufones de corte untados gracias a su falsa disidencia. Y tiraban para adelante confiando en la Providencia. Eso haremos, y tocar todos los fines de semana en cada pueblo de España y parte del extranjero sin despreciar a las pequeñas audiencias, ahí está nuestro oficio y nuestra libertad. 

¿Cuáles serían los mandamientos bajo los que va a operar “Trovadoro”? 

Pablo: Se resumen en uno: encontrar (trovar) el oro. El de verdad. 

¿Qué referencias podremos encontrar próximamente bajo el amparo del mismo? 

Pablo: Pues en octubre sacaremos dos discos: uno de Tarik Rahim, trovador gijonés de padres brasileños y abuelos libaneses que lleva 5 años en Nueva Zelanda y al fin vuelve a casa; y otro de Álvaro Lacalle, jovencísmo trovero ovetense que lleva desde antes de pegar el estirón pateándose escenarios y que rescata el estilo y la percha de Berrio y otros faros. Ambos me acompañarán en la Sala El Sol el 27 de noviembre. 

Durante estos meses ha llevado adelante la gira “Villas, Aldeas y Caleyas”. ¿Qué te aporta el público de una villa vecinal o un pequeño pueblo asturiano que no te ofrezcan las salas de grandes ciudades? 

Pablo: Humanidad, que aunque a veces sude mucho, es agradable y generosa. 

¿Habrá oportunidad de escuchar “Herejes” en tu próximo concierto en Madrid? ¿Qué otras sorpresas nos tienes preparadas para la cita de la sala “El Sol”? 

Pablo: No lo había pensado, pero lo apunto. Nunca preparo las sorpresas, ya lo hacen ellas solas. 

Aquellos que vamos a tus conciertos podemos dar fe de que se tratan de experiencias potentes, cercanas a lo ritual y casi místicas. En tiempos de música de usar y tirar, ¿cómo logras mantener viva esa atmósfera de ceremonia en tus directos? 

Pablo: Dirigiendo mi atención hacia eso, considerándolo valioso y tratando de atravesar los custodios de ese tesoro, que son unos cuantos. Hay mucho poder en esas ceremonias y se agradece poder seguir haciéndolas. El directo es lo mío. Sin duda.

“Debemos concienciar al alumnado de que no se dejen pisar y defiendan lo suyo” 

Como profesores que ambos somos. ¿De qué debemos concienciar a nuestro alumnado por encima de todo? ¿Qué peligros les acechan? 

Pablo: De que no se dejen pisar y defiendan lo suyo, su luz y su tesoro. Hay mucho vampiro acechando. 

No quiero meterte en problemas, pero visto lo acontecido en Ceuta. ¿Te da más vergüenza la actitud de nuestro gobierno o por el contrario te quedas con el oportunismo de la derecha? ¿Quién se lleva el título de “vende patrias” de manera más vergonzosa y rotunda? 

Pablo: Lo que más vergüenza me da, y no es salirme por peteneras, es la actitud del gobierno marroquí y de los forofos de su ultranacionalismo. 

“Marciano Durruti es un personaje misterioso y grandioso, me gustaría escribir sobre él desde lo más poético, la política es una trampa” 

Vamos a cerrar de forma cíclica, volviendo a tu faceta como escritor. Sabemos que en la cabeza tienes otros proyectos literarios de lo más interesantes, donde se funda parte de la historia de tu familia con algún que otro personaje olvidado e incorrecto de nuestra siempre gloriosa historia. ¿Puedes contarnos algo al respecto de cómo va dicha obra?

Pablo: Te refieres a un proyecto de novela sobre Marciano Durruti. Es un personaje tan misterioso y grandioso que, como ves, estoy pidiendo ayuda al Altísimo para poder escribir sobre él. Creo que se tiene que hacer desde lo más poético, la política es una trampa.

Interpol: “This Mirror Weighs a Ton”


Por: Javier González. 

Ante el vacío existencial y la ruina actual de un mundo a la deriva, conviene más que nunca volver la mirada al octavo disco de Interpol, “This Mirror Weight a Ton”, donde la banda capitaneada por Paul Banks sube el nivel mostrado en sus últimos trabajos de forma exponencial, regalando una colección de canciones que sabe recordar a los mejores álbumes de su carrera, pero que tampoco vuelve la cara a una cierta expansión en sus postulados, dando como resultado una referencia más que notable capaz de acercase mucho a los momentos más brillantes de su ya dilatada existencia, algo que debemos celebrar encarecidamente. 

Doce canciones que funden elegante decadencia, oscuridad y sentimiento atormentado, revestidas de intensidad, cuidados arreglos y ramalazos guitarreros sustentadas en unas letras que reflexionan sobre un mundo en ruinas donde el hombre camina en soledad, retrotrayendo con semejante acertada mezcla a aquellos inicios de siglo donde muchos veíamos que su propuesta tenía muchas más enjundia que la de otros compañeros de generación que gozaron de un mayor favor y pleitesías por parte de prensa y público. 

Abren con la titular “This Mirror Weighs a Ton”, cadenciosa y casi confesional, tratada con una habilidosa ambientación entre la que la melodía y voz parece simplemente flotar, recuperan el pulso familiar con “See Out Loud”, mostrando su eterna pegada, acercándose a discos como “Antics”, especialmente reseñable en la base rítmica con unas palmas que resuenan de fondo a las mil maravillas, antes de reflejar la soledad neoyorkina en “Iron City”, perfectamente cerrada con ese teclado absolutamente evocador. 

Sorprendente suena “Wounded Soldier”, capaz de incitar al baile de no ser por su aire sosegada y contenido, elementos que no restan un ápice de belleza a este salmo donde Paul Banks parece interpretar con una carga de emotividad que se traspasa al oyente, contrapuesta con “Wings of Fire”, donde firman otra tonada notable, algo que también ocurre con “Ever the Actor”, ideal para escucharse a toda tralla por los cascos mientras nos dejamos seducir por las pequeñas trampas que esconde. 

Encontramos una buena muestra de que han decidido jugar sin red de seguridad en “So Rides the Reindeer”, de apertura con bases, sostenida en primer lugar por lo que parecería ser una acústica y en otra soberbia interpretación vocal que consigue emocionar; tampoco se queda atrás “Darling Thoughts” con esa guitarra serpenteante, capaz de aparecer y desaparecer en función del peso de los sintetizadores, ni mucho menos lo hace “Wake Up”, donde se dejan abrazar por un ritmos absolutamente bailables más cercanos a otras latitudes pop que a lo se presupone para los norteamericanos.

El final del álbum viene marcado por una relativa vuelta a la oscuridad y ciertos acercamientos innegables a referentes mayúsculos, quizás el más evidente pueda ser “Enemy”, donde la apertura de piano y los coros podrían hacernos pensar en los trabajos entregados más recientemente por Nick Cave & the Bad Seeds, la acertada “Bird and the Serpent”, otra muestra de la que fábrica de temazos de Interpol sigue a pleno rendimiento, en cuyos postreros segundos asoma la patita la herencia de las bandas sonoras originales de las películas de John Carpenter, y el bello epílogo que representa “Sudden”. 

Escuchar “This Mirror Weighs a Ton” supone una inmensa alegría para todos aquellos que nos confesamos seguidores de Interpol, puesto que nos han entregado un trabajo que encierra una belleza crepuscular, capaz de arroparnos y darnos cobijo, demostrando que la banda ha sido capaz de nadar y guardar la ropa con sumo acierto, ya que sin renunciar a sus postulados no han titubeado a la hora de perderse por nuevas sendas sonoras, facturando un álbum capaz de mirar de tú a tú a sus más grandes obras, saliendo victoriosos del envite y recordándonos que son una de las grandes bandas reales que nos regaló este desolador siglo XXI.