Miguel Marcos: “Quería escribir un libro que marcara un antes y un después dentro de la divulgación musical sobre composición de canciones”


Por: Javier González. 

Fotografía: Carlos Vacas.

Pónganse cómodos, ha llegado el momento de disfrutar de “Viaje hacia la canción perfecta”, gracias al gran trabajo de un buen amigo de esta casa como es Miguel Marcos. Un hombre que no necesita carta de presentación para todas aquellas personas que de manera habitual se dejen caer por estas páginas, puesto que suele aparecer con relativa frecuencia. Para quienes no le conozcan, estamos hablando casi de un hombre del Renacimiento: profesor, compositor, productor y músico, cuyo nombre va ligado a una contrastada carrera bajo el alter ego de Le Voyeur y que más recientemente ha dado vida a Nueva Tragedia, con quienes de forma inminente estrenará disco, mostrando en ambos proyectos una particular lírica, cuya tónica habitual es rayar a un nivel muy alto. 

Meses atrás editaba en colaboración con la compañía de los siempre atinados amigos de Liburuak, “Viaje hacia la canción perfecta”, una obra única en nuestro idioma, convertida en estudio completo, casi una tesis, que versa sobre el proceso creativo y compositivo, donde a través de sus amplios conocimientos y experiencias propias, repasa las claves de esos enigmas repletos de encanto a los que el común de los mortales llamamos canciones. 

Contactamos con Miguel, quien con la cercanía y afabilidad que le caracteriza, nos acomoda en la categoría “premium” de este viaje altamente recomendable, sobre todo para aquellas personas que saben que la música nunca deja de sonar. 

Hace unos meses editaste “Viaje hacia la canción perfecta”, el único manual en castellano que versa alrededor de esa pieza maestra de la música que es el proceso compositivo. ¿Desde cuándo rondaba en tu cabeza llevar adelante una obra así? 

Miguel: La idea de escribir un libro sobre composición musical es algo que viene de lejos, probablemente de cuando monté el área de música de Hotel Kafka, donde impartía clases junto con otros artistas y docentes de songwriting, de armonía, de composición, arreglos, etc…esto fue allá por el 2008/2009. Ahí empecé a darme cuenta de lo olvidados que estábamos los compositores de este país. Todo planteamiento docente era interpretativo, dejando muy poco espacio para la creatividad y para la composición. Aunque las piezas encajaron mucho más tarde, 12 o 13 años después, cuando empecé a desarrollar el Área de Creación Musical y Narrativas Sonoras de Escuela de Escritores. Fue en ese momento cuando la editorial Liburuak me encargó un manual sobre composición de canciones. Yo les devolví en ensayo-manual sobre creatividad musical. 

“No he trabajado en ningún oficio que no esté relacionado con la música” 

¿En qué punto de tu vida el proceso compositivo comenzó a ser para ti una cuestión casi de vida o muerte? 

Miguel: Creo que desde mis primeras pulsiones creativas conscientes, es decir, a partir de las primeras canciones que compuse con 12 o 13 años. A partir de ese momento sabía que ya no me iba a separar jamás del mundo de la música y de la creación musical. Y así ha sido. No he trabajado en ningún oficio que no esté relacionado con la música. Desde que empecé con 18 años a impartir clases, he sido profesor, docente, artista, compositor, productor musical, arreglista, backliner, compositor para audiovisual, bandas sonoras, cine, TV, radio, podcast, publicidad, periodista musical, director de un sello, curador, mánager, promocionero, etc…Pocos palos me quedan por tocar dentro de la música. 

El libro está siendo todo un éxito, recibiendo unas críticas rotundas y apareciendo en bastantes listados de “lo mejor del año 2025”. ¿Te esperabas un recibimiento de este calado? 

Miguel: La verdad es que no, ha sido muy grato el recibimiento de este libro por parte de los medios y del público general. Piensa que no deja de ser un libro-isla, un libro que tiene un marco muy concreto y, a priori, un difícil encaje para el público general. Ahí estaba el reto, en convertir este libro en un ensayo-manual sobre composición de canciones para todos los públicos. Conseguir ese equilibrio fue lo más complejo de su escritura. Tuve que quitar 4 capítulos excesivamente técnicos para llegar a conseguir ese equilibrio del que hablábamos. 

Es curiosa tanta repercusión, básicamente porque desde fuera da la sensación de ser una obra que principalmente podría estar pensada para melómanos, compositores y músicos. ¿Tienes la sensación de que has roto una barrera que parecía imposible? ¿O por el contrario tú sabías que era un libro que tenía un mayor público potencial del que podía parecer en un primer instante? 

Miguel: Creo que sí que se ha roto esa barrera entre lo sagrado y lo profano. Entre la mitología del pop y la utilidad de ciertas herramientas creativas para aprender a escuchar y componer. Es lo que te decía en la anterior pregunta, creo que la clave para llegar a ese equilibrio y a ese compromiso divulgativo era la necesidad de vehicular a través de mi experiencia docente y artística la narrativa de la creación musical. Por eso este libro suena tan universal desde lo particular. Porque surge de esa dicotomía natural y orgánica que sostiene mi creatividad. La enseñanza musical y mi parte artística. Esos han sido los dos pilares sobre los que he ido construyendo este “Viaje hacia la canción perfecta”. 

“Existía un vacío bibliográfico total sobre composición y escritura de canciones en castellano” 

El mismo presenta un enfoque teórico y a la vez práctico, puesto que sin ir más lo cierras con 500 ideas, ejercicios y consejos para componer. Ambos enfoques me han llamado mucho la atención. ¿Tuviste claro desde un principio cuál sería la perspectiva que darías a la obra? 

Miguel: Ha sido un viaje en todos los sentidos. Evidentemente conoces el punto de partida, pero nunca el destino final. Tuve que ir descubriendo el camino a medida que avanzaba con el libro. Lo primero que encontré es un vacío bibliográfico total sobre composición y escritura de canciones en castellano. Lo cual dice mucho sobre el país en el que vivimos. Tuve que acudir al mundo anglosajón donde el desarrollo de esta disciplina artística lleva generando tejido y cultura desde los años 70 del siglo pasado. 

Armonías, lenguaje musical, historias vinculadas a letras y a vivencias de grandes creadores, son parte de los pasajes y referencias que dan vida a “Viaje hacia la canción perfecta”. ¿Cómo de complicado ha sido compilar todo este saber en una sola obra? 

Miguel: Quería escribir un libro que marcara un antes y un después dentro de la divulgación musical sobre composición de canciones. A veces iba a buscar bibliografía a librerías como El Argonauta, Antonio Machado o el Molar y siempre me decían que ese libro que estaba buscando no existía en castellano, así que tenía que escribirlo yo. No sé si lo he conseguido, pero han sido más de tres años dedicado en cuerpo y alma a este viaje. 

“Este libro ha sido una de mis mejores canciones” 

La lista de nombres a los que das cabida, ya sea como referencia o añadiendo comentarios que han hecho acerca de su propia obra, roza lo enciclopédico. Supongo que este elemento habrá sido una gran ayuda para ti, pero a la vez un auténtico quebradero de cabeza a la hora de coser todo el relato. ¿Estoy en lo cierto? 

Miguel: Este libro creo que ha sido una de mis mejores canciones. Sin duda. Encontrar el camino para escribirlo no fue fácil, de hecho, fue una gran aventura, porque encajar toda esta referencialidad de los grandes maestros de la composición, además de los más de mil ejemplos en forma de canción que habitan el libro y los 500 ejercicios del epílogo me han tenido bastante ocupado estos últimos años. 

“No entiendo la vida sin creación artística” 

Tu vida gira en torno a la creación musical, ya sea como productor, escritor de canciones o en las clases que das en la escuela de escritores. ¿Hasta qué punto has volcado todos esos saberes personales en la redacción del libro? 

Miguel: Llevo compartiendo mis herramientas y mis procesos creativos sobre composición musical desde hace más de dos décadas. Impartiendo clases, subiéndome a un escenario o metiéndome en un estudio de grabación. Era algo natural en el libro. Hablar de mi propia experiencia musical también resultó ser un acto terapéutico muy necesario para saber quién soy y a qué me dedico de una manera más profunda. Si además esto conecta con otros músicos, melómanos y lectores, entonces la satisfacción se multiplica. 

Venga, Miguel, mójate. Te voy a dar la opción de coger cinco únicos nombres que para ti supongan el culmen de la composición, los dioses/as de la canción perfecta internacional. ¿Con cuáles te quedas? ¿Por qué? 

Miguel: Leonard Cohen, Bob Dylan, Serge Gainsbourg, Patti Smith y Nick Cave. Aunque dentro de 5 minutos te diré otros 5 diferentes. 

Y ahora, vamos a reducir la geografía de nuestra pregunta. ¿A nivel nacional cuáles son tus tótems sagrados? ¿Por qué? 

Miguel: Empecemos por una reivindicación personal: Rafael Berrio. Y para completar la lista, podríamos decir Nacho Vegas, Kiko Veneno, Miren Iza (Tulsa) y Josele Santiago. Cómo te decía antes, no soy muy de listas. Es probable que antes de que termine esta entrevista te diga otros nombres. 

“En Nueva Tragedia aparece un motor creativo desde un pop más oscuro, electrónico y vanguardista”

En otro orden de cosas, hace unos meses hemos sabido de tu nuevo proyecto musical, Nueva Tragedia, del cual ya podemos disfrutar hasta un total de cinco singles y en el 20 de marzo ya podremos escuchar el disco completo. ¿Qué puedes decirnos al respecto? 

Miguel: Nueva Tragedia surge de la necesidad artística de un descanso con Le Voyeur. Y, sobre todo, de expandir la creatividad a un terreno colectivo, compartiendo esa nostalgia del pop más orgánico con mis compañeros. Es verdad que hay un ADN lírico en las letras marca de la casa, ya sabes que soy excesivamente quirúrgico con el verso. Pero la diferencia es que en Nueva Tragedia aparece un motor creativo desde un pop más oscuro, electrónico y vanguardista que entra desde las grietas de la cotidianidad. 

“En 2026, se cumplen 15 años del primer disco de Le Voyeur, eso hay que celebrarlo” 

¿Debemos dar por finalizada tu aventura con Le Voyeur o por el contrario compatibilizarás ambas aventuras? 

Miguel: Ni mucho menos, Le Voyeur sigue más vivo que nunca. Lo que ocurre es que está recuperándose de una resaca emocional muy profunda. Cada proyecto artístico y musical tiene sus espacios y sus tiempos, por eso es necesario cuidarlos dentro y fuera del ring. De hecho, para finales de este año 2026 tenemos preparada una sorpresa con Le Voyeur, se cumplen 15 años desde el primer disco y eso hay que celebrarlo. Docente, productor y músico, toda tu vida, tanto profesional como personal, gira en torno a este maravilloso laberinto que responde a la trilogía música, arte y cultura, donde el proceso compositivo y la creación juegan un papel fundamental. ¿Crees que esta aventura es adictiva? Miguel: No entiendo la vida sin la creación artística. Es algo natural en mí, nunca he vivido de otra manera. Es una especie de desobediencia a la realidad que nos rodea. No sé lo que es tener un trabajo diferente a la música, al arte o a la cultura. Esto también tiene sus inconvenientes, el efecto burbuja que esto produce te aísla y muchas veces hasta te bloquea. Por eso es tan necesario mantener ese equilibrio cotidiano entre la parte artística y nuestro día a día. 

“Aquí todo es supervivencia y precariedad sostenida bajo el peso de los propios artesanos de canciones” 

Este libro parece demostrar que hay vida más allá del mito que de la música y la cultura es complicado vivir en España, en tu caso lo consigues, siendo un auténtico hombre del Renacimiento en el siglo XXI. ¿Qué le dirías a las nuevas generaciones de futuros creadores y creadoras para alimentar su sueño? ¿Cuál es el secreto para que no falte el trabajo ni la inspiración? 

Miguel: La precariedad musical en España no es un mito, es una realidad. Pero esto no es algo nuevo. El problema reside en los sustratos más básicos de la educación. En los colegios que siguen enseñando la escala mayor pitagórica con la flauta dulce o con xilófonos. En los institutos de muchas comunidades se ha menospreciado siempre la asignatura de música relegándola a un segundo o tercer plano o directamente haciéndola desaparecer. Las universidades no tienen grados sobre composición musical ni creatividad musical. Este es el mapa desolador que tenemos. Cero compromiso político y gestor con la docencia artística. Nos queda mucho por recorrer en este ámbito. Por el camino hemos perdido la capacidad de escucha, de reflexión y de pensamiento crítico. El otro día Kiko Veneno le comentaba en una entrevista a Carlos Galán que lo que tienen que hacer las nuevas generaciones de creadores, además de escribir canciones y defenderlas en un escenario, es buscarse otros trabajos para comer. Poniendo el ejemplo de Vera Fauna. Esa es la realidad en la que vivimos. No hay ayudas reales como en otros países, nadie fomenta el arte desde la creatividad musical desde un espacio sostenible y seguro. Todo es supervivencia y precariedad sostenida bajo el peso de los propios artesanos de canciones. 

“La imperfección es la parte orgánica de las canciones, gracias a ello sobreviven y se transforman a lo largo del tiempo” 

Vamos a ir terminando con varias cuestiones. La primera sería muy directa. Sabemos que hay infinidad de temas y composiciones que nos encantan, pero… ¿realmente existe la canción perfecta? ¿O existen infinidad de canciones imperfectas que nos encantan? Como creador y experto en la materia. ¿Qué es más importante el “Viaje hacia la canción perfecta” o el destino? ¿Crees que Kavafis llevaba razón en lo que afirmaba en su poema “Ítaca”? 

Miguel: La canción perfecta no existe. Pero su búsqueda es la excusa perfecta para habitar la creatividad y los espacios donde viven las canciones. La imperfección es la parte orgánica de las canciones, gracias a ello sobreviven y se transforman a lo largo del tiempo. Piensa que las canciones son organismos vivos que nacen, crecen, se desarrollan, se reproducen, pero nunca mueren mientras haya alguien que las siga escuchando, cantando o bailando. Ese es el verdadero viaje, la trascendencia y el legado. 

Esta entrevista ha dado bastante de sí, girando sobre una serie de cuestiones que aparecen en “Viaje hacia la canción perfecta”, con parada en Le Voyeur y Nueva Tragedia, así que solamente nos quedaría despedirnos, no sin antes ponerte en la siguiente tesitura. ¿Cuál es el siguiente y sorprendente viaje que nos vas a proponer? 

Miguel: Ya estoy empezando a escribir el siguiente libro, también relacionado con el mundo musical. Pronto os contaré más novedades sobre esto. Por otro lado, en este 2026 van a salir dos discos nuevos, uno de Nueva Tragedia y otro de Le Voyeur. Mi vida continúa entre la artesanía de la canción, la docencia creativa y el mundo de las bandas sonoras. No me puedo quejar. 

Muchas gracias, Miguel. Siempre es un placer hablar con alguien como tú. Ya sabes que te apreciamos. 

Miguel: Muchas gracias a ti. Un abrazo.

Mendizábal: “Fuerte”


Por: Juanjo Frontera. 

Este nuevo trabajo del bilbaíno -aunque afincado hace muchos años en Valencia- Txema Mendizábal, es el resultado de unir sus dos anteriores trabajos en uno sólo. Dos epés que se titularon "La Madriguera del Valiente" (2022) y "Nada Más, Nada Menos" (2025) y que ahora pueden ser degustados en limitadísima (150 copias) edición en vinilo, gracias, entre otras cosas, a la cobertura del recientemente fletado sello de la web Exile SH Magazine

El ensamblaje de ambos epés tiene su lógica: pese al largo período que los separa ambos han sido grabados en el mismo lugar, los estudios Río Bravo regentados por Xema Fuertes y Cayo Bellveser (Ciudadano, Maderita, Josh Rouse) y con unos colaboradores similares, como Amadeo Moscardó (teclados), Víctor Vila (batería) o Virginia Iranzo (violín). Además, ambos epés llegaron tras dos álbumes largos que supusieron la consagración del vasco como cantautor -"Golpe de Estado" (2016) y "Disparo Revelador" (2019)- y que merecían ser completados, a modo trilogía, con otro larga duración que llegará para confirmar el alto talento de este multiinstrumentista y especialmente sensible compositor. 

Mendizábal es un cantautor que bebe de fuentes muy concretas, como Neil Young o Tom Petty en lo foráneo y Quique González o Enrique Urquijo en lo nacional, pero no por ello carente de una fuerte personalidad que muestra a través de unos autorretratos sentimentales que toman forma de canción y de los cuales aquí tenemos diez de sus mejores ejemplos. 

Cada cara de "Fuerte" corresponde a uno de los epés en cuestión, así que por orden cronológico en la A encontramos las canciones de "La Madriguera del Valiente", un trabajo que fue el resultado de la obstinación de Txema por componer, trabajar y publicar canciones muy personales en un entorno especialmente hostil para el artista que se autogestiona y busca ser él mismo por encima de todas las cosas. Y es que ahí, precisamente en ese lugar, es donde él se siente más a gusto. 

Se nota en unas canciones de las que jamás diremos que son sensibleras, pretenciosas, ni innecesarias. En la sencillez desarmante de “Cicatrices”, “Está mal”, la abrumadora historia de “Remedios” o esa especie de bossa que envidiaría Kings Of Convenience que es “Brandy”, queda perfectamente reflejada la capacidad de su autor para llegar al corazón de las cosas y lo bien que ha hecho, en cuanto remate sónico, colaborando con las personas de que se ha visto rodeado. Se nota que ha encontrado su sitio. 

 Esto que digo se certifica definitivamente en la cara B, la dedicada a "Nada Más, Nada Menos", que se abre con la hermosa canción que da título a este conjunto, “Fuerte”, un himno a la resiliencia y al amor que es como una ventana a la luz mediterránea pero sentida con ojos cantábricos. Una faceta pop-soul que abre miras respecto a las cartas mostradas en la primera parte del disco y en la que se profundiza en la soberbia “Supernova”, que además aporta tintes latinos. Una de esas canciones perfectas solo al alcance de unos pocos que a Txema parece que empiezan a caérsele de los bolsillos. 

Sensación que se completa con otra diana, en este caso más enraizada en la “americana” como es “Podría estar mejor”, dejando esa intimidad que Mendizábal sabe manejar soberanamente bien para un autorretrato tan bien pintado como “El guindo” o para el gran final que brinda algo tan enorme como “Perder el hilo”, una de esas composiciones (y grabaciones) que deberían situar a quien las perpetra en el escalón alto del podio de los campeones olímpicos de la canción. Txema lo es, aunque esa obstinación de los románticos empedernidos por hacer las cosas a la suya y alejados de los focos lo convierta en solo un triunfo a voces y no en toda una ovación, que sería lo merecido. Aunque desde aquí, humildemente, esperamos entonar lo bastante fuerte nuestro “hurra”, como para que nos oiga y siga haciendo canciones tan maravillosas como estas.

Los Negativos: “Piknik Caleidoscópico”


Por: Txema Mañeru. 

Este gran y olvidado grupo, y este fantástico disco de debut, son muy especiales para un servidor y son también una referencia bastante histórica. Fue uno de los discos más buscados a finales de los 80 y en décadas posteriores porque salió en un pasajero sello discográfico como Victoria y cayó en el olvido a pesar de vender más de 15.000 ejemplares en su momento. Pues bien, cumple ahora 40 años y no ha envejecido en absoluto.

Eso sí, necesitaba una reedición en vinilo de calidad pues el prensaje que se hizo de él en los 80 sonaba a lata, aunque para mí siga siendo encantador. Luego en la primera década del nuevo milenio tuvo una cuidada reedición, con extras, en compacto de la mano de Mushroom Pillow. Quien lo publica ahora a todo lujo es el prestigioso sello de reediciones catalán Guerssen, que precisamente saca este álbum en su campaña de celebración de su 30 Aniversario. Para celebrarlo han preparado una serie de ediciones especiales, además de una jornada de actividades el 28 de marzo en Lleida. El sello está especializados actualmente en rarezas psicodélicas de los años 60 y 70, aunque cuando lo fundaron se movieron con grupos que se movían dentro de la escena garage y neo-psicodélica de aquella época. Ahora parece que quieren barajar ambas vertientes. Para ello presentarán una colección de 15 singles en edición limitada y numerada repleta de sonidos y grupos de garage, psicodelia, freakbeat y hard-rock, principalmente de los años 60-70 con algunas sorpresas de los 80 como los dos singles con las primeras maquetas de Los Negativos, nunca antes editadas en vinilo. Su gran combinación de pop, psicodelia, garage, beat y folk-rock fue una maravilla en su momento y te podían recordar a Love, The Byrds, Sorrows, los más cercanos Brighton 64 y hasta los Fuzztones. La reedición se ha hecho con todo lujo y respeto y con la colaboración de los miembros que quedan con vida del grupo.

Si te pasas por www.guerssen.com, comprobarás que también van a publicar (siempre en cuidados vinilos) a los madrileños Beat In, otro de los tesoros ocultos de la escena mod, garage revival de finales de los 80 y principios de los 90. Se relacionaron con bandazas del momentos como Los Potros o Sex Museum, con una combinación entre beat, folk-rock y pop, muy influenciados por bandas como Remains, Byrds, Zombies, Kinks. Otra joyita será el disco de los austriacos The Jaybirds. Más sonidos 60s-Mod-R&B y que telonearon a los Rolling Stones. Reeditan ahora su segundo disco, “Going Our Own Ways”, originalmente publicado en 1998.

Pero ahora es momento en centrarse en Los Negativos y su espectacular debut. Dentro de la celebración del 28 de marzo actuarán con su nueva formación que incluye a los miembros fundadores Carles Estrada y Robert Grima junto a nuevos músicos y sección de cuerda. Interpretarán de principio a fin las 14 joyitas del “Piknik Caleidoscópico”. Un disco que comienza con el fulgurante 60’s garage-rock de "¡Stop!", con su logrado estribillo y buenos punteos. Mi canción favorita, que a mí me suena totalmente romántica, es "¿Quién Aplastó La Mariposa?", con la presencia de ese mágico sonido de clavicordio. También tenían vibráfono, guitarras Rickenbacker y amplificadores Vox. Maravilloso y ensoñador tema lento. Más viva y hasta bailable era "No Soy Yo (La Psicoastenia)" con sus riffs circulares. Igualmente abiertos a esa melodía danzarina, con unos buenos coros y una letra recordando a su adorados Seeds, se presentan con sus gafas de colores en "Graduado en Underground". Más alucinójenos se visten en un viaje rápido y un piknik genial en otro gran lento con mágicas guitarras como "Cigarras Panameñas". Siguen con ese mágico clavicordio y parsimonia en la mágica "En Una Habitación Realmente Pequeña". Eso es justo antes de cerrar la cara A con el potente órgano con aromas a Fuzztones y las crudas guitarras de "Moscas y Arañas", con otro de sus característicos estribillos redondos.

La cara B arranca también con otro gran lento como "Pasando El Tiempo". Estupenda melodía y fraseos preciosos con los ricos teclados y una letra nuevamente alucinada que nos habla de sopa de tortuga, rabo de buey y hiedra venenosa. Sigue con otro gran viaje como es su "Viaje Al Norte", con otra gran melodía y buenos punteos. Más sonido rico 60’s en "Un Día Especial", un tema también especial. Bajo potente, coros finales destacados y más punteos flipantes, además de un melódico piano. "Mágico Víctor" tiene otro mágico estribillo para corear y una gran melodía para ese especial DJ. Regresan los punteos alucinados a lo Love o Hendrix en "El Club Del Cerdo Violeta". Gran historia y un estribillo melódico genial que encantó también a los seguidores de La Granja. Sorprende el puro rock’n’roll con piano y todo, que recuerda al debut de Loquillo en "Haciendo Surf En Mi Mente". Luego buen órgano y guitarras y ecos hasta a Bo Diddley. El final vuelve a ser psych-garage a lo Cynics, Sonics y Fuzztones con unos riffs psicodélicos brutales. En la loca historia aparecen personajes y objetos míticos como Michael Caine, Modesty Balise, los Aston Martin o un tal Robert Zimmerman. Otro buen estribillo y más punteos con Rickenbacker.

Luego está la magnífica presentación del vinilo. De 180 gramos, por supuesto y con un cuidado libreto de 8 páginas con textos del experto Álex Oró y montones de chulas y coloristas fotografías. Oró publicó hace 5 años el estupendo “Los Negativos: ¡Bony Es Dios!” (Editorial Milenio). Un gran libro que hacía justicia a la mejor banda de pop psicodélico de los 80 aquí. ¿Te quieres graduar en su underground particular?

Kula Shaker: “Wormslayer”


Por: Àlex Guimerà. 

Situados en esa maravillosa “segunda división” del Brit Pop que injustamente no tuvo el éxito masivo que merecía, encontramos a nombres como The Auteurs, Gene, Boo Radleys o incluso otros algo más reconocidos como Ocean Colour Scene, Supergrass y nuestros protagonistas, Kula Shaker. En el caso de estos últimos siempre he pensado que si a los Oasis los comparaban con los Beatles, ellos aún merecían más dicha comparación ya que su propuesta pasaba por conectar el rock de los sesenta con la instrumentación y el espíritu hindú que trajo el bueno de George Harrison a la legendaria formación. 

Con un imponente debut “K” cargado de sitars y una maravillosa y vibrante versión de “Hush” de los Depp Purple, la banda me dejó flipado allá en 1996. Sin embargo la formación no pudo gozar de las inercias del movimiento britpopero ya que cuando comenzaron a despuntar éste se encontraba en su recta final y solo les dio tiempo de publicar un “Peasants, Pigs & Astronauts” en 1999 antes de separarse. Si bien su líder Chrispian Mills formó ese artefacto tan formidable que eran The Jeevas, Kula Shaker volvieron a reunirse en 2007 y desde entonces han seguido publicando álbumes, girando y, sobre todo, siendo fieles a sus principios musicales. Aunque no fue hasta el anterior álbum de 2023, “Natural Magick”, cuando la formación clásica volvió reunir al teclista Jay Darlington, y eso es algo que, a mi modo de ver, se nota en positivo, pues las dos últimas entregas son lo mejor de la banda desde los dos álbumes de los noventa. 

Es en este punto donde se sitúa este flamante “Wormslayer”, un álbum que profundiza en ese universo psicodélico, místico y atemporal que forma parte del ADN de los británicos y que nos trae la edad de oro del rock al nuevo milenio. De nuevo el arte de la portada es una de las señas de identidad de la banda, con referencias a la televisión de los años setenta y, cómo no, a la India. En el interior del libreto encontramos ilustraciones que remiten a un universo muy cercano al de Tolkien, reforzando ese aire fantástico y psicodélico que envuelve todo el proyecto.

Pero vayamos a la música, ya que solo poner la aguja nos encontramos con “Lucky Number”, el single más evidente del álbum: una canción festiva y pegadiza, construida para quedarse con la primera escucha. En “Good Money” aparecen ecos claros de “Lucy in the Sky with Diamonds”, con un aroma psicodélico muy marcado. La letra funciona como una sátira sobre el estrellato y la obsesión por la riqueza. “Charge of the Light Brigades” llega con un ritmo irresistible y un estribillo especialmente efectivo, de esos que invitan a corearlo mientras que con “Little Darling” bajan ligeramente las revoluciones con una pieza más sosegada, de producción pulcra y atmósfera ensoñadora.

Memorable es “Broke As Folk”, que se sostiene sobre una línea de bajo y unos teclados que parecen robados directamente de “Light My Fire” de The Doors. El estribillo estalla en color y armonías. Pura magia sixties. Cierra la cara "A" “Be Merciful” que nos mete de lleno en ambientes de la India: la bonita pieza desnuda e íntima, adornada con delicados punteos de guitarra, poco a poco, desemboca en una auténtica tormenta sónica.

La cara "B" arranca con la fábula del niño "Shaunie", en la que escuchamos unos coros que me recuerdan a los Who más armoniosos; la sigue "The Winged Boy", de lucida guitarra y que es pura psicodelia moderna para emparejarles con bandas como Temples o Tame Impala. Mas desenfadada es la desnuda "Day For Night", con Mills que parece que cante para el "White Album". Con el corte titular los Kula nos introducen en sus ritos, con un desarrollo instrumental que es una auténtica ceremonia rockera. El paquete se cierra con las reflexiones existencialistas de una "Dust Beneath Our Feet" que llega a sonar sunshine pop. 

De nuevo Kula Shaker no se complica y continúa explorando su fórmula musical, sin dejar atrás la espiritualidad, los símbolos y el misticismo oriental con reflexiones sobre la vida terrenal. En esta ocasión, su propuesta funciona muy bien, quizás gracias a la madurez y a la experiencia de sus miembros, con este "Wormslayer" que, si bien no inventa nada, resulta del todo disfrutable. Esto es lo que significa tener personalidad y mantenerse fiel a los propios principios hasta el final.

Morrissey, un mito nostálgico, decadente y sublime que hechizó La Cartuja


Cartuja Center Cite, Sevilla. Lunes 16 de marzo de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Estefanía Romero. 

Su sombra apareció entre la penumbra del escenario caminando sin vacilar hasta situarse frente al pie de micro. Elegante, presuntuoso y decidido, miró al frente y sonrió. En ese justo instante la abarrotada sala explotó en un grito unánime, muy probablemente de puro alivio ante la constatación de que por fortuna para Sevilla, el mito de Mánchester pasearía su palmito durante algo más de hora y media de puro deleite y excitación, a mayor gloria de los acólitos del siempre reivindicable Steven Patrick Morrissey, quien lanzó un par de satíricos y cómicos “Lo siento” antes de arrancar la velada que por supuesto no eran en absoluto necesarios para nadie de los allí presentes. 

Porque para sus fieles, Morrissey todo lo puede. Exabruptos, cancelaciones y ataques de divismo extremo no son impedimento para que el fanatismo por su figura siga intacto. Y menos en Sevilla, una ciudad acostumbrada a las grandes pasiones de toda índole. Ahí estábamos desde horas antes de la apertura de puertas, haciendo cola y masticando los últimos coletazos de la tensión acumulada desde varios días antes. Impacientes toda vez que la hora de entrada asomaba y al borde del ataque colectivo cuando ya una vez dentro, comenzaron a proyectarse las imágenes y sonidos que el bueno de Steven nos tenía preparados para amenizar los últimos minutos de espera, sin duda alguna los peores de todos. 

Un paseo por su imaginario cultural donde no faltaron las referencias punks a Ramones, New York Dolls y The Stooges; como tampoco lo hicieron las imágenes del camaléon David Bowie, la talentosa y bella Brigitte Bardot, y la pura incorrección a izquierdas, del enorme Pier Paolo Pasolini, y a derechas, del guapo entre los guapos, Alain Deloin, entre otro buen puñado de ídolos caídos, casi en su mayoría de origen europeo, que estuvieron presentes antes, durante y después de una actuación mayúscula que tuvo como siempre mucho de recorrido sentimental por las vivencias de un tímido adolescente, hoy ya señor de canas más que evidentes, que nos regaló una noche en la que pudimos disfrutar de un Morrissey dramático y socarrón, cercano y parlanchín, que nos deleitó con sus mejores poses, tirones de micro y personalísimos quiebros vocales, siempre secundado por una banda que sin estridencias ni alardes, bien se podría calificar como de las mejores que le han acompañado en directo nunca. 

Abrió fuego con una cálida “Billy Budd”, en la que se encargó de hacerse cargo de las maracas, y “I Just want to see the boy Happy”, capaces de conectar con un público que empezaba a ser consciente de que la noche prometía ser antológica, algo que se constató cuando una nube de distorsiones dio paso a “Suedehead”, recibida con entusiasmo por el respetable y acompañada por una interpretación marca de la casa, casi enlazada con otro himno más que celebrado como “First of the Gang to Die”, apelando al universo de pandilleros con un acertado juego de luces representando la bandera de Italia, y unas proyecciones donde se atisbaba la figura de Sal Mineo, nominado al Óscar por su papel en “Rebelde sin Causa”, mientras todos nos dejábamos la voz con aquello con “Héctor was the first of the gang with a gun in his hand/ and the first to do time/ the first of the gang to die”, a la par que Morrissey nos iba robando un poco el corazón a todos. 

La primera en sonar del nuevo disco fue la titular “Make-Up is a lie”, perfectamente defendida por una banda compuesta por Carmen Vandenberg y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, que durante toda la noche demostró su categoría, dejando respirar las canciones y jugando con las intensidades, sin atisbos de personalismo, pero dando muestra de prestancia y saber hacer, algo que dejaron muy claro en la mítica “A Rush and a Push and The land is Ours”, encargada de abrir el que fuera el último álbum de estudio de The Smiths, “Strangeways, Here we Come”, que sonó tan triste y majestuosa como pocas veces en vivo; tras ella apareció la efigie majestuosa de Oscar Wilde en pantalla, mientras los acordes furiosos anunciaban otra joya, “Irish Blood, English Heart”, un genio secundando desde las alturas a otro, mientras el terrenal, el guía de los desheredados, clamaba por el honor de la patria sin desdeñar la crítica social y el descontento político, una letra que seguirá haciendo arder a más de uno, pero que no hace sino mostrar que Morrissey siempre ha estado ahí, frente al poder y lo establecido. Más o menos acertado, pero siempre a la contra. Sin cortapisas. 

Un instante de calma se abrió mientras volvíamos a “Vauxhall and I” con la siempre bella “Now my Heart is Full”, perfectamente ejecutada, tanto vocal como instrumentalmente, antes de que la crudeza y la oscuridad del canto a la timidez se apoderara de la sala con “How Soon is Now?”, un corte cuya inclusión a mitad del concierto es todo un acierto, como también lo fue la elección de otro medio tiempo mayúsculo del estilo de “Let me Kiss you” con esa carga decadentista que tan bien sienta a las canciones de Morrissey

Demostró ser un artista de los pies a la cabeza, bordeando la polémica en una tierra como Sevilla al interpretar “The Bullfighter Dies”, incluyendo imágenes explícitas de corridas de toros, dejando claro que no le importa ser incómodo, independientemente del lugar y lo que puedan pensar los demás, alejándose una vez de los músicos acomodados y rendidos a la crítica, algo que sigue sin necesitar pues todavía se basta y sobra para facturar himnos de nuevo cuño como “The Monsters of Pig Alley”, agrandando su sendero de poética entre guitarras cristalinas y frases evocadoras para continuar rozando corazones con dos versiones más de The Smiths, “Half a Person” y la conmovedora “I Know it´s Over”, rematando la tanda con los tonos pretendidamente oscuros de “Notre Dame”, la cual nos devolvía al Morrissey más conspiranoico y beligerante. 

Aprovechó un brevísimo receso para presentar a la banda, antes de acometer “Alma Matters”, la mejor canción del omisible “Maladjusted”, y llenar literalmente de un denso humo el Cartuja Center Cite con objeto de la interpretación de “Jack the Ripper”, sumiéndonos en una profunda oscuridad de nuevo. Tras ella Camila Grey asumió el protagonismo con la inconmensurable ayuda de su piano para servirnos de inmejorable apertura a “Everyday is like Sunday”, entonada en conjunto con emoción desbordada por toda la audiencia, mientras Mozzer cambiaba parte de la letra diciendo “tell me cuándo, cuándo”, cerrando en falso el concierto con “I Will see you on in Far-Off Places”, momento tras el cual despejaron el escenario como paso previo a una ceremonia ya esperada. 

Regresaron al mismo, donde Morrissey, quien portaba un ramillete de gladiolos y una camiseta en la que podía leerse “Seville, Esteban Patricio”, anunció que era el final del tour, agradeciendo la labor de todo su equipo y recordándonos que “please, remember I love you”, a la par que cedía el protagonismo a los miembros de su banda para que todos se despidieran del respetable con mensajes de todo tipo, especialmente reivindicables el de Juan Galeano, instándonos “a cuidar la música que se hace en Andalucía”, Camila Grey, quien nos invitó a “hacer el amor y no la guerra”. Entonces sí, Brendan Buckley, parapetado tras su batería cuyo bombo mostraba la bandera de España, golpeó sus baquetas, señal inequívoca de que tocaba despedirse de la mejor forma posible, interpretando una contenida y emocionante “There is a Light that Never goes out”, mientras los ojos de más de uno de los presentes comenzaban a cubrirse de lágrimas de felicidad antes de que el dramatismo viviera su momentos culmen con la presencia de un fan sobre el escenario para abrazar al mito, quien instantes después, como mandan los cánones, lanzaba la camiseta al público antes de desaparecer por dónde vino, dejando tras de sí la enorme estela de su luz. 

Tratar de valorar lo que para muchos significa Morrissey escapa a toda lógica. Bastaba con mirar a hombres que sobrepasaban los cuarenta y cincuenta años con los ojos arrasados en lágrimas y sentir la emoción de los abrazos en pareja que sin decir nada, hablaban por sí mismos. Que cada cual se mire bien dentro y busque su propia explicación. Objetivamente, lo que presenciamos anoche fue sin duda uno de los mejores conciertos que el mancuniano ha dado en nuestro país. Un set list plagado de canciones reconocibles, una banda excelente y un artista que anoche se sintió a gusto, dejando sobre el escenario lo mejor de su repertorio escénico. Un mito forjado en la soledad de su cuarto a base de lecturas, punk-rock y cine. De Mánchester para el mundo. Anoche no solamente destiló parte de lo mejor de su repertorio, sino que una vez más volvió a agradecer a sus referentes todo lo que le dieron. Un mito inglés de sangre irlandesa que anoche se comportó como la gran leyenda que es. Y también como un señor, poniendo en liza un legado eterno anterior a su propia existencia que da pie a toda una cultura pop. Lo que muchas veces le niegan aquellos que se quedan solo en sus injustificadas espantadas. Morrissey, una leyenda que de no existir, seríamos incapaces de inventar. Nostálgico, decadente y sublime. 

Regreso al rockabilly pantanoso de Ricardo Virtanen & The Rockin' Shakers: "Echoes of An Era Vol. 2"


Por: Guillermo García Domingo. 

Dos años después de su predecesor, Ricardo Virtanen & The Rockin’ Shakers han publicado el segundo volumen de "Echoes Of An Era", otra sacudida rockera que ya echábamos en falta, ante tanta canción demasiado cocinada para gustar, recibir elogios, visitas, o qué sé yo. Virtanen es un trabajador incansable, no se rinde nunca, e insiste en sus pasiones, a los que dan por muerto al rockabilly y le dicen que lleva tiempo sin “engrasar los ejes” les dice lo mismo que les espetó Atahualpa Yupanqui, a mí me gustan como suenan “los ejes de mi carreta”, ¡y a nosotros también! Virtanen lleva 45 años en la carretera, ahí es nada, era un chaval, cuando ingresó en las orquestas que amenizaban las fiestas en los salones de la capital, para sustituir a su padre. No importa lo veterano que sea, este nuevo vinilo de 10´ evoca la época dorada, cuando, en cierto modo, se inventó la juventud, en palabras de Jon Savage, y los teenagers se rebelaron contra todo y contra todos.

Por eso ha recuperado cuatro de sus composiciones, que ya había grabado como miembro de otras bandas. De Lobos Negros, su banda de referencia, y de otros conjuntos en los que ha militado. El pasado verano se encerró con David Mad Mayer, Dave Álvarez y Ángel Siete Vidas (sus Shakers) con el fin de renovar estos temas salvajes. El primero fue el responsable de la grabación en su estudio y sello Evil Monkey. Por allí recalaron otros ilustres compañeros, tan canallas o más que ellos, para poner sus instrumentos y su voz al servicio del gran Virtanen, respetado y querido por igual, en un gremio, como dijo acertadamente Kepa Arbizu con motivo de su primer 10´, que se ofrece a sostener a los compañeros sin pensarlo como si se tratara de una pelea callejera. 

Al primer tema de la cara A, “Take A Look”, hay que subirse en marcha, si no la pierdes, y el tren se dirige al sur, faltaría más. El que provee el viaje es el gran “Ángel Siete Vidas”, la locomotora es la base rítmica del propio Virtanen y el contrabajo de Dave Alvárez, que echan leña a la caldera. Esta canción sigue retumbando después de que termine. “Memoria Corazón”, no se queda atrás, una guitarra portentosa toma la iniciativa, es la señal para que acudan el resto de instrumentos, para arrastrar la máquina a todo trapo, y enseguida llega la sorpresa de escuchar a Víctor Coyote que embrida a esta bestia de forma asombrosa. No hay que perderse la letra de Ricardo Virtanen, que por si no lo sabéis, en una de las muchas vidas creativas que atesora, es un poeta y crítico extraordinario. Los coros y la guitarra solista (y la slide guitar) de Ángel Siete Vidas le dan el contrapunto a la voz de Coyote. Esta canción es un corazón que late desbocado. 

La cara B continúa explorando todas las expresiones del rockabilly, el psychobilly, el rockabilly pantanoso, con guitarras en lugar de caimanes, y otras variantes. La instrumental “Plenilunio sangriento” logra que se ponga el sol, salga la luna y los licántropos que la rinden pleitesía. Es terroríficamente buena. Entre otras cosas por culpa de la guitarra de Bobby Gonzales, el saxo de Juan Pina (dispuesto a llevarnos a las salas de cine) y la cohesión de la banda. Aullaréis de placer al escucharla. “Corre dentro de mi cabeza” es adoptada por la voz de Virtanen, y supera la prueba con éxito, ¿hay algo que este hombre dentro de un estudio no sepa hacer? No faltan ni siquiera los falsetes que el rockabilly requiere, las guitarras de Jimmy GBRS y David Mad Mayer no dejan rehenes, afiladas o aserradas según el “trabajo” sucio que haya que hacer, más el impecable bajo eléctrico de David Merino, ex Lobo Negro. Menudos sicarios.

La que sostiene sin desmayo todas las canciones es la batería de Ricardo, al que podremos ver en acción, haciendo de las suyas, quien lo ve no se olvida, junto una retahíla increíble de compañeros en la sala Silikona de Moratalaz (Madrid) el sábado 21 de marzo, los que contribuyeron en la grabación y otros que no estuvieron como Marcos Sendarrubias, Jose Insaciable, Antonio Montana, Luis Lobo Negro o Lou Reyes. Se va a liar una de campeonato a partir de las 22 h. Los que se lo pierdan pueden acudir a la tienda Delia Records a hacerse con este precioso vinilo cuyo diseño ha sido realizado por Henar Herguera, el autor de la fotografía del “jefe de todo esto” es Leo Cobo, mientras que el dibujo de la contraportada, extraordinario, se lo debemos a Milton Castillo. Dentro de muy poco estará por todas partes, haciendo estragos por ahí, el rockabilly no está muerto, por si alguien lo dudaba. 

Josele Santiago: “Desde el jergón”


Por: Kepa Arbizu. 

La propia naturaleza de un libro de memorias cuenta con una particular elasticidad cronológica, ya que, aunque escrito en el presente, mira al pasado mientras se propulsa hacia el futuro, donando unas huellas que podrán ser recorridas por generaciones posteriores. Un legado que, en el caso de la banda Los Enemigos, no se verá necesitado de Mesías que, provenientes desde la otra orilla del calendario, reivindiquen una obra que, afortunadamente y gracias a sus méritos propios, siempre ha estado considerada, con argumentos artísticos más que sobrados, como una de las representaciones más importante del rock hecho en castellano. Pero bajo toda trayectoria colectiva y creativa existe siempre el relato personal, y por lo tanto sujeto a subjetividad, de cada uno de sus protagonistas, siendo uno de ellos, probablemente el principal en en el caso de la formación madrileña, Josele Santiago, quien a través de “Desde el jergón” difumina cualquier frontera que divida en dos cuerpos independientes al individuo y al creador, presentando un único organismo que cuenta con un nutriente esencial e irrenunciable: las canciones.

Aunque por puridad genérica no nos encontramos ante una autobiografía, ya que estas páginas ilustran casi en exclusividad la época musical de su protagonista y no existe un alcance global, sin embargo durante el itinerario seleccionado contemplaremos leves destellos de remotos episodios de infancia y/o juventud que, bajo la fórmula de su admirado Jim Thompson, completan y añaden tonalidades a una narración que posa su primer pie en 1985, cuando Artemio Pérez y Roberto Arbolea se citan con Josele Santiago, un púber guitarrista con miedo escénico, al que invitan a tomar parte de su grupo, Los Enemigos. Nacían así unos fieles moradores de un microuniverso llamado Malasaña que escogieron atravesar pernoctando, y amaneciendo, entre sus castizos locales con suelo de serrín y alejados de las pasarelas de modernidad desde las que se podía vislumbrar hasta la Vía Láctea. Barras de bar beodas en las que celebraban el salto al vació pero también una confraternización, oficiada entre ritmos vehementes, con asiduos clientes como Kike Turmix o Julián Hernandez (Siniestro Total), convertidos desde ese momento en camaradas de agitación. Unos enclaves de los que brotaron muchas leyendas, algunas cercenadas por la sobreexposición a los instintos, y otras, como la aquí expuesta, y pese a sus perceptibles cicatrices, superviviente a esa voraz dieta de inmediatez.

Una regresión, con horizonte en el presente, entregada entre referencias musicales (el “Fun House" de los Stooges cual Sancta Sanctorum y los Kinks como imagen de la máxima virtud) o literarias (de la viscosidad de Bukoswki al simbolismo luciferino de Baudelaire) y variopintas reflexiones esparcidas con naturalidad. De la política a las cuitas sentimentales, las cavilaciones se vuelven masivas cuando atañen a la irracional -pero trascendental- liturgia del hecho creativo, al que cuestiona su denominación como poesía para quien, como en su caso, necesita del sustento melódico en calidad de pieza fundacional. Y es que aunque es bien cierto que un excepcional escritor de canciones no tiene que destacar necesariamente en una disciplina sin el abrigo de las armonías, este libro derriba esa máxima, porque Josele Santiago es capaz de trasladar su idiosincrasia sonora a la condición de esta obra, dotándole de virtudes sinónimas y logrando así que esta lectura contenga el arraigo castizo como lenguaje motor de una expresividad que, aunque no pierde su acento socarrón, hinca los dientes en terreno dramático, proponiendo una sonrisa que se retuerce con gesto estremecedor.

Incluso el propio desarrollo estilístico de este libro parece mimetizarse con el expuesto por la discografía “enemiga”, estando ambos inicios más cómodos en un espacio burlón y derivando, paulatinamente, en un paisaje más doliente. Antes de llegar ahí, el rhythm and blues que dominó su debut, "Ferpectamente", previo paso por el triunfo en el concurso Villa de Madrid o compartir cartel con Wilko Johnson o Dave Edmunds, y “Un tío cabal” sirven de maravilloso prólogo para una historia que, ya sin Artemio y con  Fino Oyonarte  y Chema "Animal" Pérez  como integrantes y Lalo Cortés a modo un mánager que ejerce de padre protector, avistó un paraíso eléctrico entre una escenografía etílica y hedonista. Suponía el fin de una adolescencia que combatía la congoja existencial con risas y decibelios y el principio de una suerte de profesionalización que daba paso a “La vida mata”, que ya desde su publicación se presentía como el resultado de un sonido, mucho más perfilado y expansivo que sus predecesores, vehiculado por un lenguaje asombrosamente identificativo y llamado a inscribir el rock con letras de alta literatura. La frustración y el malestar, una vez más, en este caso provenientes de los suburbios emocionales de ese Madrid engalanado de frívola Transición, hacían hervir la sangre creativa.

Un repertorio concebido entre las noches infinitas de una recién estrenada década de los noventa en las que resuenan los bombardeos sobre Irak y por las que arrastran su sombra también Eduardo Haro Ibars o Leopoldo María Panero. Todo, por supuesto, tarareado al son de una banda sonora hecha de glam, Leño, Dr. Feelgood, Mermelada o Eddie & The Hot Rods. Vigilias artísticas firmadas por una prosa convertida en idioma de unos personajes que, aunque anónimos, comparten el menú de su firmante, cada vez peor combinado entre drogas, alcohol y ansiolíticos. Un estado de inquietud que a pesar de dar como fruto el más popero y hasta luminoso disco, “La cuenta atrás”, sigue horadando la salud, sobre todo mental, de un compositor al que a las sombras propias se le suman los fallecimientos cercanos de sobre todo su inseparable Lalo. Defunciones que ponen de riguroso luto el abrasivo trabajo de  “Tras el último no va nadie”, cincelado con riffs y letras rocosas como el frío mármol sobre el que descansan los difuntos y el desgarrado lamento de quienes deben conjugar su pérdida. Un anhelo que la formación madrileña, que integra poco a poco Manolo Benítez, un verso discordante en esa unión familiar, atraviesa con largos silencios y un manto negro que les arrebata cualquier atisbo de ilusión. 

Esquelético, casi sin dientes y repleto de heridas que delatan las huellas de autolesiones, Josele es la imagen de la caverna anímica en la que se encuentra un grupo que sin embargo musicalmente se yergue orgulloso en una época por la que ya asoma el indie y las modas quieren imponer su dictadura. El cuarteto es capaz de aglutinar los diferentes gustos de sus integrantes en una excelsa conjunción de acentos con un destino único. Una trayectoria que su siguiente parada está lejos de los estudios de grabación o los escenarios, se trata de un centro de desintoxicación donde el cantante y guitarrista decide interrumpir su descenso al abismo. Las noches y sus demonios se transforman en caminatas y juegos en el frontón, un interludio necesario para que la banda no descarrile del todo. Paréntesis que se rompe en forma de una imparable efervescencia por volver a componer y tocar, un ansia que engendra, grabado en un caserío de Gipuzkoa, “Gas”, un rotundo regreso al mundo de los vivos que sin embargo es también el prólogo al resquebrajamiento de una unidad fraternal donde su cantante se ahoga en interminables giras y percibe su presencia como un mero atrezo, maridado en alcohol, en la disciplina de la banda. Grietas insuperables que hacen de “Nada” la última firma colectiva, por el momento. A pesar de su categórico título, todavía quedaba algo, mucho, más bien, que vivir conjuntamente. 

Antes de esa resurrección, tras un necesario hiato “enemigo”, previo paso de la publicación del directo “Obras escocidas (1985-2000)”, la carrera en solitario de Josele se puso a andar con el magistral "Las golondrinas etcétera". Un trabajo tras el que se escondía una complicada nueva situación, que si bien aportaba esa necesidad de airear su entorno era imposible no sentirse amordazado todavía a esa disciplina del rock. Unas cadenas que se desvanecerían gracias al gusto por sonidos acústicos que van a ir dominando sus trabajos posteriores. Sin embargo, quizás nadie puede escapar de lo que verdaderamente es, y el rugido eléctrico, que ya comienza a asomar en el sobresaliente "Lecciones de vértigo", pide paso en el cerebro de un compositor que hace de la posibilidad de reunirse con sus viejos compinches una realidad. Una ceremonia de reunificación celebrado el festival Actual de Logroño en 2012 y que se oficia en el estudio de grabación a través de "Vida inteligente". Regreso al rock químicamente puro al que solo le falta tomar una decisión altamente postergada, la salida de Manolo Benítez, quien nunca ha congeniado con el compositor ni ha aceptado la relación "consanguínea" de la banda, para dejar paso a, éste sí, un “hermano, David Krahe. Una nueva formación que, tras el trabajo en solitario “Transilvania”, acuña su último disco hasta la fecha, un "Bestieza" que representa ese aire fresco que, entre achaques y obstáculos, respira una urgente necesidad de atronar. 

Puede que “Desde el jergón” sea un libro al que todavía le falten páginas por escribir, aquellas que tengan que dar fe de las nuevas andanzas de Josele Santiago, pero su punto final encapsula una maravillosa radiografía de quien ha llegado hasta aquí no solo cargado de una obra imponente, sino capaz de manejar los efectos de esa determinación por escribir cada momento presente entre llamas. Fruto de esa naturaleza pirómana, estas memorias deben ser añadidas entre lo más granado de su hoja de méritos, por contenido y continente, ya que ha logrado trasladar sus virtudes musicales a una hoja en blanco que se lee con el estremecedor gozo que se entonan sus característicos ritmos. Parafraseando a una de sus mejores composiciones en solitario, "El lobo", este madrileño ha ejercido la profesión de bailarín al que no puede embestir el frío, y por eso decidió arder repetidamente. Unas ascuas que han logrado regenerarse constantemente para perfilar a una de las figuras claves del rock en castellano, un enamorado de la inmolación existencial que ha negociado con el precipicio su supervivencia a cambio de permitirle habitar en sus canciones.